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Carpentier - El arte de convertir lo real en maravilloso  (26/12/2004)

 

Rosario dejó su marca en el idioma  (22/11/2004)

 

Mi mayor reconocimiento sería ser leída en lengua indígena  (11/11/2004)

 

"Memoria de mis putas tristes", un relato del presente  (18/10/2004)

 

La figura del indio ha dejado de ser pintoresca  (13/10/2004)

 

Marcela Serrano - En busca del paraíso perdido  (7/10/2004)

 

Roa Bastos - "Soy un narrador surgido por la imposición del exilio"  (23/9/2004)

 

Volodia Teitelboim y el Neruda íntegro  (9/7/2004)

 

La fundación Cardoza y Aragón donará su archivo a la UNAM  (24/6/2004)

Carpentier - El arte de convertir lo real en maravilloso

 

 

Silvina Friera

 

En los primeros años veinte del siglo pasado el ambiente cultural de La Habana estaba hegemonizado por los epígonos del modernismo. Todo lo que estuviera vinculado con la cultura negra del Caribe era profundamente despreciado o bien ignorado. Pero el joven Alejo Carpentier, que había nacido en esa ciudad el 26 de diciembre de 1904, y sus compañeros de generación rompieron con esa mentalidad cuando crearon el Grupo Minorista, nombre que se adjudicaron irónicamente por su condición de “minoritarios”. “Nos dimos cuenta de que no lograríamos nada remedando lo que nos llegaba de Europa, que precisábamos trabajar con la realidad cubana”, recordaba el escritor y periodista.

 

En 1927 estuvo preso en la cárcel de la irrespirable dictadura de Gerardo Machado, en donde escribió la mayor parte de su primer libro, ¡Ecue-yambao! (“Dios Alabado seas”, en el dialecto ñañigo de los afrocubanos). El autor renegaría años más tarde de este apresurado debut literario: “Es un intento fallido por el abuso de metáforas, de símiles mecánicos, de imágenes de un aborrecible mal gusto futurista, y por esa falsa concepción de lo nacional que teníamos entonces los hombres de mi generación”. Pero si la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es, como escribió en las páginas finales de El reino de este mundo, Carpentier fue el escritor latinoamericano que más luchó por aplicar su teoría de lo real-maravilloso americano, en la que proponía subvertir la óptica tradicional que contemplaba los sucesos de este continente como un mero reflejo o consecuencia de lo ocurrido en Europa. Hoy, que se cumple el centenario de su nacimiento, parece necesario recordar esa lucha y las paradojas de un escritor que nunca se alejó narrativamente del mundo caribeño –por su empeño en contar la historia de América desde América–, pero que no pudo desprenderse del todo de una visión del Nuevo Mundo que era ineludiblemente europea, al menos en la práctica.

 

El padre de Carpentier, un arquitecto de origen francés que estudió violoncello, llegó a Cuba, asqueado de Europa a raíz del “caso Dreyfus” en 1902, el mismo año en que nacía la república. Su madre, rusa aunque de formación francesa, era pianista. Carpentier, un lector precoz de Pío Baroja, Valle-Inclán y Alejandro Dumas, comenzó a escribir en las revistas y los diarios más populares de La Habana en 1922, a los 18 años. Después de su experiencia en la cárcel de la dictadura de Machado, la policía le había prohibido salir de la ciudad y le negaba el pasaporte. Pero la llegada del poeta surrealista francés Robert Desnos, en marzo de 1928, para participar del Séptimo Congreso de la Prensa Latina, le permitió a Carpentier huir de esa dictadura: el poeta le entregó su documentación como delegado del Congreso, y el escritor cubano se embarcó rumbo a Francia con la idea de respirar un poco de aire puro y regresar. Pero vivió en ese país once años. Y se contaminó con tanto surrealismo.

 

Mientras frecuentaba la vida nocturna parisina bajo la tutela de Desnos, Carpentier se interesó por experimentar las combinaciones que se podían hacer entre texto y música. Comenzaban, entonces, los años que él calificaría de “bohemia heroica”; trabajó en distintas emisiones radiofónicas con Antonin Artaud, Desnos y Jacques Prevert, entre otros. Con Paul Claudel, autor de Cristóbal Colón, realizó una adaptación radiofónica de ese libro para la emisora Radio Luxemburgo en 1937. El texto de Claudel irritaba al escritor cubano por el empeño hagiográfico con el que trataba de atribuirle virtudes sobrehumanas al descubridor de América. Sólo faltaba un eslabón en la cadena para que el escritor cubano encontrara el motivo de una de sus últimas novelas, El arpa y la sombra, escrita en 1978: el libro de León Bloy, donde el escritor católico solicitaba nada menos que la canonización de Colón, a quien comparaba con Moisés y San Pedro.

 

Pero el grupo de Desnos, al cual pertenecía Carpentier, se alejaría de André Breton, acusándolo de transformar el movimiento surrealista en una especie de sociedad secreta y exclusiva, que detentaba plenos poderes para dictar excomuniones. “En buen cubano diría que me encendió la chispa –resumía el escritor su experiencia surrealista–. Vi cómo mucha gente andaba buscando lo maravilloso en lo cotidiano, fabricándolo cuando no lo encontraba, en tanto que nosotros teníamos lo fortuito, lo insospechado, lo insólito, lo maravilloso latinoamericano en estado bruto, al alcance de la mano, listo para ser usado en arte, en literatura, como un ready-made de Marcel Duchamp”.

 

Carpentier, que estaba en Madrid cuando cayó la dictadura de Machado, depositaba todas sus esperanzas en los republicanos españoles. Pero la derrota republicana provocó un giro copernicano en las posiciones del escritor cubano, que cuestionó la vulgaridad francesa y manifestó su pesimismo respecto del futuro de Europa. En 1939 regresó a La Habana para rastrear o iluminar su “americanidad”; necesitaba entender realmente, confesó, “lo que somos, quiénes somos, y qué papel es el que habremos de desempeñar en la realidad que nos circunda y da un sentido a nuestros destinos”. Y lo consiguió viajando a Haití en 1943. Y de ese encuentro revelador con la historia de las tres primeras revoluciones antillanas surgirá El reino de este mundo, novela en la que el escritor cubano expone su pensamiento acerca de lo real maravilloso. En el prólogo del libro, publicado en 1949, Carpentier señala que “lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de ‘estado límite’...”. El relato plantea la emancipación de los esclavos de Haití como consecuencia de la fe que la colectividad deposita en la supervivencia de su líder Mackandal, a quien dota de poderes licantrópicos, y no de la Revolución Francesa. El problema reside en la distancia que media entre la teoría y la práctica de lo real maravilloso. En los hechos, la percepción de ese narrador es europea porque se asombra o toma como prodigiosos episodios que para los esclavos son indiferentes por naturaleza, como las metamorfosis de su líder, a quien consideraban inmortal. Al no participar del modo de percepción de los esclavos, el narrador observa desde fuera los acontecimientos que considera maravillosos.

 

En Venezuela, país en el que vivió durante catorce años y al que definía como “una especie de compendio telúrico de América”, escribió la que es considerada su mejor novela, El siglo de las luces. Sus viajes al río Orinoco le inspiraron la alegórica Los pasos perdidos, en la que un músico literalmente embrutecido por la vida que lleva en Nueva York es enviado a América latina con la misión de recoger instrumentos para un museo organográfico. El contacto con la naturaleza primigenia, mientras remonta el río, le permitirá recuperar su inspiración y comenzará a escribir una cantanta. Pero como no tiene suficiente papel, decide regresar a Nueva York. Cuando consigue volver al río, busca sin fortuna ese signo inscripto en la corteza de un árbol que le había permitido entrar en aquel mundo maravilloso. El escritor cubano reivindicará, en la mayoría de los artículos y columnas que publicó en el diario El Nacional, el lenguaje barroco como el único apropiado para entender e interpretar el mundo latinoamericano. “Nuestra vida actual está situada bajo signos de simbiosis, de amalgamas, de mutaciones. El academicismo es característico de las épocas asentadas, plenas de sí mismas. El barroco, en cambio, se manifiesta donde hay transformación, mutación, innovación; el espíritu criollo de por sí es un espíritu barroco.”

 

A principios de 1959, Carpentier volvió a La Habana, entusiasmado por la Revolución Cubana: “Oí las voces que habían vuelto a sonar, devolviéndome a mi adolescencia; escuché las voces nuevas que ahora sonaban, y creí que era mi deber poner mis energías, mis capacidades al servicio del gran quehacer histórico latinoamericano que en mi país se estaba llevando adelante”. Fue director de Publicaciones del Estado, ministro consejero de asuntos culturales en la embajada de su país en Francia y diputado de la primera Asamblea Nacional del poder popular de Cuba. En 1977 Carpentier ganó el Premio Cervantes, el máximo galardón de las letras hispánicas. Su discurso de aceptación del premio fue, en parte, su testamento. “Cervantes, con el Quijote, instala la dimensión imaginaria del hombre, con todas sus implicaciones terribles o magníficas, destructoras o poéticas, novedosas o inventivas, haciendo de ese nuevo yo un medio de indagación y conocimiento del hombre, de acuerdo con una visión de la realidad que pone en ella todo y más aún de lo que en ella se busca.” Con su muerte, el 24 de abril de 1980, se iba el escritor cubano que cautivó a sus lectores con un léxico artificioso y poblado de arcaísmos. Carpentier fue el Goliat de los escritores barrocos.

 

Página/12 - Buenos Aires, 26/12/2004

Rosario dejó su marca en el idioma

 

 

Silvina Friera y Karina Micheletto

 

Fueron cuatro días en los que la ciudad de Rosario (Argentina) se pobló de acentos que se mezclaron con las eses aspiradas locales. El III Congreso Internacional de la Lengua Española pasó y seguramente quedará como un hecho histórico para los rosarinos que asumieron el evento como propio. ¿Qué quedó tras el Congreso que tantos dolores de cabeza trajo a los funcionarios organizadores hasta su concreción? Los debates alrededor del objeto de análisis –un objeto que se resiste a generalizaciones y cristalizaciones– sirvieron para desterrar mitos, como el supuesto avance del inglés. Pero los cruces más apasionados surgieron de la oposición diversidad-homogeneidad lingüística, y las identidades posibles dentro del español que se habla alrededor del mundo. Allí fue cuando comenzaron a surgir problemas a la hora de las denominaciones: ¿Aquí se habla español, castellano o argentino, o más aún, porteño, rosarino o cordobés? ¿Estará bien promover un congreso de la lengua española si no se vive en España?

 

La inexorable condición móvil de la lengua, “necesaria para la evolución humana, un problema para los burócratas y administradores”, en palabras del poeta Ernesto Cardenal, participante del Congreso, definió posiciones hacia uno y otro lado. La más radical fue la del vicedirector de la Real Academia Española, Gregorio Salvador, quien negó el concepto de identidad lingüística, atribuyendo a la lengua el estricto rol de instrumento de comunicación. “Decir que se acaba una visión del mundo cuando se pierde una lengua es un lugar común. Naturalmente una lengua es más rica cuantas más personas la hablan, pero afortunadamente hay lenguas como ésta que hablamos, con las que nos podemos entender y coincidir en una visión de mundo”, dijo. Pero en líneas generales todos coincidieron en el repetido slogan de “unidad en el respeto de la diversidad”, desmenuzado en las mesas de debate con más o menos profundidad, según los casos.

 

La gran expansión del español que se verifica en los últimos tiempos fue el tema más repetido y festejado. Las cifras son elocuentes: hay cuatrocientos millones de hispanohablantes en el mundo, es la cuarta lengua en importancia, y todo indica que irá en aumento. Sólo unos pocos oradores repararon en el hecho de que tal expansión puede significar también una avanzada hegemónica. El más claro y consistente fue Rainer Enrique Hamel, de la Universidad Autónoma de México. “El renovado impulso para reforzar la unidad de la lengua española forma parte de un nuevo proyecto de España, que ha jugado sin duda un papel de nuevo puente entre Hispanoamérica y, junto con fuertes inversiones en áreas estratégicas en los países hispanoamericanos: bancos, compañías telefónicas, de agua y, sobre todo, buena parte de la industria editorial”, señaló el lingüista.

 

La necesidad de internacionalización del Instituto Cervantes, planteada por el escritor y periodista Juan Luis Cebrián, fue uno de los debates más prometedores. El fundador de El País de España, que compartió su ponencia en la misma mesa en la que Fontanarrosa propuso una amnistía para las malas palabras, acertó al augurar que la política lingüística en torno del español sólo tendrá éxito si es una política panhispánica, en la que España se limite a jugar un papel de coordinador o mediador entre iguales. “La soberanía de la lengua depende de que seamos capaces de articular una organización supranacional capaz de hacer frente a los muy variopintos desafíos que el progreso del castellano implica”, subrayó Cebrián. El escritor y periodista exige, además, que los directores del Cervantes sean mexicanos, chilenos, bolivianos o argentinos.

 

Tanto en la inauguración como en los paneles, no se ahorraron palabras para referirse al generalizado empobrecimiento de la lengua en los medios de comunicación, especialmente en los audiovisuales, que privilegian un uso depurado del color local, como si mexicanos, venezolanos y colombianos hubieran nacido en un país llamado “Neutralandia”. Héctor Tizón fue categórico: “Hablar un lenguaje neutro es como ducharse con un impermeable”. El escritor y director de la editorial Siglo XXI, el mexicano Jaime Labastida, y el propio Cebrián coincidieron con la impertinencia de propiciar un castellano neutro, “ese idioma tan escuchado que nadie habla en las calles”.

 

Frente a la polémica respecto del sentido de hacer dos congresos simultáneos, que enfrentó a Tizón con Adolfo Pérez Esquivel, promotor del Congreso de laS lenguaS, la postura más lúcida fue la del escritor portugués José Saramago: “Hay que tomarlos como complementarios. Es absurdo hablar de enfrentamientos y contracongresos cuando no hay ningún conflicto. Uno trata sobre las lenguas indígenas y el otro, sobre la lengua española”, justificó Saramago su presencia en ambos encuentros. El homenaje a Ernesto Sabato, del que participó Saramago, fue sin duda uno de los momentos inolvidables del Congreso.

 

Aunque se procuró que el encuentro no fuera meramente de carácter académico, sin duda prevaleció esta línea en detrimento de quienes preferían mesas de discusión “más dinámicas y atractivas”. Transformado en un fenómeno mediático y comercial –algo que saben las empresas que lo patrocinaron, entre ellas Telefónica e IBM, que se pelearon para bautizar con sus nombres y banderas la sala de prensa–, el Congreso de la Lengua generó en Rosario un microclima similar al de la Feria Internacional del Libro en Buenos Aires. No faltó el “cholulismo” cultural, el tratamiento de los escritores como si fueran actores de televisión, requeridos a la salida de los teatros o por donde pasearan su humanidad, dando conferencias de prensa o presentando libros, para que firmaran autógrafos o se sacaran fotos con los que se empeñaban en esperarlos. Si el castellano del siglo XXI será lo que Latinoamérica decida, como vaticinó Cebrián, en Rosario se lanzó la primera piedra.

 

Página/12 - Buenos Aires, 22/11/2004

Mi mayor reconocimiento sería ser leída en lengua indígena

 

 

Arturo Jiménez

 

Con el libro bilingüe Olivo negro (Guie' yaase'), de próxima aparición, la poeta de origen zapoteco Natalia Toledo Paz acaba de ganar el Premio Nezahualcóyotl de Literatura, que se entrega a escritores en lenguas indígenas de México y que por primera vez obtiene una mujer. La autora recibirá el 12 de noviembre el galardón en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, día del cumpleaños 85 de su abuela Aurea Vicente, a la que asistirá el pintor Francisco Toledo, padre de la poeta.

 

Olivo negro (Guie' yaase'), como dice Natalia Toledo (Juchitán, 1967), cuenta con ''un alma" en cuya geografía se identifican varias regiones simbólicas, como la evocación de la infancia, los olores del pescado fresco y el salitre, los sabores y olores de la cocina de su abuela materna, la imagen de un árbol-arcoiris creado por su madre Olga y los ensueños de Juchitán. Crearlo fue, sobre todo, un gozo literario para la escritora, pues tuvo que viajar muchas veces desde su departamento de la colonia Condesa hasta la casa familiar de la Séptima Sección, en Juchitán. Fue también un viaje al pasado, una especie de flash back de su vida. ''Volví a jugar los juegos que jugué de niña, a recordar los olores y los sabores de la casa de mi abuela materna. Claro que todo esto siempre camina conmigo, vive conmigo, pues siempre soy esa niña. Todo el tiempo estoy buscando mi rostro y siempre que quiero recordarlo lo encuentro en mi infancia."

 

En ese viaje al pasado surgieron los poemas del libro, palabras que invocaron muchas otras cosas. ''También volví a recordar los rostros de mis amigos de niña. Mi mejor amiga era una niña muda, que ya murió. Tengo sus nombres presentes, sus caritas, hasta los vestidos que traíamos puestos en el calor de Juchitán, siempre vestidos cortos o en calzones, con el torso descubierto, caminando, corriendo. Volví a subir a los árboles de mi barrio, al olivo negro que teníamos en el patio de mi casa, donde subíamos y abríamos las hojitas para contar los puntos blancos que tienen: según su número, esos iban a ser los amores que tendríamos en la vida. Cuando yo abrí mi hoja había muchos puntitos. Fui noviera porque esa fue una revelación desde niña. En el patio de esa casa había una cooperativa de pescadores que llegaban muy temprano. Se ponían alrededor del olivo a hacer montones de pescados para repartirlos entre ellos. Los niños los ayudábamos a llenar las rejas de bambú con los pescados y llevábamos una cubetita que nos llenaban de pescados como pago."

 

Aunque la poeta, como tal, sabe de las claves de la nostalgia: ''En el recuerdo, el tiempo transforma las cosas ya vividas. Hay un deseo de que fueran perfectas, porque al mismo tiempo había cosas tristes. Por eso el deseo trastoca y acomoda a tu antojo las cosas que los adultos echaron a perder." Comparte un recuerdo imborrable, feliz, que con seguridad no tuvo que ser trastocado por el tiempo ni el deseo. ''Muchas veces mi mamá, mi hermano mayor y yo dormíamos en un catre en el patio. Nuestras sábanas eran todas las estrellas y sentíamos la respiración del cielo. Y yo sentía que las estrellas dormían sobre mis párpados." Juchitán, entonces, se aparece como la constante. ''Casi siempre me ha interesado hablar de Juchitán. Será porque no soy otra cosa más que eso, aunque también miles de cosas participan en mi vida: libros, música, viajes, y me encanta aprender y escuchar otros idiomas. Pero realmente, donde me siento feliz, aunque sea a través de los recuerdos, es Juchitán.

 

La poeta ha aprendido a vivir con lo que le ha dado la vida, que es mucho. ''No se puede vivir en permanente nostalgia porque entonces te consumirías". Y aprendió que todo eso tiene que ver con la memoria y el pasado. Por eso en sus tornaviajes al origen se abandona al disfrute. ''Me siento feliz, me acuesto en una hamaca y lo único que hago es comer riquísimo, hablar sólo en zapoteco y olvidarme de la lengua castellana. Apenas llego, dejo de ser todo lo que soy en español y nada más me dedico a ser cuerpo, ojos, a recibir, a descansar, a dejar de pensar todo el tiempo."

 

En la geografía del alma de Olivo negro(Guie' yaase') pueden hallarse otras regiones poéticas, como las que están iluminadas por la cocina y el erotismo. ''Son dos cosas que siempre he sentido, que siempre vi en Juchitán, donde el calor nos arroja a todos a quitarnos la ropa, a descalzarnos, a sudar, a estar hacia afuera de las casas, no hacia adentro. Entonces, uno acaba mostrándose y escuchándose." Y la cocina, aparte de haber sido su modus vivendi por mucho tiempo, cuando daba comidas ''clandestinas" en su departamento de la Condesa, ha sido sobre todo una fuente para jugar con olores y sabores, y para compartir.

 

Otra región está dedicada a las tejedoras y bordadoras, sobre todo mujeres, como su madre, porque "casi no había hombres en mi casa". No obstante, evoca: "Me acuerdo mucho de los hombres en el corredor de la casa de mi abuela, lleno de bastidores. Mi mamá tenía una cooperativa y ellos tejían hamacas con el torso descubierto, con la camisa anudada a la cintura debido al calor". Desde entonces la niña Natalia siempre habría de estar rodeada de hilos, como ahora en su departamento citadino, donde dedica un tiempo al diseño de ropa y trajes de tehuana. Pero ese patio juchiteco siempre dio para más. "Había un árbol de flamboyán y a su alrededor mi mamá ponía una tina y leña para teñir los hilos de algodón de las hamacas. ''Los hilos se secaban colgados de los brazos del árbol. Era un árbol como un arcoiris. Mi mamá se encargó de teñir ese árbol durante años, porque ese fue su primer trabajo.''

 

Una región poética más del libro bilingüe Olivo negro (Guie' yaase') aborda los complejos dilemas del idioma zapoteco. "Me preocupa qué va a pasar con él, porque incluso en mi barrio de Juchitán, el más tradicional y en donde todo mundo es bilingüe y hasta monolingüe, la lengua zapoteca y muchos juegos que jugué también se están perdiendo en los niños y jóvenes, atrapados por la televisión. Hay niños que entienden el zapoteco pero ya no lo hablan." Y la poeta advierte: "Cuando mueren las lenguas se muere todo lo que uno es. En la lengua está todo: los mitos, las leyendas, la cocina, las recetas, todo, porque somos sonidos, somos orales". Por eso, aunque le gusta haber recibido el premio literario Nezahualcóyotl, el mayor reconocimiento para la poeta Natalia Toledo Paz sería ser leída en zapoteco, aunque sabe bien que los políticos y administradores hacen nada al respecto.

 

Origen

 

Fuimos escama de Dios,

flor, venado y mono.

Fuimos la tea que partió el rayo

y el sueño que contaron nuestros abuelos.

Caímos en el monte

y el sol nos atravesó con su flecha,

fuimos cántaro ¡au!,

fuimos agua ¡au!

Ahora somos ceniza

bajo la olla del mundo.

 

Guidxilayú

 

Gucanu jlaza diuxi,

guie', bidxiña ne migu

gucanu yaga gucheza bele,

bacaanda' ne libana guní' bixhoze bidanu.

Biabanu ndaani' gui'xi'

gubidxa bitiidi' baxa sti' ladxido'no,

gucanu pumpu ¡au!,

gucanu nisa ¡au!

Yanna nacanu dé biaana

xa'na' guisu guidxilayú.

 

La Jornada - México D.F., 11/11/2004

"Memoria de mis putas tristes", un relato del presente

 

 

Camilo Durán Casas

 

Más que un tormentoso río de recuerdos, Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, es el asombroso relato del presente. No es la evocación quejumbrosa y adolorida de un pasado que no volverá, sino la narración extraordinaria de un momento en la vida de un hombre cargado de años y de experiencias, que se resiste a doblegar su vida ante la vejez y que descubre, por primera vez en su existencia, el verdadero sentido de la palabra amar.

 

A través de la lúcida mente del nonagenario protagonista, que ante la llegada inevitable de su cumpleaños y presa de un súbito arrebato erótico, decide regalarse a sí mismo y por última vez en su existencia una noche de pasión y lujuria, esta nouvelle –así le dicen en Francia a la obra demasiado corta para llamarse novela, pero muy larga para ser catalogada como cuento– nos invita a ser testigos de una partida que la vida le propone al protagonista y para la cual no está preparado. No es la historia recuperada de interminables noches en prostíbulos como el título mismo podría sugerir, sino la sorprendente llegada de una mujer a la vida de un hombre que siempre ha pagado por ellas, pero que termina por descubrir, al final de su recorrido vital, que ninguna ha sido suya.

 

Y así, por el camino de la putas, esas mujeres que, como dijo alguna vez Chico Buarque, solamente saben decir sí, la vida del protagonista-narrador cambia de rumbo, de intereses, de urgencias. Lo más hermoso del relato es que esta mujer –ni siquiera mujer, apenas una niña de catorce años– nunca llega a conocerlo ni a amarlo físicamente. Se establece entre ellos un vínculo mágico, a la vez existente e inexistente, real e irreal, que le permite a él entender por primera y única vez en su vida que el amor no necesita ser recíproco, que basta querer estar al lado de una persona para sentirlo, que es eso y sólo eso lo que une a quienes se aman de verdad. Es el amor de la complicidad y del silencio, más que el de la convivencia diaria y el parloteo.

 

En esta memoria de final de vida, el anciano que Gabo nos presenta se encarga de enseñarnos para que nunca lo olvidemos, que el verdadero amor no exige nada a cambio. Que amar, en fin, es un acto involuntario y opresivo que nos convierte en seres humanos si se quiere mejor preparados para la vida –o para la muerte–, sin importar qué edad tenemos o cuánto nos hace falta para morir.

 

Cambio - Bogotá, 18/10/2004

La figura del indio ha dejado de ser pintoresca

 

 

Arturo García Hernández

 

Con humor negro, el poeta brasileño Ledo Ivo asegura que es descendiente ''comprobado" de los indígenas antropófagos que en el siglo XVI devoraron al primer obispo de Brasil. Expresa que ese ''vínculo remoto" justifica su presencia en el recital de poesía Las lenguas de América, efectuado en la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario.

 

Ledo Ivo (1924), considerado por la crítica especializada como la figura más destacada de la poesía brasileña contemporánea, representó al idioma portugués en la sesión. La víspera, el poeta sostuvo una entrevista con La Jornada, durante la cual hizo un breve repaso de la cuestión indígena en su país y en el continente. De entrada, Ivo estableció la diferencia que hay entre los pueblos autóctonos brasileños y algunos de los que se establecieron en otras partes del continente. Cuando los invasores portugueses llegaron a las costas de lo que hoy es Brasil, ''los indios eran antropófagos" y no habían desarrollado ''la riqueza cultural ni la cosmogonía" de civilizaciones como la azteca, la maya o la mapuche.

 

También narrador y ensayista, principal integrante de la llamada generación del 45 que se oponía a ciertas manifestaciones del modernismo, se asume antes que nada como poeta. Entre su vasta obra lírica figuran títulos como los siguientes: La ciudad y los días (1957), Linguajem (1966), Estación Central (1968), Poesía Observada (1967), Las islas inacabadas (1985), Crepúsculo civil (1990), Curral de peixe (1995), Nocturno romano (1997). Alguna vez, en una entrevista con una radiodifusora venezolana, Ivo manifestó: ''La poesía representa en mi vida, mi propia vida, mi razón de ser, mi razón de vivir, de estar, mi lenguaje de comunicación con los hombres. Desde la infancia yo quería ser poeta, de modo que la presencia de la poesía en mi vida es la justificación de mi existencia, es como si mi sueño de infancia se hubiese convertido en realidad." Por eso es comprensible que Ledo Ivo se exprese entusiasmado con encuentros como Las lenguas de América, en los que es posible apreciar ''la dimensión creativa del indio", representante de la vertiente espiritual de la humanidad en un momento en que ''agoniza la civilización", cuando el individuo ya no existe, sólo las masas formadas por la televisión, ''la fábrica de ilusión" que hoy gobierna al mundo.

 

Desde su perspectiva, la problemática de los indígenas en Brasil tiene dos componentes centrales, uno histórico y otro contemporáneo: la expansión territorial de los conquistadores, basada en el genocidio en nombre de la civilización (''la barbarie en nombre de la civilización"), y la independencia que los indígenas contemporáneos reclaman sobre tierras en las que siempre han vivido, pero que los gobernantes les niegan por temor a que ''ciertas naciones imperialistas vengan a reconocer naciones independientes dentro de territorio brasileño". Cuenta Ledo Ivo que en ese contexto, ''terriblemente" complejo, la corrupción ''ya alcanzó a los indígenas". Habla de caciques que se han enriquecido desmesuradamente con la tala de madera en la selva amazónica para su venta en el exterior. Dimensiona el poeta: ''Este es el problema del indio en Brasil, no sólo literario". Pero no todo son malas noticias. A pesar de que ''no existe realmente una política gubernamental orientada a su defensa", la población indígena de ese país sudamericano ''está ganando espacios dentro de la sociedad brasileña". Hasta la década de los 50 y 60 había estudios que, junto a las mujeres, los consideraban ''incapaces". Ahora está cada vez más cerca de la universidad, de los medios, del gobierno, de la opinión pública; varios han sido elegidos para cargos populares: ''El indio ha dejado de ser una figura pintoresca para ser, en el ámbito político, una figura incómoda, inclusive indeseable".

 

Los caracoles

 

Sólo para Dios se abren los caracoles
que encontramos inmóviles sobre la hierba
Nos postramos ante ellos y suplicamos:
¡Hablen! Confíennos ahora el gran misterio.
Explíquennos el secreto de esta jornada
y de este silencio que tanto nos perturba.

Sólo los caracoles conocen la causa primigenia
y saben el origen de todo, desde la gran explosión
que creó el universo y aún nos aturde.
Por más que preguntemos ellos nada nos dicen.
Pasan el día quietos en la hierba y ni siquiera nos contemplan.
Sólo para Dios se abren los caracoles.

 

El tropiezo

 

De mañana de tarde
al caer de la noche
subiendo la colina
tropiezo en Dios.
Nada le pregunto.
Ninguna respuesta
en la hora espacial
que pasa en blanca luz
e incómoda claridad.
No voy para donde voy
ni vengo de donde vengo
cuando subo la colina
y sin ningún cansancio
alcanzo la pura altura
de amor y galaxia.

 

La Jornada - México D.F., 13/10/2004

Marcela Serrano - En busca del paraíso perdido

 

 

Silvina Friera

 

Es una mujer de carácter que galvaniza lo que le molesta, apelando a un repertorio de gestos delicados: una ceja que apenas se eleva, como interrogando a su interlocutora o buscando complicidad; una risa moderada, pero contagiosa, y las manos que se balancean o se tensan de acuerdo con lo que diga. Marcela Serrano advierte que está cansada de los reduccionismos del mercado editorial y periodístico. Con un tono irónico, le pregunta a Página/12: “¿Qué cresta quiere decir literatura femenina?”. La escritora chilena vino a Buenos Aires para presentar su último libro, Hasta siempre, Mujercitas, una novela en la que los personajes femeninos –Nieves, Ada, Luz y Lola– se reflejan en los caracteres de las cuatro hermanas –Mega, Jo, Beth y Amy– de Mujercitas, el clásico de la escritora norteamericana Louise M. Alcott. “Fue el primer libro que leí en mi vida. Ni (Emilio) Salgari ni (Julio) Verne entraron en mi universo de chica.”

 

Revisitar Mujercitas fue como volver al primer amor que tuvo, no sólo como lectora. “Empecé a escribir novelas, que eran una copia ridícula de Alcott, cuando tenía diez años”, confiesa Serrano, una de las escritoras que más vende en Latinoamérica, desde la aparición de su primer libro, Nosotras que nos queremos tanto, en 1991. “Lo único que tomé prestado de mi vida fue mi experiencia en el campo, mi infancia en el sur de Chile, cosa que no había hecho en ninguna de mis novelas anteriores.”

 

–¿Por qué?
Quise recordar un ámbito rural que ya no existe, porque el mundo se industrializó definitivamente. Para la gente que vivió en carne propia la vida del campo fue muy doloroso perder un espacio extraordinariamente autocontenido. Mi padre era dueño de una hacienda y cuando llegó la reforma agraria en tiempos de (Salvador) Allende, se la expropiaron. Yo era izquierdista y estaba a favor del gobierno de Allende y, con todas las contradicciones que eso implicaba, entregamos la casa y nos despedimos de los trabajadores. Eso me marcó la vida y me dejó una enorme nostalgia. Y es la primera vez que literariamente acudo a esa nostalgia.

 

–¿Pudo resolver esos sentimientos encontrados frente a la expropiación?
Me porté regio (risas). Racionalmente era lo justo: era una locura esa cantidad de hectáreas y la forma en que se manejaban. La razón se opuso a la nostalgia. Pero cada vez que viajo al sur, no puedo mirar el campo porque me pongo a llorar, aunque sé que hice lo correcto.

 

–¿Sigue pensando que la crítica no la trata demasiado bien?
Me han tratado mejor, aunque no me desvelo con ese tema. Sin ir más lejos, Alcott no entró al canon literario porque los hombres no la leyeron, la consideraban una escritora menor. Esto fue cambiando a la fuerza, porque las mujeres comenzamos a ser leídas masivamente y muchos se preguntaron qué hacer. Y, entonces, inventaron eso de la literatura femenina y armaron el paquete con moño: (Isabel) Allende, Serrano, (Angeles) Mastretta y (Laura) Esquivel. Fabricaron una cohesión en torno de la literatura femenina que es mentira. ¿Qué cresta quiere decir literatura femenina?

 

–Quizás, en su caso, esté relacionado con que la mayoría de sus lectores son mujeres.
Las mujeres cada vez son más lectoras porque eligen qué leer. Llevamos una vida tan dispersa y fragmentada, que no nos cuesta nada tomar un libro y apropiarnos de la vida de la novela. El hombre es más lineal y está rígidamente instalado en su quehacer. Si insisto con el universo femenino es porque se escribió demasiado sobre el alma masculina. La revolución en el mundo entero la están protagonizando las mujeres, que somos psicológicamente más complejas e interesantes.

 

–¿Cuáles serían sus obsesiones literarias?
Tienen que ver con un punto de vista femenino, que nace no sólo por lo autobiográfico sino por mi interés de lectora. Otra de mis obsesiones es la fuga, el querer escaparme. Y sé que tarde o temprano voy a desaparecer. Y la tercera... no sé si llamarla los paraísos perdidos, pero sé que está relacionada con el espacio, con un lugar más bien nostálgico, quizá el espacio de la niñez.

 

–¿En qué sentido dice que piensa desaparecer? ¿Podría ser apartándose de la escritura?
En una de mis novelas, Nuestra Señora de la Soledad, una mujer se fuga físicamente, se hace la muerta. La gracia de escribir es exorcizar tus fantasías. Los pasos que doy se encaminan hacia la fuga. Los escritores no somos rock stars. Nosotros leímos a Tolstoi sin conocerle la cara.

 

Página/12 - Buenos Aires, 7/10/2004

Roa Bastos - "Soy un narrador surgido por la imposición del exilio"

 

 

Stella Calloni

 

El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos tiene mucho por recordar y festejar en estos tiempos porque se cumplen 30 años de la aparición de su libro Yo el Supremo. Publicada en 1974, esa novela es una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana y universal y la crítica destaca el lenguaje, el manejo de los submundos del poder, la poesía contenida en los juegos de la palabra, la música de cada página, la densidad que lleva a vivir el encierro paraguayo, ''hasta sentir su asfixia por momentos", y la profundidad con que revela la sicología del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, ''supremo dictador perpetuo del Paraguay".

 

En estos últimos tiempos Roa Bastos ha recibido reconocimientos y premios que se unen a los que logró a lo largo de su vida como el Cervantes en 1989. En 1953 su libro de relatos breves El trueno entre las hojas, publicado en Buenos Aires, resultó la gran revelación y desde entonces se dedicó de lleno a la literatura, a pesar de los diversos trabajos que realizó para sobrevivir. Hijo de hombre, premiado en el Concurso de Narrativa, aparecido en 1960 ya lo muestra como el gran escritor que se consagrará en una serie de obras. En 1961 cuando ya dirige la revista de la Sociedad de Autores, se inicia junto a Jorge Luis Borges, Miguel Angel Asturias y Germán Arciniegas una serie de encuentros de difusión literaria por Europa. Varios libros más se suceden antes de la aparición, en 1974, de Yo el Supremo. Dos años después debe huir de la dictadura argentina (1976) rumbo a Francia donde, en Toulouse, dictará la Cátedra Literatura Hispanoamericana y Lengua Guaraní.

 

Ha escrito literatura infantil y periodismo, género en el que ha ganado también reconocimientos. En 1985 fue nombrado Oficial de las Artes y las Letras en Francia y le otorgaron la ciudadanía. También lo hará después España. En 1986 ganó el Premio de la Fundación Pablo Iglesias y en tres años después el Cervantes; recibe el Memorial Latinoamericano de Sao Paulo y es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Toulouse. En Cuba recientemente se reditó buena parte de su obra. Reafirmando su coherencia política viajó en respaldo a ese país, invitado por el presidente Fidel Castro y para ser galardonado con la Orden José Martí. Cuando Roa Bastos pasó por Buenos Aires para recibir el pasado noviembre la Orden del Libertador General José de San Martín, como ''un debido homenaje del gobierno y el pueblo argentino" se veía frágil, pero con una energía de vida que desmentía su edad.

 

Nació en 1917 y aún en los últimos días, cuando su salud había vuelto a quebrarse y lo consultamos telefónicamente en Asunción para completar algunos de los espacios vacíos en la larga entrevista que iniciamos en 1997 para La Jornada, transmitía una enorme energía con su debilitada voz. Cuando lo vimos en Asunción en 1997 estaba aún ''tocando las formas" de su país, que durante tantos años vio como en ''neblinas" desde lejos. Después de la caída del dictador Alfredo Stroessner (1954-1989) logró romper el largo exilio y regresó después de 52 años a su amado Paraguay, y comenzó otra etapa de vida. ''Aquí puedo lograr algo por lo que siempre luché: no salirme de mi verdadera función de escritor de ficción. Y puedo trabajar en los mitos de origen que permiten hundir las manos, ir más allá, hasta el fondo, extraer nuevas concepciones del mundo, de la vida, a través de los mitos de origen que son muy enriquecedores y vuelven a unir lo universal de la humanidad", dijo entonces.

 

Hace poco tiempo cuando nos vimos para continuar la entrevista, el narrador volvió a mencionar el tema de los mitos y a recordar que ''nada tienen que admirar los mitos guaraníes a los griegos y ahora he ido muy hondo en todo esto. Hay una mente universal que produce esas imágenes tan parecidas a través de culturas y milenios y quiero llegar a todas esas imágenes. No tengo prisa, no tengo apuro, esto requiere de tiempo y paciencia, de profundidad y eso he logrado en Paraguay." Su mirada escudriñadora, casi como la que adjudicaba en su imaginación a Gaspar Rodríguez de Francia, se ilumina al recordar su propia vida, las revoluciones de las que fue testigo y participante, la guerra entre Paraguay y Bolivia (1932-1935) que reflejó magistralmente en sus libros, las clandestinidades, y también, ahora ''con menos angustia" mirar su infancia que reconoce ''dura, aunque aliviada'' por la presencia de su madre. De su padre recibió los primeros contactos con la literatura y luego su tío, monseñor Hermenegildo Roa en cuya biblioteca encontró a los clásico españoles, a Rousseau y Voltaire, entre tantos otros autores.

 

En 1930, a pedido de su madre, quien le regaló libros de William Shakespeare y de literatura guaraní, escribió una pieza teatral La carcajada, que fue representada para recaudar fondos en favor de los ex combatientes de la revolución de 1928. Recuerda que su madre le leía cuentos o la biblia en guaraní a la luz de las velas y fue su cómplice para calmar los miedos, la rebeldía del hijo frente a un padre extremadamente riguroso, pero que prefiere recordar como quien lo preparó para los rigores de la vida y la disciplina que le permitió escribir.

 

Augusto Roa Bastos partió al exilio hacia Argentina en 1947 y vivió en Buenos Aires, tanto tiempo, que aún señala las calles por donde anduvo en su peregrinar de trabajos diversos, inclusive fue cartero, lo que le dio la posibilidad de conocer al ciudad y su gente. ''Siempre detrás de mis pasos venía alguna dictadura. Siempre detrás de los pasos de todos nosotros y fue muy difícil para mí dejar Buenos Aires en 1976, pero Francia me cobijó también y otros países." Celebra que su país sea bilingüe y que una lengua como el guaraní, cuyos juegos y ritmos lo apasionan, sea ''un lenguaje para la poesía". Hasta la ciudadanía paraguaya le quitaron en algún momento, lo que aún lo hace sonreír, porque sabe que ''la pertenencia no se le quita a los hombres" y más aún cuando a lo largo de su exilio los paraguayos lo buscaban en cualquier país, para escuchar su voz y reivindicar la hermandad de origen".

 

La poesía fue su inicio y ''permanece agazapada" en toda su narrativa. ''La literatura, se me representó siempre y muy claramente como una forma de realizar el conocimiento de lo incierto a través de las mutaciones y transformaciones de los múltiples aspectos de la realidad, que resultan infinitos. Si una obra es válida sus logros se dan en el interior de la práctica misma del arte de narrar. Y allí todo se une, se amalgama, imaginación y pasión, subjetividad individual y conciencia histórica y social, y entonces vemos una realidad tantas veces desdoblada, tan misteriosamente astillada."

 

-¿Cómo se ve a sí mismo en este tiempo y en estos años en que está ''de vueltas de tantas vueltas"?

-Me considero como soy, un escritor modesto, un hombre que pertenece a un país, pequeño, muy humilde, pero con una historia nada común, un país en el que hay poetas en cada esquina. Encontré en mi Paraguay una realidad maravillosa de jóvenes en búsquedas y entonces decidí no escribir mucho más, sino dedicarme a la literatura oral a transmitir a la juventud lo que tenía por decir allí en mi pequeña nación bilingüe. Y les hablo a los jóvenes de cómo la palabra modesta de un hombre modesto es un testimonio que puede dar luces y reflejar la plenitud de vida. Creo que puedo decir que soy un sobreviviente de mi generación, de mis naufragios y de mis vidas.

 

-Un naufragio que lo trajo a Buenos Aires en 1947.

-Uno de los naufragios porque fueron varios. Aquí escribí una parte muy importante de mis libros y Buenos Aires es como mi ciudad segunda. Aquí dejé la poesía atrás y escribí cuentos, novelas y nunca me hubiera ido, si no me expulsara otra dictadura. Viví luego 20 años en Francia, pero he recibido mucho de todos. Yo era un hombre que salía de un país cerrado sobre sí mismo, desconectado del resto del mundo, donde la larga dictadura no hizo sino cerrarlo aún más, rodeado de murallas de todo tipo. Una muralla, su mediterraneidad. Otra muralla, la selva infinita, el atraso en cuanto a comunicaciones, un país sitiado, pero al que al fin pude regresar para cerrar mis naufragios o naufragar de otra manera.

 

-En sus libros de los años recientes también recuerda otros encierros, dentro de la propia familia. Me refiero a su niñez en Iturbe, donde tan bien expresa todo eso.

-Sí pude verlo mucho más profundamente ahora que tengo tantos años. Me rebelé mucho contra la represión paterna pero era una represión curiosa, porque las prohibiciones tenían que ver con el temor a que me pasara algo. Busqué formas mágicas para escapar, pero es como esos sueños de los prisioneros en los campos de concentración. En realidad no podía. Encierros y encierros que yo burlé con el paso del tiempo, pero dejaron su señal.

 

-Si en otros momentos no le gustaba hablar de su obra, ''mirarse a sí mismo" ahora lo rehuye con mucha más energía. ¿Por qué?

-Nunca he querido ser un historiador de la cultura y menos todavía un historiador o interpretar mi obra. Se habla mucho de los libros que uno escribe, la crítica ahonda en cada palabra, las interpretaciones son diversas. Yo prefiero hablar de la vida. Antes de salir al exilio era poeta aunque había escrito obras de teatro. Afuera fue como si soltara muchas amarras y comenzó mi etapa de narrador. Era muy difícil publicar en aquellos años de mi juventud, no había espacios en mi país y en cambio podíamos escribir poemas y leerlos unos a otros o simplemente tener a mano los libros inéditos y sentir que teníamos un libro. Nuestros maestros también habían ido al exilio.

 

-El exilio fue de alguna manera un desarraigo y una puerta abierta para los encierros de su vida.

-Sí que lo fue. Salir significó tomar contacto con el mundo de otra manera que aquellos mis escapes de la lectura, la que también fue mucho más nutrida por ese encierro. Fue otra presión el exilio y la necesidad de sobrevivencia, no sólo física sino intelectual. Toda mi obra prácticamente la escribí afuera. Además el contacto con intelectuales entrañables, que eran personajes muy abiertos, muy generosos, demandaba de nosotros muchos más. El exilio fue una enorme aventura donde fuimos descubriéndonos, donde aparecieron otras luces y también fue otra forma de la soledad. No era fácil adaptarse en esos 32 años de vivir en Argentina, pero también estaba en contacto con Paraguay, por medio de los amigos, de la familia, de la frontera, de las comidas. Incluso a veces recordando cómo me impuse a mí mismo la disciplina de escribir suelo decir que soy un escritor surgido por la imposición del exilio. La literatura era mi puerta abierta hacia mi país, que estaba cerrado para mí. Mi libertad entonces también era un encierro, pero escribir me hacía acercarme infinitamente a mi país, a mi gente. Yo como campesino que soy de origen, necesitaba de esas redes de comunicación para vivir y la literatura cumplió un papel muy importante ante esa necesidad de mantener la comunicación, con nuestro pueblo, las redes invisibles que siempre sobrevivieron en nuestro medio cultural.

 

-¿Y que sucedió con la poesía?

-Creo que rompí con un tipo de poesía para ir hacia otra. A eso que decidí indagar en los mitos de origen y que permiten rehuir el folclorismo, que considero una forma de degradación de esos mitos. Aunque también esto es parte importante de la cultura no ayudó al crecimiento de nuestra literatura. Los mitos de la cultura indígena son mucho más ricos, creativos y profundos.

 

-Cuando regresó en 1996 había estado medio siglo afuera. ¿Como se sintió?

-Siempre necesité regresar y lo decidí porque estaban sucediendo muchas cosas importantes. Entendí que debía integrarme a la lucha en un momento de transición para Paraguay y que uniendo mis fuerzas al resto, podía hacer algo. En toda la región tan rica en posibilidades donde existe una fuerza vital enorme y la necesidad de recuperación de todo lo que se ha perdido en tantos años de injurias, dominación y vejámenes, Paraguay estaba en una importante transición y todos debíamos ayudar. Hay recursos humanos suficientes en cuanto a resistencia, sensibilidad, ganas de vivir y hay que trabajar para que en democracia se entienda cuáles son las prioridades para que el país tan castigado se pueda reconstruir. En esto tiene enorme importancia la educación y la difusión de la corriente nueva del pensamiento contemporáneo, que no había llegado a mi patria, y que es otro desafío.

 

La Jornada - México D.F., 23/9/2004

Volodia Teitelboim y el Neruda íntegro

 

 

 

Volodia Teitelboim, abogado, diputado, senador elegido en 1965 y reelecto en 1973, Secretario General del Partido Comunista de Chile hasta 1994, ensayista, novelista, poeta y biógrafo. A sus novelas Hijo del salitre (1952), La semilla en la arena (1957) y La guerra interna (1979), traducidas a varios idiomas, se suma una rica producción de ensayos sobre los procesos históricos, intelectuales y literarios de nuestra complicada realidad latinoamericana. Entre ellos El amanecer del capitalismo y la conquista de América (1943), Hombre y hombre (1969), y su versión actualizada , El corazón escrito (1986), El oficio ciudadano (1973), El pan y las estrellas (1973), Pólvora del exilio (1976), La letra y la sangre (1986), En el país prohibido (1988). Es autor además de tres biografías mayores de escritores chilenos: Gabriela Mistral, Pública y secreta, Huidobro, la marcha infinita y Neruda.

 

-La pregunta ineludible: ¿por qué está Neruda vigente hoy?
-Neruda tuvo vigencia en el siglo XX y al parecer, por todos los indicios, la tendrá también en siglo XXI y no sólo como poeta de Chile porque, siendo un poeta chileno, tiene creo yo la máxima autoridad literaria poética a nivel mundial. Para mí, leer su obra es como estar leyendo un cuento escrito por la vida, porque Neruda es uno de por aquí, en el sentido de que nace en el país y en las tierras más terminales del mundo. Lo digo porque Neruda fue un hombre que hizo su historia, fue atravesado por la historia, incluso al nacer. Si creemos que alguien pueda leer el destino de una persona, está visto que nació, vivió y murió rodeado de la historia de Chile, que, en realidad, es una historia también violenta. El crece en una especie de campamento militar, que además está naciendo, donde se derriban bosques y selvas para construir ciudades de madera. Su vida es una vida al parecer condenada, como pudo serlo también la de Gabriela Mistral, al silencio, al anonimato, al que nunca supiera nadie quién era el niño Neftalí Reyes. Pero el niño hace un descubrimiento definitivo para su vida: la lectura, en una región, digamos, silenciosa, y después él mismo dice 'yo no sé cómo llegó a mí la poesía. Yo escribí prosa, versos, unas palabras, balbuceantes, reñidas, pero no estaban reñidas con la rima: estas palabras eran para mi madre, que yo no conocí'. El sabe que la única manera de ser es en un terreno que es hijo de la lectura: la escritura. Y escribirá observando, mirando a su alrededor. Muy poco se dice, muy poco se recuerda que este muchachito publicó su primer artículo en el diario de su tío Orlando Masson, 'La Mañana de Temuco'. Y fue sobre el entusiasmo, la perseverancia y también la palabra 'resurrección'. Tal vez sentía que mucha gente había muerto y que merecía volver a vivir. Así se titulaba este articulo, a los 13 años.

 

-¿Tendrá algo que ver con la "Resurrección" de Tolstoi?
-Fíjete que no lo sé. Es una pregunta interesante. El, de todas maneras la conoció, y puede ser... Porque por esos años él va a visitar a la directora del Liceo de Niñas, que es Gabriela Mistral, y ella no sólo lo inviste caballero de la poesía, lo reconoce como poeta auténtico, sino que le dice 'usted tiene que leer, seguir leyendo. Pero no lea literatura francesa, que es una cortesana con los ojos pintados: lea literatura rusa. Allí está el hombre, los problemas de la gente. la lucha entre Dios y el demonio'. De todas maneras, el conoció ese libro. No sé si en ese momento, o de manera posterior. Pero él descubre el poder de la palabra, de la palabra impresa, en una zona que dice él es de pésimo desarrollo verbal. Gente que hablaba poco y hablaba mal. El mismo no se consideraba ajeno a eso en ese momento, pero con la lectura descubre el mundo, que existe el mundo y quien se lo ha dicho es la literatura que viene de países lejanos, adonde a él le gustaría viajar, estar, como son los sueños del adolescente, del muchacho. Y allí, esta persona Neruda, una entre miles que vegetan en esta vida más gris, que no trascienden, siente desde muy temprano que es poeta y debe dedicarse a ello y nada puede torcer ese destino. Pero es un poeta que está mirando... Toda su poesía es autobiográfica. Y también de una observación constante de las cosas. Y sus colaboraciones en el diario de su tío, que las acoge con beneplácito, son, digamos así, de tinte ácrata. Son críticas respecto a la sociedad en que está viviendo, que ve formarse. Porque al principio parecía una ciudad democrática, pero perdió su espíritu democrático porque empezaban los ricos... y también vio al pobre, al viejo ciego, a la mujer que anda con su guagua solicitando limosna. Para él, el mundo estaba mal hecho y lo dijo desde el comienzo. Y se convirtió, siendo presidente del Ateneo en el liceo de Temuco, en el agente y corresponsal de una revista que hacía historia en esa época: la revista 'Claridad', de la Federación de Estudiantes. Poco se dice que en esa revista escribió más de 150 artículos, siendo muchachito. Incluso, varios de ellos se publicaron como editoriales y estaban en la primera página bajo la rúbrica 'El cartel de hoy'.

 

-¿Y cómo los firmaba?
-Los firmaba generalmente con seudónimos que extraía de las novelas que leía. Leía a todos los rusos, incluso a los naturalistas, que estaban de mucha moda en Chile. Yo alcancé a pispar algo de la cola de esa vigencia. Pero él creyó en la literatura y se presenta a muchos concursos literarios, provincianos. Y por entonces muere el poeta Domingo Gómez Rojas, en circunstancias trágicas. Golpeado, preso, torturado, enloquecido, y pareciera que esa juventud que estaba soñando, que atribuía a la poesía ciertos poderes modificadores, quedaba huérfana. Pero Neruda, tenía 16 ó 17 años, gana el concurso de la Fech con la 'Canción de la Fiesta', que celebra a la juventud:


'Porque la tierra se cimbra
en un temblor polvoroso y violento,
van nuestras jóvenes almas henchidas
como las velas de un barco en el viento'.


El tenía la idea del cambio y la tuvo, de alguna manera, siempre. O sea, que él fue político desde muchachito. No fue comunista desde el comienzo, fue un proceso que fue también cambiando con los vientos de la historia. Y así esta personita de repente se ve transformada en personaje. ¿Por qué?: por la fuerza de la poesía. Porque escribe poemas que todos recitan, en ese tiempo en que la recitación, la declamación, eran muy comunes. El iba de escuela en escuela con otros poetas jóvenes, Romeo Murga, Víctor Barberis, a recitar. Y el poema que tiene más popularidad entre los jóvenes es 'Farewell', aquel que dice 'amo el amor de los marineros'. Eso, yo creo que le da la sensación de que la poseía puede hacerlo trascender, salir del rincón oscuro de la Araucanía, de Temuco, y empezar a ser conocido en Santiago, alcanzar gloria local. Y que por tanto, la poesía es su camino. El es un muchacho particularmente dotado. Se transforma en personaje, adopta el seudónimo de Neruda, por temor a las palizas paternas por 'escribir versitos'. Y allí, escribe que te escribe, está también sumergido en una bohemia que los jóvenes aprendices de poetas de ese tiempo consideraban literaria. Porque la idea de la bohemia venía con la marca de París, y en París el pobre Lelián, el poeta Verlaine, Rimbaud en su tiempo, habían postulado la idea de que el poeta no podía vivir la vida burguesa sino que tenía que ser un rebelde en todos los órdenes. Podía ser también a través del alcohol, del absintio. Pero Neruda está experimentando una segunda sensación: el descubrimiento del sexo y de la mujer. Y él tenía una particularidad: era un poeta que, partiendo de su propia vivencia, la expresaba de inmediato por escrito. Yo se lo pregunté varias veces, y era así. Cuando joven escribía 4 ó 5 poemas por día. La poesía era su forma de hablar. Así se hizo un personaje. Pero un personaje pobre, en peligro porque estaba, digamos, amenazado por la tuberculosis que ya había alcanzado a algunos de sus amigos por la bohemia. Y él sabía que tenía que sobrevivir, inventar una huida hacia adelante. Pero se equivocó: eligió gracias a un amigo en el ministerio de Relaciones Exteriores otro sitio y ese sitio fue el Oriente.

 

El había escrito 'Crepusculario', publicado cuando tenía 19 años, '20 poemas de amor' cuando tenía 20 y 20 también cuando termina otro libro que no publica porque lo considera influido por otras voces, especialmente Rabat Ercasty, y bastante, digamos, escandaloso, que es 'El hondero entusiasta'. Está en el pináculo de la gloria local. Los dos libros que publica tienen una aceptación general que trasciende el mundo estudiantil y muchos consideran que es 'el poeta chileno', donde hay grandes poetas que no alcanzan su popularidad, como Gabriela, Huidobro De Rokha. El entiende entonces que como está cantando sentimientos universales, como el amor, puede llegar más lejos. Pero ya en Chile, él está en crisis personal en muchos aspectos: la crisis económica, de las costumbres, el modo de vida, pero también está en crisis en su poesía triunfante. Y eso es una cosa muy admirable. Otros poetas, con el éxito fulminante de los '20 poemas' habrían insistido en la nota del amor, que seduce a tanta gente... El lo considera un peligro, porque está también viviendo la época que proclama el triunfo de la vanguardia a nivel mundial. Y cambia su poesía. Porque cuando llega al Oriente, nadie lo conoce, nadie habla español, nadie habla con él. Tiene que hablar en inglés, con los que saben hablar inglés, y teme olvidar el idioma. Es un desafío y una amenaza contra él mismo, o sucumbirá a ese ambiente ajeno. Y suceden también tantas cosas maravillantes y trágicas, como las que el anota en 'El tango del viudo', un poema soberbio. Porque es evidente que todo eso responde a experiencias vividas, alguna de ellas amenazantes, peligrosas. El tiene su propia vanguardia, no la de Vicente Huidobro, el vanguardista típico de Chile, de América Latina, que va a París y está con Apollinaire, se disputa con otros poetas la paternidad del creacionismo. No: Neruda está solo consigo, solo con su alma. El tiene que sobrevivir. En alguna parte dice 'Yo quiero guardar para mí un sitio eternamente'. O sea, está en el dilema de ser o no ser. De sobrevivir o morir. Y lo hará a través de la poesía, que será una poesía muy distinta de '20 poemas'. Era evidente que él estaba haciendo su propia vanguardia. ¿Y adónde iba esta vanguardia?: a la proclamación absoluta de la libertad y la independencia de la poesía respecto de los moldes establecidos. Porque generalmente la poesía debía tratar de temas sublimes, los temas poéticos por excelencia: los atardeceres, los ojos de la amada. Pero él allí se insurge contra lo que llama en un verso 'la negra monarquía' de la antigua literatura. Es allí donde se produce la insurrección, y de la manera más profunda. En realidad, la poesía de 'Residencia', que había empezado en Chile, se escribe en 3 continentes: América, Asia y finalmente en España. Pero la 'Residencia' contiene varios libros, y hay que distinguir también en ella.

 

Neruda es también víctima de la gran depresión del año 29-30. Se suprime el cargo, porque no hay dinero para pagarle. Era un funcionario de sueldo improbable, sólo lo tenía si había muchos sacos de té con destino a Chile... El quería salir, ir a España: era su sueño, la casa matriz del idioma. Llega un momento -yo creo, es una cosa que pienso- en que puede, y quiere, dirigirse a las capitales del idioma. Pero forma parte también de su obra el reconocimiento, y es así como vuelve a Chile. Está muy mal, un matrimonio fracasado. Pasa por la que es la ciudad más poblada del habla hispana, Buenos Aires, se encuentra con García Lorca, lo cual le acrecienta sus ganas de llegar a España. Y llega a España, la historia es conocida: los poetas jóvenes de la generación del 27 lo aclaman, lo reciben como el gran renovador de la poesía. Escribe en la revista que dirige, revista de poetas españolas dirigida por un chileno, 'Caballo verde de la poesía', pero despierta las iras de Juan Ramón Jiménez, el apoderado, el profeta, el apóstol de la poesía pura. Y Neruda escribe ese ensayo 'Por una poesía impura', que tiene mucha relación con lo que ha hecho, ha descubierto, en el Oriente también, que es darle a cualquier tema considerado hasta entonces prosaico el derecho a convertirse en poesía si lo toca esa mano de rey Midas capaz de hacer el milagro de convertir la arena en oro. Y sostiene firmemente esto. Y también da cabida en él a su afiliación, su decisión política, porque aquel muchacho anarquista, en la guerra de España ve cómo trabajan los comunistas. En verdad, allí se siente comunista, un comunista sin militancia, que la va a consumar de regreso, luego de México, donde redescubre América precolombina, cosa que se confirma y lo hace escribir ese gran manifiesto poético que es las 'Alturas de Macchu Picchu'. Neruda cambia en España. Y entre los temas prosaicos que introduce está cualquier cosa que ve, que lo impresiona: la alcachofa, el congrio frito... Pero también los sentimientos, las dificultades del mundo. Se mete en la vida. El detalle de lo que es considerado cotidiano, al margen de la poesía, él lo poetiza. Entonces, creo que escribe miles de obras. El muere a los 69 años, y por lo menos 50 los dedicó a la poesía. Pero también España, a un hombre que había conquistado a los lectores de poesía en su América Latina, le abre la puerta de Europa. Y se proyecta como un gran poeta. Incluso, cuando la Academia fundamenta el veredicto que le da el Premio Nobel, dice: 'Hemos premiado a un poeta controvertido, a un poeta discutido y discutible'. De hecho, durante largos años, creo que 20 ó 40, siempre está presente como postulante. Esto significa que es un valor permanente. Y es así como este niño huérfano de Parral y que se va Temuco, una zona lluviosa, oscura, fin del mundo, ese poeta de la América violenta, es aceptado en el centro del mundo y en todas partes.

 

Ahora, la transformación de persona en personaje, la hace la gente, pero en función de lo que él ha hecho, de que él se ha ganado esta fama. Porque es un poeta que, correctamente traducido, puede concientizar corazones en todas partes, ser un poeta vigente en todos los continentes, todas las lenguas. Y que conozca la mayor popularidad del mundo que tenga un poeta actual, del siglo XX. Y este poeta del siglo XX está librando una nueva batalla: ser poeta también del siglo XXI. El tiempo dirá. Chile está celebrándolo. E incluso países que se consideraban países dominados por el enemigo, como Estados Unidos, Alemania, tuvieron grandes festejos; España, donde casi todas las universidades se han sumado, Francia, Italia. Y en los pequeños pueblos también, en Chile. O sea, esto hay que preguntárselo. Son varios triunfos, que no son exclusivamente personales. Es un triunfo también de este concepto de la poesía. Curiosa o naturalmente, Neruda es el que más ha influido para protestar la poesía y para aceptar también la del siglo XX, que es distinta de la del XIX y posiblemente distinta a la del siglo XXI. Es un cambio y una continuidad. Y también esta poesía dice que no debe ser ajena a la sociedad, a la historia, al interés de los hombres, de sus dolores, a sus guerras. Bueno, hombre de paz, luchó muchos años y en Estocolmo, ante el Rey, ante la Academia, en su discurso habla de su fidelidad al pueblo y dice 'por eso he llegado hasta aquí con mi poesía y mi bandera'.

 

-Usted alude a su fidelidad, su cercanía al pueblo. Algunos dirán, o dicen, que esto es retórica. Está en su poesía, pero en concreto era un hombre que se dedicaba a vivir bien, a coleccionar, a viajar, etc. Usted, que lo conoció bien, cuál fue la real inserción...
-Estrecha. Su adolescencia y su juventud fueron entusiastas pero pobres. Incluso conocieron el hambre. Después, cuando su figura engrandeció y fue aceptado en el mundo, hubo la venta fabulosa de '20 poemas' en hora relativamente temprana, en la edición de Losada de un millón de ejemplares, cifra insólita para entonces... El era un gozador de la vida, pero un responsable de la vida. Absolutamente. Y ante la sociedad, y sufrió por ella. Fue condenado, perseguido, tuvo que huir como prófugo. Conoció todas las trampas de la vida, pero manifestó también que esa vida que tuvo en algún momento, ojalá la tuvieran todos. Abogó en su poesía por 'la democracia del almuerzo', por los demás, por los otros. Quiso ser incluso portavoz, vocero. Conoció también las furias del enemigo y contestó con mucha acritud. Algunos dicen que en su poesía hay muchas cosas contingentes, porque él quería que toda la vida tuviera derecho a la poesía. Esto significó una poesía que es grandiosa, e incluso alguien tan lejano a él como Jorge Luis Borges definía los más grandes poemas de Neruda, como los 'Cantos de amor a Stalingrado', como cantos de amor a la gente más que a Stalin... Entonces, él sencillamente hizo de la poesía su vida y de su vida la poesía. Pero la hizo no sólo en función de su individualidad, que era muy fuerte, sino también de su responsabilidad ciudadana y de su conciencia de que la sociedad injusta debería ser cambiada. Por eso se defendió con sacrificio, porque era muy asediado, estaba lleno de tentaciones del sistema que pretendía ganarlo para sí, ofreciéndole todo lo que le podía dar, y muchos intelectuales habían caído en eso. Incluso, la CIA tenía un departamento especial para evitar que obtuviera el Premio Nobel. Y ahora se lo sabe. El no cedió nunca, aunque reconoció sus errores, que son los errores de todos nosotros. Pero fueron errores de buena fe, porque había depositado su confianza en la limpieza y el humanismo del proyecto socialista que, a mi juicio, fue perturbado por Stalin. Y lo dijo en varios de sus libros, de manera que todos aquellos que continúan diciendo que no criticó nunca a Stalin, quiere decir que no han leído sus obras. Fue un humanista, y murió como tal. Murió, sintomática y simbólicamente, con la democracia chilena, con la libertad en Chile, con el respeto por el ser humano. Murió a los pocos días que había muerto Allende. Estaba muy enfermo, pero el golpe apresuró su deceso. En verdad, tenía razón ese profesor del Franco Condado que dijo que Neruda murió 'de muerte nacional'. Su muerte y su sepelio, el primer sepelio, tienen algo de la tragedia griega. Se pensó que tendría, en circunstancias normales, un entierro a lo Víctor Hugo, con un millón de chilenos acompañándolo. No fueron tantos, fueron unos cuantos que se atrevieron en los días más trágicos, en que la muerte reinaba en Chile, a acompañarlo, no hasta su último sepulcro, porque él tuvo tres. Finalmente, descansa en Isla Negra, como él lo quiso.

 

-Toda obra va revalorizándose con el tiempo, hay nuevas miradas... De una obra tan vasta, ¿qué quedará en 50 ó 100 años?
-Responder a esa pregunta supone también una opinión personal, susceptible por cierto de errores. Esta pregunta puede hacérsela a muchas personas, y tal vez algunas coincidan y otras diverjan.. Pero yo pienso que entre las obras que seguirán leyéndose estarán los '20 poemas de amor', y también toda su poesía amorosa; desde luego, las 'Alturas de Macchu Picchu'.

 

-Usted no menciona las "Residencias"...
-Primero, hablo de la que la gente en general piensa, después por cierto incluyo las 'Residencias'. No enteras... Yo considero más grande la 'Primera Residencia', porque es la expresión literaria más honda de una situación de vida crítica, de desesperación, de soledad. Cada cual tiene derecho a decir 'me gusta tal libro, o tal poema', pero él queda con toda su obra y muchos poemas seguirán repitiéndose. Allí está el hombre que quiso cambiar el mundo y que pronunció aquel discurso memorable de Estocolmo, donde dijo que hay que buscar la belleza pero también hay que ocuparse de la suerte del hombre, de la humanidad. Y yo creo que por eso Neruda está en todas partes. El era un patriota absoluto. Quería lo mejor para Chile, un país democrático, libertario. Y también una América Latina... O sea, que no se puede dividir al hombre de los sentimientos íntimos y personales, del que tuvo también grandes sueños colectivos que fueron parte de la cultura progresista de la humanidad. Y en este sentido, creo que Neruda puede ser no sólo un poeta del siglo XXI sino incluso del tercer milenio. No toda la obra, siempre se elegirá algo. Y además es una gran parábola: el niño huérfano, relativamente pobre, en el último rincón del mundo, que se convierte en un vocero de la humanidad. Porque para mí ésa es la tarea de hoy: cuando Estados Unidos invade Irak y hace de la guerra, o sea de la muerte masiva, una divisa y una forma de gobierno y de una llamada civilización, es muy importante la voz de los poetas, que en el fondo es la voz del amor. Y en el caso de Neruda, él cantó al amor por la mujer y al amor por la humanidad. Y por ello sufrió arrostró peligros. Y por eso cuando algunos se hacen la pregunta de qué sería Neruda hoy día, la única respuesta es que sería lo mismo que fue en vida. Y no piensen que se convertiría en admirador de Pinochet o de George Bush. Está claro con quién estaría.

 

El Siglo - Santiago de Chile, 9/7/2004

La fundación Cardoza y Aragón donará su archivo a la UNAM

 

 

Ericka Montaño Garfias

 

La Fundación Lya y Luis Cardoza y Aragón donará su archivo a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) que consta de documentos, periódicos, originales de obras, correspondencia y fotografías del poeta guatemalteco y de su esposa Lya, adelantó Andrea Huerta, secretaria técnica de esa asociación civil. Otro de los planes para este año es publicar el primero de los cinco tomos de las obras reunidas de Cardoza y Aragón (1901-1992) dedicado a José Clemente Orozco. Completan la serie, que será publicada por el Fondo de Cultura Económica (FCE), un volumen dedicado a la pintura, así como Guatemala, las líneas de su mano; El río, y el de poesía que estará integrado por Poesías completas y otras prosas y su libro póstumo Lázaro.

 

Vamos a entregar el archivo, explica Huerta, debido a que la fundación es muy pequeña y las condiciones para su conservación no son las idóneas. De este acervo la editora Alba Cama de Rojo, fallecida el año pasado, seleccionó una serie de fotografías que conforman el libro Luis Cardoza y Aragón. Iconógrafía, que hoy se presenta en la librería Octavio Paz del FCE. El archivo ''tiene que estar en un lugar protegido y se nos ocurre en primera instancia la UNAM", institución en la que Luis Cardoza y Aragón fue investigador emérito mientras que su esposa Lya trabajó durante varios años en Radio UNAM. Esta decisión fue tomada por el comité técnico de la fundación integrado por Gabriel García Márquez, Margo Glantz, Pablo González Casanova, Eugenia Huerta, Rigoberta Menchú, Carlos Payán Velver, Vicente Rojo y Juan Villoro. Por ahora ''estamos en pláticas con Vicente Quirarte, director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, y con representantes del Instituto de Investigaciones Filológicas, del que depende el Centro de Estudios Literarios, otro de los posibles receptores del archivo". Esta donación, añade, permitirá que el acervo esté en condiciones óptimas, será más accesible para estudiantes e investigadores, ''con mejores técnicas, ya que ahora se pueden digitalizar los documentos, pero nosotros no lo podemos hacer'', subrayó Huerta. Si se hurga un poco en el acervo ''se descubren cosas sensacionales. Por ejemplo, un investigador busca algo acerca de Pablo Neruda y Luis Cardoza, entonces descubre cosas como un prólogo que originalmente escribió Neruda para el libro Retorno al futuro, aunque finalmente no se incluyó".

 

El archivo fue clasificado y catalogado en 1996 con una beca del Fonca y se divide en varias secciones: biográfica, curricular, casas editoras; actividades diplomáticas, actividades político culturales, correspondencia general -integrada por más de 400 cartas intercambiadas con Carlos Fuentes, Margo Glantz, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, José Clemente Orozco o Rigoberta Menchú, entre otros-, además de cartas a su familia, originales de sus poemas y copias de artículos y ensayos de y acerca de Luis Cardoza y Aragón, así como el archivo de Lya. Fue en estos documentos en los que la editora Alba Cama de Rojo seleccionó algunas de las fotografías que se incluyen en Iconografía, cuyo texto de presentación está a cargo del poeta David Huerta y se divide en imágenes con amigos y personajes de la cultura nacional e internacional, además de un apartado dedicado a las fotografías de la pareja Luis y Lya.

 

Esta es una de los últimas iconografías preparadas por la editora, en cuya lista se incluyen las de Emiliano Zapata, Julio Cortázar, Luis Buñuel, Alfonso Reyes, Daniel Cosío Villegas, Jaime García Terrés, Nicolás Guillén, José Clemente Orozco y Diego Rivera, entre otras, algunas de las cuales fueron realizadas en colaboración con otros investigadores. La iconografía de Cardoza y Aragón ''muestra un panorama muy rico de su vida, que fue muy larga y cubrió muchos aspectos. Están los retratos que le hicieron pintores como Orozco. Es muy interesante ese intercambio entre el artista, poeta, crítico de arte pero al mismo tiempo amigo y modelo de pintores, fotógrafos y caricaturistas. Fue un personaje muy rico, estéticamente fotografiable y muy inteligente". Alba C. de Rojo buscó de entre 400 fotografías de la fundación y de otras colecciones las de mejor calidad, ''donde apareciera con personajes conocidos y que dijeran algo de la cultura nacional, además de sus mejores fotos con Lya. Es una muestra de lo que fue un personaje como él".

 

La Jornada - México D.F., 24/6/2004

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Direttore Nicoletta Manuzzato