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Cultura y unidad nacional, piden "peregrinos"  (10/12/2004)

 

Descubren documentos sobre la Conquista  (10/12/2004)

 

Las hermanas Mirabal  (25/11/2004)

 

“El general Roloff, tesorero de los mambises”  (4/10/2004)

 

Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos  (15/9/2004)

 

Efectos de la fuerza de Tlaloc  (25/6/2004)

Cultura y unidad nacional, piden "peregrinos"

 

 

Carlos Paul

 

Por segundo año, se realizó el 9 de diciembre por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México el desfile cultural pastorelero del 12 Festival Hispanoamericano de Pastorelas (Festhip), para pedir posada en diversos recintos culturales y de gobierno, esta vez con el lema: Por la cultura y la unidad nacional. A diferencia de 2003, cuando se reunieron alrededor de 200 vistosos diablos, ángeles, pastores, alebrijes y zanqueros, de 35 compañías, en esta ocasión se dieron cita poco más de 100 personajes, de 18 compañías, integradas por niños, jóvenes de secundaria y ancianos.

 

Encabezados por Arturo Morell, presidente del Festhip, los "peregrinos" pidieron posada ante al Palacio de Bellas Artes, el Palacio de Minería, el Senado de la República, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, las oficinas del jefe de Gobierno de la Ciudad de México, el Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana. "En el nombre de México/ os pido cultura,/ paz y tolerancia/ y sobre todo cordura.// Estamos muy preocupados/ por la situación actual/ por eso pedimos: unidad nacional", cantaron a coro los peregrinos en cada uno de esos sitios, agregando una estrofa diferente, según el caso.

 

Festejados por transeúntes y turistas, en el Palacio de Bellas Artes los "peregrinos" pidieron al CNCA "que fomente la cultura"; en Minería, "que la UNAM, la defienda (la cultura) con la misma garra con que ganaron los Pumas"; a los senadores, "que busquen la conciliación y el trato pacífico", y a la Asamblea Legislativa, "nunca más un linchamiento" e insistieron "que asignen 2 por ciento para la cultura que marca la Ley de Fomento". Frente a la jefatura de gobierno demandaron "voluntad conciliadora con sus vecinos"; en Palacio Nacional al presidente Vicente Fox, "que busque la unidad junto con su gabinete", y en Catedral, "que se rece por toda nuestra gente".

 

Aunque se avisó a los funcionarios responsables de cada una de esas entidades que se iría a "pedir posada", sólo en tres recintos los "peregrinos" fueron escuchados. La respuesta del personal de vigilancia o recepción de los sitios en que no los atendieron fue: "no hay nadie que los pueda recibir en este momento". En el palacio de mármol volvieron a ser recibidos por Silvia Carreño, gerente del recinto; en el Senado, por Jesús Ortega, Maricarmen Ramírez y Jesús Galván, y en la ALDF, de nuevo por Mauricio López, quienes en sus discursos reconocieron la importancia de la cultura y se comprometieron a dar curso a las peticiones. Sin menguar el ánimo en ningún momento, demonios, ángeles y pastores, concluyeron el desfile cultural, "que no manifestación, ni marcha", subiéndose a tres turibuses para hacer un recorrido por Paseo de la Reforma y regresar finalmente al Palacio de Bellas Artes.

 

La Jornada - México D.F., 10/12/2004

 

 

La pastorela

 

La pastorela tiene sus antecedentes en la época colonial, cuando los evangelizadores aprovecharon la tradición teatral de la cultura náhuatl para difundir en forma didáctica el cristianismo. Los jesuitas fueron los principales impulsores de los coloquios, representaciones que señalan el inicio de estas expresiones teatrales. Desde el punto de vista religioso, la pastorela es la recreación de los problemas que enfrenta un grupo de pastores para llegar a la adoración del Niño Jesús nacido en Belén. En el trayecto luchan contra Lucifer quien, representando los siete pecados capitales, pone todo tipo de trampas, obstáculos y tentaciones para hacerlos desistir. El Arcángel San Miguel libra una intensa batalla con él y finalmente lo vence. Se trata de un enfrentamiento entre el bien y el mal del que se desprenden ciertas lecciones. Estas representaciones adquieren un nuevo carácter al salir de los atrios de las iglesias para escenificarse en las calles y plazas, donde se recogen las costumbres y prácticas de cada región. Por ello, en las postrimerías del siglo XVI existen referencias de una pastorela propiamente mexicana, sobre todo en regiones de antigua influencia jesuita como Puebla, Querétaro, Guanajuato y Jalisco. Posteriormente surgieron las pastorelas más pícaras que, dejando a un lado su lenguaje pulcro, dieron paso a otro, cargado de sensualidad, sentido irónico, cómico y, muchas veces, soez. De esta forma, en los últimos años, la crítica social y política también se ha hecho presente en la trama de muchas obras que son producto de la creatividad popular.

 

Como modalidad teatral surgió a partir de que José Joaquín Fernández de Lizardi escribió en el siglo XIX La noche más venturosa, primera pastorela que se representó en un escenario con actores profesionales y un lenguaje culto. Desde entonces, este género dramático se ha representado en época navideña en los teatros mexicanos y, a pesar de que ha sufrido indudables transformaciones, aún conserva un contenido y una estructura más o menos permanente, cuyo tema central sigue siendo el nacimiento y la adoración del niño Dios, e incorpora algunos personajes nuevos.

 

En la pastorela mexicana son representados fundamentalmente: los pastores Bato, Brasy y Gila, entre otros; los demonios, Lucifer, San Miguel, José, María, el Niño Jesús y un ermitaño. A éstos se les han agregado una serie de cantos y música tradicionales que le dan un sello particular a las pastorelas de cada región, estado o pueblo, sin olvidar las danzas y otras manifestaciones populares. En ellas, hay cantos, caminatas, diálogos entre diablos y pastores, la lucha entre San Miguel y Lucifer, la adoración de los pastores, el ofrecimiento de regalos y la despedida. Cabe señalar que la trama de muchas pastorelas ha ido pasando de generación en generación a través de la tradición oral. Entre otras, se conoce la de Metepec en el Estado de México, la de Tepotzotlán en Puebla y la del Altillo en la ciudad de México. Es así como este género se ha ido afianzando en el gusto del pueblo, a la vez que se ha convertido en un buen pretexto para poner en juego creatividad e ingenio, y reflejar la realidad social por medio de una tradición cultural como la Navidad.

 

Según ciertos autores, los antiguos mexicanos celebraban en la época invernal la llegada de Huitzilopochtli, dios de la Guerra, efectuada en el mes llamado Panquetzaliztli, que correspondía en el calendario juliano al lapso que va del 7 al 26 de diciembre, temporada que coincidía con la práctica europea de celebrar la Navidad. Esa ceremonia se festejaba por la noche, y al día siguiente había fiesta en todas las casas, en las cuales se obsequiaba a los invitados una suculenta comida e ídolos pequeños hechos con una pasta comestible llamada tzoalli. Se cree que los religiosos agustinos fueron quienes sustituyeron la celebración durante la misma época, añadiendo características diferentes y siguiendo la tradición cristiana; los evangelizadores representaron en las posadas el peregrinar de José y María, de Nazaret a Belén, y luego el nacimiento de Jesús. En San Agustín Acolman, Estado de México —lugar donde se instalaron los agustinos—, se originó la práctica de las posadas una vez que en 1587 fray Diego de Soria obtuvo del Papa Sixto V una bula para celebrar en la Nueva España misas llamadas "de aguinaldo" del 16 al 24 de diciembre, las cuales se llevaban a cabo en el atrio de la iglesia; entre ellas se intercalaban pasajes y escenas de la Navidad. Después, como atractivo se agregaron luces de bengala, cohetes, piñatas, villancicos y cantos populares.

 

Desde sus inicios hasta nuestros días, las posadas han ido cambiando en algunos aspectos; por ejemplo, las misas "de aguinaldo" en los atrios de las iglesias empezaron a practicarse más en los barrios y casas, con el fin de que la mayoría de la población participara en estas celebraciones; en consecuencia, se fueron acoplando a sus posibilidades y características populares. Asimismo, se agregaron elementos como ofrecer a los invitados alimentos que variaban según la región: el baile (incluido ya en tiempos de la Colonia) y la petición de aguinaldo encargada a grupos de niños y jóvenes. Así, las posadas llegan al siglo XX en gran parte desprovistas de la religiosidad que inicialmente les había dado vida. Actualmente, esta práctica conjuga elementos religiosos y festivos, lo cual se ve reflejado en la manera de hacer la piñata, la preparación de los alimentos, la entonación de los cantos y la letanía.

 

Los asistentes a una posada se dividen en dos grupos, unos piden posada con una velita en la mano y con el pesebre de los santos peregrinos al frente de ellos; mientras, en un cuarto de la casa se colocan quienes darán la posada y responderán a los cantos; después se procede a repartir colación en canastitas de papel o de vara, luces de bengala, cohetes, buscapiés y silbatos de diferentes clases, convirtiendo aquel acto solemne en festivo, sobre todo cuando se rompe la piñata. También se reparten entre los invitados, alimentos característicos de la época: atole, buñuelos, tamales y el tradicional ponche.

Descubren documentos sobre la Conquista

 

 

Arturo García Hernández

 

Un par de documentos de "principal importancia" histórica, fechados respectivamente 46 y 12 años antes de la llegada de Cristóbal Colón a América, fueron localizados en México, entre los acervos de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH). Se trata de la carta de privilegio de 1446 que el rey "don Juan II de Castilla", padre de Isabel la Católica, otorgó a Diego Fernández de Zorita, posterior conquistador y comendador de Chile. El otro documento es una cédula de traslado de testamento de Diego Hernández Pizarro, de 1480, a la que acompaña una genealogía de la familia de Francisco Pizarro, conquistador de Perú.

 

Al dar cuenta del hallazgo, César Moheno, director de la BNAH, explicó que la importancia de los documentos radica en que ofrecen información sobre "una de las épocas (el siglo XV y la Conquista) menos tratadas por los historiadores", a pesar de ser "una de las más importantes de nuestra historia nacional". Como fuentes primarias plenamente autentificadas, "cada historiador puede hacerles preguntas distintas y obtener respuestas sobre diversos aspectos de la vida social, cultural y económica" de ese tiempo. Por ejemplo, hacer una historia de los linajes familiares de los conquistadores: "sin ningún problema podríamos resolver todos los intríngulis de la familia Pizarro". En el ámbito meramente político -de acuerdo con Moheno-, los documentos de referencia permitirán saber "cómo se relacionaba el reino de Castilla con los otros reinos de España; cuáles eran sus principales funcionarios, cómo se movían, con que periodicidad. "Y, relacionándolos con otros documentos, podríamos saber de la historia política cotidiana de estos reyes."

 

El hallazgo ocurrió durante los trabajos de catalogación de la llamada Colección Casa de los Montejo, dentro del Programa Integral de Catalogación de Acervos Históricos. La Colección Montejo -adquirida por el Instituto Nacional de Antropología e Historia en 1982, de manos de un anticuario holandés- contiene información relacionada principalmente con los cargos y privilegios que durante la Colonia tuvieron Francisco Montejo, padre e hijo, en Yucatán. Hasta ahora se encuentra catalogada la mitad de la colección y se espera concluirla en junio de 2005. César Moheno no descarta la posibilidad de encontrar más documentos como la carta de privilegio de Fernández de Zorita y la cédula de traslado testamentario de Hernández Pizarro. El primero es una "merced real", nombre que se daba a los privilegios que el rey otorgaba a sus súbditos. Entre sus características físicas destacan la caligrafía gótica, las capitulares e iniciales lombardas doradas, y decoraciones en miniatura pintadas con un estilo y materiales típicos de la pintura medieval tardía y del Renacimiento.

 

A decir de Moheno, todo historiador que se encuentra con este tipo de documentos "tiene la obligación de dudar y ponerlos a prueba". Para ello, en colaboración con José Luis Ruvalcaba, uno de los especialistas más connotados en la materia, perteneciente al Instituto de Física de la UNAM, los documentos fueron sometidos a un análisis molecular de los materiales que contienen. Se detectó un mineral llamado azurita, propio de la pintura medieval y renacentista; malaquita, "fundamental para entender la pintura europea de la época"; el "amarillo del plomo de estaño, que se usó solamente entre los siglos XIII y XVII". Paralelamente se echó mano de lo que los especialistas llaman "historia diplomática", que no es otra cosa que cotejar firmas, nombres, cargos y fechas con archivos de otros países. Por ejemplo, en este caso, el Archivo de Indias sito en España. Esta investigación y la presencia de los elementos mencionados comprueban sin lugar a dudas la autenticidad de los documentos.

 

La Jornada - México D.F., 10/12/2004

Las hermanas Mirabal

 

 

 

Los nombres de tres mujeres dominicanas, conocidas como las hermanas Mirabal, son desde 1981, el símbolo del Día Internacional “No Más Violencia Contra las Mujeres”. María Teresa, Minerva y Patria Mirabal, fueron asesinadas el 25 de noviembre de 1960 por orden de la dictadura trujillista.

 

Patria Mercedes (1924), María Argentina Minerva (1926) y Antonia María Teresa Mirabal (1935), nacieron en un lugar llamado Ojo de Agua, pequeña localidad de Salcedo. Su padre, Enrique Mirabal, era comerciante y hacendado. Su madre, Mercedes Reyes Camilo, ama de casa. Al terminar sus estudios primarios, Patria y Minerva y otra hermana suya, Adela, fueron enviadas a estudiar al colegio Inmaculada Concepción, en la provincia de La Vega. De las cuatro hermanas, Minerva fue la que destacó por su gran inteligencia y personalidad. Algunos biógrafos no pueden dejar de destacar que “la belleza de Minerva fue legendaria”. En su novela, En el tiempo de las mariposas, la escritora dominicana, Julia Alvarez, narra cómo el dictador Rafael Leonidas Trujillo, al conocer en una fiesta a Minerva Mirabal, quedó impresionado y decide conquistarla. Asediada por el dictador en varias oportunidades, Minerva abofetea a Trujillo en una fiesta, por propasarse en sus atenciones. “Hemos oído historias de jóvenes drogadas, luego violadas por el Jefe”, dice.

 

La cadena de desaires de la familia Mirabal con el régimen alcanza su clímax cuando el padre y sus hijas deciden retirarse de una fiesta, desatando la cólera del dictador por considerarlo “una grave ofensa”. A Rafael Leonidas Trujillo no le bastaron las disculpas de Enrique Mirabal, quien a instancias de sus amigos, se vio obligado a enviarle un telegrama con sus excusas. Pocos días después, Mirabal fue detenido y llevado a una prisión, y posteriormente lo seguirá su hija Minerva, acusada de complotar contra el régimen. Un riguroso espionaje en torno a la familia Mirabal llevó a la conclusión que la joven tenía estrechas relaciones con miembros del Partido Socialista Popular. Varias semanas duró la prisión de padre e hija. Finalmente, el cerco se estrechó para Enrique Mirabal, quien murió en diciembre de 1953, luego de haber sido sometido a torturas y humillaciones durante su permanencia en varias prisiones.

 

La fuerza de los acontecimientos y el paulatino convencimiento, de parte de Minerva, de luchar para derrocar a Trujillo, consiguieron una transformación en su vida y por ende, en la de sus hermanas, Patria y María Teresa. Aunque biógrafas y biógrafos coinciden en destacar que de las tres, fue Minerva la que se puso a la delantera. Con el nombre de “Mariposa”, Minerva entró de lleno al trabajo clandestino. Leandro Guzmán, esposo de María Teresa, recuerda hoy que Minerva no sólo se enfrentó a Trujillo, sino que llevó a la práctica su oposición, como principal gestora del Movimiento de Resistencia Interna, creado a pocos días del triunfo de Fidel Castro en Cuba.

 

La primera asamblea de constitución del nuevo movimiento se realizó el 10 de enero de 1960, en la Hacienda de Conrado Bogaert. En honor al sacrificio del grupo de rebeldes que formó parte de una expedición armada procedente de Cuba y fue aplastada por la dictadura, el grupo decidió denominarse Movimiento Clandestino 14 de junio. En esa asamblea clandestina, sólo estuvieron presentes dos mujeres, Minerva Mirabal y Dulce María Tejada Gómez. Y aunque Minerva es señalada como la iniciadora de ese movimiento, fue su marido, Manolo Tavares y su cuñado Leandro Guzmán, quienes formaron parte de la directiva. Días después, una delación llevó a los servicios secretos del régimen, informes sobre el grupo y los nombres de sus integrantes. Inmediatamente fueron encarcelados, Manolo Tavares, Leandro Guzmán, luego Minerva y más tarde su hermana María Teresa, entre otros. Con los días, nuevas detenciones alarmaron a un sector de la clase alta dominicana. Los padres de la mayoría de los y las jóvenes encarcelados, tenían vínculos muy estrechos con Trujillo. Esta situación fue el caldo de cultivo que aceleró la caída del régimen. La intervención de la Iglesia Católica a través de una carta pastoral condenando estos hechos, también fue determinante.

 

Meses más tarde, el régimen desencadenó una de las etapas más represivas que llegó a extremos de locura, como la orden de asesinar a Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela. En ese momento, el destino de las hermanas Mirabal quedó sellado. En alguna ocasión, Trujillo declararía que sus dos grandes problemas eran la Iglesia y las hermanas Mirabal. Cuando Patria, Minerva y María Teresa regresaban luego de visitar a sus maridos encarcelados, fueron objeto de una emboscada por los esbirros del régimen. El hecho fue presentado como un “accidente”. Se supo más tarde que fueron muertas a garrotazos y que luego, sus cuerpos fueron colocados en el vehículo en que viajaban y precipitado al abismo.

 

“Por lo general, de noche, las oigo cuando me voy quedando dormida. A veces estoy en el borde mismo de la inconsciencia, esperando, como si su llegada fuera la señal para poder dormirme. El crujido de los pisos de madera, el rumor del viento en el jazmín, la profunda fragancia de la tierra, el canto de un gallo insomne. Sus suaves pasos de espíritu, tan indefinidos que podría confundirlos con mi propia respiración”.

 

MujeresHoy

“El general Roloff, tesorero de los mambises”

 

 

Luis Bruschtein

 

El escritor y periodista cubano Jaime Sarusky Miller se especializó en el estudio de las comunidades de inmigrantes y minorías de su país y en especial de la colectividad judía. “Hubo un éxodo de judíos cubanos muy fuerte con la llegada de la Revolución –explica–, pero no fue por causa de tendencias antisemitas, sino por causas de tipo económico.” Por otro lado indica que, si bien la colectividad judía existe en Cuba desde la segunda década del siglo pasado, los primeros funcionarios de alto nivel fueron designados después de la Revolución y recuerda la participación de judíos en la lucha por la independencia de España. Habitante de una isla en la boca del Caribe, un lugar de paso entre Europa y América, Sarusky Miller ha investigado también sobre la historia de los suecos, de los chinos y de los mayas e inclusive de norteamericanos en Cuba.

 

–¿Cómo se interesó por el estudio de las comunidades inmigrantes que se instalaron en Cuba?
Durante un viaje, en el año 1970, hice una escala en un pueblo de la zona oriental de Cuba y vi que el pueblo era como una especie de escenografía de un pueblo del oeste norteamericano, del Far West. Frente a la estación había una especie de bar saloon con puertas batientes, me puse a caminar y vi bungalows y una iglesita protestante toda de madera, fui al cementerio y vi las inscripciones con nombres anglosajones e incluso escandinavos y hasta finlandeses. Ese lugar se llama “Omaha”. Pero no está escrito como la capital de Nebraska, con “h”, sino con “j”: “Omaja”. Y entonces me interesé y me puse a investigar. La conclusión de esa investigación fue que se trataba de una colonia norteamericana que se había fundado a principios del siglo XX. Y luego, leyendo, buscando más información, encontré dos líneas en una obra documental sobre la historia de Cuba, donde se indicaba que cerca de esa zona, en la zona oriental, hubo colonias de escandinavos. Y me llamaba mucho la atención porque no era un hecho conocido. Allí me encontré con que había habido una colonia sueca y comencé a investigar y tuve la suerte de conocer a la familia de uno de los fundadores de esa colonia, que además había sido fotógrafo, así que había documentado gráficamente la historia de esa colonia.

 

–¿En qué año habían llegado los suecos?
También a principios del siglo XX. Todo esto está relacionado con el tendido del ferrocarril en la zona este, oriental de Cuba.

 

–¿Eran trabajadores del ferrocarril?
Hubo trabajadores del ferrocarril, pero la mayoría de ellos eran colonos que venían a afincarse y se asentaban en poblados a la vera del nuevo ferrocarril. Sobre todo eran inmigrantes suecos que habían migrado primero a Estados Unidos y luego habían llegado a Cuba, por razones de clima. Lo que es una ironía, porque en Cuba hace mucho más calor que en Estados Unidos y Suecia, pero también por cuestiones económicas, más que nada por la atracción de invertir en zonas donde las tierras eran muy baratas y muy fértiles. Comenzaron esas colonias en un lugar que se llama Bayate de Miranda. También establecieron colonias en otras zonas.

 

–¿Y cuántas personas eran?
En esa colonia serían alrededor de 300 familias.

 

–¿Esa gente se fue quedando, integrándose a Cuba?
Algunos se fueron integrando. Pero otros, como Cuba dependía fundamentalmente del azúcar, se fueron al producirse la caída del precio del azúcar en el precio mundial. También en la historia cubana hubo algunos momentos de violencia, de lucha entre partidos y todo eso determinó que de alguna manera mucha de esa gente partiera. Hasta los años ’60 hubo suecos viviendo allí.

 

–¿Hay muchos cubanos con apellidos suecos?
Se mantienen algunos, como por ejemplo el de esta familia que todavía está en Cuba, con hijos, nietos y bisnietos cubanos, de apellido Niström, y descendientes de otras familias.

 

–¿Usted decía que la colectividad judía se origina con la llegada de Colón?
Bueno, lo que sucede es que con Colón vienen ciento y tantos judíos conversos, o judíos que los libraban de la Inquisición con la condición de que se sumaran a la aventura del descubrimiento.

 

–¿Y esos primeros judíos en América se quedaron en Cuba o en Santo Domingo?
Algunos se quedaron en Cuba, pero la mayoría regresó. Incluso quien introduce el tabaco en Europa fue un judío que había vivido en Cuba, de nombre Louis Marx, que fue el primer terrateniente en Cuba. Y hubo otros que también de alguna manera se convirtieron en pioneros del comercio entre las Indias y Europa.

 

–¿Quedaron descendientes de esas personas en la actualidad?
No, casi todas ellas regresaron cuando se enriquecieron. Hubo una dinastía que creo que fueron cuatro o cinco generaciones de Díaz Pimienta, sefaradíes. Este señor Díaz Pimienta se casó con una negra y tuvieron descendencia a lo largo de cinco generaciones y todos se llamaban Francisco Díaz Pimienta, una familia donde hubo de todo, desde armadores de barcos hasta contrabandistas. Ya no quedan descendientes de esa familia. Yo conozco a un Pimienta que es escritor y repentista, como le llamamos en Cuba, pero no estoy seguro de que tenga algún vínculo.

 

–¿Cuándo se produjo la mayor afluencia de judíos a Cuba?
Las dos afluencias, la sefaradí, de alrededor de 1917, cuando emigraron cuatro mil sefaradíes de Marruecos. A fines del XIX y principios del XX hubo una gran afluencia de judíos norteamericanos, alrededor de cinco mil, que formaron una colonia en Cuba, donde se estableció la primera sinagoga y el primer cementerio. Antes no llegaban porque estaba prohibido por la metrópoli española que los judíos emigraran a las colonias y sólo a partir de 1886 se les permite emigrar.

 

–¿En qué lugar se afincan cuando llegan?
Muchos se afincaron en La Habana Vieja, y de alguna manera formaron su gueto, pero no porque fueran obligados sino porque ellos se concentraron allí. Muchos, como mi propia familia, fueron comerciantes en distintas provincias. La mayoría llegaba prácticamente sin un centavo en el bolsillo y comenzaba distintos tipos de trabajo como zapateros, sastres, o mi propio padre, que comenzó haciendo reparaciones en las líneas del ferrocarril.

 

–¿Esa parte de La Habana vieja tomó un aspecto característico por la presencia de la colectividad judía?
Allí se establecieron al inicio las sinagogas. Luego prosperaron y las sinagogas se levantaron en el Vedado o en Centro Habana, en distintos puntos. En algún momento hubo alrededor de cinco sinagogas en La Habana Vieja, ahora quedan tres. Una del ritual ortodoxo, que está en La Habana Vieja, y las otras dos están en el Vedado, una sefaradí y la otra asquenazi, aunque en realidad después del éxodo las diferencias se hicieron mucho menores y la gente asiste a una u otra en forma indistinta.

 

–¿Los miembros de la colectividad judía en Cuba tuvieron incidencia en la vida cultural y política del país?
Claro, hubo importantes artistas, como Santú Darié, que era de origen rumano. Era escultor, algunas de sus obras están en lugares muy públicos, como el Hospital Hermanos Ameijeiras, que está en un lugar alto de la ciudad, y también en parques públicos y en el Teatro Nacional. Y también hubo judíos muy importantes, como Erich Kleiber, que dirigió la orquesta de La Habana durante muchos años, y Ludwig Shajowitz, que fue director de teatro.

 

–¿Y en el plano de la política?
A nivel de la política, los primeros ministros judíos que hubo en Cuba fueron con la Revolución, son nombrados después de la Revolución. En el año ‘59, Enrique Ostulski fue ministro de Comunicaciones y actualmente sigue teniendo una responsabilidad muy importante en el gobierno. Y unos años después de Ostulski, Máximo Bergman, que fue ministro del Comercio Interior.

 

–¿En la historia de Cuba hubo episodios de discriminación antisemita?
No, en general, la historia cubana está bastante limpia en ese aspecto. Pudo haber personas en particular que tuvieran una cierta actitud hostil, tal vez cuando alguien mencionaba su apellido, la persona que lo entrevistaba pusiera mala cara. Pero, en general, siempre fue un lugar donde los judíos pudieron establecerse como comerciantes o como industriales o fueron profesionales, sin que se produjeran problemas.

 

–¿Durante la guerra tampoco hubo coletazos del nazismo?
La expresión política más aguda que se conozca fue una campaña contra el desembarco de los 975 judíos que iban en el barco “San Luis” en el año ’37 y a los que les impidieron desembarcar, por lo que ese barco regresó a Europa y la mayoría de ellos murió en los campos de concentración.

 

–¿Su destino original era Cuba?
Fue más bien una operación de propaganda contra los judíos montada por Goebbels. Los expulsaron de Alemania e hicieron presiones para que no los dejaran desembarcar en ningún lado. Originalmente iban hacia Estados Unidos pero el secretario de Estado en esa época no simpatizaba nada con los judíos y les impidió desembarcar con excusas burocráticas. Pasaron por Cuba y tuvieron que regresar a Europa donde desembarcaron en Holanda y finalmente las dos terceras partes terminaron en campos de concentración, sólo se salvaron alrededor de 200 que lograron emigrar.

 

–¿En Cuba hubo campañas para que no los dejaran desembarcar allí?
Sobre todo fue una campaña por parte del periódico El Diario de la Marina, muy influyente porque representaba los intereses de los españoles. De alguna manera había competencia entre el comercio español y el comercio judío. Lo que era la calle Muralla, en La Habana Vieja, estaba controlado por los españoles y competían con los comerciantes judíos. Pero esa competencia era secundaria en cuanto al ánimo de la sociedad. En realidad, en ese momento, el director del periódico, Pepín Rivero, expresaba la política de los fascistas españoles, que a su vez les hacían el juego a las políticas de los nazis. Había hostilidad con los judíos y esa campaña influyó fuertemente para que fueran devueltos a Europa los judíos del “San Luis”.

 

–¿Antes y durante la guerra hubo una afluencia importante?
Durante la guerra llegaron cerca de 25 mil judíos a Cuba. Al finalizar, muchos regresaron a Europa, entre otros, muchos belgas que habían establecido la industria de la talla del diamante en Cuba, que fue muy próspera en esos años.

 

–¿En este momento cuántas personas integran la colectividad judía cubana?
Son alrededor de 1500. Pero es una comunidad muy sui generis.

 

–¿Cómo llegó su familia a Cuba?
Mi papá llegó en 1924 y mi mamá en 1927. Mi padre en aquel momento tuvo un comercio. Venía de Polonia, de un pueblito y mi madre era de Minsk, de Bielorrusia. Se conocieron en Cuba, se casaron, mi padre prosperó y pudo traer a seis de sus ocho hermanos, que a su vez se establecieron como comerciantes en distintos poblados de Cuba. Además, mi madre tenía dos hermanos que eran comerciantes en Cuba. Otro de los hermanos de ella vino a la Argentina. Tengo primos en este país. El apellido de parte de mi mamá aquí es Muler y en Cuba era Miller.

 

–¿Y por qué decidieron ir a Cuba?
Creo que hay muchos casos. En esa época Estados Unidos era un punto muy atractivo para los inmigrantes. Hubo casos en que iban a Cuba como primer escalón para seguir a Estados Unidos. Pero muchos prosperaron en Cuba y se quedaron. En los años ’20, Estados Unidos concedía una cuota para inmigrantes de Polonia o Bielorrusia, pero ésta sólo valía para los que llegaban directamente de esos países y no para los que habían hecho escala en Cuba. Fue un problema para los inmigrantes en ese momento.

 

–¿En la segunda generación hubo muchos estudiantes universitarios, profesionales?
Sí, la generación que nació en Cuba, de cubanos, diría que la gran mayoría, se hizo profesional: médicos, ingenieros, arquitectos.

 

–En esos momentos, el movimiento estudiantil tenía mucha participación en la política...
En distintos momentos fue así, incluso hubo un dirigente estudiantil judío, Max Lesnick, que todavía vive y está en Miami y desde allí defiende la Revolución. Es director de la revista Réplica. Era del Partido Ortodoxo, el mismo en el que militaba Fidel Castro. Lesnick tiene cerca de 70 años y sostiene una actitud verdaderamente muy valiente de defensa de Cuba allí en Miami, e incluso le han puesto bombas en su domicilio.

 

–Cuando llegó la Revolución, ¿cómo afectó a la colectividad judía?
Me voy a remitir a un poco antes. En la guerra de independencia de Cuba contra España, la tercera guerra de Independencia de Cuba, entre 1885 y 1890, hubo judíos que participaron y contribuyeron a esa lucha. Por ejemplo, los hermanos Edward y Joseph Steimberg, judíos norteamericanos que eran amigos de José Martí. El general Carlos Roloff era judío y fue el tesorero general de los mambises, los rebeldes que luchaban contra España, al igual que el capitán Kaminsky. También hubo algunos judíos en las luchas contra Batista, como Ostulsky.

 

–¿Y cómo los afectó, con esos antecedentes, la llegada de la Revolución?
En realidad lo que afectó fueron los cambios económicos, sobre todo cuando se produjo la nacionalización de los comercios particulares. Muchos de ellos, la gran mayoría emigra en ese momento. Algún historiador ha intentado ver detrás de eso alguna actitud antisemita del gobierno que provocó esa retirada. Pero no la hubo, no había un conflicto de religión sino un proceso de nacionalización. Fue una emigración muy fuerte. Luego, poco, a poco, la colectividad judía ha tratado de rescatarse a sí misma, aunque tiene características muy diferentes a las que tenía antes. En este momento, la gran mayoría de los matrimonios son mixtos, aunque eso sucede también en todo el mundo. En Cuba se da así como una forma de la colectividad hebrea de sobrevivir, porque al mismo tiempo se permiten algunas aperturas del rito ortodoxo, que era el predominante. Ahora predomina el rito conservador en dos de las tres sinagogas, no están separadas las mujeres de los hombres e incluso las mujeres jóvenes conducen el servicio religioso. Yo creo que si hubiera persistido el rito ortodoxo, difícilmente se hubiera podido mantener la colectividad judía en Cuba.

 

–En todas las colectividades judías, si antes la pertenencia estaba dada más por los rasgos culturales, en estos momentos se pone más el acento en el aspecto religioso...
En general es así también en Cuba, aunque allí se trata de darles importancia a los aspectos culturales también, pero indudablemente que la religión mantiene esa cohesión, aunque yo diría que, de todos modos, de una manera precaria.

 

–¿Los judíos participan en las actividades de la sociedad cubana o se mantienen más bien cerrados?
No, participan como cualquier cubano, y me animaría a decir que muchos buscan reencontrar sus raíces y encuentran una comunidad que los acoge. No es algo masivo, pero se da.

 

–La relación de la Iglesia Católica con el gobierno cubano tuvo altibajos y momentos de choques fuertes. ¿Pasó lo mismo con la religión judía?
No hubo problemas de ese tipo. En algún momentos, por causas económicas, el Patronato, que era el centro de la vida judía en La Habana, también tuvo problemas porque al emigrar tantos miembros de la colectividad quedó en una situación bastante precaria. Es un edificio grande en el centro de La Habana. Ahora tuvo que alquilar algunas de sus dependencias a instituciones culturales y lo mismo sucedió con la institución sefaradí, que alguna vez le alquiló oficinas a la orquesta sinfónica. Los jóvenes,sobre todo, son los que mantienen la actividad social, cultural, sin dejar de ir al templo. Los mayores un poco al revés.

 

Página/12 - Buenos Aires, 4/10/2004

Africanos en Buenos Aires: los otros desaparecidos

 

 

Roberto Morini

 

La 'Argentina blanca' vuelta una nación moderna por el cruce del criollo con inmigrantes europeos ¿buscó ocultar su pasado africano, las huellas del negro en su sangre, la marca del esclavo? La respuesta no es totalmente segura, aunque si ese propósito ocurrió casi tuvo un éxito completo. Pero las huellas reaparecen, titánicas, y afloran desde lo antiguo. Recientemente, un arqueólogo urbano que trabaja con los restos del subsuelo de Buenos Aires, Daniel Schavelzon, ha desenterrado ollas, pipas, piedras rituales, objetos de hueso, utilizados por africanos en la época colonial. La 'Argentina negra' aflora, regresa cada tanto del fondo de la Historia y se muestra, como una triste victoria tardía.

 

Los negros eran el 33 por ciento de las 44 mil personas que habitaban Buenos Aires en 1810, pero hacia 1887 ya eran sólo el dos por ciento de la población. Durante la mayor parte del siglo XX, los ahora llamados afroargentinos parecieron haber desaparecido, hasta que en años recientes un nuevo flujo migratorio, esta vez voluntario, hizo acrecentar de nuevo su presencia. Ya a partir de 1660, provenientes sobre todo del puerto angoleño de Luanda, pero también desde Guinea, Senegal, Cabo Verde, Nigeria y Togo, y en su mayoría pertenecientes a pueblos de origen bantú, centenares de esclavos fueron desembarcados en el puerto de Buenos Aires, lugar de confinamiento, subasta y distribución. En este sentido, si bien el porcentaje de negros llegados a estas costas iba a ser menor que en otros puntos de América, la ciudad alcanzaría tales niveles como plaza reexportadora de esclavos hacia Potosí, hacia Chile y al interior argentino, que prominentes comerciantes locales se enriquecieron con este tráfico.

 

El Cabildo de la ciudad, un céntrico edificio de clara arquitectura colonial que, por haber sido el asiento geográfico de la Revolución de Mayo, hoy es uno de nuestros símbolos históricos y patrióticos, era entonces el sitio de las almonedas públicas, donde mujeres y hombres casi desnudos y niños traídos violentamente desde Africa, con marcas de hierro candente en sus cuerpos, eran expuestos aquí a enfermedades y bajas temperaturas desconocidas para ellos y convertidos en piezas de la oferta y la demanda de los concurrentes. ¿Los posibles compradores? Familias pudientes, órdenes religiosas y negociantes que enviaban su mercadería a las minas de Potosí, en la actual Bolivia. Buenos Aires no era entonces más que un pueblo de 400 casas de barro y paja, pero rápidamente se convirtió, junto con la vecina Montevideo, en uno de los dos grandes centros distribuidores de la trata rioplatense. Se lee en un documento de un comprador de la época: '(...) los dichos esclavos para que los pueda sacar, trajinar y vender libremente por esta provincia (Buenos Aires), la del Tucamán y la del Paraguay'. Otros destinos fueron la provincia de Córdoba, la de Mendoza y la de Catamarca. En zonas rurales, las tareas en las haciendas coloniales propiedad de laicos, jesuitas y otras órdenes, estaban a cargo de mano de obra esclava, negra o mulata. La Compañía de Jesús, el Estado español por medio del Cabildo, las familias principales, los grandes comerciantes e incluso las capas medias de la población, fueron, si se los considera en conjunto, dueños de miles de africanos a su servicio.

 

Hacia mediados del siglo XIX comienza la desaparición o disminución del africano en Buenos Aires, por diversas causas no enigmáticas, sino, de acuerdo con la investigación histórica, razonadamente comprobables. Empieza a producirse un encadenamiento de factores, como la prohibición de la trata de esclavos en 1812, y el punto final definitivo a ese comercio en 1840, hechos que originan una reducción en el ingreso de africanos. Otro factor es la muy elevada tasa de mortalidad negra, en especial la infantil. La vida de los africanos que sobrevivieron en el Buenos Aires antiguo conocía también de castigos. Uno característico, luego de alguna falta o por disconformidad del amo, era el de ser azotado junto a los muros del Cabildo, a modo de lección pública. Los trabajos u oficios más comunes para ellos eran: escobero, aguatero, pastelero, lavandera, jornalero, vendedor, músico, amas de leche para niños blancos, entre otros. De 1776 a 1810 un tercio de los esclavos de Buenos Aires consiguió comprar su libertad, procedimiento conocido como manumisión, para lo cual el individuo africano debía esforzarse por reunir, muchas veces con ayuda de su familia, del barrio o de una cofradía, los 400 pesos en que estaba tasado.

 

Tres tipos básicos de agrupaciones de africanos comenzaron a constituirse en aquel Buenos Aires ya en tiempos del Virreinato: las cofradías, las naciones y las sociedades. El control de estas agrupaciones fue ejercido primero por la Iglesia y posteriormente por la policía. Su expresión principal eran los bailes públicos, con cuya recaudación solventaban los gastos de misas, funerales y ayuda a los enfermos. El sostenimiento de la tradición en los afroporteños consitituyó un espectro amplio, profundo en su aspiración de salvaguarda, hecho de costumbres y rituales públicos y privados; por ejemplo, mediante el canto y la música. De forma intermitente dichos bailes públicos pasarían por épocas de prohibición y libertad. Vinculado con fuerza al ritual celebratorio, pero también al religioso e incluso al funerario, el candomblé fue, no obstante, tachado algunas veces de danza lujuriosa, salvaje y con potencial subversivo. De esa natural heterodoxia se deriva una hipótesis sugerente: la fiesta colectiva negra llamada candomblé, desarrollada sólo por los afroporteños, con el tiempo parece haber dado lugar a otros ritmos, bailes clandestinos y de suburbio en donde se introducen también los blancos pobres. Caracterizada como 'una burda pero exitosa imitación por los compadritos blancos de los bailes negros, surge entonces la milonga. A su vez, la milonga se convertirá en una especie de etapa musicológica preliminar para el surgimiento del tango.

 

Habrá que esperar bastante, hasta los postreros años del siglo XX, para observar una tibia recuperación de la visibilidad del africano en Buenos Aires, ahora una ciudad de imposible comparación con aquella aldea colonial. A partir de finales de la década de 1980, una marcada afluencia de inmigrantes del Africa Occidental, esta vez por voluntad propia, comienza a arribar a Buenos Aires. Este nuevo flujo migratorio se caracteriza porque su punta de lanza son los varones jóvenes.

 

Argenpress - 15/9/2004

Efectos de la fuerza de Tlaloc

 

 

Jorge Legorreta

 

La historia de la ciudad de México en realidad ha sido una historia de inundaciones. A través de los siglos, nuestra urbe ha sido sometida a las fuerzas de Tláloc, dios de la lluvia que ha descargado -y seguirá haciéndolo- su furia pluvial sobre el valle de México. Cada año la historia se repite. Invariablemente, durante la temporada de lluvias, las calles de la ciudad, principalmente de julio a septiembre, se convierten en auténticos canales; el agua brota por las coladeras del drenaje cual regaderas invertidas, producto de nuestra incapacidad histórica para desalojar el agua residual que, mezclada con la pluvial, satura los drenajes.

 

Desalojar el agua de la cuenca de México ha sido un problema heredado de la conquista española; desde el siglo XVI se ha intentado en vano resolverlo. La gran cantidad y variedad de inundaciones que hemos padecido demuestran que nuestros esfuerzos han resultado infructuosos. Hasta ahora la ciudad ha padecido 22 grandes inundaciones: dos durante la época prehispánica, 11 en el virreinato, tres en el siglo independiente y nueve en el XX; de 1449 a 1951 una gran inundación cada 23 años en promedio. En las Memorias históricas sobre el drenaje, obra editada por Luis González Obregón, en 1902, y otra por el entonces DDF, en 1975, se ilustra con detalle la mayor parte de esos desastres que ha sufrido la ciudad durante poco más de 500 años.

 

1446. Aunque se registra otra inundación parcial en 1382, la de ese año es la más grande y extensa en tiempos del reinado de Moctezuma I. Probablemente gran parte de las chinampas, que por ese entonces tenían una extensión de tres kilómetros cuadrados, haya sufrido severos daños. El suceso obligó a construir, bajo la dirección de Nezahualcóyotl, un albarradón desde La Villa hasta Iztapalapa.

 

1499. Fue la primera y única provocada por el abastecimiento del agua traída en acueducto desde Coyoacán por Ahuizótl. La decisión de traer el líquido desde ese lejano sitio significó probablemente el primer conflicto político en esta materia. El señor o cacique de Coyoacán con atributos de brujo, llamado Tzotzoma o Tzutzumatzin, fue fuerte opositor a dicha obra, razón por la cual fue asesinado por órdenes del temido tlatoani mexica. A los pocos días de inaugurado el acueducto, en el año 1499, la ciudad se inundó a pesar de los albarradones construidos: "(...) la anegación aumentaba y no se limitó a los jardines y huertos, a las calles y plazas, sino que el agua impetuosa invadía las habitaciones, obligando a los vecinos a huir de sus casas y tomar refugio fuera de la ciudad". Los relatos de Sahagún, informan de otra inundación en 1517, en tiempos de Moctezuma II.

 

1555. "El 17 de septiembre cayó un aguacero tan fuerte y continuado, que aunque cesó antes de 24 horas, bastó para que inundara por completo la ciudad y los pueblos de los alrededores (....) en cuatro días sólo se pudo transitar en canoas. Mucha gente, presa del espanto, abandonó sus habitaciones, y no pocas casas se derrumbaron". El virrey don Luis de Velasco citó inmediatamente al cabildo para tomar las medidas de emergencia; una de ellas fue la edificación de un segundo albarradón, llamado de San Lázaro.

 

1579. Intensas lluvias llenaron el caudal de los lagos circunvecinos y este incrementó el de las acequias que, rebozadas "(...) tuvieron varios días a México anegado, principalmente hasta principios del año 1580 (...) fue verdaderamente grande y lastimosa, porque inundadas las casas y las calles ni daba lugar las aguas al comercio ni a las funciones sagradas y políticas ni a la subsistencia de los moradores, perturbando su quietud y sosiego (...) se dificultaba la entrada de víveres (...) se oían por todas partes los gemidos de los afligidos, que parecían sofocados con los edificios que se desplomaban (...) por todas partes se miraban los efectos de una desgracia común, y muy particularmente en la ínfima plebe, porque sus casas son de caña y adobe".

 

1604. "Llovió con tal abundancia por el mes de agosto, que la laguna de México creció mucho, cubriendo las aguas todos los llanos de los alrededores y casi toda la ciudad, llegando el caso en algunas calles a verse obligados los vecinos a navegar en canoas, como testifica el historiador Juan de Torquemada, quien atravesó en una de ellas la calle de San Juan (...) El agua tardó en desaparecer más de un año; los cimientos se remojaron y se cayeron muchas casas".

 

1607. "Este año fue muy abundante el agua. El peligro no sólo lo produjeron las copiosas lluvias y grandes crecientes que tuvieron las lagunas, cuyas aguas se introducían por las puertas de las casas (...) innumerables manantiales brotaron en las calles y dentro del interior de los edificios. Para colmo de males, el 29 de junio fuertes y copiosos aguaceros cayeron sobre la población y los alrededores, derribando muchos de los edificios y muchas casas de campo del rumbo sureste. México estuvo a punto de arruinarse". Esta inundación obligó a iniciar la construcción del famoso túnel de Huehuetoca, por el cosmógrafo Enrico Martínez.

 

1629. Duró más de cuatro años. "En el mes de julio los aguaceros fueron mayores; el agua que llovía en la ciudad se transminaba por las albarradas y presas, inundando los barrios y haciendo imposible el tráfico (...) en los suburbios, las casas de adobe se derrumbaban, causando la ruina y aún la muerte a los pobres habitantes (...) muchísimos quedaron lisiados y morían de hambre (...) los frailes y las monjas empezaron a abandonar los conventos. Las familias acomodadas se resolvieron a emigrar principalmente a Puebla. El 21 de septiembre, día de San Mateo, el copiosísimo aguacero duró 36 horas seguidas (...) el 22 la ciudad amaneció completamente inundada.

 

"El pánico fue inmenso, los daños materiales innumerables, las desgracias espantosas; no se oían sino clamores, pidiendo a Dios misericordia. Cesaron los sermones, el comercio de las tiendas (...) El 24, el arzobispo Francisco Manzo y Zúñiga hizo traer (de La Villa a Catedral) a la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe, en una solemne procesión de canoas, ocupadas por nobles, frailes, sacerdotes y gente piadosa". Fue inútil; la inundación no cedió. El 16 de octubre, el citado arzobispo escribía al rey que "de 20 mil familias españolas avecindadas en México, sólo habían permanecido en la ciudad 400, y que 30 mil indios habían perecido en aquellos días, unos ahogados, otros sepultados bajo las ruinas, y no pocos de hambre. La peste sobrevino al siguiente año (1630) ocasionada por la humedad, el hambre, la corrupción de los cadáveres de tantos animales y aun de muchos pobres que a cada paso morían". Ante la desesperación, se buscaron los famosos sumideros, pero también fue inútil. Así pasaron los años hasta finales de 1633, que fue cuando la inundación empezó a descender producto de fenómenos naturales: "(...) la evaporación lenta, pero eficaz, por una parte, y por otra temblores de tierra, que abrieron grandes grietas por donde se evacuaron las aguas y liberaron a México, también contribuyó mucho que en los años últimos fueron escasas de lluvias".

 

1714. "En junio se anegaron todos los barrios de México, muchas iglesias, conventos, calles y casas, salvándose únicamente la Catedral, Palacio y el centro de la ciudad". La historia registra igualmente otra importante inundación, siete años antes, en 1707.

 

1747. "El temporal fue tan fuerte, que obligó a suspender las fiestas de proclamación del rey Fernando VI esperadas con ansia por toda la población de la Nueva España. Las aguas destruyeron caminos, calzadas, albarradones, presas; desbordaron los diques de los lagos e hicieron salir de cauce a ríos y arroyos."

 

1763. "(...) los lagos se llenaron completamente (...) y se inundaron los barrios de San Lázaro y la Candelaria. El lago de Chalco vertió sus aguas en el de Texcoco."

 

1792. "La tarde del 17 de junio y la noche del 18 llovió tanto en México, que se inundó la ciudad, principalmente las calles de Plateros y San Francisco (Madero), y San José el Real y Espíritu Santo (Uruguay) (...) de pared a pared y de banqueta a banqueta. En la capilla de los Riojanos, en San Francisco, la gente tuvo que oír misa hincada sobre las bancas". Ya el superintendente Cosme Mier y Tres Palacios había manifestado con anterioridad el peligro de una inundación "si se continuaban utilizando muchas acequias y sustituyéndolas con caños o tarjeas bastante estrechos". La modernización realizada en la ciudad en tiempos del segundo conde de Revillagigedo, incluyendo principalmente el "entubamiento" de las acequias, fue la causa de más inundaciones, según la opinión de algunos peritos de ese tiempo.

 

1806. "El 8 de septiembre las llanuras de Chalco y Xochimilco y las dilatadísimas de México y Tetzcoco estaban inundadas. El lago de Tetzcoco se había extendido tanto que llegaba hasta la calzada de San Cristóbal, Cerro Gordo, Santa Clara, Zacualco y el Pocito de la Villa de Guadalupe; hacia el sur, el pueblo de los Reyes y cubriendo el camino de Puebla hasta Santa Marta, Santa María, Santa Cruz y la falda del cerro de Ixtapalapan, dejando aislado los dos Peñoles."

 

1819. "A consecuencia de las excesivas lluvias de septiembre, se desbordaron los ríos, arroyos y torrentes. Entre la noche del 25 y el amanecer del 26, el mismo virrey (Apodaca) encontró inundado el terreno comprendido desde Tlalnepantla hasta Texcoco (...) y entre la calzada de Peralvillo a la Villa de Guadalupe, y esta población completamente inundada en su parte baja. El 27 se desbordó el río Guadalupe y en octubre todavía era imposible celebrar el culto en el templo de San Fernando. En el interior del templo de Los Angeles (colonia Guerrero) subió el agua más de vara y media (l.06 metros) como lo indicaba una señal que allí se puso y que decía: hasta aquí llegó la inundación de 1819."

 

1851. "El 24 de septiembre cayó un aguacero tan fuerte, que el agua subió mucho en las calles, penetró en las casas y causó graves perjuicios en los almacenes del comercio; los habitantes de México sufrieron resignados aquella inundación (...) que para ellos no era nueva."

 

1865. Durante su efímero imperio, Maximiliano fue testigo de una de las múltiples inundaciones. "Los ríos del Valle fueron incapaces para mantener las crecientes dentro de sus cajas, e insuficiente personal de ingenieros empleado en reponer los daños hechos en los ríos y obras anexas. En octubre el agua de Tetzcoco entraba a la ciudad e inundaba las calles bajas; las lluvias habían cesado y no obstante, el nivel de la inundación crecía de un modo persistente en más de un centímetro por día. Estaban inundadas las calles de Palma, el Refugio, las del Reloj y Apartado, las de la Merced y la Santísima". A raíz de esta inundación, el emperador austriaco autorizó la edificación del Gran Canal del Desagüe y el túnel de Tequixquiac.

 

1875. Ultima del siglo XIX que provocó "en los barrios pobres e insalubres del norte y oriente de la capital una epidemia de fiebre tifoidea" (Musset, 1992).

 

1900. En forma por demás sorprendente, en julio de 1900 a sólo cuatro meses de inaugurado el Gan Canal del Desagüe, cuyo propósito fue evitar para siempre las inundaciones, se produjo otra inundación más "(...) el agua llegó hasta las plataformas de los tranvías; a finales de ese año y en 1901 hubo nuevas inundaciones en Santa Ana, La Candelaria, Santiago, San Lázaro, Los Angeles, La Tlaxpana, Niño Perdido y, en general, en la parte suroeste de la ciudad".

 

1910. "En julio fuertes aguaceros inundaron Bucareli, Belém, la Sexta Demarcación, Peralvillo y la Merced, haciéndose necesaria la intervención de los bomberos. En septiembre, en el apogeo de las fiestas del centenario, se inundaron los pueblos de Mixcoac y la Piedad, principalmente esta última."

 

1937. "El primero de junio se inundó la ciudad y con motivo de los daños producidos se elaboró un plan de control fluvial". Por estos tiempos la solución, irremediablemente temporal, sería instalar más bombas para elevar el agua al drenaje que sufría descensos considerables; asimismo, lo sería la aceleración de los trabajos del segundo túnel de Tequixquiac.

 

1941. "La ciudad de México sufrió dos inundaciones (y otra) en 1942 provocada por el desbordamiento de los ríos que la cruzan (y otra más) en 1944 debido a las torrenciales lluvias de ese año. Las lluvias, las inundaciones y los encharcamientos siguieron más o menos graves."

 

1950. "La más abundante precipitación pluvial de los últimos 15 años (12 centímetros por hora) inundó de agua y lodo dos terceras partes de la ciudad de México. Las consecuencias de este alud fueron desastrosas y funestas; se recogieron cinco muertos y numerosos heridos. Las colonias más afectadas fueron Cuauhtémoc, Escandón, Tacubaya, Roma Sur, Del Valle y Narvarte. Hubo lugares donde el agua alcanzó tres metros y arrasó automóviles y casas." (Adrián García, 1972)

 

1951. Los meses de julio y agosto ocurrieron las peores inundaciones sufridas por la ciudad en la segunda mitad del siglo XX y que afectaron la parte más céntrica, como las calles de 16 de Septiembre, Bolívar y Motolinía. El diario Excélsior del 16 al 18 de julio relata: "(...) un torrencial aguacero descargó sobre el valle de México la más copiosa precipitación pluvial convirtiendo a la capital y varias delegaciones en un inmenso lago (...) la inundación, una de las más desastrosas que ha ocurrido en el Distrito Federal, causó pérdidas incalculables. Desde Pino Suárez hasta Bucareli las calles fueron cubiertas por agua. En las colonias Guerrero, San Juanico, Santa Julia, Peralvillo, Merced, Tacuba, Argentina, Legaria, Pensil y Vallejo, el agua subió más de medio metro. El 18 continuó la tremenda inundación que afectó, además, las colonias Guerrero y Santa María la Rivera. La respuesta inmediata fue la puesta en operación de potentes bombas para disminuir el nivel del agua, pero fue inútil. El día 30 la inundación alcanzó las calles de Motolinia, Bolívar, Artículo 123, López y San Juan de Letrán".

 

A finales del siglo XX y principios del XXI, la naturaleza concedió diversos presagios de problemas. En julio de 1992 el agua de la Presa Tequilazco, ubicada en el corazón de la colonia Las Aguilas, rebasó la cortina de concreto y penetró en 450 casas y en su cauce se llevó alrededor de 110 automóviles. Las colonias residenciales más afectadas fueron Atlamaya y Lomas de San Angel Inn, y una de las viviendas más dañadas fue la del pintor mexicano Manuel Felguérez. Un desastre de esa magnitud no se había registrado en la zona.

 

Entre el 17 y 18 de agosto de 1997 tuvo lugar una fuerte precipitación pluvial que provocó el desbordamiento del Río San Borja, e inundando y dañando gran parte de las colonias Golondrina, Barrio Norte y Olivar del Conde. Las viviendas más dañadas fueron principalmente las construidas a los lados del lecho del río; éste, al descender, se encuentra entubado y cruza el Periférico para tomar el nombre de Río Becerra, precisamente por donde se extiende el Distribuidor Vial.

 

Al despuntar el siglo XXI y a mediados de junio de 2000 se produjo en Iztapalapa otra inundación parcial provocada por el desbordamiento del agua por la lumbrera del drenaje profundo, ubicada al lado del monumento llamado Cabeza de Juárez; allí el agua ascendió 30 metros hasta salir a la superficie, fenómeno nuevo en la historia de ese sistema.

 

Los tres más recientes acontecimientos relatados efectivamente son avisos de que, sin duda, ensanchamos una vez más, a mediano plazo, el camino hacia una catástrofe hidráulica. A menos, claro está, que impidamos todos que el agua pluvial se siga conduciendo a los drenajes.

 

La Jornada - México D.F., 25/6/2004

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