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Archeologia e culture precolombiane

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La parte final del mural de San Bartolo  (14/12/2005)

 

Nueva teoría sobre los primeros americanos  (15/10/2005)

 

Descubren un monolito mexica  (20-22/8/2005)

 

Sacrificio infantil en el Templo Mayor  (23/7/2005)

 

En busca de los primeros cubanos  (25/6/2005)

 

"El penacho de Moctezuma es una capa de sacerdote''  (13/6/2005)

 

Chichén Itzá, Teotihuacán y los orígenes del Popol Vuh  (12/6/2005)

 

Fueron 200 los primeros colonizadores de América  (2/6/2005)

 

Mesoamérica llegaba hasta Zacatecas y Durango  (23/4/2005)

 

Dentistas prehispánicos  (19/4/2005)

 

''Los cautivos de Dzibanché''  (7/4/2005)

 

Números primos con el sistema Tiwanaku  (3/4/2005)

 

La cultura San Dieguito en Baja California  (8/3/2005)

 

México y el origen de los primeros pobladores  (3/3/2005)

 

El hallazgo Paracas  (27/2/2005)

 

El maguey, el pulque y la leyenda  (24/2/2005)

 

Una antigua ciudad indígena  (6/2/2005)

 

Huellas prehispánicas en Chapultepec  (13/1/2005)

 

La querella entre Quechuas y Aymaras  (8/1/2005)

La parte final del mural de San Bartolo

 

 

 

Enterrado en un profundo túnel de la selva de Guatemala, arqueólogos descubrieron la parte final, la más elaborada y más hermosa de un mural maya de más de 2 mil años de antigüedad, comparado por su descubridor con la Capilla Sixtina. El arqueólogo William Saturno, de la Universidad de New Hampshire, encontró en 2001 el principio del mural en las ruinas de la ciudad de San Bartolo (departamento de Petén, al norte), pero este año encontró "la joya de la corona". El muro demuestra que los antiguos mayas, conocidos por sus progresos en astronomía y matemáticas, emplearon los mismos ritos de coronación por unos 800 años.

 

La pared oeste del cuarto subterráneo, que data del año 100 aC, retrata el mito de la creación maya y la coronación de un rey, con más colores, así como con una pintura más fina y elaborada que en los trabajos conocidos hasta ahora. "Fue como descubrir la Capilla Sixtina, si no supieras que existió el Renacimiento", dijo Saturno el 13 de diciembre en una teleconferencia. "Es como conocer solamente el arte moderno y después encontrar sorpresivamente el dedo de Dios tocando la mano de Adán", agregó.

 

El muro (de 9 metros x 90 centímetros) muestra una escena que recrea el nacimiento, la muerte y la resurrección del hijo del dios del maíz, retratado en cuatro ocasiones con diferentes animales, ofreciendo un sacrificio de sangre de sus genitales. Primero aparece en el agua con un pez, en tierra con un venado, en el aire con un pavo y finalmente en un paraíso de flores. El flamante rey maya está retratado al final del mural. "La coronación es del mismo estilo de la ceremonia que tuvo lugar durante el periodo maya clásico", entre los 600-700 dC, dijo Saturno: "se ve la misma corona en los siguientes 800 años". Coloreados con tonos azules grisáceos, naranja y tonalidades color carne, los diseños de la pared oeste sugieren que se trata del centro de una habitación, probablemente utilizada como un sitio de preparación para las ofrendas reales. Mónica Pellecer, una arqueóloga de Guatemala que colabora con Saturno en la Sociedad Nacional Geográfica que patrocina la expedición, excavó este año la primera tumba conocida de los reyes mayas, justo a unos metros del mural. Ella descubrió los huesos de un hombre con una placa de jade alrededor de su cuello, símbolo de la realeza maya. Los huesos -que datan de 150 años antes de Cristo- estaban rodeados de siete vasijas, incluyendo una con la imagen de Chac, dios maya de la lluvia.

 

Saturno detalló que San Bartolo es más antiguo que las famosas ruinas de Tikal, pero en su apogeo se asemejaban en el tamaño. "Seguimos encontrando nuevas sorpresas en San Bartolo", agregó Salvador López, director de monumentos mayas del ministerio de Cultura de Guatemala. "Vamos a asegurar su preservación para las futuras generaciones". Estas pinturas son "una obra maestra del antiguo arte maya y abren una nueva ventana sobre el alba misma de esta civilización", explicó durante la teleconferencia el director del proyecto, William Saturno, profesor de la Universidad de New Hampshire y experto del Museo de Arqueología y Etnología Peabody de Harvard. Algunas partes del fresco parecen haber sido pintadas la víspera, se maravilló Saturno, insistiendo en el extraordinario estado en el que se conservaron estas obras policromáticas. Reiteró que "la calidad de estas pinturas muestra que los antiguos mayas trabajaron con un alto grado de sofisticación y elegancia mucho antes que las obras del periodo clásico de esta civilización en el siglo VII".

 

A pesar de haberse realizado mil 500 años después de los murales de San Bartolo, el código Dresde (que se encuentra en Alemania), uno de los cuatro documentos importantes de la época maya que sobrevivieron, contiene secuencias similares a las pinturas, por ejemplo, sobre los sacrificios ofrecidos a los dioses. No obstante, los signos utilizados en la escritura jeroglífica en San Bartolo son difíciles de leer, explicó en un comunicado David Stuart, profesor de arte y escrituras mesoamericanas en la Universidad de Texas. El sistema de escritura maya, que incluye 800 símbolos, es considerado por los arqueólogos como el más perfeccionado de los sistemas mesoamericanos. El proyecto arqueológico de San Bartolo comenzó hace cinco años y se encuentra actualmente en la mitad del camino, señaló Saturno.

 

La Jornada - México D.F., 14/12/2005

Nueva teoría sobre los primeros americanos

 

 

 

Cientos de huellas fosilizadas de 38.000 años de antigüedad, halladas en una cantera abandonada en el estado de Puebla (México), podrían modificar la teoría aceptada hasta hoy sobre los primeros pobladores de América. En esta teoría se postula que los primeros pobladores de nuestro continente llegaron hace cerca de 11.000 años, cruzando por el estrecho de Bering. Las huellas, muchas de ellas de niños, se descubrieron cerca del volcán Cerro Toluquilla, en lo que fue la orilla de un lago volcánico, y se conservaron porque se cubrieron de ceniza y sedimentos, y al subir el nivel del agua se solidificaron. La directora del proyecto, la mexicana Silvia González, investigadora de la Universidad John Moores de Liverpool, y un equipo de arqueólogos encontraron las huellas desde el año 2003, pero terminaron el fechamiento hasta hace unas semanas. Para realizarlo utilizaron diversos materiales encontrados bajo la capa de las huellas, en ella y encima: también usaron una variedad de métodos, para asegurarse de que el fechamiento fuera preciso.

 

De acuerdo con la teoría aceptada hasta ahora, conocida como teoría Clovis Primero, los primeros pobladores americanos pasaron de Siberia a Alaska por un puente que se formó durante la última glaciación, hace entre 10.000 y 12.000 años. Silvia González propone otra teoría, llamada de Migración Costera, según la cual grupos de personas llegaron en barcos a la costa oeste del continente americano. Su origen todavía es un misterio, pero se piensa que pudieron venir del sureste de Asia o de Australia. Los estudios genéticos que se han realizado en poblaciones nativas de América del Norte apoyan la teoría Clovis Primero, pero González sugiere que los pobladores que llegaron por la costa, pudieron extinguirse sin dejar un legado genético. Piensa que pudo tratarse de pequeños grupos de cazadores que se movían continuamente y que por eso no se han encontrado vestigios de su estadía.

 

Como toda nueva teoría, ésta ha causado una gran polémica dentro del mundo científico. El investigador Michael Faught, experto en arqueología americana, comentó que sería muy significativo si estos resultados fueran correctos, pero que es necesario continuar con los estudios para poder asegurarlo. La investigación fue dada a conocer durante la Exhibición Científica de Verano, de la Royal Society, en Inglaterra, y será publicada en la revista Quaternary Science Review.

 

Argenpress - 15/10/2005

Descubren un monolito mexica

 

 

Ana Monica Rodríguez

 

Un monolito mexica adosado a la pared de la Librería Porrúa (México D.F.), utilizado presuntamente para sacrificios, fue descubierto por especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) afuera de la zona arqueológica del Templo Mayor. La escultura basáltica de grandes proporciones representa una biznaga, que ''habría servido como piedra sacrificial, la cual aún conserva pigmentos de color rojo", explicó el arqueólogo Leonardo López Luján, quien encabezó los trabajos de la sexta temporada de campo del Proyecto Templo Mayor.

 

La pieza hallada entre nodos de cables de redes telefónicas, electricidad y fibra óptica, data del periodo de finales del siglo XV y principios del XVI. Es única en su tipo, dijo López Luján, tanto por sus dimensiones (56 centímetros de altura por 77 centímetros de diámetro y con 600 kilos de peso) como por la calidad estética en que fueron esculpidas sus costillas y espinas. El arqueólogo explicó que este nuevo hallazgo en la intersección de las calles Argentina y Justo Sierra fue llamado Piedra de la Librería Porrúa, siguiendo la convención arqueológica de nombrar a los monumentos de la antigua Tenochtitlán con el apelativo del lugar donde fueron descubiertos. Y la originalidad de la piedra basáltica radica -dijo- en que los mexicas no se caracterizaban por esculpir plantas, sino que ''se preocupaban más por la figura humana, sus reyes, dioses y animales, dejando poco espacio en su quehacer para esculpir plantas". También, añadió, el monolito es ''único debido a sus dimensiones en cuanto al volumen y delicadeza de su talla". Con ello se confirma la maestría de los mexicas para esculpir. ''Su arte escultórico ha sido catalogado como uno de los más logrados en la historia universal".

 

La búsqueda, contextualizó López Luján, se inició luego de que en 2002 encontró en París documentos antiguos, los cuales revelaban que a finales del siglo XVII existía entre las calles otrora llamadas Relox y Montealegre una ''escultura prehispánica", la cual con el paso del tiempo quedó sepultada por los hundimientos en la zona y cuando se elevó el nivel de la banqueta. ''La escultura no se encontró en su posición original dentro del recinto sagrado, sino en un contexto temporalmente posterior, y a finales de la Colonia fue un ornamento en la casona de Luis de Castilla, uno de los lugartenientes de Hernán Cortés, que ha sido modificada múltiples veces, sobre todo en el siglo XVIII".

 

La piedra basáltica en la que fue tallada la biznaga, a decir de Leonardo López Luján, fue transportada en canoa desde la zona de Xochimilco o los Pedregales a la antigua ciudad, y ''perteneció a la fase imperial del arte mexica". A partir de las narraciones que existen sobre la simbología que atribuían los antiguos pobladores a la biznaga se ''evoca a una de esas bases sacrificiales primigenias que servían para realizar rituales", además de que el reciente hallazgo tiene la misma altura de dos piedras destinadas a los sacrificios y que fueron halladas en la Etapa II del Proyecto Templo Mayor. Cabe recordar, dijo el especialista, que "para los mexicas, la biznaga era uno de los símbolos por excelencia de las tierras áridas, y por tanto, de sus orígenes norteños. Poco tiempo después de que este pueblo abandonó la mítica Aztlán y emprendió su largo recorrido hacia la tierra prometida, sucedió algo trascendental: ocho personajes llamados mimixcoah cayeron del cielo sobre biznagas y mezquites". De inmediato, los mexicas obedecieron la orden de su dios Huitzilopochtli de sacrificar a los mimixcoah, extrayéndoles el corazón sobre plantas espinosas y así nutrir al Sol. "A continuación, el dios les dijo a sus protegidos que ya no se llamarían aztecas, sino mexitin o mexicas, y les dio los instrumentos para convertirse en un pueblo conquistador. Tal (narración) se observa en el Códice Boturini".

 

Un adoratorio prehispánico

 

Otro basamento junto al Templo del Sol es uno más de los hallazgos que arrojaron las recientes excavaciones del Programa de Arqueología Urbana (PAU) en el atrio sur de la Catedral Metropolitana, el cual se suma a los dos encontrados en 1993 y que, según revela el arqueólogo José Alvaro Barrera, integran un adoratorio de la época prehispánica en esa ciudadela. Entre los hallazgos, refiere, sobresalen de la "época prehispánica varios pisos y muros que corresponden a diferentes basamentos que vienen siendo un adoratorio de esa época". En total, agregó, son tres los que se han confirmado con las últimas excavaciones, "dos de ellos ya habían sido identificados en 1993 y ahora hemos ampliado el conocimiento de las dos primeras estructuras porque localizamos las esquinas y ahora se trabaja en precisar el tamaño de esos basamentos". Según estimaciones previas las separaciones entre cada templo no eran mayores de tres metros. Por lo que respecta al tercer basamento, explica el arqueólogo quien supervisa los trabajos en el área, "es una construcción aledaña a lo que fue el Templo del Sol que está bajo el sagrario y es uno de los más grandes después del Templo Mayor". De este basamento -continúa- "sólo hemos localizado, hasta el momento, su piso, el desplante y la plataforma, aunque no sabemos las dimensiones totales y esperamos complementarlas en una nueva temporada".

 

Las excavaciones iniciadas a propósito del cambio de piso en el atrio sur de la Catedral Metropolitana han revelado la existencia de vestigios arqueológicos prehispánicos y virreinales, uno sobrepuesto al otro, como se observa en cada una de las aberturas cuadrangulares en las que trabajan los especialistas Alicia Islas Domínguez, Gabino López Arenas, Saturnino Vallejo y el mismo Barrera, arqueólogos del PAU que depende del Museo del Templo Mayor. El salvamento arqueológico del PAU inició en 1991, expuso José Alvaro Barrera quien explicó que a partir de esa fecha han excavado en poco más de 20 predios y 10 calles. Afirmó que "para darse una idea de los avances de la investigación, hasta antes de la creación del programa se conocían alrededor de 25 templos en el área que fue el recinto ceremonial y que ahora suman unos 50". Sobre las bardas y pisos que datan de la Colonia, Barrera explicó que también hallaron la continuación de otros muros que se localizaron desde 1982, "por ahí se dejó una gran ventana arqueológica, al haber encontrado varios cuartos y altares de construcciones aledañas a lo que fue la primera Catedral". De esos muros se comprobó su continuidad y la delimitación de algunos cuyas características varían. Unos muestran "pintura mural, otros pinturas de color rojo con algunas cenefas con diseños de flores, algunas veces con rectángulos, cuadrados o triángulos también de color rojo y sobresalen, además, muros con azulejos".

 

Las investigaciones realizadas develaron entierros y hallazgos de restos óseos, 14 de ellos ya están siendo analizados por el Departamento de Antropología Física en el Museo del Templo Mayor. Barrera agrega que la importancia de esas osamentas radica en que pese a la gran cantidad de material óseo que se encontró de la época virreinal, esos restos "no habían sido removidos" y eran de niños y adultos de ambos sexos. La explicación sobre la localización de diferentes entierros data de 1527, cuando Hernán Cortés otorgó a la iglesia 10 solares, en los cuales debía edificarse la primera Catedral, además de utilizar ese espacio para un cementerio. "Desde aquella época comienza a utilizarse como panteón toda esa área y continúa así hasta después de 1626, cuando es demolida la primera Catedral cuando ya está en función la segunda (1573) y la parte frontal del recinto religioso" sigue siendo camposanto.

 

Sobre los hallazgos del PAU en la Plaza del Templo Mayor, llamada también Seminario o Gamio, José Alvaro Barrera reveló que el Momoxtli descubierto (altar pequeño, cuadrangular de nueve metros por lado) era utilizado por los mexicas para sacrificar a un cautivo de guerra de manera especial. En ese lugar se hallaron pisos y muros de lo que fue el edificio del Seminario demolido el siglo pasado. Sobre el Momoxtli, refiere: "Este es el primero localizado dentro del recinto ceremonial de México-Tenochtitlán, aunque se han encontrado muchos otros en lo que fue toda la ciudad". De ellos se menciona mucho en las fuentes que "los mexicas lo utilizaban para colocar la piedra llamada Temalacatl, que era una piedra de sacrificio gladiatorio, en donde se escenificaba una batalla y un cautivo de guerra peleaba contra algún guerrero mexica" pero las armas del primero no eran reales y las del otro sí lo eran. Este era otro tipo de sacrificio, señaló el arqueólogo y "quien estaba definitivamente destinado a morir sobre la piedra era el prisionero".

 

El crecimiento de la pirámide

 

Las dimensiones de la pirámide del Templo Mayor crecieron 12 veces en cien años, en contraste, con la de la Luna, en Teotihuacán, que en 500 años sólo tuvo siete extensiones, así lo reveló el arqueólogo Leonardo López Luján, quien encabeza las investigaciones en ambos monumentos históricos. "La pirámide crecía cuando lo hacía el imperio, es decir, las ampliaciones eran tomadas por los mexicas como un pretexto de guerra y de conquista". La causa principal por la que la pirámide aumentó sus dimensiones no fue sólo por cuestiones técnicas, sino porque era un símbolo que representaba y hacía más famoso al imperio de Huitzilopochtli. Sin embargo, los mexicas no construían sus pirámides sino que toda la mano de obra la aportaban los pueblos aliados y los sujetos cautivos. Las 12 modificaciones a la pirámide del Templo Mayor, subraya López Luján, fueron identificadas por Eduardo Matos, quien hace 27 años inició el proyecto, a raíz del hallazgo de la Coyolxauhqui. Lo cierto, tras esas décadas de distancia, es que "nuestros conocimientos sobre la antigua ciudad han cambiado radicalmente", debido a que hay muchos aspectos y detalles de la vida en este lugar que pasaron inadvertidos o quizá no les interesaron a quienes narraron parte de la historia de este sitio. "Por ejemplo, un religioso no se fijaba para explicar un caso trivial como los materiales con los cuales fue hecha la pirámide".

 

Acorde con sus premisas, la sexta temporada de campo enfatiza la recuperación de datos acerca de la procedencia de los materiales constructivos, así como de las técnicas y de los estilos arquitectónicos como complemento de la información histórica sobre los procesos de producción e intercambio de bienes; el área de dominio de la Triple Alianza, y las relaciones de Tenochtitlán con otros pueblos a lo largo del tiempo. En el presente año, el equipo que coordina López Luján halló 19 lápidas talladas en relieve con imágenes de dioses, plantas, sacerdotes y fechas calendáricas, las cuales fueron localizadas bajo el piso de la fachada principal del Templo Mayor. Se descubrieron boca abajo varios grupos de construcciones que sirvieron para conformar el piso de una de las cuatro etapas de la fachada del Templo Mayor, y según indican los primeros estudios, dichas lápidas habrían formado parte de la ornamentación de una etapa más antigua a la misma pirámide.

 

Sobre la ofrenda de consagración, segundo hallazgo dado a conocer en julio pasado y que revela el sacrificio de niños, Leonardo López Luján explicó la relevancia y la múltiple información que proporciona encontrar entierros y ofrendas. "Estos depósitos rituales nos sirven para entender cuáles eran sus creencias, sus mitos básicos, los ritos que llevaban a cabo, porque los objetos no están arrojados al azar". Los objetos siguen una distribución espacial muy estricta. "Muchas ofrendas son cosmogramas, una representación miniatura del universo". Por ejemplo "el sacerdote ponía en la ofrenda una capa de arena marina y luego corales, peces, caracoles, es decir, todo lo que tiene que ver con el inframundo, ese mundo acuático que está bajo la superficie de la tierra". Luego, ponían pieles de cocodrilo con sus cráneos y escamas, ponía tortugas o peces sierra, "todos los animales que simbolizan la costra terrestre que flotaba sobre ese mundo acuático. Y finalmente, en la parte superior, colocaban aves, águilas, garzas, todos los seres que tienen que ver con los cielos". Por ello, explicó el hijo de otro destacado arqueólogo, Alfredo López Austin, "es sensacional descubrir estas ofrendas, porque entonces entiendes no sólo la economía y la política, sino también el simbolismo, la cosmovisión y la religión".

 

La Jornada - México D.F., 20-22/8/2005

Sacrificio infantil en el Templo Mayor

 

 

Angel Vargas

 

Un equipo multidisciplinario del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) dio a conocer un inusual descubrimiento en el Templo Mayor (México D.F.). Se trata de una ofrenda de consagración calificada de única y significativa por los especialistas, al ser la primera en la que se encuentran restos óseos de un niño en el lado sur de la zona, asociada ésta con el dios Huitzilopochtli y en la que hasta el momento sólo se habían localizado depósitos rituales con restos de adultos. Las evidencias arqueológicas con las que se cuenta demostraban que la cabeza de los sacrificados era el segmento corporal elegido por los sacerdotes para ser depositado en las ofrendas. En ese sentido, la recién descubierta, denominada ofrenda 111, contrasta con las restantes luego de que el cuerpo del niño fue colocado, completo, en asociación a Huitzilopochtli y próximo a la efigie de la diosa Coyolxauhqui.

 

De acuerdo con la antropóloga Ximena Chávez, el sacrificio infantil se relacionaba con las peticiones de lluvia, por lo que estaba dedicado al dios Tláloc, cuyo sitio de culto en el centro ceremonial se ubicaba en el lado norte, donde se han encontrado ofrendas con restos infantiles. El niño, aproximadamente de cinco años de edad, fue ataviado con ajorcas de cascabeles de cobre y caracoles, anillos de madera, y acompañado de instrumentos musicales de cerámica y fragmentos de cuchillo de obsidiana. Fue colocado por los sacerdotes directamente sobre una escalinata previo a una ampliación del templo, encima de una capa de arcilla, con la cabeza recargada sobre un escalón y mirando hacia el noroeste, dirección en la que se extiende también su brazo derecho, mientras que el izquierdo yace sobre el abdomen. Las piernas se encuentran simétricamente flexionadas y rotadas hacia fuera, "como ranita, en una posición no muy común en el sistema de enterramientos prehispánicos".

 

Esta ofrenda es considerada el hallazgo más importante de la sexta temporada de trabajo del Proyecto Templo Mayor, dirigida por Leonardo López Luján y en la que también destaca el descubrimiento de unas lápidas. El grupo de especialistas, en el que participan asimismo Osiris Quezada y José María García, ubica la ofrenda en la etapa cuarta de Templo Mayor, que comprende el gobierno de Moctezuma I, entre los años 1440 y 1469 de nuestra era. Según información aportada por los recientes trabajos de exploración, el equipo del INAH infiere que el centro ceremonial fue ampliado durante el gobierno de dicho personaje. Eso explica, puntualizaron, el origen y el sentido ritual de la ofrenda 111, consagrada a la construcción del edificio en el que con el paso del tiempo se registraron los funerales de Moctezuma y la entronización de Axayácatl, sexto gobernante mexica. "Las inundaciones de la ciudad, las fallas estructurales en el edificio y el expansionismo en la guerra fueron algunas de las causas que motivaron la ampliación del Templo Mayor de Tenochtitlán, desde el momento de su edificación, en el siglo XIV hasta el momento de su destrucción, en el siglo XVI", se asienta en un documento del INAH. "Algunas fuentes históricas mencionan que el gobernante mandaba edificar en ocasiones un nuevo templo sobre el ya existente, y algunos otros, como fray Diego de Durán y Hernando Alvarado Tezozómoc, relatan que la ampliación del templo se veía acompañada de sacrificios humanos y el depósito de los restos de los individuos inmolados ritualmente".

 

Los restos del niño serán analizados como parte del proyecto Sacrificio humano y tratamientos mortuorios en el Templo Mayor de Tenochtitlán, coordinado por Ximena Chávez. Merced a ese trabajo será posible precisar su sexo, edad y causa de muerte, además de si padeció alguna enfermedad y si tuvo una adecuada alimentación. Uno de los patrones encontrados en los rituales de sacrificio infantil en esa zona arqueológica, subrayó la experta, es que los niños inmolados padecían algún tipo de enfermedad, aunque no mortal y sobre todo en el sistema óseo por mala alimentación, así como en la cavidad bucal. Al igual que los restos procedentes de otras ofrendas, la información que arrojen los contenidos en la 111, una vez sistematizada con otro tipo de investigaciones, permitirá abrir un nuevo horizonte para la precisa compresión de la práctica del sacrificio humano en la antigua Tenochtitlán, sostuvo Chávez, quien adelantó que este trabajo estará listo en dos años.

 

La Jornada - México D.F., 23/7/2005

En busca de los primeros cubanos

 

 

Patricia Grogg

 

''Estamos en el inicio de todo'', dice cauteloso el arqueólogo alemán Jean Weining, luego de seis semanas de paciente trabajo topográfico para determinar futuras excavaciones que podrían dar un vuelco a las teorías actuales sobre los seres humanos más antiguos de Cuba y las Antillas. Su colega cubano Raúl Villavicencio sólo sonríe, a su lado. Seguramente por su cabeza pasa, en rápida sucesión, más de una década de dedicación casi absoluta al rastreo minucioso de cualquier posible huella que complete, con el debido rigor científico, el rompecabezas de sus hallazgos arqueológicos. Su obsesión comenzó hacia 1987, cuando se estrenó como director del museo de Sagua La Grande, ciudad de unos 60 mil habitantes situada en la parte norte de la central provincia de Villa Clara. ''Salí a terreno, con un grupo de aficionados, a buscar cosas para el museo'', relata. Un día de 1992, una enorme piedra de sílex (pedernal) tallada, comparable por su forma al asiento de una bicicleta y hallada en forma casi fortuita, quedaría registrada en sus archivos como la primera de varias herramientas presumiblemente usadas por seres primitivos encontradas en la región. ''Son hachas de mano, que pesan de ocho a 10 libras (3,6 a 4,5 kilogramos), confeccionadas con una técnica semejante a instrumentos usados en el Viejo Mundo unos 35 mil años antes del presente'', afirma Villavicencio, quien destacó que la antigüedad probada de los primeros habitantes de Cuba no pasa hasta ahora de poco más de cinco mil años. ''Estos instrumentos son un fenómeno único en América, similares a los europeos por su estilo y su forma. Nosotros vemos esto como el borde exterior de la difusión del paleolítico por el mundo. Pueden ser remanentes del paleolítico, que llegaron a este continente'', asegura.

 

Los hallazgos incluyen cuchillos, puntas de flechas y raspadores confeccionados también con sílex, abundante en la cordillera de la porción noroeste de Villa Clara. ''Este mineral es una variedad de cuarzo, muy duro e idóneo al hombre antiguo para enfrentar el medio'', afirma el especialista. Villavicencio asocia esas herramientas con restos de fauna de una época en que abundaban animales de gran talla y aves gigantes, hallados en diferentes sitios, algunos distantes entre sí unos 40 kilómetros. ''Cavábamos de diez en diez centímetros y junto con los huesos íbamos encontrando herramientas del hombre'', dijo al relatar uno de esos descubrimientos. Según el experto, ese aspecto interesó especialmente a Hansjürgen Müller-Beck, profesor de Prehistoria e Historia Temprana de la Universidad Tübingen, en Baviera (sudeste de Alemania), quien encabeza el equipo de su país en un proyecto de investigación que se lleva a cabo con especialistas cubanos.

 

Müller-Beck dice que la contemporaneidad de los restos de fauna y las herramientas ''es irrefutable, porque si el hombre hubiera vivido posterior a esa fauna, las herramientas estarían encima'', comenta Villavicencio. Pero Weining, quien trabaja en la empresa privada alemana de investigaciones arqueológicas Pro-Arch, afirma que prefiere pensar ''en el todo y no en las partes''. ''Las hachas son un punto. Los huesos de una fauna distinta, son otro punto, los artefactos, otro punto. El fechado (radiocarbónico) otro punto. Todo eso es como un mosaico formado por pedacitos chiquitos que hay que investigar'', explica.

 

El proyecto acordado con los expertos alemanes, denominado El poblamiento más temprano de Cuba terminó una primera fase en la cual se evaluaron los sitios para nuevas excavaciones en Villa Clara y en la oriental provincia de Holguín, también incluida en el plan. Según Weining, se prevé que en enero comiencen excavaciones a campo abierto y en cuevas, mediante técnicas y métodos reconocidos internacionalmente, para recopilar gran cantidad de material que permita avanzar hacia la meta mayor: averiguar cuándo llegó el ser humano a América. Se sabe que comunidades de cazadores-recolectores se establecieron en la región holguinera del río Levisa hace unos cinco mil 150 años, apuntó la uruguaya Lilián de Moreira, profesora de historia de la Universidad de La Habana. Esa fecha es la más antigua comprobada del poblamiento caribeño en las Antillas Mayores. En República Dominicana, comunidades similares se establecieron hace unos cuatro mil 550 años. No obstante, muchos arqueólogos cubanos pensaban aun antes de los hallazgos de 1992 que por la tipología del trabajo del sílex hallado en Cuba, las poblaciones responsables debieron llegar a la isla hace siete o diez mil años. Esos hallazgos podrían probar que la presencia humana es mucho más antigua, y abrir interrogantes sobre la procedencia de los primeros pobladores, que según las teorías más extendidas hasta ahora habrían llegado al Caribe hace unos 10 mil años, desde el suroeste de América del Norte, por pasajes emergidos durante el final del cuarto periodo glacial.

 

Tierramérica - 25/6/2005

''El penacho de Moctezuma es una capa de sacerdote''

 

 

Ana Monica Rodrìguez

 

''El mal llamado penacho de Moctezuma es en realidad una capa de plumas preciosas que portó algún sacerdote y no el emperador del imperio mexica'', explicó Gerardo del Olmo Linares, quien sustenta sus investigaciones iconográficas en la teoría del desaparecido biólogo Rafael Martín del Campo, publicada en el lejano año de 1952. A propósito de la polémica suscitada por el ornamento prehispánico que se encuentra en el Museo de Etnología de Viena, el ilustrador científico y ornitólogo aficionado abunda sobre el uso que probablemente tuvo y sobre quién portó la capa, también llamada tilma o quetzalquémitl.

 

El maestro Rafael Martín del Campo, quien fue investigador del Instituto de Biología de la UNAM y destacado estudioso de la ornitología mexicana, ''publicó en 1952 para la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística un pequeño trabajo sobre la identificación de aves que fueron usadas en el arte de la plumaria, titulado Arte plumaria e industria del hilado de plumas entre los aztecas. Ahí mismo identifica a las aves con las que se confeccionó el polémico penacho de Moctezuma, finalizando el artículo con una descripción de la manera en que el sacerdote lo portaba quien, según él, era el representante de Quetzalcóatl''. Y a partir de ese momento -añadió del Olmo- ''propuso que el nombre correcto de lo que se conocía como penacho era quetzalquémitl, que significa capa de plumas preciosas''.

 

Elaborado con plumas de cuatro aves, el atavío, según Martín del Campo, sugiere también que dado el tamaño del indumento era ''imposible'' que alguien lo sostuviera erguido sobre la cabeza, y del Olmo Linares cita un párrafo de lo que escribió el investigador hace años: ''Este rico atavío (no penacho), al ser portado por el sacerdote de Quetzalcóatl, amplificaba artísticamente un quetzal, que se completaba con un casco de oro representando la cabeza del ave, pieza que hoy falta. Fue hecho con plumas de quetzal, charlador turquesa, de garza espátula y de vaquero, con aplicaciones de oro''. Del Olmo Linares ha ahondado en las hipótesis del destacado investigador, quien recreó de manera ''lógica'' el uso de la tilma y participó además en la elaboración de la copia que se halla en el Museo Nacional de Antropología. ''Convocatoria -dijo- que obedeció no sólo a su amplio conocimiento de las aves mexicanas, sino también a su gran erudición en las culturas prehispánicas, principalmente la mexica''. Sin embargo, agregó, la reproducción no pudo ser fiel debido a que el ave llamada charlador turquesa (Cotinga amabilis), e identificada por el maestro, ya desde entonces se encontraba en peligro de extinción, por lo que a instancias de él se determinó sustituir esas plumas por las del cuello del pavo real. Por ello, en la investigación que prosigue Del Olmo también ha comparado los modelos de penachos prehispánicos en diversos códices como los de Tlatelolco, Durán, Mendocino, Borbónico, Nuttall y Feyervary. Tras todo ello, subraya que el parecido más ''contundente se encuentra en el Códice Durán, el cual representa un danzante sacerdote, que porta como casco una cabeza de un cánido, posiblemente un coyote; lleva adherida a la espalda lo que indiscutiblemente es un quetzalquémitl y éste sí presenta la sección media más larga, al igual que el multicitado de Moctezuma'', que tiene un pequeño remate en las plumas azules para sujetarlo al cuello. Lo cierto, añade, es que ''los segmentos varían en color y número, pero eso puede depender de a qué dios estaba dirigida la ceremonia''.

 

Entre otras de las hipótesis que guían la labor de Del Olmo, también sobresale la vestimenta de los personajes plasmados en los códices, como los guerreros y sacerdotes. No obstante, aclara que con la investigación iconográfica que realiza y que plasma en litografías, las cuales son vendidas en diversos sitios arqueológicos, ''no pretendo mostrar a Moctezuma, sino la forma en que se llevaba la tilma o capa''. El código Tlatelolco, explica Del Olmo, habla de los personajes que utilizan el penacho como distintivo militar y en señal de que son grandes señores, de alta jerarquía; y el penacho de Moctezuma -tilma- ''no era un distintivo, sino un atavío sacerdotal, religioso o ritual''. Y concluye su explicación al plantear que a lo largo de la investigación '' de leer y leer he tratado de buscar la fuente, la pauta de donde Rafael Martín del Campo partió para elaborar su teoría, pero no he encontrado algún indicio de ello''.

 

La Jornada - México D.F., 13/6/2005

Chichén Itzá, Teotihuacán y los orígenes del Popol Vuh

 

 

Enrique Florescano

 

Las raíces profundas que unen la centenaria cultura de Teotihuacán con la cultura maya se perciben en el Popol Vuh, también llamado el Libro del Consejo. Parece ésta una afirmación descabellada, pues Teotihuacán tiene su época de esplendor entre el siglo II y el VI de esta era, mientras que la versión que conocemos del Popol Vuh es de 1554, unos diez siglos más tarde. Sin embargo se trata de una tesis plausible. Lo cierto es que desde la publicación primera del Popol Vuh no ha cesado la inquisición acerca de sus orígenes, sin que hasta la fecha una explicación se eleve inapelable sobre las otras. La manufactura k’iche’ del libro no puede ponerse en duda, pues los datos muestran que fue redactado en el alfabeto latino en Santa Cruz del Quiché, la fundación española que sustituyó a Q’umar Ka’aj, la capital del reino k’iche’. La fecha final de su elaboración es el año de 1554, cuando aún vivían Juan de Rojas y Juan Cortés, quienes aparecen citados en el libro como la última generación de reyes k’iche’.

 

Las motivaciones que llevaron a los jefes k’iche’ a redactar en el alfabeto castellano la historia antigua de su pueblo son explícitas. En la primera página se dice que aun cuando antes ''existía el libro original, escrito antiguamente'', ya no se puede ver ni entender. Este dato sugiere que el libro ''escrito antiguamente'' era un códice pintado, el libro del Consejo de Q’umar Ka’aj, del cual se copió la versión en alfabeto latino. Al final de su obra los autores reiteran su intención de conservar la memoria del libro ancestral en el lenguaje impuesto por el conquistador. Dicen que como ''ya no puede verse el [libro o códice] que tenían antiguamente los reyes, pues ha desaparecido'', tomaron la decisión de transcribir en letras la tradición acuñada en pinturas y glifos. Pero los autores del Popol Vuh introducen una duda acerca de los orígenes lejanos del libro, pues declaran que el códice donde estaban pintadas sus historias les fue dado por Nakxit, el gobernante de Tulán, el reino famoso al que se refieren con reverencia los textos nauas y mayas. En el Popol Vuh Tulán es el arquetipo del reino y la fuente de los conocimientos fundamentales. El Popol Vuh registra dos viajes de los jefes k’iche’ a esta Meca política y cultural. El inicial lo hacen los cabezas de la primera generación de linajes k’iche’, quienes emprenden una larga jornada hacia el oriente, el rumbo donde ubican a Tulán, la ciudad que describen como una metrópoli atestada de gente de diversas etnias que hablaban lenguas distintas. Ahí, narra el libro, les fueron dados sus dioses patronos. Luego, en cantos tristes lloraron su salida de Tulán y fueron a buscar el lugar donde habrían de asentarse y fundar una nación poderosa. Es decir, según el Popol Vuh, para los jefes del pueblo k’iche’ Tulán era la metrópoli dispensadora de los dioses protectores y los bienes de la vida civilizada.

 

Motivados por el destino que les fue revelado en Tulán, los linajes k’iche’ invaden la región de altas montañas cercanas al lago de Atitlán, en Guatemala, y emprenden batallas encarnizadas contra los pobladores nativos, a quienes vencen y convierten en tributarios. Protegidos por Tojil, el poderoso dios del relámpago y el trueno (una variante del Tláloc teotihuacano), los k’iche’ se posesionan de territorios dilatados. Sus primeros caudillos, antes de morir, les hicieron tres recomendaciones: no olvidar nunca a los ancestros, visitar el lugar del origen, Tulán Zuywa, y rendirle homenaje al Bulto de Flamas, el envoltorio sagrado que guardaba las reliquias de los fundadores del pueblo k’iche’. Como se advierte, las tres recomendaciones hacen de la tradición el principio legitimador del poder, y particularmente la tradición de Tulán Zuywa. Más tarde, cuando sus sucesores combaten y vencen a las numerosas tribus originarias, emprenden un segundo viaje al oriente, el asiento de la legendaria Tulán Zuywa. Se trata de un viaje de confirmación de los derechos adquiridos, encabezado por los jefes del grupo, quienes en Tulán Zuywa son recibidos por Nakxit, el gobernante de nombre naua (''Cuatro pies''), a quien todos acatan y temen. Nakxit ''era el nombre del gran Señor, el único juez supremo de todos los reinos''. Aquí, otra vez, la legitimidad política se hace radicar en Tulán Zuywa. Es decir, mientras en el primer viaje los jefes k’iche’ reciben sus dioses patronos, en el segundo se les otorgan las insignias del poder, los símbolos que legitiman su gobierno. El Popol Vuh y los textos que narran el viaje de los k’iche’ y los kaqchikeles a la Tulán maravillosa, sitúan a ésta en el oriente.

 

Como advertirá el lector, esta es una tradición diferente a la de la época Clásica, cuyos testimonios ubican a Tollan en el occidente, identificándola con Teotihuacán. Los gobernantes de Tikal y de Copán inscribieron en estelas y en monumentos colmados de glifos su ascendencia teotihuacana, y declararon orgullosos sus vínculos con la gran metrópoli del occidente. En cambio, diez siglos más tarde, los jefes k’iche’ y kaqchikeles proclamaron descender de una Tulán oriental. (El Título de Totonicapán dice que los jefes k’iche’ marcharon hacia dos rumbos opuestos. ''Uno de ellos se fue por donde sale el sol y el otro, por donde se oculta el sol. C’ocaib se fue por donde sale el sol, y C’ok’awib por donde se oculta el sol''. Ese último no encontró la deseada Tulán y regresó a Jak’awits, la capital que habían edificado los k’iche’). El Popol Vuh asienta que los jefes k’iche’, obedeciendo el mandato de sus progenitores, dijeron: ''vamos al Oriente, allá de donde vinieron nuestros padres''. Las fuentes que narran la migración de las tribus que poblaron las tierras altas de Guatemala subrayan el origen oriental de Tulán y cuentan que para llegar a esa gran ciudad fue forzoso atravesar el mar. El paso del mar es un episodio crucial en este periplo y su registro en las crónicas permite rastrear el probable itinerario que siguieron los peregrinos de Tulán. Así, el Memorial de Sololá dice que al llegar al mar los jefes kaqchikeles se encontraron a ''un grupo de guerreros de los llamados nonowalkat [nonoalcas]'', en sus canoas. Como sabemos, las fuentes antiguas ubican a los nonoalcas en el área de Xicalanco, en las orillas de la Laguna de Términos, en el actual estado de Campeche. El Memorial de Sololá refiere que los kaqchikeles derrotaron a los nonoalcas y con los barcos de éstos atravesaron el mar y llegaron al oriente, donde estaba asentada Tulán. O sea que los kaqchikeles recorrieron en canoas la costa de Campeche y desembarcaron en algún punto cercano a Chichén Itzá, el asiento de la famosa Tulán Suywa. El Memorial de Sololá describe a Tulán Suywa como una ciudad imponente: ''en verdad que nos causaron terror esa ciudad y esas casas donde moraban los de Suywa, allá en el Oriente''. La visita a Tulán suscitó estupor y temor entre los kaqchikeles, pues describen escenas sobrecogedoras, como aquella ''cuando se levantó [el viento] entre las casas formando remolinos que se convirtieron en un verdadero torbellino de polvo''. Luego cuentan que este torbellino ''se arrojó sobre nosotros, nos arremetieron las casas, nos arremetieron sus dioses''.

 

Finalmente esas escenas de espanto y vértigo fueron compensadas por el encuentro inefable con Nakxit: ''Este era en verdad un gran rey y disponía del encargo de escoger e investir a los señores gobernantes y a los gobernantes adjuntos''. Cuando llegaron a su presencia, Nakxit les dijo: ''Subid las piedras horadadas para el dintel de mi palacio y os concederé el señorío''. Como recordará el lector, las escaleras, dinteles y columnas horadadas más famosas son las que enmarcan la entrada del Templo de los Guerreros de Chichén Itzá . El Memorial de Sololá dice que cuando los jefes de la nación kaqchikel llegaron a la entrada del palacio de Nakxit ''procedieron a subir dichas piedras horadadas. Y de esta manera Nakxit les concedió el señorío, con todos los honores e insignias correspondientes''. La misma fuente dice que ''Allí también tuvieron que celebrar consejo''. Es decir, estos textos informan que junto a los símbolos de poder, los kaqchikeles recibieron también las instituciones y ceremonias políticas consagradas en Tulán. El Popol Vuh de los k’iche’ describe la misma escena exultante. Narra cómo Nakxit les dio a sus jefes los títulos reales de Guardián de la Estera (Aj Pop) y Guardián de la Casa de Recepción de la Estera (Aj Pop Q’amajay), equivalente al título de receptor de los tributos, así como las insignias de la realeza: el trono, la piel y las garras de jaguar, las flautas de hueso, la bolsa de tabaco, las plumas de papagayo y el estandarte de plumas de garza real. Y junto a las insignias de mando, Nakxit les otorgó las pinturas de Tulán, el libro que contenía los orígenes, la historia y la sabiduría de Tulán. Luego de ese encuentro inolvidable, los k’iche’ y kaqchikeles retornaron a Xicalanco y desde ese lugar emprendieron su largo viaje a las montañas de Guatemala, remontando el curso del Usumacinta.

 

Aquí deben subrayarse dos hechos críticos para la comprensión de esta historia. Primero, que la antigua Tollan a la que se refieren los textos de la época clásica ha cambiado de ubicación geográfica. En lugar de estar en el Altiplano Central, es decir, en Teotihuacán, al occidente del territorio maya, los textos k’iche’ y kaqchikeles la sitúan ahora en el oriente, hacia la costa este de Yucatán. Segundo, esta Tulán, al mismo tiempo que es un lugar de reunión, una Meca en la que convergen los más variados pueblos, es un centro de dispersión. Los textos dicen que en Tulán Suywa se reunieron pueblos procedentes de distintas regiones, hablantes de las lenguas más variadas, quienes luego que recibieron las insignias del poder de manos de Nakxit abandonaron la ciudad e iniciaron una diáspora, al cabo de la cual las diferentes tribus se asentaron en las tierras altas de Guatemala. El Memorial de Sololá dice que al salir los pueblos de Tulán, cada uno recibió su equipaje: las tribus recibieron piedras preciosas, plumas verdes, pinturas, esculturas y los calendarios sagrados, mientras los guerreros fueron dotados de flechas, arcos y escudos. Si todas las fuentes afirman que Tulán Zuywa está en el oriente de la península de Yucatán, esa Tulán no puede ser otra más que Chichén Itzá, la metrópoli maya que floreció entre los años 800 y 1200 d.C. en ese rumbo del territorio. Precisamente la época de migración de los k’iche’, kaqchikeles y otros grupos mayas se sitúa a principios del siglo XIII, cuando ocurre la desintegración del poder asentado en Chichén Itzá. Sin embargo, la mayoría de los autores que tratan la emigración de los pueblos mayas hacia las tierras altas de Guatemala identifican a estos migrantes con la desbandada que produjo la caída de la Tula de Hidalgo. Pienso, por el contrario, que esta diáspora está asociada con la destrucción de Chichén Itzá, la metrópoli oriental que entre los siglos VIII al XIII había logrado integrar el antiguo legado maya con las influencias políticas, religiosas y culturales procedentes de Teotihuacán. Los rasgos sociales y culturales de los grupos migrantes que invaden el área montañosa de Guatemala se identifican más con la tradición de Chichén Itzá que con la de la Tula de Hidalgo.

 

El origen mismo de la diáspora está vinculado con el sureste de Mesoamérica, no con el Altiplano. Como lo ha mostrado Robert Carmack, un punto clave de la diáspora fue la región pantanosa de Tabasco-Campeche, formada por el delta del río Usumacinta y la Laguna de Términos, territorio de hablantes del chontal, el náuat y otras lenguas afines. Estos grupos tenían una relación de siglos con la cultura teotihuacana, como lo prueba la presencia de la lengua náuat en sus instituciones políticas, religiosas, militares y sociales; y como sabemos hoy, según los últimos estudios, la lengua de Teotihuacán era el náuat. Las crónicas que narran la peregrinación k’iche’ y kaqchikel informan que esos grupos migrantes estaban compuestos principalmente por guerreros. Como en la tradición teotihuacana, los capitanes de la guerra son los jefes del grupo y los conductores de la migración. Sus armas y pertrechos son también de origen teotihuacano: átlatl, macanas, escudo redondo, malla de algodón. Y asimismo, sus ideales y valores son guerreros: la conquista, la imposición de tributos, el sacrificio humano y la exaltación del ardor bélico. Nakxit-Kukulcán es la síntesis de esos valores y el ideal del gobernante. El Popol Vuh y el Memorial de Sololá consideran a Nakxit-Kukulcán el ancestro fundador del reino k’iche’ y del reino kaqchikel, respectivamente.

 

Estos y otros rasgos que se leen en los libros sagrados de los k’iche’ y kaqchikeles son de indudable origen teotihuacano, pero se advierte que están ya adaptados a la tradición maya a través del tamiz de Chichén Itzá. La revaloración de Chichén Itzá como una metrópoli en la que concurren el legado político, religioso y militar teotihuacano con las antiguas raíces de la cultura maya, la sitúa como la metrópoli oriental más importante de Mesoamérica durante los siglos IX al XIII. Gracias a esta simbiosis de tradiciones, el foco de la vida política, comercial, religiosa y militar se traslada del Altiplano Central al sureste mesoamericano. En estos años Chichén Itzá se convierte en una metrópoli, una Meca religiosa, un polo comercial y una fuerza expansiva y conquistadora. Pero su contribución más significativa al desarrollo de Mesoamérica es su papel de mortero donde se mezclan tradiciones culturales divergentes y se produce una nueva amalgama política y cultural. Desafortunadamente, las aleaciones que intervinieron en la formación de esa mixtura son las menos estudiadas. El culpable de esa ignorancia fue la identificación de la Tula de Hidalgo con la Tollan-Teotihuacán de la época Clásica, una confusión que impidió vincular la tradición naua procedente de esta metrópoli con la cultura maya.

 

Para rescatar el verdadero rostro de Chichén Itzá es preciso romper con la tesis que identificaba a la Tula de Hidalgo con la Tollan maravillosa de los textos, y concentrar la investigación en Tollan-Teotihuacán, la metrópoli política y cultural más importante de la época Clásica y la más influyente en el desarrollo posterior de Mesoamérica. Chichén Itzá es un caso extraordinario de fidelidad a los orígenes y de adaptación a los nuevos aires impuestos por el cambio histórico. Los estudios recientes muestran que esta metrópoli conservó la antigua concepción maya del Cosmos (la división en cuatro partes y tres niveles verticales), y el culto a los dioses tradicionales: el dios ancestral, Pawahtun, la diosa Chak Chel, Chak, el dios del maíz, etcétera. Pero el apego a las tradiciones constitutivas del pueblo maya no le impidió adaptarse a las transformaciones de su tiempo. Los cambios más visibles se advierten en la composición social y el régimen político. Chichén Itzá muestra una estructura social distinta a la de los reinos de la época Clásica, asentada en grupos de etnias diferentes y en linajes competitivos, trabados en una lucha continua por el poder. Un resultado de esta estructura social fragmentada en linajes competitivos fue el fortalecimiento del Popol na, la Casa del Consejo. Según las crónicas de la época colonial, Popol na significa la casa donde se asienta la estera, el sitio donde se reunían las cabezas de los linajes con el halach uinic o jefe político para tratar ''las cosas de república'', es decir, los asuntos concernientes al gobierno del pueblo y sus relaciones con el exterior. El antecedente más remoto de esta forma de organización política está registrado en Copán, a fines de la época Clásica. Más tarde, en el Posclásico, esta novedad política se vuelve una institución común en el área maya. El Popol Vuh y el Memorial de Sololá narran que las principales decisiones adoptadas por los pueblos k’iche’ y kaqchikel, desde el inicio de su migración en el siglo XIII hasta su apogeo en los siglos XV y XVI, fueron decididas en sesiones de Consejo o tomadas en la Casa del Consejo, e informan que ese Consejo estaba integrado por los jefes de los linajes.

 

La mejor prueba de la raigambre de estas instituciones comunitarias es la existencia del libro que llamamos Popol Vuh, Libro del Consejo, cuyo título expresa el espíritu comunitario que animaba a los distintos linajes que conformaron la nación k’iche’. Precisamente un ejemplar del Libro del Consejo de Q’umar ka’aj elaborado en las salas del Popol na de esa capital, fue el modelo para componer el Popol Vuh. En contraste con los relatos históricos de la época clásica, concentrados en la persona del supremo gobernante, el Popol Vuh narra la historia de la nación k’iche’. Recoge sus orígenes remotos, cuando nació la primera generación de linajes k’iche’, y va hilando la historia de sus infortunios y conquistas. Relata la larga migración que los condujo a las tierras altas de Guatemala y enumera los territorios que recorrieron y los pueblos que fundaron. Cuenta cómo se unieron los linajes y cómo adoptaron la lengua, los dioses, las tradiciones y las instituciones k’iche’. No omite las rupturas internas que los amenazaron, pero festeja sobre todo a los dioses y los caudillos que combatieron esos peligros y fraguaron la unidad k’iche’. Las últimas páginas del libro son un canto al poder y la grandeza alcanzados por el reino k’iche’, un recuento de la energía creativa desplegada por la nación k’iche’ para conquistar su territorio y construir sus palacios, templos y ciudades, hasta convertirse en la capital de esta región de Mesoamérica.

 

El Popol Vuh puede resumirse en una frase: es la historia del pueblo k’iche’, un relato que narra las vicisitudes que enfrentó un grupo humano para construir una nación. Su personaje central es el ente colectivo llamado nación o reino k’iche’. Al trasladar a sus pinturas la historia, los anhelos y los logros del pueblo k’iche’, el libro se convirtió en la representación de la nación k’iche’. Condensó en sus páginas la esencia de ese pueblo y al mismo tiempo devino el principal transmisor de ese mensaje ante las nuevas generaciones. Por esa razón los k’iche’ decían que sus reyes, los primeros lectores de este libro, podían explicar el pasado y adivinar el porvenir: Grandes señores y hombres prodigiosos eran los reyes portentosos Gucumatz y Cotuná, y los reyes Quicab y Cavizimah. Ellos sabían si se haría la guerra y todo era claro ante sus ojos; veían si habría mortandad o hambre, si habría pleitos. Sabían bien que había donde podían verlo [pues] existía un libro llamado Popol Vuh''. Sin embargo, los k’iche’ dicen una y otra vez que la escritura, la luz, como también le llaman, les fue dada en Tulán Suywa, en el oriente, del otro lado del mar. Confiesan que ellos no son los creadores del libro original del Popol Vuh, sino que éste les fue dado por Nakxit, el gobernante de Tulán Suywa. Aquí se impone una aclaración. Es evidente que Nakxit no les pudo dar a los k’iche’ un libro que aún no se había escrito, pues la historia del pueblo k’iche’ apenas había comenzado. Lo que probablemente quieren decir las frases ''cuando fueron a recibir al otro lado del mar'' las escrituras de Tulán, o ''las pinturas, como llamaban a aquello en que ponían sus historias'', es que Nakxit les entregó un ejemplar del libro que relataba la historia de Tulán Suywa, es decir, de Chichén Itzá. Dicho de otro modo, Nakxit les otorgó el libro modelo que contenía cifrada la historia de los orígenes, grandeza y sabiduría de Tulán, les dio el arquetipo de los libros dedicados a recoger el pasado de la nación y el modelo para transmitir ese relato a sus herederos. Tal fue el legado de Chichén Itzá a los pueblos mayas de la Península de Yucatán. Este fue el legado que más tarde navegó por los caminos del agua y las rutas de la migración, hasta las tierras altas de Guatemala, donde encarnó en el Popol Vuh, el Memorial de Sololá, el Título de Totonicapán y otros textos que adoptaron el modelo de Tulán para contar la historia de su propia nación.

 

Chichén Itzá, a su vez, no fue la cuna del libro que narraba los orígenes de la nación. Como lo muestran los estudios de los epigrafistas, arqueólogos e historiadores que en las últimas décadas reconstruyeron la historia de la época Clásica, los antiguos mayas, zapotecos y teotihuacanos escribieron en glifos y en imágenes los orígenes de sus pueblos y registraron minuciosamente el principio de sus reinos y dinastías. En otra parte he mostrado que esas laboriosas reconstrucciones adoptaron un modelo que codificó los temas principales de la narración, los períodos en que se dividió ésta y los métodos para narrar los acontecimientos. De modo que la historia del posclásico que escribieron los mixtecos y zapotecos está basada en el Códice de Viena, un texto del siglo XIII ó XIV, cuyos orígenes se remontan a la época de esplendor de las culturas de Monte Albán y Teotihuacán. En el área maya volvemos a encontrar la tradición de un texto fundamental del que se derivaron sus distintas narraciones históricas. En 1973 Robert Carmack, el estudioso más persistente de la etnografía de los pueblos de Guatemala, encontró en Totonicapán un verdadero tesoro de antiguos documentos k’iche’. Entre éstos destacan el Título de Totonicapán, el Título de Yax, el Título de Pedro Velázquez y el Título de Cristóbal Ramírez. El análisis y la publicación de estos documentos arrojó nueva luz sobre los orígenes de la memoria k’iche’. Quizá el descubrimiento que más asombró a Carmack fue constatar que estos papeles, escritos a mediados del siglo XVI, estaban basados en el Popol Vuh, el gran libro que compendió los legados culturales del pueblo k’iche’. Carmack advirtió que uno de los escribas de la versión que conocemos del Popol Vuh, Diego Reynoso, también participó en la hechura del Título de Totonicapán. Comprobó, asimismo, que la genealogía de gobernantes k’iche’ de ambos textos es semejante, aun cuando es más completa en el Título... Y constató que salvo la parte dedicada a la creación del Cosmos del Popol Vuh, los siguientes temas son tratados de modo semejante en ambos documentos.

 

Si avanzamos un poco más y comparamos la estructura narrativa y temática del Popol Vuh, con la estructura y el contenido del Título de Totonicapán y el Título de Yax, advertimos con claridad meridiana que la influencia del primero sobre los segundos fue decisiva. La composición que organiza el relato del Popol Vuh, el Título de Totonicapán y el Título de Yax es similar. Los tres dividen su narrativa en una triada: primero relatan la creación original del Cosmos, luego la creación de los seres humanos, el sol y los primeros asentamientos de pueblos, y por último exaltan la constitución del reino, la genealogía del linaje gobernante, la ampliación de las fronteras del territorio y el poder alcanzado por el reino k’iché. Salvo la intrusión en el Título de Totonicapán del relato bíblico de la creación del mundo, el contenido de estos textos proviene de la tradición mesoamericana, que es la dominante y la más profunda. Se trata de una tradición anterior a la época de esplendor del pueblo k’iche’ en el siglo XV, cuando probablemente se compusieron en pinturas y cantos los episodios que narra el Popol Vuh. Carmack sostiene que estos textos reflejan la tradición mexicana que floreció en la época Clásica (300 a 900 d.C.) en Teotihuacán. Es decir, alude a ''la tradición cultural tolteca que fue heredada por varios grupos étnicos después de la caída […] de Tula''. Se trata, dice, de una tradición que se expandió por distintas regiones de Mesoamérica. Una de sus vertientes, la de la Costa del Golfo, tuvo una influencia decisiva en la historia k’iche’, pues ''su manifestación en los altos de Guatemala comenzó en los primeros años del siglo XIII'', cuando se inició la construcción de ese reino. Carmack afirma que la principal influencia en el Título de Totonicapán proviene de los toltecas. Dice que ''las palabras nahuas de El Título con pocas excepciones son del náhuat'', el idioma de la Costa del Golfo. En segundo lugar, sus tradiciones históricas ubican el origen de los fundadores quichés en Tulán, un lugar asociado con sitios de la Costa del Golfo. Tercero, las instituciones ''mexicanas'' en el Título... -casamiento, ritos, asentamiento de pueblos, militarismo, etcétera-, se asemejan más a lo tolteca que a lo azteca o pipil. Agrega que la mejor prueba de la influencia mexicana en el Título... son las abundantes palabras nauas, sobre todo las que se refieren a la migración desde Tulán, la guerra, las ceremonias religiosas y los símbolos del poder. Comparto esa opinión. En otra parte he sostenido que la llamada cultura tolteca es originaria de Teotihuacán y que esta ciudad fue el modelo de las capitales políticas posteriores, la cuna de los cantos y del códice pintado que narraron los orígenes del Cosmos y la crónica del reino, y la primitiva Tollan, de la que derivaron las posteriores: Tollan Cholula, la Tula de Hidalgo, Tulán Zuywá (Chichén Itzá) y Tollan-Tenochtitlán. Hace poco Karl Taube fortaleció esa tesis; en un estudio dedicado al lenguaje de Teotihuacán propone que éste era el náuat, una variante antigua del náuatl, una tesis que también asume Christian Duverger, y que anteriormente había postulado Wigberto Jiménez Moreno. Como sabemos, los contactos entre Teotihuacán y la cultura maya están datados desde el año 378 d.C., cuando contingentes guerreros de Teotihuacán invaden el reino de Tikal e instalan una dinastía teotihuacana. Más tarde otras invasiones de teotihuacanos y toltecas procedentes de Tula propagan en las tierras altas de Guatemala las tradiciones procedentes de Teotihuacán.

 

Esta vieja tradición teotihuacana está presente en el Popol Vuh y en la mayor parte de los Títulos a través de Chichén Itzá, la metrópoli yucateca que floreció entre los siglos XI y XIII y que para mí es la legendaria Tulán Zuywa de los textos k’iche’ y kaqchikeles, un doble de la Tollan-Teotihuacán primera. La comprobación de que el Título de Totonicapán y el Título de Yax de los k’iche’ repiten el contenido, la división temática y el propósito esencial del Popol Vuh, es un dato clave para dilucidar su origen. La semejanza y el paralelismo de los tres textos muestra, sin sombra de duda, que los dos Títulos son versiones diferentes del Popol Vuh, o textos derivados de la misma fuente que nutrió al libro que inmortalizó la historia del pueblo k’iche’. Quiero decir que los textos de Totonicapán y de Yax no son Títulos de tierras como lo proclaman sus nombres, sino variantes del relato ancestral que los pueblos de Mesoamérica construyeron para rememorar sus orígenes y preservar su identidad, un relato que probablemente adquirió su forma canónica en Teotihuacán, la Tollan primordial.

 

La Jornada - México D.F., 12/6/2005

Fueron 200 los primeros colonizadores de América

 

 

José Galan

 

Un estudio genético realizado por Rutgers, la Universidad Estatal de Nueva Jersey, en Estados Unidos, sostiene que los primeros pobladores en colonizar América formaban apenas un puñado de 70 exploradores y sus familias, una fracción representativa muy pequeña de la población asiática de hace 14 mil años, cuando habrían cruzado el estrecho de Bering. La investigación considera que este grupo no pudo haber tenido más de 200 individuos, lo que constituyó una sorpresa para los investigadores. Jody Hey, responsable del estudio, llamó la atención sobre el hecho de que si la manera más probable de llegar al continente americano fuera en un viaje a través de un paso congelado, muy pocos lo habían intentado. Para comprobar la teoría, Hey analizó información de muestras de ADN recabadas con anterioridad entre los pueblos indígenas de América con raíces lingüísticas en el amerindio, así como de poblaciones del noreste asiático. Comparó los niveles de variación en nueve secciones de su ADN para calcular el número de los primeros pobladores, reveló la influyente revista científica Nature.

 

Según cálculos de Hey, en aquel entonces el grupo asiático contaba con una ''población efectiva'' -es decir, la cifra de adultos en edad reproductiva- de cerca de nueve mil personas. Pero la población efectiva del grupo amerindio era menor a uno por ciento de esos nueve mil. Una vez establecidos en el Nuevo Mundo, se piensa que los humanos hicieron pocos esfuerzos por expandirse por el continente. Evidencias arqueológicas halladas en Monte Verde, en Chile, sugieren que grupos de humanos llegaron a Sudamérica pocos siglos después de la emigración por el norte. La idea de sus logros desde un muy modesto inicio los hace más impresionantes. Pero Hey advirtió que sus investigaciones podrían no dar un panorama completo. Sus análisis, por ejemplo, no incluyen muestras de otras poblaciones americanas nativas de los extremos más al norte del continente, como es el caso de los aleutianos, quienes se piensa que se asentaron mucho tiempo después de los primeros pobladores procedentes de Asia. El investigador tampoco puede decir si alguno de los primeros pobladores del Nuevo Mundo regresó a su continente para tener descendencia con pobladores asiáticos, o si el grupo original en llegar a América fue seguido por subsecuentes oleadas de inmigrantes. Pero se sabe que, una vez que el primer grupo llegó a América, su población tuvo un auge en unas cuantas generaciones, y que la población efectiva tuvo gran expansión.

 

Hey espera que su modelo pueda ser utilizado para investigar otras situaciones en las que una población humana se dividió para colonizar un área nueva, como los habitantes de Australasia. ''Este enfoque podría proporcionar información detallada de poblaciones históricas'', dijo.

 

La Jornada - México D.F., 2/6/2005

Mesoamérica llegaba hasta Zacatecas y Durango

 

 

Alfredo Valadez Rodríguez

 

Los libros de historia prehispánica en México y América Latina deberán ser modificados muy pronto, al comprobarse que el limite de las culturas mesoamericanas, con su bagaje de conocimientos complejos sobre agricultura, astronomía, medicina y botánica, así como sus rituales ceremoniales y su sociedad organizada, llegaron hasta el estado de Zacatecas y sur de Durango, mucho más al norte de lo que siempre se estimó. Lo anterior lo aseguró en exclusiva a La Jornada el arqueólogo estadunidense Peter Jiménez, director general de las excavaciones y exploraciones arqueológicas en los sitios de La Quemada y Chalchihuites, zonas arqueológicas ubicadas en los municipios zacatecanos de Villanueva y Chalchihuites, respectivamente, y que hoy se sabe, florecieron entre los años 300 y mil 100 de nuestra era, después del florecimiento de Teotihuacán, pero antes de la aparición de Tula.

 

El lugar más importante es La Quemada, sitio que sorprende hoy día a una decena de arqueólogos que trabajan en el lugar, por los vestigios y objetos ahí encontrados: una ciudad que albergó a no menos de 30 mil habitantes, asentados en un área de 256 hectáreas, que incluye un complejo centro ceremonial con una fortificación amurallada, en la cúspide de un cerro, donde vivía la clase gobernante. En este lugar están, según los hallazgos arqueológicos, más de 200 kilómetros de calzadas hechas con piedra, que conectan diversos centros ceremoniales y zonas habitacionales. Con pirámides de regular tamaño, áreas para el juego de pelota y observatorios astronómicos, los pobladores de este sitio practicaron el cultivo del maíz y el frijol, así como el comercio de piedras preciosas y la cacería.

 

Sobre el origen de la cultura identificada hoy como La Quemada, Peter Jiménez narró que este sitio fue conocido históricamente desde el siglo XVIII, cuando historiadores criollos, antes de la Independencia, lo identificaron como Chicomostoc, asociándolo erróneamente a la peregrinación de los mexicas. Empero, indicó el también coordinador del museo de sitio que el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) concibió hace una década en el lugar, el reciente trabajo arqueológico ''ha consistido en ubicar realmente su tiempo real, y sabemos hoy día que sus fechas de inicio de construcción fueron ente los años 300 y 1100 de nuestra era, el periodo clásico y post clásico temprano''. En esencia, dijo Jiménez, ''aquí estamos ante una zona interesante: como era un sitio muy alejado del centro de México, La Quemada siempre fue objeto de especulación respecto a si era de origen purépecha, mexica, teotihuacano o tolteca, o sea, todo mundo, nomás faltaba que se tuviera una interpretación maya'' de este lugar. ''Lo que sabemos actualmente es que La Quemada surge de un desarrollo local, de gente que estaba aquí, que más o menos entre los años 300 y 400 adquirió una forma de vida aldeana, lo que nosotros conocemos como fase Malpaso. Entonces, en esa época construyeron un centro ceremonial, por lo que la sociedad se hizo más jerarquizada, más compleja''.

 

Sin embargo, reseña el especialista, se ha descubierto que en el lugar existe además una influencia teotihuacana importante, ''interesante en la región de Chalchihuites, una zona arqueológica muy cercana a esta -también en el estado de Zacatecas-, sobre todo en la cuestión de la gastronomía, de los marcadores solares de los círculos y cruces en el cerro Chapín, de la triangulación para marcar solsticios y equinoccios, y eso indudablemente es una cosa de los teotihuacanos que estaban saliendo a buscar el lugar donde el sol regresaba''. Es más, indicó Peter Jiménez, ''el apogeo de Chalchihuites y La Quemada coincide entre los años 600 y 850 de nuestra era, y eso es precisamente cuando ya no existe Teotihuacán y todavía no existe Tula. Eso es lo que conocemos aquí como periodo del preclásico''.

 

En Chalchihuites han sido descubiertas decenas de minas subterráneas de piedra verde o turquesa, cuyo comercio fue llevado a toda Mesoamérica, hasta el sur del continente. Allí radica parte de su importancia. Y es en esa época que ''las minas de Chalchihuites entran en su apogeo, y surgen las construcciones enormes del centro ceremonial de La Quemada, con todas sus calzadas, la parte ritual, ceremonial''. Pero además ha surgido desde este lugar una hipótesis sorprendente: se calcula que para el año 850 de nuestra era, ''un pequeño grupo de aquí se va, hay elementos que indicarían que entre toltecas y chichimecas que van a cofundar Tula, hacia el año 900 con los nonoalcas, podría haber una facción de un pequeño grupo de migración de elites de aquí del norte. Y eso es factible, no es posible descartarlo. No era una migración masiva, como anteriormente se le pintaba, sino que era una diáspora pequeña''. Respecto a la necesidad de cambiar el actual ''mapa'' que ubica a las zonas arqueológicas de La Quemada y Chalchihuites ''fuera de Mesoamérica, arriba, en donde empieza el desierto'', Peter Jiménez reiteró que esto deberá reformarse, porque ''hay que recordar que todavía hay museos en el país que muestran a Mesoamérica, donde se ve a La Quemada fuera de la jugada, pero hoy día sabemos que la vida de la agricultura se expande hacia el año 300 y 400, y sigue casi hasta los límites del norte de Zacatecas y sur de Durango''.

 

Una herramienta que ha ayudado a los arqueólogos a identificar y situar mejor a estas culturas, dentro de la historia prehispánica y mesoamericana, ha sido el comparar la iconografía encontrada en vasijas y ofrendas, con la etnografía que en la actualidad utilizan grupos indígenas del norte de México, como los huicholes, coras y tepehuanos, asentados en el noroccidente del país, conocido como El Nayar, pero que siempre han tenido una tradición de intercambio cultural y económico con los pobladores de esta región de La Quemada. ''Y en La Quemada encontramos en esencia, lo que estamos viendo hoy día, gracias a la etnografía de los grupos del Nayar, con representaciones iconográficas y mitológicas, idénticas a las que existen en La Quemada y Chalchihuites, entre ellas encontramos al águila devorando la serpiente, que tiene que ver con una invocación de secas, para acabar con las lluvias, y no perder las cosechas''.

 

A pesar de todos estos hallazgos, lo sorprendente es que aún falta mucho trabajo arqueológico por hacer, el cual, seguramente, dará mayor sustento a lo expuesto, señaló Peter Jiménez: ''Hoy día el polígono que tenemos en La Quemada son 256 hectáreas, y eso es una cosa modesta, solamente para conservar la parte monumental y las áreas habitacionales. De ahí salen aproximadamente 200 kilómetros de calzadas prehispánicas, hechas de piedra, que se vinculan con 230 sitios arqueológicos más, a lo largo y ancho del valle de Malpaso. Entonces tenemos toda una telaraña, con un patrón de asentamiento extenso, descubierto en 20 años de excavaciones, donde apenas hemos explorado 2 por ciento del lugar''. Por ello, día tras día, incluidos sábados y fines de semana, 10 arqueólogos trabajan en sus investigaciones distintas partes del valle de Malpaso, con apoyo económico de los gobiernos municipal y del estado, del INAH y de la Fundación Nacional de Ciencias.

 

La Jornada - México D.F., 23/4/2005

Dentistas prehispánicos

 

 

Margarita Sonn, Hugo Torrano García, Margarita García López

 

En Cuernavaca (Morelos, México), un grupo de investigadores descubre las primeras evidencias de tratamientos curativos dentro de los dientes (posibles endodoncias) en las poblaciones de Cuautla, Olintepec y Yautepec. Hasta ahora se pensaba que las antiguas culturas prehispánicas de México, solo habían realizado trabajos en sus dientes con fines religiosos o estéticos. Este hallazgo, demuestra que los antiguos pobladores de Morelos practicaban técnicas especializadas para curar los dientes y así evitar la extracción de los mismos.


Se llegó a esta conclusión después de analizar por medio de radiografías digitales dentales y un microscopio endodóntico las colecciones albergadas en el departamento de Osteología del Instituto Nacional de Antropología e Historia, delegación Morelos. En este lugar se encuentran algunos órganos dentales de mandíbulas y maxilares pertenecientes a personas que vivieron en el período posclásico tardío (1350-1521 d.C.), época en la que estos asentamientos en Morelos estaban bajo el dominio del imperio Mexica. Esta situación implicaba, además del pago tributario, la imposición de sus prácticas culturales y de su ideología religiosa, en particular la del sacrificio humano. Las muestras, además de haber sido sujetas a los análisis antes mencionados, fueron sometidas a la valoración y calificación de especialistas. Los resultados mostraron indicios de accesos o agujeros en los nervios de las pulpas de los dientes, tan buenos o mejores que los realizados actualmente por dentistas. Estas muestras mostraron preparación de cavidades en las que muy posiblemente se utilizó algún tipo de instrumento rotatorio.

 

En la búsqueda de fuentes bibliográficas que reportan este tipo de trabajo, se encontró la única posible evidencia en la obra de Fray Bernardino de Sahagún, donde nombraba a los tetlacuicuilique, como los individuos que ''sacan gusanillos de la boca''. Los libros en que se reportan trabajos dentales mexicanos en tiempos prehispánicos, siempre los relacionan con un fin estético, pero nunca de trabajos para curar o prevenir la extracción del diente. Los resultados de los estudios realizados de las perforaciones observadas en estos órganos dentales indicaron que sí fueron realizadas de manera intencional para acceder al nervio del diente y muy probablemente con el fin de curar, o sea, formaron parte de una terapia dental.

 

Argenpress - 19/4/2005

''Los cautivos de Dzibanché''

 

 

Arturo Jiménez

 

Una década después de su hallazgo en Dzibanché, al sur de Quintana Roo (México), y de una amplia investigación arqueológica, epigráfica, iconográfica, histórica y paleográfica, se ha comenzado a descifrar la información de una serie de bloques de piedra con inscripciones y grabados de hombres semidesnudos y postrados, en estado de humillación extrema. Era el momento previo a su sacrificio en los altares mayas. Esos bloques, hallados durante el periodo de excavaciones 1993-94 por un equipo de investigación encabezado por Enrique Nalda, director del Proyecto Arqueológico Sur de Quintana Roo, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), fueron llamados Los cautivos de Dzibanché y no sólo narran la historia de los guerreros vencidos, sino de la dinastía Kaan, soberanos poderosos o ''señores divinos''. Pero además, esas piedras grabadas, que conformaban una escalera jeroglífica perteneciente al Edificio de los Cautivos, con una antigüedad de unos mil 500 años, ofrecen información acerca de cómo los mayas resolvían sus conflictos políticos y cómo la sociedad estaba íntimamente vinculada con la guerra y, sobre todo, con la victoria. Así, según información del INAH, al concepto de ''civilización maya'', que por lo general se refiere a sus observaciones astronómicas precisas o su riqueza arquitectónica, artística y literaria, ahora debe incluirse la mayor información que cada vez se tiene sobre el aspecto de la guerra, el despojo y la barbarie.

 

La importancia de ese hallazgo arqueológico destaca porque, aparte de las escenas de cautivos, que ya se conocían en otras ciudades de la zona maya, en los bloques de piedra aparecen glifos que dan cuenta de fechas de captura y que todavía podrían aportar más datos sobre esa cultura. De hecho, se trata de la escritura más antigua del área maya relacionada con cautivos y su información ayudará a reconstruir momentos de la historia antigua de esa ciudad, como el paso de un periodo bajo la influencia cultural de El Petén a otro de corte local.

 

Toda la historia recabada hasta ahora sobre ese tema y su contexto en dicha ciudad, una de las más antiguas de la cultura maya y conformada por cuatro conjuntos arquitectónicos unidos por sacbés (caminos), aparece ahora para un público general en el libro Los cautivos de Dzibanché (INAH), con Enrique Nalda como editor. Los cautivos de Dzibanché aborda cómo se constituyeron diversos centros poderosos de la civilización maya, como Dzibanché o Yaxchilán. En el libro aparecen textos del mismo Nalda y de otros especialistas: Claude-Francois Baudez, Erik Velásquez, Nikolai Grube, Simon Martin y David Stuart.

 

Nalda recuerda en el libro que la historia ocupacional de Dzibanché comenzó en el preclásico medio y terminó en el posclásico tardío, ''un largo periodo en el que se produjeron múltiples cambios que afectaron su vida política y social''. La historia de esta ciudad maya es compleja y enigmática y la zona que ocupa es muy extensa, pues consta de varios conjuntos arquitectónicos, como Tutil y Kinichná. Localizada en 1927 por el inglés Thomas Gann, quien bautizó el sitio como Dzibanché, que significa ''escritura en madera'', por el hallazgo que él mismo hizo de un dintel de madera con jeroglíficos. A partir de ahí el sitio se ha convertido en pieza clave para descifrar algunas de las muchas interrogantes de la civilización maya. Destaca Nalda: ''Dzibanché es una urbe poblada de signos cuyos códigos apenas empiezan a descifrarse, una ciudad dedicada a relatar y guardar la memoria de linajes de origen celeste y acontecimientos fundacionales. Como sucedió con otras ciudades de la misma región maya, la historia y la fuerza de sus gobernantes se agotaron, y por más de un milenio mantuvieron escondidos los significados de sus mensajes escritos en los elementos de su arquitectura''.

 

La Jornada - México D.F., 7/4/2005

Números primos con el sistema Tiwanaku

 

 

 

El enigma de la distribución de los números primos habría encontrado respuesta en un sistema matemático denominado ''Solución F6'', basado en la teoría tetraléctica de la ancestral cultura Tiwanaku, que data de los siglos VIII y XII d. de C. Tres científicos bolivianos entregaron los resultados de una investigación de 15 años de duración acerca de la distribución de los números primos, un problema de la matemática posmoderna que hasta ahora no había sido resuelto.

 

Los científicos Xavier Amaru Ruiz, Jorge Emilio Molina y Jorge Miranda formularon la resolución basados en la teoría tetraléctica, que en su esencia, ''es la existencia de cuatro estados en nuestro entorno: lo cierto, lo falso, lo posiblemente cierto y lo posiblemente falso''. Según Molina, el algoritmo diseñado es capaz de generar, distribuir y contar números primos, trabajo que la más alta tecnología occidental no fue capaz de desarrollar. Los números primos -según la aritmética básica- son aquellos divisibles entre sí mismos y la unidad. Comparados con los elementos de la tabla periódica de la química, los primos son también bloques constructores. Unos ''de todo número entero, porque podemos expresar cualquier número entero en función de sus factores primos'' y los otros, porque ''son los bloques constructores de toda materia física'', dijo.

 

Los científicos basaron la resolución del enigma de la numerología prima en los diseños de las ruinas de Tiwanaku (o Tiahuanaco), la milenaria cultura radicada a 71 kilómetros de La Paz, en la formidable planicie andina. Ruiz evocó que descubrió en 1993 un nuevo ''cuadrado mágico'' en la cara frontal del icono central del monumento lítico denominado Puerta del Sol, y que años después estableció, apoyado en la teoría tetraléctica, el algoritmo que permite la generación de los números primos. La ''Solución F6'', desarrollada por estos científicos, es una matriz 7x7 (un cuadrado ajedrezal) en cuya cruz central se encuentran los algoritmos. La aplicación tetraléctica consiste, en tanto, en elevar un ápice desde el centro de este cuadrado y convertirlo en una pirámide de cuatro lados. A partir de esto, y gracias al algoritmo, se generan números primos por dos de las cuatro bandas, explicó Molina. La aplicación práctica de este descubrimiento está orientada a la criptografía, y a la seguridad en lo que se refiere a generación de códigos para transacciones a través de Internet y tarjetas de crédito, describió Miranda. ''No podemos dar el monopolio de las verdades universales solamente a la cultura occidental'', concluyó Molina, en relación al conocimiento milenario de la cultura tiahuanacota en la que basaron este logro.

 

La Jornada - México D.F., 3/4/2005

La cultura San Dieguito en Baja California

 

 

 

Evidencias de la denominada cultura San Dieguito, inédita en México, fueron encontradas en el ejido Ignacio Zaragoza, ubicado entre las ciudades de Tecate y Ensenada, en Baja California, dijo el arqueólogo Antonio Porcayo Michelini, responsable del registro y proyecto de rescate arqueológico, del Centro del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en esa entidad. Informó que el hallazgo contribuirá al estudio sobre los primeros pobladores de América, debido a que existe la hipótesis de que la comunidad San Dieguito data de más de 9 mil años. El sitio es sumamente importante, porque pertenece a una cultura muy antigua, cuyos restos dejan evidencia de su presencia entre la Alta y la Baja California. San Dieguito fue nombrada así por ubicarse en el área de San Diego (California, Estados Unidos).

 

Hasta ahora se han descubierto 150 piezas, entre los que se han identificado cuchillos, puntas de proyectil, tajadores y desfibradores, es decir, artefactos hechos de piedra que eran utilizados básicamente para destazar animales. Respecto de esta cultura desconocida en México, el arqueólogo Porcayo Michelini dijo que existen asentamientos de la misma en Estados Unidos, toda vez que en San Diego, California, se ha encontrado un número importante de evidencias. En el vecino país del norte, continuó, se ha investigado mucho al respecto; luego de realizar excavaciones durante las cuales se han encontrado objetos muy parecidos a los rescatados en el ejido de Ignacio Zaragoza. Entre los datos relevantes, se determinó que esta cultura es de una antigüedad estimada entre 7 y 10 mil años de nuestra era.

 

La importancia del sitio arqueológico, además de ser único en México, radica en el hecho de que la investigación arrojará datos que llevarán a saber más sobre los primeros pobladores, no sólo del estado, sino de toda América. Con estos hallazgos, abundó, se comprueba el avance de un poblamiento paulatino de esta porción del continente, y contribuirán a precisar la fecha del surgimiento de esa cultura.

 

Actualmente, está por culminar el proyecto arqueológico, para ser presentado ante las autoridades centrales del INAH, para su evaluación y aceptación. Una vez aprobado, se reanudarán de inmediato los trabajos. Respecto de los avances en los trabajos de campo, el arqueólogo informó que están en receso para clasificar y analizar cada una de las piezas, tanto las que se recolectaron sistemáticamente en el sitio, como las donadas por la comunidad. Dijo que los pobladores del ejido Ignacio Zaragoza ya sabían de su existencia y durante varios años recolectaron diversas piezas que han entregado a las autoridades del Centro INAH-Baja California.

 

La Jornada - México D.F., 8/3/2005

México y el origen de los primeros pobladores

 

 

José Galan

 

Un equipo interdisciplinario de investigadores procedentes de México y del Reino Unido indaga sobre la gran diversidad humana entre los primeros pobladores del continente americano, lo que llevaría a identificar varios puntos de origen: el norte de Asia, Africa e inclusive Australia. Como punto intermedio entre esos continentes se encuentra México, y los restos encontrados aquí -resguardados en el Museo Nacional de Antropología (MNA)- podrían ser la clave para determinar definitivamente su origen, que puede remontarse a migraciones desde aquellos lugares en tiempos como finales del pleistoceno, hace más de 11 mil años.

 

Los investigadores Silvia González, David Huddart, James C. Ohman y Alan Turner, de la Escuela de Ciencias Biológicas y de la Tierra de la Universidad John Moores, de Liverpool, Reino Unido; José Concepción Jiménez-López y José Antonio Pompa y Padilla, de la dirección de Antropología Física del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y Robert Hedges, del Laboratorio de Análisis en Arqueología e Historia del Arte, de la Universidad de Oxford, consideran que México desempeña un papel importante en el debate sobre la primera presencia del ser humano en América debido a su posición geográfica. En el documento Earliest humans in the Americas: new evidence from Mexico (Primeros humanos en las Américas: nuevas evidencias desde México), afirman que los primeros seres humanos en el continente debieron pasar por el valle central de México, o bien procedentes del norte, por el estrecho de Bering -los restos del llamado pueblo Clovis, al suroeste de Estados Unidos, fueron fechados con 11 mil 500 años de antigüedad-, o posiblemente procedentes de Suramérica. Existen evidencias en Monte Verde, Chile, de una ocupación humana hace por lo menos 12 mil 500 años. Esto es, miles de años antes de que cualquiera pudiera haber viajado tan hacia el sur atravesando un continente cubierto de hielo por una glaciación. Pero algunos de los que cruzaron por Bering pudieron viajar más rápido por las costas, lo que ha llevado a varios investigadores a buscar evidencias de esta migración costeña.

 

La cuenca de México es una alta planicie con una elevación de aproximadamente 2 mil 250 metros sobre el nivel del mar. Durante el pleistoceno tardío, esta cuenca estaba ocupada por un lago amplio y poco profundo que proporcionaba atractivos recursos para los primeros pobladores. Anteriores excavaciones en el valle de México, particularmente en Tepexpan, descubrieron restos humanos cuya antigüedad se calculó en 11 mil años, por medio de criterios de estratificación, así como material arqueológico con edades tan antiguas como 24 mil años en el sitio de investigación de Tlapacoya. Además, los investigadores informaron del establecimiento de nuevas fechas mediante la aplicación de radiocarbono en cuatro objetos precerámicos mexicanos, que se encuentran entre las más antiguas en América, y que indican la presencia humana en el centro de México al final del pleistoceno. Por otra parte, los investigadores sometieron a pruebas directas del espectrómetro acelerador de masa (AMS, por sus siglas en inglés) restos de 11 individuos pertenecientes a la Colección Humana Precerámica del MNA. Se trata de restos provenientes de los sitios de excavación Peñón III, Tlapacoya I, la cueva Texcal, San Vicente Chicoloapan, Tepexpan, Chimalhuacán, Metro Balderas, Santa María Astahuacán, la cueva Tecolote, el Peñón del Marqués y Peñón I.

 

En el caso de los restos del Peñón III, se trata de partes de un esqueleto humano bien preservado, descubierto en 1959. Incluye el cráneo pero carece de fémures y tibias. Se trata de un cráneo dolicocéfalo, es decir, largo y estrecho. Las pruebas hablan de una mujer de 25 años al momento de fallecer, aunque los dientes estaban carcomidos, característica común en los humanos precerámicos de México. La fecha obtenida mediante pruebas de radiocarbono AMS resultaron mil 755 más menos 75 años. Es decir, sobre la primera fecha una variación de más o de menos de 75 años. La más antigua encontrada en México. Los restos de Tlapacoya I, lugar prehistórico junto a un volcán al sureste del antiguo lago de Chalco, fueron descubiertos en los años 60. Además se hallaron varios huesos de animales y los que se consideraron artefactos y restos de fogatas. Se sometieron al análisis convencional del radiocarbono muestras de los suelos y de carbón presuntamente de las fogatas, y se obtuvieron fechas primero de 24 mil más menos 4 mil años, y de 21 mil 700 más menos 500 años. Parte del llamado especimen de Tlapacoya carecía de los huesos del rostro y de la parte baja del cráneo, también dolicocéfalo. Se trata de los restos de un hombre que falleció a los 35 años de edad. Su antigüedad fue datada en 10 mil 200 más menos 65 años.

 

Los investigadores sostienen que las fechas de los restos humanos de Peñón III y de Tlapacoya I representan algunos de los más antiguos fechados directamente en América. Confirman la presencia humana en el pleistoceno tardío, y resultan vitales en la discusión sobre el poblamiento del continente, debido a que aumentan las muestras de individuos fechados directamente, además de llenar un vacío sobre la ocupación humana de América al final del pleistoceno. Es decir, implican la presencia en el centro de México de una temprana población humana con características dolicocefálicas, sin afinidad mongoloide, hace cerca de 11 mil años de antigüedad, incrementando las dudas sobre cuándo y cómo esta población en particular llegó al valle de México.

 

Las investigaciones continúan, ahora con la intención de comparar huesos antiguos y modernos hallados en el valle de México con los de una tribu llamada Pericú, que vivió hacia el extremo de Baja California desde hace 2 mil 500 años hasta principios del siglo XIX. Habitaba el desierto, aparentemente aislada de cualquier otro contacto humano. Los restos de esta tribu fueron hallados en los años 40. El año pasado, un equipo de investigadores argentinos, españoles y mexicanos publicó el estudio y resultados del análisis de 33 cráneos Pericú hallados en diferentes museos. Son largos y estrechos -dolicocéfalos-, similares a los cráneos de los habitantes del sur de Asia y de la cuenca del Pacífico sur, diferentes a los cráneos de los habitantes de Asia del norte. Esto implicaría que, al igual que los habitantes del valle de México, se podría tratar de descendientes de una temprana oleada de migrantes del sur de Asia y de Australia. Y aquí la pregunta que los científicos buscan responder: ¿quiénes en realidad fueron los primeros pobladores del continente americano?

 

La Jornada - México D.F., 3/3/2005

El hallazgo Paracas

 

 

 

Sobre la ladera de los cerros que se extienden en gran parte del territorio de la provincia de Palpa, en Perú, se han descubierto recientemente una serie de figuras humanas, antropomorfas y zoomorfas, pero sobre todo de la principal divinidad de la cultura Paracas, que confirman que el diseño y la elaboración de los primeros geoglifos y dibujos los iniciaron los hombres de esta antigua comunidad peninsular mucho antes de aquellos que construyeron los nascas. Después de una serie de investigaciones físicas que incluyeron análisis de carbono 14, así como de luminiscencia a los sedimentos que forman parte de este conjunto de dibujos, y del descubrimiento hace un año en el valle de Palpa del asentamiento arqueológico de Jauranga, se demuestra la antiguedad de los cinco primeros períodos de existencia de esta cultura.

 

''Esto ha servido para confirmar lo que hasta hace algunos años era una hipótesis'', afirma convencido el arqueólogo Johny Isla Cuadrado, director del Instituto Andino de Estudios Arqueológicos (Indea) y jefe del proyecto arqueológico Nasca-Palpa. ''En esta investigación que ya lleva seis años y prosigue con el estudio y documentación de los geoglifos existentes en la provincia de Palpa, se han descubierto recientemente nuevas figuras zoomorfas y antropomorfas que datan exclusivamente de la cultura Paracas y del período tardío de su desarrollo (600-100 a.C.), que demuestran que la construcción de los geoglifos la iniciaron los hombres de esta cultura mucho antes que los nascas'', precisa. Estos hallazgos, añade el investigador, brindan nuevas luces sobre la ocupación de la cultura Paracas en los valles de la cuenca del río Grande, considerada hasta hace poco, incluso por los arqueólogos, una zona marginal y de tránsito de los hombres de esa civilización.

 

''En el valle de Palpa existen los asentamientos de Mollaque, Casablanca o Cerro Paracas y Jauranga, que fueron ocupados de manera permanente por esta cultura. Eran asentamientos estables, con pobladores dedicados a la agricultura, a la ganadería y también a la producción artesanal. Elaboraron cerámica muy fina y aunque no hay aún evidencias de sus afamados textiles, se ha llegado a determinar que no eran poblaciones errantes'', explica. Probablemente existió, dice Isla, una clase dirigente y sacerdotes que se dedicaron a producir imágenes que permanecieran en la mente de sus pobladores y a través de ellas expresar sus creencias, cultos y rituales vinculados posiblemente al agua. ''Está ocupación ocurrió con certeza entre los 600 y 550 a.C. y abarcó incluso hasta el inicio de nuestra era y la posterior aparición de los nascas'', refiere.

 

Isla señala que en este conjunto de cincuenta figuras, que forman parte de un gran complejo cultural y la expresión artística de esta antigua civilización, están representados seres humanos (familia real), animales (aves, mono, felinos) y el dios oculado (principal divinidad paracas). ''Las dos figuras que se han encontrado entre las laderas y que representan a esta divinidad constituyen las primeras representaciones en geoglifo del principal dios de la cultura Paracas, que aparece siempre en sus famosos textiles (mantos) y hermosa cerámica'', señala. Para el estudioso, estos hallazgos confirman que los creadores iniciales de los geoglifos y las primeras producciones de estas figuras son los hombres paracas, los cuales dejaron a los nascas como continuadores de esta expresión artística. ''Con esta investigación quedan de lado aquellos estudios que afirmaban que la influencia de la cultura Paracas en los valles de Palpa y Nasca era limitada y casi inexistente y que la cerámica encontrada llegó ocasionalmente. Se ha determinado que en el valle de Palpa hubo una ocupación constante y permanente, una vida activa de pobladores de la cultura Paracas que elaboraron estos geoglifos como parte de su tradición y estilo artístico'', remarca.

 

Hace un año y después de un hallazgo circunstancial, el equipo de investigadores que dirige Johny Isla Cuadrado comenzó la excavación de un asentamiento que revela la evolución que tuvo la cultura Paracas. ''El hallazgo del asentamiento de Jauranga confirma que el valle de Palpa estaba completamente ocupado por pobladores paracas. Aunque se trata de un asentamiento doméstico-habitacional tuvo funciones combinadas (productiva y ceremonial). La cerámica encontrada es fina, con precocción y poscocción, y se hallaron áreas para actividades públicas (rituales y ceremonias) y donde había grandes fogones'', explica.

 

En este recinto se han encontrado 40 contextos funerarios de la cultura Paracas, con notable diferencia de Cerro Colorado. ''Son entierros individuales que están en posición extendida y con un patrón diferente a los fardos funerarios paracas. Probablemente tendrían como envoltura un tejido llano que no se encontró debido a que fue destruido por la humedad y el agua. De los 40 contextos funerarios hubo cinco que tenían un rasgo particular. Estaban en una especie de estructura funeraria donde excavaron nichos y enterraron entre 3 y 5 individuos por cada uno de estos espacios. Cada nicho contenía entre 7 y 15 ofrendas de cerámica y la particularidad es que se encuentra por primera vez un entierro múltiple dentro de una sola tumba'', explica. Los restos estaban cremados igual que las cerámicas y las paredes del nicho, lo que constituye rasgos únicos.

 

El Comercio - Lima, 27/2/2005

El maguey, el pulque y la leyenda

 

 

Carlos Montemayor

 

La planta del maguey, particularmente la del agave atrovirens, sorprendió a los primeros españoles que llegaron a los territorios de Nueva España. El jesuita Joseph de Acosta publicó en 1590 la Historia Moral y Natural de las Indias; en el capítulo 23 del libro IV recogió las opiniones que sobre el maguey expresaban los ''chapetones'', o sea, los españoles recién llegados a nuestras tierras. Entre los muchos productos señalados como aportaciones del maguey a nuestros antiguos pueblos, se hallaba el ''arrope'', voz de origen árabe que designaba el mosto o jarabe de frutas, incluso el almíbar: El árbol de maravillas es el maguey, de que los nuevos o chapetones... suelen escribir milagros, de que da agua y vino, y aceite y vinagre, y miel, y arrope e hilo, y aguja, y otras cien cosas. Es un árbol que en la Nueva España estiman mucho los indios, y de ordinario tienen en su habitación alguno o algunos de este género para ayudar a su vida, y en los campos se da y lo cultivan. Tiene unas hojas anchas y groseras, y el cabo de ellas es una punta aguda y recia, que sirve para prender o asir como alfileres, o para coser, y ésta es la aguja, sacan de la hoja cierta hebra e hilo. El tronco, que es grueso, cuando está tierno le cortan y queda una concavidad grande, donde sube la sustancia de la raíz, y es un licor que se bebe como agua, y es fresco y dulce; este mismo, cocido, se hace como vino, y dejándolo acedar se vuelve vinagre; y apurándolo más al fuego es como miel; y a medio cocer, sirve de arrope, y es de buen sabor y sano; y a mi parecer es mejor que arrope de uvas. Así van cociendo estas otras diferencias de aquel jugo o licor, el cual se da en mucha cuantidad, porque por algún tiempo cada día sacan algunas azumbres de ello.

 

La palabra maguey es de origen taíno. En náhuatl es metl, nombre vinculado con la voz mayauetl o mayahuel, divinidad femenina asociada con la planta misma y con la embriaguez. Una tradición la relaciona con Quetzalcóatl: el dios le pide que lo acompañe al mundo y al estar en la tierra ambos se convierten en un árbol de dos ramas, lo que sugiere una fusión plena de las dos divinidades. La abuela de Mayahuel llegó al lugar con las tzitzimime, entidades temibles de los aires. Se acercaron al árbol, cortaron la rama que correspondía precisamente a Mayahuel y la comieron. Cuando Quetzalcóatl recobró su forma, recogió los restos de Mayahuetl y los enterró: de ellos surgió el metl, el maguey. Sahagún refiere una versión más: Mayahuel es el nombre de la primera mujer que perforó los magueyes para extraer el aguamiel, base del pulque. Alva Ixtlixóchitl agrega otra: a Quetzalcóatl se le conoció como Ce Acatl Topiltzin, último rey de Tula; en esta versión es hijo de Tecpancaltzin, cuya mujer fue Xóchitl, considerada también la descubridora del pulque.

 

Que una figura tan relevante como el dios Quetzalcóatl estuviera en la antigüedad ligado en varios sentidos al maguey, a las divinidades femeninas relacionadas con la planta y al consumo del pulque, revela el largo periplo del agave atrovirens en las culturas mesoamericanas. Sahagún consignó la tradición según la cual Quetzalcóatl reinaba sabiamente en Tula, practicando penitencias mediante la punción de ciertas regiones de su cuerpo con púas de maguey. Otros sacerdotes y dioses llegaron a Tula y lograron embriagarlo con pulque, para así desterrarlo. Francisco Javier Clavijero refiere que el reinado de Quetzalcóatl en Tula concluyó porque Tezcaltipoca lo embriagó con pulque. En los Anales de Cuauhtitlán, los ''demonios'' que atacan a Quetzalcóatl cuando reinaba en Tula, fueron Tezcaltipoca, Ihuimécatl y Toltécatl. El tercer engaño al que lo sometieron fue un banquete donde bebió cinco vasijas de pulque. Ya embriagado, lo persuadieron a que invitara a su hermana, Quetzalpétatl, dedicada como él a la penitencia. Ella habitaba en el cerro de Nonohualca y acudió a la invitación; confiada por hallarse junto a su hermano, se embriagó también con cinco jícaras del mismo licor.

 

El consumo del pulque formó parte de rituales y ceremonias muy extendidas en nuestros antiguos pueblos que se vinculaban con otros órdenes sagrados como el juego de pelota y las ceremonias de curación. La voz pulque proviene del náhuatl poliuhqui, ''descompuesto'', ''echado a perder'', pero en náhuatl se le sigue llamando octli, nombre genérico para ''vino'' o bebida embriagante. A menudo se le llama con las voces neutle o neutli, derivados del náhuatl necuhtli, ''miel''. En ocasiones se le ha designado con otra voz náhuatl: tlachique, sustantivo plural que se aplicaba a oficiales encargados de raspar el maguey y preparar el pulque que se ofrecía durante las ceremonias religiosas; como tales oficiales eran nobles o grandes personajes, a menudo se les llamaba tecutlachique. El diccionario de la lengua náhuatl de Rémi Simeón registra la voz tlachiquilizpan como el ''tiempo'', ''estación'' o ''época del año'' en que se extrae el aguamiel y, asimismo, enlista la voz tlachiquiliztli como ''raedura'', ''acción de rascar'' una cosa.

 

Un relato del arqueólogo César Lizardi Ramos sobre las excavaciones que dirigió en Huapalcalco, Hidalgo, da cuenta que en el territorio que ahora es Tulancingo se perforaba y raspaba el maguey productor de pulque, el agave atrovirens, desde el siglo quinto antes de nuestra era. Veamos el relato completo: Al excavar los rectángulos del suelo más cercanos al lado poniente del Ruedo del Charro, en capas del Preclásico superior, se halló un utensilio de obsidiana que -lo digo con rubor y remordimiento-, estuvo a punto de perderse, ya que al preguntarme el peón que hacía la excavación, bajo mi vigilancia más esmerada, si guardaba el objeto en la bolsa de recolección, para entonces harto henchida, le contesté ''no'' e hice señas para que lo arrojara lejos. El peón obedeció pero en ese punto pensé que había yo procedido atolondradamente y di contraorden: ''tráelo acá''. El trabajador salió del hoyo excavado, recogió el objeto y me lo dio. Era un utensilio, ¿para cuál uso? El trabajador me lo explicó: era un raspador de maguey. Sus palabras me agitaron: ¿cómo sabía él que aquello era un raspador de maguey? Y si acertaba, ¿no indicaba el hallazgo que se beneficiaba el maguey en el Preclásico Superior, es decir, hacia el siglo V antes de la Era? Y si se beneficiaba el maguey y se extraía el aguamiel, ¿no era ello indicio de que preparaban una bebida parecida, o igual a la que hoy llamamos pulque y que los aztecas llamaban octli? También podía probarse, o por lo menos insinuarse fundándose en hechos elocuentes, que dicho beneficio era desde entonces muy semejante a como es hoy en día, y que el maguey después de una vida fecunda, durante la cual suministraba al hombre una bebida exquisita y alimenticia, materiales de construcción, medicina y demás, termina finalmente como combustible. En los yacimientos arqueológicos los hemos excavado o por lo menos reconocido, encontramos esas piezas de obsidiana y otros minerales, que los arqueólogos llaman raspadores terminales, junto a cenizas blancas de magueyes antiguos, entre los cuales no es raro el hallar púas de la providente planta. Y el contemplar esta similitud entre el tlachiquero de hoy y el labriego de hace veinticinco siglos, o más, nos invade una admiración muy honda por este fenómeno de persistencia de costumbres que nos sugiere el juego poderoso de una voluntad de vivir ineluctable, irresistible...''

 

He mencionado ya la relación del pulque con un elemento esencial de estas viejas culturas: el juego de pelota. Un bajorrelieve del Tajín muestra a un jugador sacrificado pidiendo a las divinidades del inframundo que llene de pulque un amplio recipiente: es un enviado de los seres humanos para suplicar por la abundancia de aguamiel y pulque, por la prodigalidad del maguey, por su protección y cuidado. Las caritas del Tajín llamadas sonrientes, caracterizadas por la irrefrenable risa, acaso representan la alegría primera que la embriaguez del pulque produce. Esa sonrisa sería otra aportación del maguey en la cultura mesoamericana.

 

La Jornada - México D.F., 24/2/2005

Una antigua ciudad indígena

 

 

Mayra Pardillo Gómez

 

Sorprendente hallazgo de una antigua ciudad indígena, en un norteño departamento de Nicaragua. Cuando ya todo o casi todo se cree descubierto, en pleno siglo XXI, despierta desde las entrañas de la tierra lo que medios de prensa han considerado de este modo: ''La historia ha dormido unos 1600 años, muy cerca de donde hoy es el poblado de Totogalpa''. Datos consultados indican que el nombre de esta localidad pertenece a la lengua náhuatl: totogalpán, de totome, plural de tototl, que significa ave, pájaro y si calpan (galpa) representa ciudad, entonces quiere decir ''La Ciudad de las Aves''.

 

En un perímetro de unos tres kilómetros de largo y dos de ancho, en la comunidad San José, están los vestigios de lo que pudo haber sido la mayor concentración de indígenas de la época. Somoto, a 216 kilómetros al noreste de la capital de este país centroamericano, es la cabecera del departamento de Madriz -donde está Totogalpa-, muy cerca de la frontera con Honduras. El ansia de investigación del profesor Francisco Arteaga lo condujo a descubrir, junto a su primo Miguel Vargas, una vieja ciudad, donde se estima se asentaron los totogalpas o totogalpinos y cuyos restos se remontan a los años 400 y 600 de nuestra era. Montículos de forma circular, grandes y pequeños, que se suponen fueron templos y chozas de una ciudad aborigen, afloran en terrenos semidesérticos empleados en la agricultura o como potreros, así como piedra volcánica y material conocido como obsidiana. Entre las hipótesis, una señala que las tribus emigraron por la erupción de un volcán, por entonces un coloso activo, mientras que ahora es un cerro frente a la añeja ciudad.

 

Los estudios afirman que en el lugar estuvo uno de los pueblos indígenas más antiguos de la época precolombina de Nicaragua. La tradición oral en boca de la abuela del primo de Arteaga, fallecida a los 110 años, reveló que ''Totogalpa no estuvo siempre donde está en la actualidad'' y sobre esa base comenzaron a hurgar. La prensa local destaca que ambos empezaron a desenterrar la ciudad de forma empírica, de cuya historia aborigen, en opinión de los entendidos, se sabe poco. En el libro Las Segovias, de Celia Guillén, la autora cataloga -citan los medios- a los totogalpas o totogalpinos (aparece escrito de ambas formas) como un pueblo de viajeros cuya costumbre era caminar con un bastón liso que utilizaban como símbolo del dios guía. Ahora, de las entrañas de la tierra han salido a la luz numerosas artesanías de barro y piedra, tales como vasijas, piedras de moler, flautas e instrumentos de caza.

 

Según la ficha técnica de una de las vasijas, para el profesor y arqueólogo Bayardo Gámez esa cerámica aparece en el año 400 antes de nuestra era, pero alcanza auge entre el 400 y el 600 de nuestra era. Subrayó que ''Ello indica que estamos frente a otra historia que no es la que hemos conocido de los indígenas que dieron origen a nuestro pueblo''. En una Resolución del 7 de enero último los miembros del Concejo Municipal autorizaron a Arteaga como responsable de la protección de los objetos indígenas descubiertos y la exploración del sitio. Por su parte el profesor espera que el hallazgo pueda ser declarado patrimonio nacional y que las excavaciones se realicen con mayor profesionalismo con apoyo del Instituto de Cultura y el arqueólogo Gámez, de Estelí (vecino departamento). La finalidad es crear en Totogalpa uno de los museos más grandes y completos del norte de Nicaragua, donde aún sobreviven pueblos indígenas como los de Mozonte, Telpaneca, San Lucas y Cusmapa.

 

Quienes han tenido la grata oportunidad de ver con sus propios ojos lo encontrado precisan que entre las piezas sobresale una pequeña flauta de ''cuatro tonos'' parecida a un lagarto, que podría convertirse en el emblema o insignia oficial del municipio. Arteaga expresó que la flauta indígena, con sus cinco centímetros de largo y cuatro tonos, es similar a una moderna y ''nos da a entender el grado de cultura de nuestros antepasados''. Hasta el momento se han hallado dos instrumentos musicales de este tipo, pero el segundo es muy diferente, ya que se asemeja a un mono, es aún más pequeño y al parecer se llevaba en el cuello. Para Arteaga, ''probablemente los indígenas convocaban al viento con la flauta que me da la figura de un dios''.

 

Argenpress - 6/2/2005

Huellas prehispánicas en Chapultepec

 

 

Laura Gómez Flores

 

Luciano Cedillo Alvarez, director del Museo Nacional de Historia, dio a conocer el descubrimiento de restos humanos con una antigüedad de 3 mil 300 años, en la ladera sur del Castillo de Chapultepec (México D.F.). Con este hallazgo se confirma la existencia de asentamientos humanos anteriores al periodo clásico teotihuacano, como el entierro múltiple encontrado en una ''unidad habitacional'', a unos metros de distancia y casi a ras de tierra. Los descubrimientos, que permitirán contar con una cronología arqueológica más extensa y conocer cuál fue el uso de esta área en el pasado, se suman a los hallazgos de muros, pisos, 14 vasijas y algunos pequeños huesos de un infante durante una excavación en 2003.

 

La investigación arqueológico-antropológica de la basura extraída del lago de Chapultepec, que se inició hace cuatro semanas, intenta mostrar el dinamismo de la cultura y su transformación desde el año 1300 aC hasta nuestros días. También busca determinar si fue utilizado como centro ceremonial o como ''foco de atracción'' para grupos nómadas o seminómadas antes de aparecer la agricultura. Hasta el momento, precisó Guadalupe Espinosa Rodríguez, directora del Programa de Investigación de Chapultepec, se han hallado objetos de brujería, como saquitos con aserrín, trolls con doble cabeza y quemados, bolsas con sal y un frasco de miel con una cajita blanca enredada en un listón rojo utilizado para atraer el amor, así como también botellas de Pet (de plástico) para robarse la fauna marina, carteras, celulares y triciclos.

 

En entrevista, Luciano Cedillo y Guadalupe Espinosa mencionaron que desde hace cinco años el proyecto de restauración del Castillo de Chapultepec ha ido acompañado de un trabajo arqueológico, que permitió encontrar hace dos años vestigios del periodo clásico teotihuacano, de 300 a 650 dC, en las faldas del cerro. A ellos se sumaron los hallazgos de petroglifos -grabados en piedra- del posclásico mexica y las cajas de agua donde están las salidas de manantiales. Ante la presunción de una gran riqueza cultural en las 11 hectáreas que ocupa el cerro, se extendió el área de trabajo en la ladera sur. En un hecho inédito, en octubre pasado se localizaron restos humanos que datan de 1300 aC -considerada la época preclásica-, y a unos metros de distancia y profundidad de 60 centímetros, ocho personajes teotihuacanos en lo que se denomina una ''unidad habitacional''. Su aparición coincide con una etapa de baja densidad demográfica en la zona y con el hecho de que Chapultepec era lugar óptimo para subsistencia y refugio. ''Es el mejor ejemplo de una unidad habitacional: sobrepisos para sepultar a su gente en posición fetal y de frente, en una de las esquinas, que habla del patrón de enterramiento. Cimientos de adobe; un agujero en medio del lugar que representa la huella de un techado con materiales perecederos; una concentración de artefactos de molienda de granos o pulidores de pisos; un pequeño horno'', detallaron.

 

La Jornada - México D.F., 13/1/2005

La querella entre Quechuas y Aymaras

 

 

Wilson García Mérida

 

Si bien la estructura política del Collasuyo (hoy Bolivia) se hallaba herida de muerte ante la expansión Quechua en el siglo XV, es indudable que el poderío Aymara estaba intacto en su compleja expresión religiosa. Esto dio lugar a un «matrimonio de facto» entre las principales deidades Aymaras, representadas por la Pachamama, y el Inti o dios Sol Quechua de los Incas.

 

Al promediar el siglo XV de nuestra era, el mundo andino fue escenario febril de dos naciones en pugna, de dos proyectos marcados por la dialéctica de la historia: El imperio Colla del pueblo Aymara que había heredado la concepción comunitaria y politeísta del extinguido Tiahuanaco, y el imperio Inca del pueblo Quechua-también de raíz tiahuanacota- que se hallaba empero en una etapa activa de centralismo político y de constitución estatal al influjo de una tendencia monoteísta. Eran dos procesos paralelos, de origen común, pero diferenciados por la dinámica azarosa del desarrollo de las fuerzas productivas.

 

Los Aymaras del Collasuyo se resistían a ser sometidos por el centralismo del Estado inca y luchaban por conservar su organización económica y social con rasgos aún matriarcales rigiéndose por divinidades masculinas y femeninas, sustentando instituciones fundamentales como el ayllu y el ayni donde los conceptos de producción comunitaria y reciprocidad laboral determinaban las características de la vida pública y privada. Los Quechuas del Cuzco incaico, en cambio, pretendían dar el salto cualitativo del comunismo primitivo hacia un ''socialismo de Estado'' [en su libro Buscando un Inca, Carlos Flores Galindo advierte que la famosa obra de Louis Baudin sobre El Imperio Socialista de los Incas fue escrita en 1928 ''para criticar al socialismo como un régimen opresivo''] bajo la centralidad teocrática del dios Inti y su hijo directo el Inca. Este proyecto dinástico propendía a la expropiación del excedente en un proceso de formación de castas y división clasista del trabajo.

 

A pesar de su debilitamiento político, los Aymaras vencieron a los Quechuas no precisamente en el plano militar tras sangrientas batallas que multiplicaron el poderío armado de los incas, sino en los planos cultural y religioso [en 1438 los kuracas (señores) Collas Cari y Zapana se encontraban en disputas por la concentración de ayllus, facilitando los aprestos expansionistas del Inca Viracocha, según informa Gisbert]. La expansión del imperio incaico tropezó con una fuerte resistencia civil del pueblo Aymara, cuya fortaleza radicaba en su sólida organización comunitaria protegida por mil dioses y muchas más diosas. El Collasuyo Aymara [el Collasuyo era la región andina más importante que los incas incorporaron a su imperio denominado Tahuantinsuyo (cuatro regiones). Chinchansuyo, Condesuyo y Andesuyo fueron las otras tres] abarcaba una vasta extensión de señoríos como los Canas, Collas, Canchis, Lapacas y Callahuayas al norte del Lago Titicaca, y por el sur los Pacajes, Charcas, Soras, Chuis, Carangas, Quillacas, Urus, Chipayas, Yamparaes, Caracotas y Chichas que atravesaban los actuales territorios bolivianos de La Paz, Cochabamba, Oruro y Potosí, además de los territorios norte de Argentina y Chile. Para los incas era de estratégica necesidad expandir su dominio sobre esa vastedad Aymara. En 1440 el dominio Quechua se circunscribía apenas a Cuzco y Quito.

 

Los Quechuas cruzaron el Titicaca homogeneizando lingüística y religiosamente a las etnias que caían conquistados por el dios Inti; pero esta hegemonía no lograba penetrar en los indómitos pueblos Collas (Aymaras), muchos de los cuales poblaban el actual territorio cochabambino. Los Aymaras Soras por ejemplo, informa Gisbert, poseían un extenso territorio que abarcaba la actual comunidad de Paria, llegando hasta Sipe Sipe y Tapacarí. Otro grupo, los Charcas, abarcaba una superficie de 30.000 kilómetros cuadrados incluyendo Sacaca, Chayanta, Tiquipaya, Tomata, Macari, Cochabamba (Kanata) y Santiago de El Paso. Otras zonas del valle cochabambino eran habitadas por Chuis y Cotas, tan indomables como los Soras y Quillacas.

 

Al no poder someterlos por la fuerza, los incas optaron por pactar con los Collas y este pacto se produjo esencialmente en el ámbito religioso, aproximadamente entre 1463 y 1493, apenas tres décadas antes de la conquista española. Dijimos que si bien la estructura política del Collasuyo se hallaba herida de muerte ante la expansión Quechua, es indudable que el poderío Aymara estaba intacto en su compleja expresión religiosa. Esto dio lugar a un ''matrimonio de facto'' entre las principales deidades Aymaras, representadas por la Pachamama, y el Inti o dios Sol de los Incas. El Estado Inca, al final, tuvo que asimilarse oficial y formalmente a la religión Aymara todavía hegemónica en el ancestral mundo andino.

 

El antropólogo Steve Stern, de la Universidad de Wisconsin, nos explica con claridad ese hecho: ''En lugar de destruir las huacas [el o la Huaca (o Guaca) es el nombre genérico con que se conoce en el mundo Aymara a los dioses (o diosas) ''mayores''. Los dioses o diosas ''menores'' son llamados genéricamente Huillcas y Villcas] regionales más poderosas, los incas trataron de asimilar su prestigio al del Estado. Los incas inundaron de rebaños, tierras, servidores y regalos para los santuarios pacarinas y otros santuarios preincaicos e hicieron transportar al Cuzco en literas a los principales dioses, como invitados de honor en las festividades reales. Al elevar los recursos y el prestigio de determinados dioses (Aymaras) bajo los auspicios de los incas, el Estado esperaba poner a los dioses locales a su servicio, establecer una red de lealtades y de obligaciones mutuas que daría a la dominación imperial un carácter menos forzado''.

 

Confirmando aquello, de Huarochiri emergió una hermosa leyenda según la cual el inca Quechua Tupac Yupanki que gobernó entre 1471 y 1493 aproximadamente, se vio obligado a rendir devoción a uno de los huacas más influyentes del mundo Aymara, Pariacaca, exigiendo en recompensa que, con su mediación, los dioses colaboren con el Inca en su guerra contra los ayllus rebeldes. El capítulo 23 del referido manuscrito narra lo siguiente [elaboramos el texto en cuestión en base a traducciones del Manuscrito de Huaruchiri realizadas por Angel Herbas Sandóval en 1989 y Gerald Taylor en 1999, que presentan diferencias lingüísticas y matices complementarios en varios párrafos a lo largo de todo el Manuscrito]:

 

''Se dice que cuando el inca Tupac Yupanki señoreaba y había conquistado todas las comunidades, descansó varios años con gran contento. Entonces, en algunas comunidades, grupos rebeldes se alzaron. A saber: ni los Alancu Marka, ni los Calanco Marka querían ser súbditos del Inca. Lograron arrastrar a su causa a varias huarangas [una huaranga era equivalente a una división de mil comuneros armados que eran dirigidos por un jefe local conocido como Mallku, de menor jerarquía respecto a los kuracas, pero superior al jilakata] de hombres, y juntos guerrearon durante unos doce años. Como aniquilaban a todas las fuerzas que enviaba contra ellos, el Inca estaba muy afligido y, lamentándose mucho, se preguntó: ‘¿Qué va a ser de nosotros?’ Entonces, un día pensó: ‘¿Para qué sirvo a estos huacas con mi oro, mi plata, mi ropa, mi comida y todo lo que poseo? A ver, voy a mandar a llamarlos a todos ellos para que me ayuden contra los enemigos’. Así mandó convocar a los huacas de todas las comunidades que recibían oro y plata para que viniesen al Cuzco. Los huacas aceptaron y se pusieron en marcha. Pachacámac vino transportado en una litera; de la misma manera todos los huacas locales de todo el Tahuantinsuyo vinieron transportados en literas. Todos los huacas locales llegaron al Haucaypata, pero Pariacaca no llegaba aún. Seguía resistiendo preguntándose si debía ir o no. Finalmente Pariacaca envió a su hijo Macahuisa diciéndole: ‘Ve tú, después de haber escuchado lo que digan, vuelve’. Cuando Macahuisa llegó (...) el Inca empezó a hablar: ‘Padres’, les dijo, ‘Huacas y Huillcas, ya sabéis cómo yo os sirvo de todo corazón con oro y plata; ¿es posible que vosotros no me ayudéis a mí, que os sirvo con tanta generosidad, ahora que estoy perdiendo tantas huarangas de mis hombres? Por ese motivo os he hecho convocar’. Ninguno de ellos contestó. Más antes, permanecieron en silencio.

 

Entonces, de nuevo el Inca les dijo: ¡Hablad! ¿Es posible que permitáis que los hombres que han sido animados y hechos por vosotros sean aniquilados en la guerra? Si no queréis ayudarme, ¡en este mismo instante os haré quemar a todos! ¿para qué pues yo os sirvo y embellezco enviándoos todos los años mi oro y mi plata, mis comidas, mi bebida, mi coca, mis llamas y todo cuanto poseo? Entonces, ¿no me ayudaréis después de haber escuchado todas estas mis quejas? Si me negáis vuestra ayuda, arderéis ahora mismo’. Entonces Pachacámac empezó a hablar: ‘Oh inga sol, yo no propongo nada puesto que suelo hacer temblar la tierra entera con todos vosotros juntos. No sólo aniquilaría al enemigo, sino que acabaría con todos vosotros y con el mundo entero también. Por eso me he quedado callado’.

 

Como todos los demás huacas se callaron, Macahuisa (el hijo de Pariacaca) empezó a hablar: ‘Oh inga sol, yo voy a ir allá. Tú permanecerás en las proximidades en una tienda bien instalada e identificada con una señal distintiva para que no te aniquile con los demás; en un mínimo de tiempo voy a conquistarlos para tí’. Mientras Macahuisa hablaba, de su boca salía un aliento muy denso cual si fuese humo verde. Y se dice que también en esa sazón comenzó a soplar su zampoña de oro. Su pinquillu también era de oro. En su cabeza llevaba coronada la diadema. Su phusuca también era de oro, en tanto que su camiseta era negra [en el original Quechua, antara por zampoña. El pinquillo es una flauta de sonido agudo. El vocablo phusuca podría ser, según Herbas, ''una especie de cerbatana que usaban los ejércitos desaparecido del Collasuyo'']. Dieron a Macahuisa para su viaje una litera de las que se llaman Chicsirampa, destinada a transportar al propio Inca. Y fueron escogidos por el Inca, para acompañarlo, unos fornidos callahuaya. (...). Lo transportaron hasta la cima de un cerrito; una vez allí, Macahuisa, el hijo de Pariacaca, comenzó, poco a poco, a caer bajo la forma de lluvia.

 

Los hombres de las comunidades rebeldes empezaron a organizarse, preguntándose qué podría significar este fenómeno. Atacándolos con sus rayos, Macahuisa aumentó la lluvia y así abrió quebradas por todas partes, y arrastró a los miembros de todas estas comunidades rebeldes con sus aguas torrenciales. Aniquiló a los kuracas principales y a los hombres valientes con sus rayos. Sólo una parte de la gente común se salvó. Si hubiera querido, habría aniquilado a todos. Así, después de haber vencido a todos los demás rebeldes, los persiguió hasta el Cuzco. Desde esa época, el Inca apreció todavía más a Pariacaca y le otorgó cincuenta Yanas [los yanas o yanacunas eran servidores seleccionados por el inca para realizar tareas domésticas y administrativas en favor de los señores. Tenían privilegios de casta y constituían la base social de la burocracia emergente en el Estado incaico]. ‘Padre Macahuisa’, le dijo al huaca victorioso, ‘¿qué te daré?. Pide todo lo que quieras. No seré avaro’. El otro respondió: ‘Yo no deseo nada excepto que te hagas huacsa [los huacsas eran los sacerdotes devotos que dirigían y organizaban las fiestas rituales. Generalmente este clero andino estaba constituido por los propios kuracas, mallkus y jilacatas, hasta por el Inca mismo como se puede ver] y celebres mi culto como lo hacen nuestros hijos de Yauyos’. El Inca aceptó, pero, como le temía mucho a este huaca, quiso ofrecerle todo lo que pudiera para que no lo aniquilase a él también. Así mandó que se le ofrendara comida, pero Macahuisa le dijo: ‘Yo no suelo comer estas cosas’ y pidió que le trajeran corales. Se dice que cuando le trajeron corales, los comió con rapidez, ronzando, haciendo sonar ‘k’ap, k’ap’. Después el Inca mandó que le entregaran a sus ñustas [ñusta: doncella que tenía rango de princesa en la corte del Inca], escogiéndolas entre las más nobles, pero el huaca las rechazó. Y así volvió Macahuisa donde su padre Pariacaca, informándole acerca de esta su misión. Desde entonces, y por mucho tiempo, los incas también fueron sus sacerdotes devotos en Jauja, donde bailaban teniendo a Macahuisa en gran estima... .''

 

Esta alianza espiritual Aymara-Quechua, fruto de una relación de fuerzas donde lo militar-coercitivo cede ante lo religioso-consensual, consolidará la estructura dualista y recíproca del sistema incaico, dentro el cual las deidades matriarcales de la comuna Aymara terminan convivendo en armonía con el Estado centralista del Inti (en un escenario que muy poco después será suplantado por el monoteísmo cristiano, que también habrá de ceder ante el ''paganismo'' sincretizante de los ayllus politeístas) . Tal estructura -en la cual se origina la utopía del Estado Comunitario que late en estos tiempos de posmodernidad- es un rasgo fundamental todavía vigente en la vida cotidiana de los festivos, místicos y holísticos pueblos indígenas que habitan sobre la cordillera de los Andes desde el sur de Colombia hasta el norte de Chile y Argentina, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia.

 

Altercom - 8/1/2005

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