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"Yo quería a Pinochet condenado"  (30/12/2006)

"Para una novela, lo mejor es zarpar y ver qué pasa"  (22/12/2006)

"Los nicaragüenses ahora sí hablan"  (24/11/2006)

Una visión estética del mundo  (18/11/2006)

"Del exilio se vuelve cambiado"  (17/9/2006)

A Carlos Monsiváis el premio Juan Rulfo  (5/9/2006)

El curioso mecanismo de la máquina Borges  (14/6/2006)

Gabriela Mistral, el extrañamiento  (9/6/2006)

El escritor comprometido  (8/5/2006)

Lenguas indígenas en agonía  (8/4/2006)

Al peruano Roncagliolo el Premio Alfaguara  (28/2/2006)

Galardonan a Laura Restrepo con el Grinzane Cavour  (25/1/2006)


"Yo quería a Pinochet condenado"

Silvina Friera

Ya no se siente la rara de la película, la única del grupo que estudiaba biología y andaba con ratones tratando de explicar procesos biológicos en inglés. "Estaba un poquito chalada", admite la escritora chilena. Lo único que en Carla Guelfenbein permanece de los tiempos de exiliada en Londres es su cuerpo de bailarina. "Pero era malísima bailando", se ríe. Algunos de esos recuerdos fueron a parar a las páginas de La mujer de mi vida, el libro más vendido durante 2005, "la novela del año", según los lectores de El Mercurio. La historia arranca con el entierro de Antonio, ex militante socialista muerto aparentemente en un accidente en la Navidad de 2001. El que cuenta los pormenores es Theo, amigo y compañero de Antonio en la Universidad de Essex. Hace quince años que no se veían y a medida que se despliega la trama, se irán revelando las causas de esa distancia. Clara, el personaje que completa el vértice de este triángulo amoroso, es hija de desaparecidos y compartió con estos dos hombres el exilio en Inglaterra. A diferencia de Clara, Guelfenbein no es hija de desaparecidos. Su madre era militante del Partido Socialista y profesora de la Universidad de Chile cuando fue secuestrada. "Estuvo una semana desaparecida hasta que la soltaron, y nos fuimos -cuenta-. Fuimos a Inglaterra ella y yo, porque mis hermanas tenían que terminar el colegio, pero mi madre enfermó de cáncer y tuve que llamar a papá para que viajara antes. A los pocos meses mi mamá murió y nos quedamos en Inglaterra".

-¿Cómo vivió la muerte de Pinochet?

-La sociedad chilena está mucho menos dividida de lo que señaló la prensa. Si se contrapone la imagen de quienes lloraron sobre la tumba y el jolgorio de la gente que festejó la muerte, parecería que fueron equivalentes. Pero la verdad es que es mucho más alto el porcentaje de chilenos que sintieron alivio. No sentí felicidad -no por un problema de culpa cristiana ni mucho menos- sino una gran frustración, porque murió tranquilo en su cama de hospital, sin haber sido condenado y habiendo engañado a la Justicia chilena. Como no fue condenado, cabe la posibilidad de que su fortuna malhabida termine en manos de su familia. Como chilena, lo que espero es que la Justicia esta vez tenga la convicción y la fortaleza para exigir las pruebas de la procedencia de esos fondos, porque ninguna de las funciones que ejerció, ni como presidente, comandante de las Fuerzas Armadas o senador, le hubieran permitido reunir ese dinero.

-Antonio no se adapta a las nuevas reglas de juego de la democracia chilena. ¿Es representativo de ciertos militantes chilenos que se quedaron fuera del mapa político?

-Antonios hay muchos, no digo que sean la mayoría porque quedan muy pocos y pasó mucho tiempo. Pero cuando recién recuperamos la democracia, había una generación que había sido educada y preparada, que estaba mentalizada y formada para la lucha; querían darles sentido a sus vidas recuperando la democracia de manera personal, heroica. Pero la democracia llegó por consenso y muchos quedaron marginados del proceso democrático porque no se habían preparado para sumarse a una instancia de esa naturaleza. Y quedaron dando vueltas, no encontraron su lugar en esta nueva sociedad.

-¿De qué manera el ambiente y el contexto político de su exilio entró en la novela?

-Cuando publiqué mi anterior novela, El revés del alma, era muy consciente de que no estaba todavía preparada para dar cuenta de mi propia experiencia como exiliada, que necesitaba tomar más distancia y tener más madurez; sabía que era algo tan importante que tenía que manejar muy bien todas las cuerdas narrativas porque además de que era un tema riesgoso, me importaba muchísimo. Con La mujer de mi vida sentí un compromiso emocional conmigo, con mis padres, con mi familia. Clara, la protagonista, es una chica que no se siente completamente chilena ni completamente inglesa en el exilio porque es joven y recién está empezando a mirar el mundo. Cuando estudiaba biología los ingleses me llamaban the chilean disaster, porque hacía unos experimentos que siempre explotaban (risas). Me lo decían con cariño, pero la verdad es que era un bicho raro. Clara representa muy bien mi sentimiento en el exilio. No soy hija de desaparecidos, pero compartimos un sentimiento de extrañeza muy similar.

-¿Le costaba ser crítica con la generación de sus padres?

-Sí, no fue fácil porque era gente admirable, inteligente, intelectuales abiertos y permisivos. Pero pude ser crítica aislándome. Siempre fui muy solitaria y de aislarme, y este aislamiento me permitió crear un mundo personal en donde la escritura fue mi refugio, mi faro, un lugar al que podía acudir libremente.

-¿Por qué decidió estudiar biología si ya escribía?

-En Chile tenía un grupo de amigos muy eclécticos. Yo cantaba, tocaba la guitarra, componía y dibujaba. La naturaleza me alucinaba, pero no era sólo yo, todos hacíamos lo mismo. Pensé que una manera de acercarme a la naturaleza era entendiendo sus procesos. Fue enriquecedor, aunque a poco de recibirme de bióloga me di cuenta de que no iba a hacer carrera. Quizá si hubiera estudiado en Chile ahora sería bióloga, pero el exilio, la dificultad del lenguaje y el aislamiento por estudiar algo que ninguno de mis amigos estudiaba me produjo una sensación de soledad sin límite. Era como si estuviera dentro de un hoyo: intentaba comunicarme con mis amigos y nadie me entendía. Yo hablaba de los procesos biológicos, andaba con mis ratones en los bolsillos, con mi biología, y ellos me hablaban de semiología, de Barthes (risas). Aunque obtuve una beca para ir a estudiar a Cambridge, entré en crisis y me tomé un año. Empecé a escribir cuentos para niños sobre procesos biológicos; los escribía, los dibujaba, y de alguna manera empecé a conjugar todas las cosas que me gustaban: la escritura, el dibujo, el diseño y la biología. La escritura es el amor de mi vida; mi ritmo de vida se adapta muy bien al ritmo de la escritura.

Guelfenbein confiesa que con La mujer de mi vida le interesaba mirar el mundo desde una mirada masculina. "Después apareció con fuerza la amistad y el deseo entre dos hombres y una mujer, un triángulo en el cual las pulsiones fluyen entre las tres partes -explica la escritora-. La amistad tiene mucha relación y similitud con el amor".

-¿Cómo se relacionan?

-Freud es muy explícito y dice que toda relación humana tiene un trasfondo inconsciente sexual. Pero la amistad es la única relación humana que es completamente libre. Tú no eliges ser "hija de" o "hermana de"; sí eliges ser "esposa de", pero también hay leyes que estipulan esa relación. La amistad, en cambio, es una relación libre y manifiesta mejor que ninguna otra la dimensión ética del ser humano.

-¿Cuál es el límite para usted entre la amistad y el amor?

-No hay una línea divisoria clara; algunos pueden decir que el límite es el sexo, pero no estoy segura de que sea así. Por eso me parece interesante, porque es explorable pero no definible. Antes había normas estipuladas, aunque la realidad contradijera estas máximas, pero estaban, eran un punto de referencia a la hora de vivir tu vida, lo tomaras o lo dejaras. Ahora que vivimos cuestionando la realidad y nuestra relación con las creencias, los límites entre la amistad y el amor son cada vez más difusos.

Página/12 - Buenos Aires, 30/12/2006


"Para una novela, lo mejor es zarpar y ver qué pasa"

Silvina Friera

Cuando habla, dice naturalmente algunas palabras que escuchó a fines de la década del '40. La "barra" del barrio, la "patota" o "peliagudo" podrían convencer al desprevenido oyente del hotel de Recoleta -donde se aloja- que el escritor Antonio Skármeta nació en la Argentina. Pero pronto el uso del "tú" y un acento inconfundiblemente chileno morigeran esa agresividad canchera que lo haría asimilarse con un porteño más. "Me formé en esta ciudad entre 1949 y 1951, fui alumno de una escuela pública, la Casto Munita de Belgrano, y recuerdo ese tiempo como el más feliz de mi vida", confiesa a Página/12. "Como era la etapa en la que pasé de la niñez a la adolescencia, mi sensibilidad estaba plenamente abierta y oía todas las campanas. Mi alma se colectivizó en el rito de la patota del barrio, con los chicos que me juntaba en la esquina a jugar a la bolita. A los 10 años trabajé como repartidor en una frutería y tenía mi propio dinero para comprarme libros. Era una época en la que llegaban muchos jóvenes de las provincias; conocí a varios de Santiago del Estero que venían a trabajar. Tenía muchos amigos, mayores que yo, que vivían en una pensión de la calle Mendoza, donde tocaban zambas, chacareras, vidalitas. Aprendí mucho oyéndolos". Skármeta se explaya, a gusto, sobre su experiencia en la Argentina. "Tuve maestros geniales en la escuela primaria que, cuando detectaron que a mí me gustaba la poesía, me dieron a leer poemas que tenía que aprender de memoria para las festividades públicas, como el Día de la Bandera. Yo aparecía en el estrado con mi delantal blanco, con la escarapela argentina, y recitaba versos de Neruda, Rubén Darío o del Martín Fierro. Fue un tiempo glorioso. Para mí fue un desgarro brutal tener que volver a Chile".

-¿Por qué vinieron sus padres a la Argentina?

-No podían subsistir económicamente en Chile y pensaron que en Buenos Aires les iba a ir mucho mejor. Y afortunadamente, diría, no les fue bien acá. Porque esa pobreza que vivimos fue la escuela de mi vida. Si no hubiera vivido esos años en Buenos Aires, no habría podido hacer la literatura que realmente terminé haciendo.

-¿Cómo vivió el exilio después del golpe de Pinochet?

-En primer lugar me desgajó de una historia natural de crecimiento con mi gente, de esa mutua interrelación entre el escritor y su pueblo. Me sacó abruptamente de una historia espiritual que se venía gestando desde mi nacimiento y me puso en un afuera completo; por lo tanto el trabajo del exilio implicó casi reconstituir esa unidad perdida, ya sea a través de una mirada nostálgica y creativa sobre el pasado que nos unió como pueblo-escritor; ya sea a través de confrontar las situaciones dramáticas que produjo esta alternativa o ya sea imaginando y deseando un futuro distinto, y que este idilio ininterrumpido celebrara por fin sus nupcias. Mi exilio fue tiempo de padecimiento y de crecimiento. Padecimiento, en el sentido de que es extremadamente doloroso saber que lo que origina el exilio es una brutalidad mayor, insoportable para cualquier persona sensible, más en el caso de un artista. Si tú estás exiliado, te puedes abrir a la cultura local y crecer dentro de ella, entregarle tu corazón, tu inteligencia y por lo tanto nutrirte de otras culturas y otras realidades locales que fortalecen tu imaginación, y después, probablemente, tu acción política. Y la otra opción, que siguieron compañeros más desesperados, fue la de encerrarse en ghettos nostálgicos, considerando que el exilio era un tiempo de espera y no de creación, más que nada de espera política para los que tenían militancia.

-¿Y usted se nutrió de la cultura alemana?

-Sí, me abrí completamente porque entendí que trabajando con la cultura local y con la gente que fraternalmente se nos acercaba, estaba de alguna manera actuando políticamente. Para convencer al otro de que le tienda una mano a mi gente, que está oprimida o sufriendo, tengo que saber con quién hablo y para eso necesito conocer su sentido del humor, sus lecturas; tengo que acercarme a sus clásicos, haber leído a Schiller, a Goethe o a sus filósofos, como a Heidegger. Tengo una visión bastante balanceada del exilio: fue un tiempo de padecimiento y de crecimiento, que contribuyó a mi literatura, a mi vida y al servicio político de mi país.

-¿En qué sentido la experiencia del exilio alimentó su literatura?

-He tematizado el exilio en varias de mis obras, fundamentalmente en No pasó nada, en la que opté por contar el exilio desde una perspectiva desideologizada, puesto que los exiliados llevaban consignas emocionales muy fuertes e ideas muy rígidas del bien y del mal; eran portadores de una derrota, de un fracaso. Opté por narrar desde la voz de un joven de 15 años que tiene que ser fiel a los dos códigos: al código de los padres, es decir la fidelidad por la derrota y la recuperación por el paraíso perdido, pero al mismo tiempo tiene que rendirse y cumplir con el código que le propone la calle y la otra cultura. La ironía, una mirada más ingenua y más fresca me permitieron transmitir la emoción del exilio. Mi novela favorita es La boda del poeta, que me llevó a irme muy atrás en la historia europea, al exilio de mis abuelos, que eran emigrantes dálmatas que llegaron a Chile. Buscando las raíces, me apropié del pasado europeo, desde una perspectiva latinoamericana, con un lenguaje bastardo, irónico; un lenguaje que ha pasado por la literatura latinoamericana para meterse en una situación que les "pertenecía" a los europeos; era como robarle las uvas al zorro.

Skármeta se fue de Chile a Alemania el 12 de octubre de 1973. "Es una fecha imposible de olvidar porque fue como hacer el viaje de Colón, pero al revés", ironiza el autor de Ardiente paciencia. "Consegui un trabajo que consistía en escribir un guión de cine y el director proponía que fuera sobre lo que estaba pasando en Latinoamérica", cuenta el escritor. El director es el alemán Peter Lilienthal, para quien en 1972 ya había escrito un guión sobre los conflictos que estaban originando en Chile los cambios políticos. Ese primer guión devino en el film La Victoria, donde se narra la vida de una dactilógrafa provinciana, solitaria, que llega a Santiago y, al encontrar la ciudad convulsionada, se interesa más por ser alfabetizadora que por llevar adelante una vida burocrática. Esta primera experiencia cinematográfica sería el comienzo de una duradera atracción por el cine que condujo a Skármeta a escribir varios guiones, y que motivó a otros directores a realizar adaptaciones fílmicas de sus cuentos o novelas. Por pedido de Lilienthal, Skármeta se trasladó a la Argentina, entre 1973 y 1974, donde escribió su segundo guión, Reina la tranquilidad en el país. "El problema era dónde filmar una película acerca de la brutal represión de la ultraderecha en América latina a sus pueblos. Si tú mirabas el mapa de América latina en 1973, no había dónde hacerla", explica el escritor. "Entonces con el director decidimos irnos a Portugal, porque en ese país había triunfado una revolución libertaria, y nosotros necesitábamos un ejército democrático que actuara como ejército represor. ¿Dónde lo íbamos a conseguir en América latina? Imposible; pero en Portugal logramos que los regimientos de una ciudad portuguesa que se llama Setúbal, que queda como a 200 kilómetros de Lisboa, actuaran como soldados represores. Hablar del cine del exilio y de cómo se hace, es hablar de proezas de prestidigitador".

-¿Pero qué es más difícil en el exilio: escribir literatura o hacer cine?

-Hacer literatura no cuesta absolutamente nada, quizá lo más difícil es que te publiquen una historia que concierne a un grupo determinado que quizá lo que menos quiere es leer porque está luchando por su sobrevivencia, o que debiera concernirles a quienes quedaron en el país y que a su vez están demasiado ocupados para evitar la muerte como para estar leyendo. El tema es peliagudo: ¿quién es el lector de la literatura del exilio?

-¿Y quiénes eran sus lectores?

-Me leía el público europeo. Tenía ya escrita una novela y un volumen de cuentos, que habían sido traducidos a unos doce o quince idiomas, y desperté el interés de directores de cine que adaptaron algunos de estos cuentos. Así que rápidamente pude establecerme con mis temas, con mis obsesiones, con mis preocupaciones y sentimientos en el ambiente cultural europeo, que fue donde tuve a mis primeros lectores, porque mis libros no circularon en Chile prácticamente durante todo el tiempo de la dictadura.

-¿Qué diferencias habría entre escribir una novela y un guión?

-Cuando estoy escribiendo una novela, siento una alegría mayor, porque uno busca la novela que quiere escribir, es una creación mucho más libre. Dejo que las imágenes se precipiten sin tratar de encontrarle una lógica especial. En una primera versión de la novela intento evitar que el intelecto o la inteligencia coarte mis sentimientos, mis emociones, mi imaginación. En una segunda versión ya aplico la técnica literaria, ordeno esos materiales de manera que resulten interesantes, entretenidos, y ojalá emocionantes para el lector. En el guión de cine, y tengo experiencia porque hice muchas películas en Europa, es mejor tener un panorama total: cuando das un paso, tenés que saber adónde vas a dar el siguiente.

-Todo lo contrario de una novela, ¿no?

-Sí. En el guión de cine todo apunta hacia el final, hay que ir enredando las historias, y en cada paso vas pisando terreno minado, vas agitando una historia paralela, menor o que concierne a un personaje secundario. El guión es como un plan de ataque; en cambio para la novela, es mejor no tener plan de navegación, echarte a zarpar y ver qué pasa.

Página/12 - Buenos Aires, 22/12/2006


"Los nicaragüenses ahora sí hablan"

Ericka Montaño Garfias

La gran diferencia con la época de la dictadura de los Somoza es que hoy los nicaragüenses sí saben lo que es su dignidad. Hoy sí hablan, expresa la periodista María Lourdes Pallais, autora de Prisionera de mi tío: ficción y memoria con sello Somoza, ganadora del Premio Centroamericano Rafaela Contreras 2006. En esa novela, segunda de una trilogía, Pallais retrata la vida en Nicaragua durante la dictadura contándola desde dentro por el parentesco que la unió a los Somoza: es sobrina de Anastasio Somoza García y Anastasio Somoza Debayle.

Con los Somoza, narra Pallais, "Nicaragua era un país totalmente dominado por Estados Unidos, cuyos líderes fueron seleccionados y entrenados por Washington. Un pueblo pasivo, la gente no sabía cuáles eran sus derechos; no hablaban, con tal de que les dieran algo de comer, no criticaba, había una violencia contenida, mucha gente alcohólica por frustración, una pobreza escondida que no se veía a menos que te fueras a trabajar a los barrios pobres. Ahora es la misma pobreza, la misma falta de educación, salud; pero la gran diferencia con la época de Somoza es que la gente habla. Hoy sí sabe lo que es su dignidad. El sandinismo que yo conocí ­no del partido, sino del Frente Sandinista­ fue un movimiento que, al margen de todos los destrozos que le hizo la guerra con Estados Unidos y los errores que cometió, sí logró dar a las personas el derecho de hablar, de criticar, de saber cuáles son sus derechos, su dignidad".

La historia de Nicaragua es la protagonista silenciosa de una trilogía que comenzó con la novela-testimonio La carta (publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1996), y que ahora continúa con Prisionera de mi tío... que a la par de la ficción tiene elementos autobiográficos y cuya protagonista se llama Claudia. En La carta, Claudia hace una revisión de los ideales que la conquistaron en la revolución; en Prisionera... Claudia es niña y cuenta lo que significó vivir dentro de la familia Somoza, las ventajas de ser una de las favoritas de Somoza García y después cómo va perdiendo un poco esos privilegios con la llegada de Somoza Debayle. En su niñez, dice la escritora y periodista nicaragüense, Claudia "fue víctima del poder y perdió. Rompe con la familia, con todo lo que ello significa, es decir, también fue un rompimiento político". En la parte que falta de su trilogía, en proceso de escritura, tras ese rompimiento "Claudia se sumerge en un intenso amor romántico y pierde".

Prisionera de mi tío "no sólo es una novela, en ella hay elementos de la realidad, con nombres reales. Recurrí a este género porque me permite jugar con la ficción y la realidad. No soy historiadora, soy periodista. En este libro las cosas son reales, pero tienen una cuota de fantasía e imaginación que no habría podido usar en una crónica o un reportaje", señala la autora, quien reconoce que a lo largo de las páginas su vida se mezcla con la de Claudia. Sin embargo, aclara, "yo no me enamoré de mi tío. Es en parte autobiográfica, como ocurre con los personajes de casi todos los escritores. Hago un parangón tan obvio que muchos piensan, ¿se habrá enamorado ella? Pero no, Claudia es un personaje creado por mí, inspirado en mis vivencias, en mis pasiones, que han sido alimentadas por amores, odios y obsesiones".

Es a partir de dos obsesiones que Lourdes decide dar su testimonio novelado: la primera es el asesinato de su hermano, Marcel, en octubre de 1979, que tuvo amplia cobertura en los medios por ser el único cercano a los Somoza que se unió a la causa sandinista. El homicidio aún no ha sido aclarado y al respecto existen tres versiones: para los somocistas fue ejecutado por los sandinistas, mientras éstos responsabilizan a los seguidores de los Somoza. La tercera teoría es que se trató de un asesinato callejero. Ella vivía en Estados Unidos y regresó a Nicaragua para el funeral. Su segunda obsesión es el movimiento revolucionario. A partir del asesinato de su hermano ­narra Lourdes Pallais­ "me empapé de todo lo que tenía que ver con Nicaragua y con la revolución. Renuncié a la Associated Press y me dediqué al freelance con tal de que ese trabajo me llevara a Nicaragua. Me convertí en experta y simpatizante de los sandinistas, pero crítica. En realidad era simpatizante cien por ciento, pero quise mantener mi actitud crítica para que me contrataran".

Fue entonces cuando escribió un testimonio sobre la revolución sandinista, desde la perspectiva de un familiar de los Somoza que simpatiza con ese movimiento, destinado al público estadunidense. Ese documento no se publicó, pero sí dio origen a La carta, y de ahí la necesidad de seguir narrando la historia reciente de Nicaragua.

La Jornada - México D.F., 24/11/2006


Una visión estética del mundo

Angel Vargas

Cuando Miguel León-Portilla se adentró en el estudio de la filosofía náhuatl, hace ya prácticamente 55 años, nunca imaginó la manera como determinaría su concepción de la vida y el mundo. "Me sentí sumamente atraído, no en plan de erudito, sino en plan vital. El pensamiento náhuatl ha sido una revelación, y me ayudó a concebir la vida como flor y canto, como arte, como visión estética del mundo", explica. Tal señalamiento del historiador, uno de los más notables especialistas en culturas mesoamericanas, así como en literatura y lenguas indígenas prehispánicas y contemporáneas, viene a cuenta por su faceta de poeta, que en mucho está relacionada e influida por sus estudios en esa rama.

La vertiente poética en el maestro e investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) es más conocida por su trabajo de traductor de textos y cantares de los antiguos mexicanos; poco se ha difundido de su quehacer como creador en ese género. Sin embargo, gracias al libro Poesía náhuatl: la de ellos y la mía, hoy es posible adentrarse a ese otro ámbito que viene ejerciendo desde que comenzó sus estudios en filosofía náhuatl, en 1952, bajo la guía de Angel María Garibay. Dicho volumen, aparecido bajo el sello de Editorial Diana, incluye 16 textos que León-Portilla seleccionó de los cantos y poemas del antiguo mundo náhuatl, así como otros 18 debidos a su inspiración y pluma, durante medio siglo de trabajo. Poemario que puede ser definido como una especie de espejeo y diálogo entre dos épocas, la prehispánica y la contemporánea, en la que el castellano y el náhuatl mantienen un fraternal abrazo.

"Mi inclinación por la poesía siempre ha existido. Mi amigo Rubén Bonifaz dice que no sabe si traduzco o no los textos de los antiguos mexicanos, pero sí que soy poeta", platica el historiador en entrevista con La Jornada. "Lo cierto es que para traducir poesía sí se necesita ser un poco poeta. Por eso les digo a mis amigos poetas indígenas que lean mucha literatura en castellano, para que puedan llevar sus palabras a este idioma de la mejor manera". Abunda: "En este libro quise reunir algunas composiciones que me salieron del corazón, según aquello de que poeta y de loco todos tenemos un poco, y entonces me atreví a escribir. Es una pequeña antología en la que le pedí permiso a Nezahualcóyotl para que me dejara un huequito. Los míos son cerca de 20 poemas de temas variados. Algunos son elogios a mi amigo Rubén Bonifaz y a Octavio Paz, cuando le dieron el Nobel. Otros se refieren a animales, como el perro y el conejo en la Luna. También incluyo algunos poemas de preocupación por la ciudad de México; otros de inquietud metafísica; luego la inspiración de la serpiente, que en Mesoamérica era como la cruz para los cristianos o la media luna para los paganos, pero por la Biblia, por aquello de la manzana de Adán y Eva, la vemos como un animal enemigo".

De acuerdo con el autor de Visión de los vencidos, uno de los clásicos modernos de la literatura en español, las lenguas indígenas son muy poéticas por naturaleza, amén de su espíritu respetuoso, amable y cálido, muy diferente al de la cultura occidental. "El mexicano, aunque no tenga sangre indígena, habla de manera muy cortés y cariñosa ­apunta­ Ello se debe a la sensibilidad indígena, que se trasluce en la poesía". Las lenguas indígenas de México, de las cuales quedan vivas cerca de 40, son parte de la expresión de una civilización originaria, la mesoamericana. En ese sentido, agrega, la literatura que se desprende de esas lenguas es "expresión de los pueblos que por milenios nos dejaron su legado de poesía, de narrativa, de discursos, plegarias, cantos".

León-Portilla destaca que, como toda literatura, la mesoamericana, tanto la prehispánica como la contemporánea, tiene una fisonomía peculiar y un carácter y una estilística propios. En especial, resalta su "mundo maravilloso" de metáforas. "En rasgos generales es una literatura que brota del corazón de los pueblos, y ese corazón se pasó a la tinta roja y negra de sus códices. Está vinculada a la oralidad, la tradición, a lo que se enseñaba en las escuelas prehispánicas, a la vida ritual, a las fiestas", explica. "La estilística la vamos a encontrar en las formas de expresión, muchas veces paralela. Por ejemplo, se dice has llegado, has venido, estabas cansado, recobra tu aliento. Luego tiene un repertorio enorme de lo que Angel María Garibay llamaba difrasismos, que son la conjunción de dos vocablos que hace que salte la chispa de nuestra comprensión. Por ejemplo, la falda y la blusa para referirse a la mujer; el rostro en el corazón, al ser humano; la ceiba y el pochote, a la protección".

De la poesía, el catedrático resalta que carece de consonancias y de rima; pero sí cuenta con ritmo y métrica. Como aspecto peculiar, subraya que en el México antiguo se entonaba al son de la música; se cantaba y se bailaba. "¿Qué queda de eso?", se pregunta y responde: "La nueva palabra está refloreciendo: existe la Casa de Escritores en Lenguas Indígenas. Cada vez es más fuerte el movimiento de esos autores, que son muy buenos". Y concluye: "Las lenguas y la literatura indígenas son un tesoro para México y el mundo. Por eso he luchado con toda mi fuerza para que no mueran".

La Jornada - México D.F., 18/11/2006


"Del exilio se vuelve cambiado"

Juan Cruz

Mario Benedetti inventó la palabra desexilio cuando pudo volver a Uruguay, tras los años de plomo de la dictadura. Pero no hay una palabra que le quite la tristeza de verse solo después de sesenta años con Luz. Era su mujer y murió después de un grave y lento proceso de Alzheimer. Cuando nos sentamos con él, en su casa de Montevideo, se levantó de pronto, cruzó la sala donde recibe las visitas, fue hasta la estantería que hay junto a la computadora y vino con una fotografía que le acababa de traer su hermano Raúl. En la fotografía, los matrimonios de los dos hermanos. Luz murió y la esposa de Raúl está hospitalizada con la misma enfermedad (luego moriría). Cuando nos enseñó la fotografía, Mario comenzó a sollozar, así que cuando pudimos hablar de nuevo, sobre él pesaba la sombra de una tristeza a la que él ya no le ve final.

Acaba de cumplir 86 años. Una larga vida de poeta, novelista, articulista, activista político. La policía militar de su país lo persiguió por el mundo -Buenos Aires, Lima, La Habana- para que cumpliera la condena de muerte implícita que pesaba sobre él. España fue su penúltimo refugio. En Mallorca vivió años muy felices, lo dice él, y en Madrid se hizo con casa, amigos y esperanzas hasta que pudo volver. Fue entonces cuando inventó la palabra desexilio: acostumbrarse a vivir en el país que fue el suyo. En todas las partes sus recitales son como los de un músico de rock, en todas las ferias del libro le piden autógrafos como si fuera un actor de cine, y muchos músicos -Viglietti, Serrat, Tania Libertad- hicieron de sus poemas música de amor y de resistencia.

Muestra momentos de cierta felicidad, pero está herido. La muerte de Luz fue un tremendo mazazo. Recordé a Benedetti en Madrid, un día después de una de las operaciones que lo tuvieron postrado hace años. Le llevábamos los diarios para que cumpliera uno de los ritos principales de sus mañanas. Uno de esos amaneceres lo vimos desmejorado, sin afeitar. "Tienes que afeitarte, Mario; así pareces más enfermo". Al día siguiente volvimos y preguntó como un adolescente "¿No decís nada? ¿No has visto que me he afeitado?" Esa combinación de tristeza e ironía, y de ingenuidad a veces rabiosa que hay en sus versos y en su vida, es la música que debe sonar de fondo cuando se lo oye hablar.

-¿Cómo eran sus padres?

-Había un gran desnivel cultural entre ellos... Mi padre era químico y enólogo, y mi madre casi no había acabado la primaria. Mi madre era bastante caprichosa, no se llevaron bien. Mi padre era un tipo muy inteligente, generoso, buena persona. Y como profesional era excelente.

-¿De dónde le venía esa relación con el vino?

-Era químico, farmacéutico; cuando acabó su carrera era soltero, y era complicado para él conseguir trabajo. Le dijeron que a lo mejor en el interior del país podía ingresar como químico en alguna farmacia. Y se fue a Paso de los Toros. Le dieron trabajo en una farmacia cuyo dueño llegó a apreciarlo mucho. Le decía: "Vamos a dar un paseo, y así yo me tomo un remedio". El remedio era caña, una bebida muy fuerte. Fue en Paso de los Toros donde mi padre conoció a mi madre. Y se casaron. Yo tengo el recuerdo de Paso de los Toros.

-Y se fueron de Paso de los Toros...

-Sí, a Tacuarembó. Ahí mi padre tenía un amigo farmacéutico, quería vender la farmacia. Y mi padre quería comprarla. Como eran tan amigos no exigió ni contrato ni inventario; cuando mi padre se quedó con la farmacia halló que estaban sólo los envases de los medicamentos; ¡todos los envases estaban vacíos! Aquel tipo lo engañó. Quisieron embargarle la farmacia a mi padre, y él creyó que la podía sacar adelante. No pudo. Ese embargo pesó mucho sobre él y terminamos yéndonos de Tacuarembó. Cuando yo tenía cuatro años nos vinimos a Montevideo.

-¿Y lo del vino?

-Lo del vino viene de mi abuelo. Mi abuelo tenía unos cinco títulos. Era un sabio. Se llamaba Breno Mario Edmundo Renato Nazareno Rafael Armando mi abuelo. El era enólogo. Piria, el creador de Piriápolis, que era un bandido, supo que mi abuelo sabía mucho de vinos, y lo llevó para que le armara la bodega y le hiciera los vinos. Pasaron los meses y no le pagaba nada, y mi abuelo quiso irse. Pero la única manera de irse era en los barcos de Piria, y éste se los negó.

-¿Y cómo se fue?

-¡Se vino a pie! Atravesando campos, desde Piriápolis a Montevideo. Caminando.

-Fantástico.

-Luego lo contrataron, alcanzó seguridad económica y se trajo a la novia. Que estaba en Italia. Mi abuela era sorda como una tapia, pero intuía, y si notaba que se estaba diciendo algo cómico, ella se reía como una loca. Cuando él percibió que mi padre estaba en mala situación, en Montevideo, le enseñó lo de los vinos. Y como mi padre era químico, asimiló muy bien esas cosas. Por eso fue enólogo.

-Esto del vino debe dar un carácter especial.

-Debe ser. En aquella época, como dice mi hermano Raúl, los vinos aquí eran horribles, malísimos. Donde mi padre y mi abuelo intervinieron, los vinos eran buenos. Mi abuelo también fue astrónomo; el Estado le encargó un observatorio, que tuvo en el jardín de su estancia. El anunciaba el tiempo, las tormentas, y mandaba los partes a Montevideo.

-¿Cómo se fue haciendo usted?

-Aprendí a leer solo. Me pusieron en el colegio alemán, y fui enseguida a segundo, porque yo ya había leído a Julio Verne y a Salgari. Allí, en el colegio alemán, nos enseñaban a golpes.

-¿Eso lo marcó?

-Me marcó en varios aspectos, y me hizo aprender un idioma, el alemán, que es hoy el idioma que manejo mejor...

-Incluso ha sido actor en alemán...

-El idioma que uno aprende en la infancia es el que uno aprende mejor. Nos separaban a los que hablábamos alemán o español con nuestras familias. Eso originó una guerra entre los que hablábamos español y los que hablaban alemán en casa, ¡se producían unas piñatas espantosas en los recreos! Ahí aprendí a jugar al rango. Nos hacían jugar juntos, a ver si mejorábamos la relación. El alemán que me tocaba a mí se agachó, yo iba a saltar, y de pronto el tipo se tira al suelo y yo salí volando, hasta que di con la boca en una vereda. Yo le hice luego lo mismo. La peor penitencia era que el director te llevaba al despacho, te daba una paliza.

-Qué disciplina. ¿Qué huella le dejó?

-Me hizo muy disciplinado, muy estricto, muy puntual. Ese rigor tenía su desventaja. Una vez nos daban una clase de carpintería y un hijo de alemanes tuvo una discusión conmigo; tenía un cuchillo, me lo tiró y me lo clavó en una pierna. No era fácil la vida en el colegio alemán.

-¿Y cómo se dio cuenta de por dónde iba la vida, de cómo era su país?

-Vas tomando conciencia de a poco... Y del país me di cuenta más tarde, cuando ya empiezo a comparar. A mí siempre me gustó Montevideo, porque aquí me pasaron cosas buenas y malas. Soy montevideano, desde los cuatro años vivo aquí.

-Y casi en todos sus libros está Montevideo...

-Y me atrae porque siempre ha tenido un buen nivel cultural; fue durante muchos años el país con mayor alfabetización de América latina. Cuando era un niño empecé a leer y leer. Los primeros versos de mi vida los escribí en alemán, ¡los profesores no se creían que fueran míos! Tuvo que ir mi padre para certificar que de veras los había escrito yo.

-Era un país feliz...

-Nos hizo mucho bien el fútbol. Fuimos campeones olímpicos de fútbol en los años veinte, en 1924 y en 1928, y en 1950 le ganamos a Brasil la final de la Copa del Mundo en el Maracaná. Gracias al fútbol nos conocieron en el mundo. ¡Cuando ganamos las Olimpíadas, en París, la gente no podía creer que un país tan chiquito, que casi no estaba en los mapas, saliera campeón! Cuando ganamos en 1924, me acuerdo que estábamos en Tacuarembó, y mi padre escuchaba una radio española con unos auriculares que no sé de dónde se sacó. En 1928, ya en Montevideo, seguíamos los resultados en la plaza Libertad, a través de unas pizarras. Uruguay jugaba la final, con Italia, y bajaban los cartelones: "Uruguay cede corner, Italia cobra off side". ¡Uruguay ganó 32!

-¡Sus dos países frente a frente!

-El fútbol hizo feliz a Uruguay, le dio importancia, personalidad. Que un país tan chico tuviera cuatro títulos mundiales era una cosa increíble. Y lo del Maracaná ya fue el colmo.

-Un orgullo.

-Además, todo eso coincidió con un buen momento económico; no veías mucha miseria, siempre había algunos suburbios de pobreza, pero la gente vivía bastante bien.

-Y, como diría respecto de Perú su tocayo Vargas Llosa, ¿en qué momento se jodió Uruguay?

-Yo creo que fue sobre todo la crisis económica la que lo precipitó todo. Antes se había acabado el buen fútbol, se fueron los buenos jugadores. Se acabó la guerra de Corea y le dejaron de comprar productos a Uruguay, como la carne y la lana. Los gobiernos de los que siguieron a Batlle no alcanzaron la altura de éste. ¡Durante 174 años ganaron gobiernos conservadores, hasta ahora mismo, que ganó el Frente Amplio!

-En 1973 surgió una dictadura brutal...

-Surgió la tortura, la corrupción, el soborno, y enfrente estaban los tupamaros. Los tupamaros creían que la revolución iba a ayudar a la redistribución de la poca riqueza que le quedaba al país. Y los ricos, los militares y los gobernantes aceleraron la represión y la tortura. Ahí empezó todo.

-Usted hizo política...

-Estuve en uno de los movimientos que se integraron en el Frente Amplio. Fue una experiencia dura, porque tienes que decir en la tribuna algo con lo que no siempre estás de acuerdo. Además, no improvisaba los discursos, los escribía, y eso para un político no es nada bueno. Un día me vinieron a avisar unos amigos: me iban a meter preso en menos de 48 horas.

-El exilio.

-Yo no me quería ir. "¡Te tienes que ir!"”, me decían, "¡te van a torturar!" Hicimos un acto por la libertad de Daniel Viglietti y después me marché a Buenos Aires. En Buenos Aires estuve poco; era la época de López Rega. Y López Rega sacó una lista de personas que debían dejar el país, porque si no, las mataban. Entre esas personas estaba yo, el único extranjero. Me fui a Perú. Allá me dieron trabajo en un diario, con la condición de que no dijera ni media palabra de política: ni de Uruguay ni de Perú ni de Estados Unidos. Mis artículos versaban sobre literatura. Un día tocaron el timbre abajo. Era la policía, me querían deportar. Me dieron a elegir: Cuba, Ecuador o Uruguay. Mientras lo iba pensando, el tipo que me fue a avisar de la deportación se fue durmiendo, y yo aproveché para deshacerme de los papeles comprometidos. Cuando se despertó me rogó: "Por favor, no les diga a mis superiores que me quedé dormido".

-Extraordinario.

-Me acompañó luego al aeropuerto, me dio la mano y me abrazó. En Buenos Aires me estaba esperando Luz. Yo tenía un llavero que llamaba el llavero de la solidaridad, porque abría las casas de cinco o seis amigos argentinos en las que yo me podía refugiar.

-¿Y qué pasaba mientras en Uruguay?

-Dictadura, crisis económica, y ya no se ganaba tampoco al fútbol. Todo era malo, y se iba la gente. Al exilio, por razones políticas o por razones económicas. ¡Incluso se iban a Australia! Hubo una librería en Sydney en la que sólo había libros uruguayos.

-En Buenos Aires asesinaron a Zelmar Michelini, un líder uruguayo de izquierdas, de enorme carisma...

-Cada discurso suyo era como un poema... Lo secuestraron, con otros compañeros; a él le había ofrecido Jimmy Carter acogida en Estados Unidos, y no se quiso ir "¡si en Uruguay están torturando a mi hija!" A la hija le dijeron que habían matado a su padre los torturadores. Y los mataron, a Michelini y a sus dos compañeros.

-¿Qué huella dejó en usted ese asesinato?

-Fue terrible. Yo estaba en La Habana, y lo escuché por alguna radio española. Un golpe espantoso. Fue mi gran amigo del exilio...

-Cuba fue una escala de su exilio.

-Cuando estaba en Perú, Haydée Santamaría me envió una invitación para que fuera a trabajar a Casa de las Américas, que ella dirigía. Yo estaba corriendo peligro... Y cuando estaba allí los criticaba mucho, sobre todo aquellas cosas que se hacían y que perjudicaban a la revolución en el extranjero. Cuando me fui recibí una carta de Haydée: me extrañaban, decía, sobre todo por las críticas que les hacía...

-¿Y cuáles eran sus críticas?

-Se hacían cosas innecesarias, que daban mala imagen en el extranjero. Lo que yo trataba era que se cuidara la imagen exterior de Cuba, porque no se podían quedar solos. Yo les decía que debían tener buenas relaciones no sólo con la Unión Soviética, que tenían que abrirse a México, a Francia, a Italia. El simple apoyo de la Unión Soviética no era un apoyo muy beneficioso, aunque lo fuera desde el punto de vista técnico o económico.

-¿No le parece ahora que la presencia de un hombre tanto tiempo al mando también es perjudicial para el país?

-Mira, habiendo vivido en Cuba se entiende mejor eso. Fidel Castro no es sólo importante para los revolucionarios; es también importante para los que quieren que se muera. Además, antes de la Revolución, Cuba estaba horrible. Los americanos no tenían prostíbulo, lo pusieron allí. Cuando ganó Fidel, la gente se lo agradeció. La enseñanza era espantosa ¡hasta los gusanos le reconocen que trajo cosas muy positivas! Y dicen que tiene no sé qué enfermedades, y que es millonario, y parece que nada de eso es verdad. No sé qué puede pasar cuando muera; no creo que la Revolución se venga abajo. Aunque parece que está solo, ha formado gente capaz. Y del país inmoral que había conducido Batista a éste hay mucha diferencia; en Cuba la moral es muy importante.

-Le tiene usted mucha gratitud a Cuba...

-Sí, y también por lo que representó para Uruguay. La izquierda fue muy procubana acá.

-Su exilio siguió en España.

-El principal problema en Cuba era que no podía comunicarme con mi familia. Si mis padres recibían una carta de Cuba, iban presos. Para comunicarme con ellos les mandaba cartas a través de amigos españoles. Y lo pasaba mal por eso, era muy doloroso no poderme comunicar directamente con ellos. El País me había ofrecido que colaborara y en cuanto llegué me abrieron un espacio en las páginas de Opinión. Me pagaban bien, de modo que no tuve problemas en España. Primero estuve en Madrid, y luego fuimos a Mallorca. Lo pasamos muy bien; a Luz le gustaba mucho la playa.

-El asma lo devolvió a Madrid.

-En Mallorca lo pasaba de lo más bien; hablaba alemán con los turistas, escribía, pero me atacó el asma, y un médico argentino me dijo: "Andate a Madrid"; me pagaron unos derechos de La tregua, mi libro más vendido, y me compré un apartamento. El de Ramos Carrión, mi casa en Madrid.

-¿Qué huella le dejó el exilio?

-Me demostré a mí mismo tener buena capacidad de adaptación. Y descubrí que en todos los países hay hijos de puta y gente macanuda. Me vinculé con la buena gente, no con los hijos de puta, así que tuve muy buenos amigos, en España, en Cuba, en México, en Argentina. Sé que otros uruguayos no abrían la valija, por si se volvían pronto, pero yo colocaba la ropa en los placares, porque sabía que la cosa iba a ser larga. La gente me ayudó mucho...

-¿Cómo fue el regreso, el desexilio?

-Era agosto, le prometí a Daniel Viglietti que haríamos un recital, a dos voces. Llegué en solitario, me fue a buscar Raúl al aeropuerto, y cuando dimos el recital hubo un gentío tal que llenaba varias calles alrededor del teatro. A la gente la encontré distinta, más desconfiada. Como la dictadura había metido espías de un lado y de otro... Las relaciones internas de los habitantes de Montevideo se habían deteriorado un poco. Yo era otro, además. La experiencia del exilio me había convertido en otra persona, con todo lo que de bueno y de malo me había dado la vida fuera de mi país. Yo era otra persona.

-¿Y cómo era esa otra persona?

-Era una persona más alerta, más enterada del mundo; antes estaba muy metido en la cosa uruguaya, y seguí ocupado en todo eso en el exilio, pero ya no era lo exclusivo. En Madrid, por cierto, hice buena amistad con Juan Carlos Onetti, que no salía de la cama. Para qué iba a salir de la cama, decía: en la cama uno nace, en la cama uno coge por primera vez, en la cama uno se enamora, se casa, escribe, para qué iba a salir. Me acuerdo que una vez fue a verlo un periodista, y él vio que se fijaba en que sólo tenía dos dientes. "¿Usted me mira estos dientes?", le dijo. "Pues le advierto que tengo una dentadura magnífica, pero se la he prestado a Mario Vargas Llosa".

-También conoció a Borges.

-Un tipo extraño. Venía acá, a Montevideo, y no se ponía en plan de gran personaje; era sencillo, y nosotros lo admirábamos mucho, por lo que escribía. Luego tuvo posiciones que yo no compartí.

-Dice que era extraño.

-Era muy reservado. Me invitó a almorzar, en Buenos Aires, con su madre. La madre era de armas tomar. Era una generala, y él era retraído. Fue muy buen escritor.

-¿Qué otros le despertaron interés?

-Rulfo, José Emilio Pacheco. Con Juan Rulfo fue muy curioso. Ibamos Luz y yo en un ómnibus, y él se acercó a mi mujer: "Señora, ¿me deja sentarme al lado de su marido, que creo que es Benedetti?" Empezamos a hablar de mil cosas, y ahí empezó mi amistad con Rulfo, en un ómnibus. No se daba fácil, pero cuando se daba, se daba con todo.

-Y también fue muy amigo de Cortázar.

-Lo conocí en París. Cortázar vivía a media cuadra. Era un tipo muy simpático. Los dos trabajábamos en la radio, pero no quería ser fijo. Era muy celoso de su independencia. Un día escribió algo muy crítico con Cuba, se informó mejor y rectificó en público.

-¿Cuáles han sido sus miedos?

-Primero, los de cualquier niño. De adulto, la tortura. Creo que si me hubieran torturado no habría traicionado a nadie, pero me habría costado mucho sufrimiento. Siempre le tuve miedo a la tortura.

-¿Miedo al tiempo?

-Y sí, porque los años van pasando y uno se va volviendo viejo, y eso es bravo reconocerlo ante el espejo.

-La poesía le ha dado mucho éxito...

-Hay que cuidarse del éxito, porque el éxito puede pervertir a un escritor. Nunca escribí en función del éxito, escribí lo que me salió de las pelotas. Si tenía éxito, bien, y si no, pues nada.

-¿Y cómo lleva las aglomeraciones?

-Eso me agobia un poco. El otro día tuve que ir a hacerme un análisis; fuera de la clínica había un gentío, y emprendieron una ovación. Ellos estaban allí, con sus problemas, y se pusieron a aplaudir. A mí me apabulla. Vivía mejor cuando me castigaban más.

-¿Es un solitario?

-No lo soy, pero trato de que cuando tenga que vivir la soledad, ésta no me lastime. Cuando muere mi mujer, se produce un terrible momento de soledad; frente a eso, la escritura es como una guarida. Puede ser mi guarida o puede ser mi jardín, depende del estado de ánimo que esté pasando. Para el dolor es mi guarida, sobre todo cuando me han rodeado las muertes.

-Ahora se reencuentra con Montevideo.

-Es la ciudad que quiero. Después de años y años de gobiernos que le hicieron daño al país, ahora vuelvo a otro Montevideo y yo soy otro también. Siempre me siento a gusto en Montevideo. La gente ha quedado malherida después de años de dictadura. Y yo también vuelvo malherido. Tratamos de recomponernos...

-En Alicante, hace años, usted leyó un poema en el que adelantaba los males de los siglos próximos.

-Escribí en algún lado que un pesimista es un optimista bien informado. Creo que es difícil ser optimista cuando la humanidad está siendo manejada por una potencia tan cruel y despiadada como Estados Unidos. Yo creo que los norteamericanos van a derrotar a Estados Unidos, creo que la única esperanza es la derrota de Estados Unidos.

-Dígame algo inolvidable.

-Toda mi relación con Luz, desde la infancia. Y conocer a Fidel, también es inolvidable. Y el Maracaná. El fútbol fue muy importante, nos dio alegría. Y si ahora se puede recuperar la alegría, no es por el fútbol, es por la política. La gente tiene esperanzas en Tabaré Vázquez y son fundadas.

-Y cuando el fútbol se recupere, ¿se habrá recuperado Uruguay?

-No sé si el fútbol se va a recuperar, no tengo demasiadas esperanzas, pero Uruguay se recuperará.

Página/12 - Buenos Aires, 17/9/2006


A Carlos Monsiváis el premio Juan Rulfo

Ericka Montaño Garfias

El escritor y periodista mexicano Carlos Monsiváis fue designado el ganador del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe "Juan Rulfo". Persiste fuerte polémica en tono al uso del nombre de Juan Rulfo luego de que la familia del autor de Pedro Páramo lo retiró en noviembre pasado y lo registró legalmente. El galardón consta de cien mil dólares. En declaraciones al periodista Jacobo Zabludovsky, en su noticiario radiofónico De una a tres, Monsiváis manifestó que usará ese dinero para comprar obra destinada a ampliar su colección, que se mostrará en breve en el Museo El Estanquillo.

En medio de toda esta polémica resalta el hecho de que este galardón se abrió a otros géneros: el periodismo y la crónica. El jurado decidió conceder el premio a Monsiváis al considerar que "es un crítico cultural, escritor y ensayista, cuya creatividad ha renovado las formas de la crónica periodística, el ensayo literario y el pensamiento contemporáneo de México y América Latina. Monsiváis ha forjado un lenguaje distintivo para representar la riqueza de la cultura popular, el espectáculo de la modernización urbana, los códigos del poder y de las mentalidades. A lo largo de una actividad de 40 años (...) ha contribuido con la democratización de la vida cotidiana". Asimismo el jurado resaltó: "Intelectual, independiente y comprometido, el impacto de su obra se proyecta internacionalmente con estilo innovador y esperanza en la diversidad crítica del diálogo que da forma a la nueva cultura latinoamericana".

En esta versión XVI del premio el jurado estuvo integrado por Sergio Pitol (quien obtuvo el premio Juan Rulfo en 1999 y el Cervantes el año pasado), José Luis Martínez, Cecilia García Huidobro, Jorge Urrutia, Julio Ortega, Seymour Menton, Beatriz Pastor y Gonzalo Celorio.

Respecto de la obra de Juan Rulfo, Carlos Monsiváis recordó que sus primeras lecturas de este autor fueron como estudiante de preparatoria, con El llano en llamas, "y me quedé absolutamente sorprendido". Después, en 1955 leyó Pedro Páramo: "mi primera lectura me azoró, hubo partes que me resultaban indescifrables a los 17 años, después, mis sucesivas lecturas, como todo un clásico -uno lo lee siempre como por vez primera o no lo está leyendo. En esas lecturas de Pedro Páramo, El llano en llamas y de los otros textos que han salido, prodigiosos textos que hizo para La fórmula secreta, la película de Rubén Gámez, me he dado cuenta de la profundidad, la belleza, la calidad poética, la capacidad de concreción de personajes y los sucesivos hallazgos temáticos es formidable y representativo de una manera de trascender lo local gracias a la escritura, y de trascender en lo local gracias a esa misma capacidad literaria. Siempre que leo a Rulfo compruebo que la verdad de la literatura es la verdad que se sostiene siempre". Monsiváis precisó que en su trabajo sería inexacto decir que existe una influencia de Rulfo: "no la hay porque no la puede haber en primer lugar por las distancias literarias, que me abruman. Rulfo es único, la prueba es que no ha podido ni podrá tener continuidad y para alguien que fue tan humilde en cuanto a la calificación de su trabajo la dimensión, la grandeza de lo que escribió le permitía siempre el asombro. No es mi caso. Abrumado declaro que no tengo la menor posibilidad de que la obra de Rulfo se traspase o se mude mínimamente a lo que yo hago. Creo que lo que uno recibe de Rulfo es una designación de lectores que de escritores, la convicción de que se puede hablar de la marginalidad absoluta y trans-formarla en una ética del desastre, de la miseria, de la crueldad, de la violencia y de la generosidad pese a todo".

En declaraciones a La Jornada, Juan Francisco Rulfo, hijo del autor de El llano en llamas, advirtió que se trata "de un premio que no existe, que es ilegal" y que quien lo reciba "sería un premiado espurio, estaría aceptando un premio con un nombre ilegal. Un premio que no existe". Al respecto el autor de A ustedes les consta, en un enlace vía telefónica desde Guadalajara a la ciudad de México, confió en que se llegue a un acuerdo antes de la entrega del premio, el próximo 25 de noviembre y con el que tradicionalmente se inaugura la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara. "Sí es un cuestionamiento grave -dijo- que no puede nunca desestimarse, no sólo por el hecho mismo de que es la familia (Rulfo) porque han insistido en ello y han abundado en sus razones, sino porque es imposible asimilar la idea de que el nombre de un premio está en disputa. Eso no sólo no es agradable, sino que en verdad molesta. En mi caso particular me deprime, pero estoy convencido de que hay fórmulas de entendimiento y que debe agotarse. Yo no he recibido el premio, se ha anunciado que se me otorga, pero no lo he recibido. De aquí al momento en que lo reciba tiene que haber una solución que yo necesito". Creo que la solución, prosiguió Monsiváis, "debe darse, en lo fundamental amistosa aunque sea también jurídica o judicial porque no tiene ningún sentido esta querella de parte de una familia tan absolutamente estimable y de un premio que ha garantizado su eficacia y continuidad en combinación con la feria del libro que es tan importante".

El cronista habló del posible proceso judicial que enfrentarían tanto el ganador del premio como las instituciones que lo otorgan, como refirió el abogado de la familia Rulfo, Gabriel Larrea. "Eso lo registré y ahora me toca registrarlo no sólo como noticia, sino como noticia que me afecta muy directamente. Desde luego lo último que yo quisiera es una confrontación con una familia que desde hace muchísimos años quiero y respeto. Tengo la mayor estima por doña Clara (Aparicio, viuda de Rulfo) y por los cuatro Rulfos y también soy amigo del abogado Larrea. Todo esto me parece que tiene que aclararse, sé que las autoridades de entregar el premio, Raúl Padilla, están atentos a eso y desde luego tiene que llegarse a un acuerdo porque es muy importante el nombre de Juan Rulfo y muy respetable la decisión de la familia. Estamos en una encrucijada. Espero que se llegue a un acuerdo y no porque a mí me afecte, en este caso es estrictamente personal, sino porque creo que dada la importancia cada vez mayor de la obra de Juan Rulfo y dada la importancia que ha tenido el premio es imposible que no se llegue a un acuerdo".

Raúl Padilla, presidente de la FIL, insistió en la "disposición de mantener el mayor respeto hacia la familia Rulfo y a recibir cualquier sugerencia, recomendación. En cuanto al sostenimiento del nombre la asociación (Del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, AC, ha decidido mantenerlo". Padilla dijo que hasta el momento "no conocemos ninguna acción legal" de la familia Rulfo, dijo que no temen demandas, reiteró la disposición al diálogo.

La Jornada - México D.F., 5/9/2006


El curioso mecanismo de la máquina Borges

Silvina Friera

A veinte años de su muerte, no existe un escritor más argentino y más universal. Los aniversarios -ya sean nacimientos o muertes- son fechas que suelen petrificar la gloria póstuma de un autor o bien funcionan como cirugías menores que parecerían reacomodar, al menos en las páginas de los diarios, una figura injustamente olvidada por la crítica, por sus pares, por los lectores. Si la cuestión reside, como lo planteó Beatriz Sarlo en su ensayo Borges, un escritor en las orillas, en que el autor de El aleph nunca está por completo allí donde se cree encontrarlo porque se coloca en los límites, Página/12 invitó a cinco escritores de distintas generaciones y estéticas literarias para debatir sobre el lugar que ocupa Borges en la literatura y en la cultura argentina. El poeta Leónidas Lamborghini plantea que el asunto es si la poesía borgeana resiste una lectura en las jóvenes generaciones y admite que el autor de Historia universal de la infamia es "un gran maestro del ensayo y del idioma". Damián Tabarovsky está convencido de que sigue siendo un punto de referencia ineludible en la tensión entre cosmopolitismo y criollismo, entre vanguardia y nacionalismo, y por eso prefiere rescatar más al crítico cultural que al escritor. Para Juan Martini, "es un escritor radiante que abre caminos todo el tiempo y que enseña a escribir mucho más que las teorías universitarias". Martín Kohan afirma que hay que recuperar la legítima ambición borgeana de una literatura y una escritura perfecta, y Luis Gusmán, citando a Oscar Masotta, opina que "cierto borgismo siempre será pertinente". Una manera de armar el rompecabezas-Borges.

Leónidas Lamborghini desestima de entrada la liviandad con la que se utiliza adjetivos como "menor" para descalificar al autor de los poemas de Fervor de Buenos Aires. "El asunto es si su poesía resiste una lectura", propone Lamborghini. "No sé cuál será la reacción de los jóvenes ante una poesía que, sobre todo en la última etapa, ha renegado de la vanguardia. Borges dijo que (Oliverio) Girondo era un estúpido; no le interesaba ni En la masmédula ni toda la poesía de Girondo ni la de los otros poetas que estaban en esa línea. También dijo que Valéry era un estúpido, pero a Borges no se lo puede negar". El autor de El saboteador arrepentido, Las patas en las fuentes y Odiseo Confinado no quiere caer en la negación loca de la poesía de Borges ni mucho menos en la afirmación desbocada. "Los argentinos nunca nos calmamos y tenemos que calmarnos, leerlo y ver hasta qué punto todavía sobrevive su poesía", sugiere Lamborghini. "El siempre dijo que era un poeta menor, pero los poetas somos difíciles, se nos da por la falsa modestia o por desmerecernos, que es un goce o una forma de hacerse el chiquito. Creo que Borges es un gran maestro del ensayo y del idioma. Cuando agarraba un tema no hacía la taxidermia del académico, y si la hacía, el perro seguía moviendo la cola", bromea el poeta. "A mí me ha enseñado mucho". Lamborghini recuerda que cuando el autor de El informe de Brodie mencionaba su biblioteca de poetas, lo nombraba al inglés (Robert) Browning. "Yo también tengo una pasión por ese poeta, y de pronto sentía que, a pesar de las diferencias, había una sintonía".

"Uno trata a esta altura de ser lo más justo posible con uno mismo y con los demás y alejarse de los prejuicios sobre Borges que hoy ya no son pertinentes", admite. "Si un poeta es reaccionario en política -como decía Trotsky, nada menos- y puede hacer una poesía o una literatura revolucionaria, también puede suceder que sea un revolucionario en política y un conservador en la literatura. Borges es un revolucionario en la literatura. En cuanto a la política prefiero no meterme, porque todos nos hemos equivocado, pero él parece que se equivocó fiero. Yo estaba exiliado en México cuando se arrepintió, pero ¡qué difícil debe haber sido para él, que llevaba al peronismo clavado en el corazón!", ironiza Lamborghini. "Si ni los mismos peronistas entendemos de qué se trata. Es un ensalada rusa, como decía el astrólogo, donde a veces encontrás alguna síntesis. Porque dentro del peronismo está todo". El poeta detectó en los ensayos borgeanos ideas que le resultan muy simpáticas o afines. "El escribió que nosotros nos parecemos a los judíos y a los irlandeses, porque al ser excéntricos de una cultura central, nos podemos permitir cosas que otros no pueden. Esto te abre la cabeza, y lo dijo un escritor que revolucionó las ideas, no parece dicho por un conserva, por el escritor que fue condecorado por Pinochet o que almorzó con Videla".

Damián Tabarovsky está convencido de que Borges sigue siendo un punto de referencia ineludible en la tensión entre cosmopolitismo y criollismo, entre vanguardia y nacionalismo. "El mismo fue un aleph, un prisma, por lo tanto permite que coexistan diferentes herencias borgeanas; todas son Borges, porque uno puede encontrarlo en las intervenciones de ambos lados. Aunque es como un vértice, no creo que él mismo haya inventado algo, sino que llevó las cosas a un extremo", subraya el escritor, autor de Literatura de izquierda y Las hernias. "Me interesa más Borges como crítico cultural que como escritor. Buena parte de la herencia de Borges está en esa serie de discusiones que él no abrió, pero que llevó tan lejos que no se pueden saldar, que no hay retorno. No noto una herencia estrictamente literaria en los escritores de la generación del ochenta para acá, pero Borges es una influencia decisiva en cuanto a los temas de la crítica cultural, en la tensión entre centro y periferia, vanguardia y criollismo. Esa tensión sigue presente en la literatura argentina y continúa funcionando".

"La Argentina es una inmensa máquina de traducir y Borges fue un doble traductor: hacia dentro y hacia fuera, pero también traduce lo de adentro hacia adentro. La literatura argentina es una traducción de su propia traducción, es una traducción que no tiene original", advierte Tabarovsky. "Un escritor puede tener influencias o no en las demás generaciones y esto no tiene ninguna relación con su obra. Para la generación de los que nacimos a mediados o fines de los '60, Borges no fue una influencia decisiva, no ha dado esa productividad de la influencia que tuvieron otros escritores, que no fueron productivos en términos de crítica cultural. Es evidente que hubo una lectura muy fuerte de Puig en los escritores de mi generación, pero no sé si hay en Puig una productividad cultural para entender la Argentina como en Borges".

Lo primero que señala Juan Martini es que antes de hablar de influencias, de marcas y de tensiones, antes que nada, o, mejor dicho, en el comienzo de la literatura argentina está Borges. "Es uno de los escritores más grandes de todos los tiempos en cualquier lengua. Aparte de eso, él fue un autor decisivo para los escritores de mi generación", confirma el autor de La vida entera, El autor intelectual y Colonia. "Algunos debates sobre el lugar de Borges en nuestra literatura o sobre cómo salir o no de Borges fueron bastante torpes y necios, como si hubiera que salir y entrar de un escritor todos los días. ¿Qué hacen los irlandeses o los británicos para entrar o salir de Joyce o los estadounidenses para entrar o salir de Faulkner?", se pregunta Martini. "Según algunos discursos, Borges sería como una especie de lápida que nos enterró la palabra a todos. Esto es de una torpeza que no logro entender. Hay que leer y releer a Borges". Martini comenta que un escritor de su generación que hizo la primer gran relectura de Borges fue Miguel Briante en Las hamacas voladoras. "Borges es un escritor radiante en la literatura argentina, en el más amplio sentido de la palabra radiante; está en Miguel Briante y en los mejores escritores vivos de mi generación".

"Borges no es un tema, no es sólo la refutación de la realidad o del tiempo, o una literatura lúdica, erudita o siempre inteligente y magnífica; no es la precisión de la palabra o el adjetivo inventado para un sustantivo determinado. Borges es una literatura y un escritor así es aire puro para la literatura occidental". Sobre el famoso "matar a Borges" (consejo que les dio el polaco Witold Gombrowicz a los jóvenes escritores argentinos, antes de regresar a Europa), Martini observa que fue la Academia la que instaló la cuestión de cómo escapar de el autor de Historia universal de la infamia. "En algún momento se planteó que la escritura de Puig y de Saer, dos escritores a los que admiro, eran modos de salir de Borges. Pero no hay que salir ni entrar; hay que escribir leyéndolo. Este es un tema absolutamente teórico y falso. Son preguntas retóricas y vacías de sentido, y creo que han hecho daño en parte de mi generación, absolutamente plegada a estos postulados teóricos, y en los más jóvenes también. Borges es un escritor radiante que abre caminos todo el tiempo y que enseña a escribir mucho más que las teorías universitarias".

Martín Kohan piensa que lo que Harold Bloom calificó como "“la angustia de las influencias", su generación lo ha redefinido en otros términos respecto de Borges. Serían esas influencias, a las que se refiere el crítico estadounidense, pero sin la carga de la angustia. "Los que fuimos leyendo a Borges, a Puig y a Piglia vivimos todo ese proceso histórico condensado en las lecturas y pudimos tener esto más resuelto, con menos carga y peso", sostiene el autor de Narrar a San Martín y Dos veces junio. "Piglia resolvió a Borges en Respiración artificial y reacomodó el lugar de Macedonio Fernández respecto de Borges en La ciudad ausente", explica Kohan. "Hay ciertos estereotipos sobre Borges que son muy fáciles de retomar. Habría qué ponerse de acuerdo a qué nos estamos refiriendo cuando se dice que hay que retomar a Borges. Hay gestos que pueden resultar borgeanos como cierta solemnidad filosófica y de alta cultura, que es un modo de estereotipar a Borges y que no es lo más interesante de retomar", afirma el escritor. "Deberíamos recuperar la legítima ambición de una literatura y una escritura perfecta. Es un legado de un enorme peso, porque obviamente lo único que uno puede retomar es la ambición, pero no el logro. Ahí es donde efectivamente pesa. Pero hay algo de la construcción formal en el nivel de la frase, en el nivel del párrafo y del texto integral, en el caso de los cuentos, que me parece muy estimulante, aunque uno sepa que no le va a salir jamás", reconoce el autor.

"Otra cuestión de enorme productividad en Borges es la contaminación de géneros, que está vinculada con el orden de la perfección formal. El advirtió que el formato retórico de la crítica literaria podía funcionar para un texto de ficción, como en Pierre Menard, que es más genuino leerlo en clave cómica". Kohan cuenta que siente mucho más entusiasmo por la dimensión humorística de Borges y por su ironía. "Esto no se corresponde con ese estereotipo borgeano que se dio en un momento determinado, y que hoy me parece totalmente superado, que es el de la solemnidad de la alta cultura, que tiene que ver con una cierta construcción social de la figura de Borges". Aunque son muchos los equívocos que han circulado en torno a la construcción de Borges escritor, a Kohan le interesa subrayar especialmente el que está relacionado con la erudición borgeana. "En realidad, la cultura enciclopédica es la cultura del pobre, no la del erudito. El erudito no consulta esa clase de enciclopedias, que es la administración de la cultura más fácil y casi predigerida", precisa Kohan. "En sintonía con las lecturas que hicieron Alan Pauls o César Aira, veo a Borges como alguien que jaquea los signos de la cultura en beneficio de su propia ficción. No pone su ficción al servicio de la erudición. Al revés: más bien usa, en el sentido más especulativo, los materiales de la erudición porque descubrió que con eso también se podía hacer ficción".

"La crítica literaria y los escritores parecen -parecemos- obligados a situarnos ante la obra de Borges con diversas estrategias de lectura que a veces alcanzan el estatuto de teorías. De esa manera se lo ubicó a Macedonio Fernández como el escritor ectópico para descentrar al "sistema borgeano", plantea Luis Gusmán. "La oposición Borges-Arlt forma parte de la misma estrategia. También Gombrowicz con su escritura excéntrica representaba una manera de dislocar la máquina borgeana. Con el tiempo la obra de Puig, definida como antiliteraria, se presentaba como una ruptura respecto de Borges". Sobre las marcas que el autor de El aleph ha dejado en los escritores argentinos, Gusmán asegura que lo que más se ha tomado en cuenta son ciertos procedimientos borgeanos. "Los libros que han trabajado explícitamente la influencia borgeana son Cómico de la lengua, de Néstor Sánchez; Ley de juego, de Miguel Briante, y Siluetas de Luis Chitarroni". Aparte de la influencia de Borges en la escritura de Gusmán, el escritor confiesa que lo marcó en cuanto a la manera de leer. "El escritor argentino y la tradición, Kafka y sus precursores y Pierre Menard subvierten el campo de la literatura con el que Borges se encuentra, ya que estos textos ponen en juego la extraterritorialidad, la temporalidad retroactiva y la atribución errónea en toda obra literaria".

"Cada vez que lo leo -admite Gusmán- me produce lo que él llamaba la emoción estética necesaria para el lector". El autor de El frasquito y Villa recuerda al filósofo francés Michel Foucault, que en Las palabras y las cosas escribió: "Este libro nació en un texto de Borges, es sólo el inicio del grado de seriedad con que han sido tomados los sofismas de Borges". Según Gusmán, "es en este sentido de no confundir la seriedad con la solemnidad -el mismo Borges podía tomarse a sí mismo como un sofisma-, que vuelvo a reafirmar una frase de Oscar Masotta: Cierto borgismo siempre será pertinente".

Página/12 - Buenos Aires, 14/6/2006


Gabriela Mistral, el extrañamiento

Rivera Westerberg

Vivió 68 años. En el invierno de 1922 cuando zarpa rumbo a México ha tenido que elegir el exilio. Visitará Chile en tres ocasiones: 1925, 1938 y 1954: es una autodesterrada. Muere en Estados Unidos en 1957. El Premio Nobel de Literatura, que recibe en 1945, no tuvo ecos dignos en su país; recién seis años más tarde se la reconoce a regañadientes con el Premio Nacional. Chile la "oficializa", dice Volodia Teitelboim, como la poetisa de las rondas infantiles. Gabriela Mistral... el misterio de una cigarra, documental de Luis Vera -junto con algunos estudios sobre su trabajo y la biografía de Teitelboim- es un principio de pago de la inabarcable deuda moral que su país mantiene con ella.

En 2003 un realizador -como suele suceder, tal vez con más nombradía en el exterior que en su país- estrena Viola chilensis, un viaje hondo al alma de Chile. Luis Vera no hace el relato de una vida, busca, expone, se asoma a la epopeya de futuro -un futuro popular- que tejió con dulzura y la violencia de la pena Violeta Parra; sus canciones dicen tanto y de modo tan simple, que los estamentos de la cultura oficial chilena prefieren se diluya en la nebulosa de los análisis anecdóticos. O profesorales. Otra suerte de polvo cósmico permea la vida chilena con la imagen brumosa de Gabriela Mistral. País de poetas dicen que es el "largo remo" acostado a orillas del Pacífico Sur, tal vez. Pero a pocos los desconocen tanto los chilenos como a sus poetas. No faltan estudios, pero termina por imponerse el estereotipo. Acaso resulte más fácil así. No para todos, empero. No para Luis Vera, que estudió cine en Rumania, bebió de las fuentes cinematográficas suecas, ha mostrado su trabajo en Cannes, Montreal, Berlín, San Juan, La Habana, Trieste. Y que tal vez por su propio y prolongado exilio debió abrir la mirada para otear paisajes no constreñidos por un largo valle entre montañas y mar.

Es eso, esa mirada libre, atenta, crítica, con un inocultable sesgo latinoamericano demostrado con Miss Amerigua (1994), realizada en Paraguay, reflejo de la sordidez híbrida y corrompida de una cierta América, o con Bastardos en el paraíso (2000) -espejo de la migración política de millares de chilenos a Suecia y sus problemas-, lo que ilumina los claroscuros de lo que se podría llamar la segunda generación de cineastas chilenos formados en el exterior -la primera la componen Raúl Ruiz y Patricio Guzmán, en escala menor Miguel Littin-. Y claroscuros, en la doble acepción de distribución de luces y sombras y contradicciones, componen los más de 80 minutos de Gabriela Mistral... el misterio de una cigarra. No es fácil allegarse a la vera de un escritor con el rigor y desprendimiento que exige la técnica documental, en especial si la iconografía es escasa, como en 1994 lo probó la airosa "reconstrucción" de los primeros años de Corázar del cineasta argentino Tristán Bauer. Pero este filme va más allá.

No intenta armar el rompecabezas Mistral, a cambio nos entrega -con reflexiva pasión- la imagen que dejó Gabriela de América, los ecos de su personalidad en otras personalidades. Era como "una estaua de madera negra de grande gentileza", en el recuerdo de una poeta italiana. Otro testimonio nos la descubre como alguien que "escribió sobre las pasiones humanas". Todos coinciden en su apasionada entrega a la educación, a la redención por la educación de la pobreza y la marginalidad. La minuciosa arqueología de lugares que atravesó e interpretó el pétreo, duro y matricial lenguaje mistraliano y los enseres que alguna vez fueron su entorno inmediato, contribuyen a hacer de este documental una aventura espiritual a la que pocas veces se nos ha convocado.

El historiador Luis Vitale (Gabriela Mistral y la identidad latinoamericana, mayo de 2004) nos recuerda un texto de la poeta: "Odio al yanqui ¡no!, nos está venciendo, nos está acorralando por culpa nuestra, por nuestra languidez tórrida, por nuestro fatalismo indio. Nos está disgregando por obra de algunas de sus virtudes y todos nuestros vicios raciales ¿por qué no odiaríamos? Que odiemos lo que en nosotros nos hace vulnerables a su clavo de acero y de oro: a su voluntad y a su opulencia. Dirijamos toda nuestra actividad como una flecha a ese futuro ineludible: la América española una, unificada por dos cosas estupendas: la lengua que le dio Dios y el Dolor que da el norte". El fatalismo indio ya no lo es: las naciones se han puesto en marcha. El resto, hasta la fecha, es asunto de política en las capitales. Y matar -dice una de las personalidades entrevistadas para el documental- es no entender la vida de una persona. El filme de Vera, así, conforma un paso importante para detener el constante asesinato de Gabriela Mistral.

Piel de Leopardo - 9/6/2006


El escritor comprometido

María Esther Gilio

Algunos de los libros que escribió Sergio Ramírez son: Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiell Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera aparecida en Francia; Cuentos completos (1996), con prólogo de Mario Benedetti; Margarita, está linda la mar (1998), Premio Alfaguara de Novela, y Sombras nada más (2002). El escritor también formó parte del Grupo de los 12 que constituyó la primera alternativa política a la dinastía Somoza en los años '70 y también, junto con el poeta Ernesto Cardenal, fue miembro del movimiento sandinista que derrocó a la dictadura de Somoza, vicepresidente de Nicaragua en 1985. Desilusionado por la derivación del Frente Sandinista, Ramírez criticó duramente a la conducción encabezada por Daniel Ortega, que en la actualidad es el candidato presidencial de esa fuerza política, y se retiró de la organización, al igual que Cardenal.

-Hay una pregunta que le hace la periodista Lourdes Durán en Mallorca, que usted transcribe en el libro del que vamos a hablar, Mil y una muertes. La pregunta dice "¿Cómo hace un escritor para ocuparse de una próxima novela antes de rematar la que tiene entre manos?". Yo le repito esa pregunta que en su libro no responde. Y al mismo tiempo me pregunto si tal situación es real.

-Sí, claro. Eso ocurre porque a medida que se escribe un libro hay otros que vienen formándose en la mente. Y, tal vez, se suma a esto una ansiedad, aún mayor, que es la de escribir todos los libros al mismo tiempo.

-Cosa que ni Dios podría. Me resulta extraña esa idea. Recuerdo a Silvina Ocampo diciendo: "Me cuesta desprenderme del libro. Está allí, terminado, y lo retengo un poco más. Un poco más". Uno se pregunta si te pasa con otras cosas.

-Tal vez me ha pasado con la revolución. Uno querría que todas las cosas ocurrieran de una sola vez. Transformar al país de una sola vez. Pero en esto de los libros, se dan las dos cosas. La ansiedad por acabarlo y la tristeza de despedirse.

-¿En qué momento ocurre eso? ¿Cuando ve al libro, ya con sus tapas, saliendo hacia las librerías?

-No, uno se despide cuando junta todas las hojas, lo envuelve, se lo mete bajo el brazo y sale para la editorial. Ahí terminó todo.

-No vuelve a leerlo.

-No, difícilmente. Me da horror asomarme a un libro que tenga errores que son ya irreversibles.

-¿Le ha pasado?

-Sí, encontrarme, de pronto, con cosas que no querría haber puesto ahí. Pero ahí están. Sé que me ha pasado.

-Hoy no se habla ya del compromiso del escritor. Pero sí, creo que se puede preguntar sobre el papel del escritor en la sociedad contemporánea. Escribir es dar una visión del mundo y ésta puede ser comprometida o cómplice.

-Sí, eso es así. Y hay casos en que esto es aún más claro. Cuando se trata de alguien que viene de una revolución.

-De ahí viene usted.

-Sí, de ahí. ¿Cómo, entonces podría olvidar que tengo un compromiso? Y en esto del compromiso yo prefiero recurrir a Voltaire, quien estaba permanentemente defendiendo situaciones injustas. Más de 80 mil cartas escribió movido por el deseo de justicia. Ahora, él decía que eso lo hacía como ciudadano, no como escritor. Y bueno, yo creo que si un escritor tiene algún peso en la sociedad debe usarlo. Claro que en época de Voltaire el escritor podía hablar de todo, su peso era ecuménico. Hoy ya no. Hay lo que llaman nichos. Horrible palabra.

-¿Temas?

-Sí, derechos humanos, ecología, globalización.

-Si uno examina por encima su vida, ésta aparece dividida entre la política y la literatura. Cuéntenos de sus estados de ánimo en una y otra actividad.

-Bueno, en la política ya no estoy. Pero cuando estuve me tragó como escritor.

-Piensa que son oficios incompatibles.

-Sí, sí, en principio lo son. Cuando estaba dedicado a la revolución no tenía ni tiempo ni ánimo para ninguna otra cosa. Y fueron 10 años. Cinco para derrocar a Somoza y cinco tratando de rearmarlo todo. En esos años olvídelo, es imposible la literatura.

-Está claro que en momentos así la literatura no existe. ¿Y cuando fue vicepresidente?

-Cuando fui electo vicepresidente pensé que tenía ya diez años sin escribir, a los que debía añadir los seis de la vicepresidencia... Es evidente que si no escribía ahora se terminaba el escritor, pensé, tengo que escribir como sea. Y me busqué horas. Me levantaba a las cinco y escribía hasta las 8, todos los días. Así terminé aquella novela, Castigo divino, que vine a presentar en Montevideo. En cuanto a su pregunta diré que me siento más confortable ahora, con la escritura.

-Y no con la política. Todo aquel esfuerzo. La revolución está un poco en ruinas. ¿Usted qué dice?

-Digo que sí y que uno tiene que vivir con esa espina.

-Una espina más dolorosa porque el daño no viene de afuera, como vino alguna vez.

-Sí, claro. Pero el pasado no se puede corregir. Hice lo que creí en ese momento que era mi deber, mi obligación. Lo hice a fondo, con una gran sinceridad. Yo creo que la revolución se desgastó. No como movimiento popular.

-Se desgastaron sus dirigentes.

-Sí, yo creo que los dirigentes no merecían esa revolución.

-Tal vez no hay que hablar de desgastarse, es más sincero decir corromperse: ¿Qué pasa con Ortega?

-Ortega es hoy un bandido más. Es como Arnoldo Alemán, tienen sometido al país a sus caprichos. Otros se han enriquecido mucho.

-¿Quién, por ejemplo? ¿Borge?

-Sí, Borge, Arce. Ellos tienen negocios que consideran legítimos.

-¿Por qué legítimos?

-Porque son grandes empresarios.

-¿Pero el dinero de dónde salió?

-Ah, bueno, ahí está la pregunta. Ninguno de nosotros tenía bienes de fortuna cuando llegamos.

-¿Se puede decir que el Frente Sandinista ha sido tomado por la corrupción?

-Pues sí, claro. Manejan los jueces. La Justicia está completamente en manos de Daniel Ortega.

-Cardenal, por supuesto, está afuera de todo esto.

-Cardenal muy bien, siempre muy firme en sus principios. El está afuera.

-En cuanto a Ortega tenemos, todavía, el escándalo familiar.

-Sí, claro, pero los jueces lo han protegido, lo liberaron inmediatamente.

-Ortega tiene en todo esto a Arnoldo Alemán de socio.

-Sí, entre los dos aumentaron los miembros de la Suprema Corte de Justicia de siete a diecisiete.

-Usted está hoy fuera de todo eso.

-Afuera... En un sentido sí, pero yo hablo, escribo, denuncio.

-Volvamos a algo que a pesar del título es menos triste: su libro Mil y una muertes. Usted sabe que leyéndolo recordé la frase de un Premio Nobel de Puerto España: "Es el deseo del lenguaje, rodear con sus brazos el mundo amado".

-Eso lo dijo Derek Walcott. ¿Y por qué la lectura de mi libro le recuerda esas palabras?

-Claro que por el lenguaje. Ese lenguaje que nos permite asomarnos a la felicidad de quien está escribiendo. Dígame cómo se sentía mientras escribía.

-Es verdad que disfruté mucho escribiendo este libro. Hubo sí un gran placer que tiene que ver con el lenguaje. Yo sé que uno puede tener las mejores ideas, pero que nada valdrían si no encuentra la manera eficaz de plasmarlas.

-Ante las cosas bien escritas se tiene siempre la sensación de que se escriben al correr. Después una se entera de que no es así.

-Tampoco es así esta vez. Hago hasta ocho borradores.. la computadora facilita mucho el trabajo. Pero la verdadera corrección se produce cuando, después de imprimir, se corrige a mano.

-Una vez escrito el poema se guarda en un cajón y se saca nueve días después, decía Borges. Llamaba "el novenario" a estos días de reposo.

-Creo que sin corrección no hay escritura. Kafka decía que el arte de escribir es el arte de corregir. Cuando llego a esta última corrección yo digo que le quito las vendas a la momia.

-¿Por qué las vendas?

-Por una razón, porque uno se enamora de lo que ha escrito, se entusiasma. Pero después que lo ha metido en la gaveta, después que se ha enfriado uno lo ve y... muchas veces se pregunta ¿cómo pude escribir esto?

Sergio Ramirez ríe mucho. Durante casi toda la entrevista ríe con ganas. Sus carcajadas acompañan la mayor parte de la entrevista. Cuando le pregunto -fuera del grabador- si esa costumbre de pensar en el próximo libro cuando aún no terminó con el anterior le pasa con otras cosas de su vida, con las mujeres, por ejemplo, responde con una risa explosiva que demora en desaparecer. Le pregunto entonces si no cree que algo que nos diferencia de ellos es la alegría. El, sin dejar de reír, dice que tal vez.

-Volviendo a esa mezcla de verdad y fantasía que es su libro, uno quiere saber, por ejemplo, si Castellón, el fotógrafo es real, si existió.

-No, no existió.

-Usted lo creó, entonces, seguramente, a partir de su particular relación con la fotografía.

-Sí, creo que sí. En la primera novela que yo escribí, cuando tenía 25 años, Tiempo de fulgor mostraba ya una gran fascinación por la fotografía. Puse en ese libro un epígrafe de un poema de Ernesto Cardenal que dice "Dónde estarán riendo ahora esos rostros, si todavía se ríen".

-Usted, cuando presenta a Castellón en el libro, dice haberlo conocido por una foto tomada por él en un ghetto polaco. En el suelo están muertos la hija de Castellón y su yerno. El hijo de ambos, un niño de 7 u 8 años, está de pie con los brazos levantados y la estrella amarilla sobre el pecho. ¿Esa foto existió? Pienso en la que recorrió el mundo, con el niño a la derecha, los brazos en alto y el rostro tembloroso.

-Sí, seguramente la vi alguna vez y ésa fue la idea gráfica que me quedó.

-A partir de la cual usted plantea una disyuntiva terrible. Frente a su hija y yerno asesinados y su nieto aterrado, el fotógrafo enfría sus sentimientos y recoge en una foto el testimonio. ¿En esa situación usted habría tomado la foto?

-No... no sé... no, pienso que no. Pero esa disyuntiva...

-Dispara mil asociaciones. Yo recordé Detrás de un vidrio oscuro, en que Bergman describe a un hombre anotando los cambios que se producen en su hija tomada por la locura.

-Sí, la situación es semejante, en las dos está el infinito dolor y la necesidad de registrarlo, de dar testimonio. Aunque también podemos pensar que el dolor no existió.

-Hay otra cosa en su libro que resulta curiosa al lector. Su desconfianza frente a los momentos en que la sociedad levanta a sus héroes. Frente a los bustos de piedra o bronce usted se pregunta cómo es por dentro, quién es en verdad.

-Eso empezó pasándome, y me pasa mucho todavía, con Rubén Darío. Siendo yo niño mi madre me recitaba las poesías de Darío, las aprendía en la escuela, luego tenía que recitarlas. Darío siempre estaba en el aire. Y desde niño me empecé a preguntar quién era. Quién es, me decía. Las biografías de Darío siempre son muy inocentes. Pero uno va entrando en su vida y empieza a ver los dramas internos.

-Era alcohólico.

-Sí, su madre lo abandonó a los dos años y nunca conoció a su padre. Lo crió una tía abuela. El creció como un niño tímido, inseguro. Cosas que trataba de contradecir con el alcohol. Lo que él llamaba "paraísos artificiales". El estaba consciente de su alcoholismo pero, al mismo tiempo era un gran trabajador. Vivía de lo que escribía en La Nación. Y cuando se sentaba a escribir era muy riguroso.

-¿El diario argentino?

-Sí, él vivió en Buenos Aires diez años, luego Mitre lo nombró corresponsal en España. La Nación era entonces el diario más importante de la lengua española. El fue a cubrir la derrota de España frente a Estados Unidos en la guerra de Cuba. Hay un libro de él, muy bello, que se llama España Contemporánea, que reúne sus crónicas de entonces.

-El primer capítulo de su libro lleva la firma de Rubén Darío y no sé pero su lenguaje permite pensar que sí es de Darío, ¿es?

-No..., es mío -dice riendo como suele.

-Pero usted es un mentiroso. Lo hace todo para que el lector se confunda.

-Sí, pero tuve que leerlo muchísimo antes de conseguir meterme en su estilo modernista y lograr confundir al lector.

-¿También son falsas las fotos de Darío. Por ejemplo esa en que está vestido con hábito de cartujo y tiene a Vargas Vila y otros de pie atrás?

-No, esas fotos de Darío no mienten. Son fotos reales. La mayoría de las fotos del libro las conseguí en el Mercado de la Lagunilla en México. Pasé días buscando, allí, en esos álbumes que las familias han vendido.

-Fotos de personas cualesquiera.

-Sí, cualesquiera, pero que se parecieran a mis personajes. Estos ya estaban escritos. Lo curioso es que esa búsqueda de las fotos se transformó, para mí, en parte de la escritura. Porque al encontrar que esta foto podía haber sido la de mi personaje completaba lo que ya había escrito.

-¿Sus personajes cambiaron algo a partir de las fotos?

-No, porque mi libro, que ya estaba publicado en México salió sin fotos. La idea de las fotos, que acepté de inmediato, fue de la editora española. Algunas de las fotos ya las tenía.

-En su libro está -entre tantas cosas- su admiración, tan común a los escritores, por Gustave Flaubert y también está su dureza por mostrarlo tal como lo ve.

-Sí, trato de llegar al fondo de lo que realmente era. Un hombre bastante pusilánime, que además tenía una teoría sobre la neutralidad del arte con respecto a la vida. El artista nunca debía entrometerse con la vida.

-Con eso de la neutralidad, tal vez, quería decir que el artista debe aislarse, no tener mujer, no tener hijos.

-Bueno, no los tuvo. Pero cuando él habla de neutralidad frente a la vida alude a que no debe ser factor de cambios. Sin embargo él, sabiendo que tenía sífilis, intentó acostarse, en Alejandría, con una prostituta que se niega y lo curioso es que con un gran desenfado él lo cuenta.

-Hay otro personaje que seguramente también es real, me refiero al Archiduque Luis Salvador. Un individuo muy extraño, bisexual, rodeado por una corte, sobre todo de mujeres, que lo sigue por el mundo y vive a sus expensas. En la foto que hay de él con su grupo uno puede detenerse largo rato a mirar las caras.

-Es que él recogía gente estrambótica. Era de la familia de los Habsburgo, un rebelde frente a la corte, un hombre que quería hacer sus cosas por sí mismo. Por eso era extravagante. Era, además, un gran científico, que escribió un libro importantísimo sobre la flor de las Baleares. Era filólogo.

-No sé cómo hizo pero consiguió meter en ese libro, sin volverlo pesado, muchas de sus obsesiones.

-Sí, muchas, pero ¿en cuál piensa?

-En el canal que cortando en dos a Nicaragua comunicaría el Atlántico con el Pacífico, ¿no es también una obsesión suya?

-El canal ha sido uno de los grandes mitos en Nicaragua. Los conquistadores llegaron a Nicaragua buscando lo que llamaban "El Estrecho Dudoso", que conectaba a los dos océanos. Cuando Colón -en su cuarto viaje- pasa frente a la desembocadura del río San Juan, en la costa de Nicaragua, no ve que lo que busca está ahí, entre la bruma.

-¿El lugar es angosto como para permitir un canal?

-Cuatrocientos kilómetros. El doble que Panamá. Esta idea del canal va a desvelar a los conquistadores, a los colonizadores. Y después a los ingleses y a los norteamericanos. Y sigue siendo una idea recurrente: el verdadero progreso del país no se va a conseguir sino cuando se abra este canal. Es como un sueño de civilización. Los próceres liberales vieron desde la oscuridad de las provincias el sueño de civilización a través del canal. Mientras para los ingleses y los franceses Nicaragua no existía.

-Lo que para ustedes era el futuro...

-Para ellos era nada. Nosotros no existíamos. Nosotros no teníamos derecho a existir.

-¿Habrá cambiado eso? No digo sólo para ustedes, sino para todos nosotros.

-Sí, más que nunca, más que nunca. Aunque creo que si ellos pudieran acabar con nuestras soberanías lo harían sin temblar.

-¿Cómo sería, entonces, el mundo?

-Dividido en territorios de producción. Aquí las telas, aquí las plantaciones, aquí los chips de las computadoras.

-¿Y ellos dónde?

-Pues dónde, en el lugar de los dueños del universo, viviendo la vida de dueños, ¿qué más?

-Usted en un momento dice: "Nuestra cultura no termina de consolidarse". No sé si se refería a Centroamérica o a toda Latinoamérica.

-Yo creo que en el pasado teníamos patrones muy distintos en las diversas zonas. Teníamos Centroamérica, el Caribe, el Río de la Plata, Chile. Desde Centroamérica veíamos el Cono Sur como el lugar de la educación, del desarrollo, del civismo. Y de pronto cosas que sólo ocurrían en Centroamérica empezaron a ocurrir acá. Y así una bailarina de cabaret, cuyo consejero es un brujo asesino, fue presidenta de Argentina. Y luego Uruguay, ¿quién podía imaginar una dictadura en Uruguay?, un país donde mientras nosotros teníamos a Somoza, tenía presidencias pluripersonales con presidentes que rotaban. Así nos encontramos con cosas que eran difíciles de imaginar. Que a este tipo que es enemigo del régimen -para disimular- pedimos al país de al lado que nos lo maten. Porque el país de al lado es nuestro socio en esto de matar, porque se había formado una red criminal entre los Estados. Y así mandan, de un país a otro, a una joven de 18 años, embarazada, para que luego de parir se robe su hijo y se la mate.

Página/12 - Buenos Aires, 8/5/2006


Lenguas indígenas en agonía

Diego Cevallos

Cientos de lenguas desaparecieron en América Latina y el Caribe en los últimos 500 años y varias de las más de 600 que aún sobreviven podrían correr la misma suerte dentro de poco. Agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y algunos expertos sostienen que se trata de una tragedia evitable, pero hay quienes lo ven como un destino consustancial a toda lengua. Enfrentadas a la cultura occidental y a la presencia dominante del castellano, portugués e inglés, lenguas indígenas como el kiliwua en México, el ona y el puelche en Argentina, el amanayé en Brasil, el záparo en Ecuador y el mashco piro en Perú, apenas sobreviven por el uso que hacen de ellas pequeños grupos de personas, en su mayoría ancianos. Pero también hay otras como el quichua, aymara, guaraní, maya y náhuatl, cuyo futuro parece más halagüeño, pues en conjunto las hablan más de 10 millones de personas y muchos gobiernos apadrinan su existencia con distintos programas educativos, culturales y sociales.

En el mundo hay alrededor de siete mil lenguas en uso y cada año desaparecen 20. Además, la mitad de las existentes están bajo amenaza de extinción, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (Unesco). Esta agencia, que promueve la preservación y diversidad de las lenguas en el mundo, sostiene que la desaparición de un idioma es una tragedia, pues con ella se esfuma una cosmovisión y una cultura particulares. Pero no todos lo ven así. "La extinción de lenguas es un fenómeno consustancial con la existencia misma de ellas, y ha venido sucediendo desde que el hombre emitió su primer sonido con valor lingüístico", dijo a Tierramérica José Luis Moure, filólogo de la Universidad de Buenos Aires y miembro de la Academia Argentina de Letras. En contraste, Gustavo Solís, lingüista peruano experto en lenguas vernáculas y autor de estudios sobre el tema en la Amazonia, afirma que "no hay nada en las lenguas que diga que deba desaparecer una y mantenerse otra".

"Toda desaparición de lengua y cultura es una tragedia mayor de la humanidad. Cuando ocurre, se extingue una experiencia humana única e irrepetible", declaró Solís a Tierramérica. Según este especialista, hay experiencias que indican que es posible planificar la revitalización de lenguas para que no mueran, pero que los esfuerzos que se hacen al respecto en América Latina y el Caribe son aún pequeños. Cuando llegaron los europeos a América, en el siglo XV, había entre 600 y 800 lenguas sólo en América del Sur, pero con el proceso colonizador "la inmensa mayoría desapareció y en este mismo momento, hay lenguas en proceso de extinción por el contacto desigual entre la sociedad occidental y algunas sociedades indígenas", expresó.

Fernando Nava, director del gubernamental Instituto Nacional de Lenguas Indígenas de México (Inali), señaló a Tierramérica que las lenguas desaparecen por evolución natural, lo que es entendible, o por la presión cultural y por la "discriminación" que sufren sus hablantes. Es contra la segunda causa que muchos gobiernos, agencias internacionales y académicos enfocan sus esfuerzos, pues se trata de algo inaceptable, declaró. En este campo, en América Latina y el Caribe estamos apenas transitando por una etapa de "sensibilización", opinó.

Según la Unesco, la mitad de las lenguas existentes en el mundo podría perderse dentro de "pocas generaciones", debido a su marginación de Internet, presiones culturales y económicas y el desarrollo de nuevas tecnologías que favorecen la homogeneización. En las selvas amazónicas sobreviven pueblos indígenas aislados, que se niegan a tener contacto con el mundo occidental y su "progreso". Suman unas cinco mil personas pertenecientes a varias etnias, entre ellas, los tagaeri en Ecuador, los ayoreo en Paraguay, los korubo en Brasil y los mashco-piros y ashaninkas en Perú. De acuerdo con Rodolfo Stavenhagen, relator especial de la ONU sobre Derechos Humanos y Libertades Fundamentales de los Indígenas, esos nativos enfrentan un "verdadero genocidio cultural. Me temo que en las circunstancias actuales es muy difícil que sobrevivan muchos años más, pues el llamado desarrollo niega el derecho de esos pueblos a seguir siendo pueblos".

Aunque el universo de idiomas y dialectos en uso en el mundo es alto, la gran mayoría de la población habla apenas un puñado de ellos, como el inglés o el español. Para garantizar que la diversidad lingüística se mantenga, la comunidad internacional acordó en los últimos años una batería de instrumentos internacionales y expertos organizan periódicas citas donde analizan el tema. Una de esas últimas reuniones se celebró del 31 de marzo al 2 de abril en el central estado estadounidense de Utah, donde funcionarios y estudiosos del tema de toda América debatieron sobre cómo evitar la desaparición de docenas de lenguas en la región.

Desde 1999 y por iniciativa de la Unesco, cada 21 de febrero se celebra el Día Internacional de la Lengua Materna. Además, existen acuerdos en el sistema de la ONU, como la Declaración Universal sobre la Diversidad Cultural y su Plan de Acción, de 2001, y la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial, de 2003. También está la Recomendación sobre la Promoción y el Uso del Plurilingüismo y el Acceso Universal al Ciberespacio, de 2003, y la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, de 2005. Según el argentino Moure, es importante trabajar por la preservación de las lenguas, aunque el número de sus usuarios sea pequeño, pues "son marcas de identidad que merecen el máximo respeto y atención científica". Pero "no estoy tan seguro de que la muerte de una lengua implique necesariamente la desaparición de la cosmovisión que conlleva, porque sus hablantes nunca dejan de hablar (a menos que los extermine una enfermedad o un genocidio) sino que, después de un período de bilingüismo, adoptan otra lengua que les resulta más útil por su mayor inserción en el mundo. Este es un hecho de la realidad, y creo que debe admitírselo sin apelar a excesivas teorías conspirativas", apuntó.

Tierramérica - 8/4/2006


Al peruano Roncagliolo el Premio Alfaguara

Fabiola Palapa Quijas y Armando G. Tejeda

El peruano Santiago Roncagliolo, ganador del Premio Alfaguara de Novela, escribió Abril rojo, historia que invita a la reflexión sobre el silencio de una guerra, a partir de la pregunta: ¿por qué llega un momento en el que las personas deciden buscar un fusil y matarse mutuamente? La obra, con la que obtuvo la novena versión de ese galardón, describe de manera cruda la intervención de la política en la vida de las personas, después de lo ocurrido en Perú en los años recientes. "Trata del silencio de una guerra, del silencio que provoca la violencia que nos obliga a pensar cosas que quizá no queremos ver o no queremos pensar sobre nosotros", explicó Rocangliolo.

A partir de situaciones que no puede explicarse surgen las historias del escritor, a quien le interesa que el lector viaje a los escenarios en los que imagina su relato, para que al salir de ese mundo que no existe pueda reconocer los problemas en la realidad y encararlos de manera distinta. Al respecto, señaló: "Las novelas y la literatura que me interesa hacer son precisamente de las cosas que no se hablan; la obra trata de rasgar cierto silencio".

El jurado, presidido por la escritora mexicana Angeles Mastretta, destacó que Abril rojo -presentada con el seudónimo Agente Elespuru- es una obra con gran eficacia expresiva, fuerza dramática y originalidad, donde el tratamiento de un tema político con las peripecias de una novela negra arrastra y conmueve al lector desde la primera página. Para escribirla, el autor conversó con terroristas y militares, gente que había matado a otras personas, y le sorprendió que tenían razones para hacer lo que hacían y podían sentirse convencidas de que la muerte era la mejor solución. "Esta novela implica una reflexión sobre la espiral que se crea y sobre cómo cuando un bando exige justicia social o muerte y el otro exige orden y muertes, lo que sucede son muchísimas muertes y poca justicia y orden; eso es un poco lo que anima la escritura de la obra", indicó el escritor, quien radica en España. Escribir sobre Perú, dijo Roncagliolo, "es una manera de volver con la imaginación y con la memoria, pero también porque es allí donde me siento más cómodo para escribir historias que considero universales. Es un país donde uno cuenta las cosas como son y aparece una gran novela".

Abril rojo describe el devenir de Lima, donde se entremezclan las tramas políticas, la violencia terrorista de Sendero Luminoso con el transcurrir individual de los personajes. Al referirse a su estilo narrativo, el autor de Pudor y El príncipe de los caimanes comentó que le interesa que el narrador desaparezca y el lector se sumerja en la historia y olvide que se la están contando; para eso recurre a la narrativa muy visual. Explicó que en su novela no trata de ilustrar una ideología, sino de describir un conflicto, pues es importante que las ideas políticas no se traguen a la literatura. "Tiene que ver con la necesidad de hablar de nuestra realidad y de temas universales como la guerra, la violencia y el terrorismo, bajo una luz nueva y no marcada necesariamente por la tradición literaria". Roncagliolo explicó que el thriller es el mejor espacio para hablar de la guerra, además de que no hay manera muy sutil de abordar este tema en realidad. El escritor, quien desea que Fujimori sea extraditado y juzgado, comentó que el mejor escenario político es el de la democracia estable en la que existan alternativas, pero le preocupa que algunas de esas opciones se identifiquen con el autoritarismo.

El jurado de esta edición estuvo integrado por Mastretta, Antonio Caballero, Isabel Coixet, Juan González, Fernando Iwasaki, Juan Antonio Masoliver Ródenas y Carme Riera. El galardón está dotado de 175 mil dólares, así como la promoción de la novela en todos los países de habla española. Abril rojo fue seleccionada entre 510 manuscritos, de los cuales 79 fueron de México, 141 de España, 109 de Argentina y 56 de Colombia.

La Jornada - México D.F., 28/2/2006


Galardonan a Laura Restrepo con el Grinzane Cavour

Ericka Montaño Garfias

La literatura está rompiendo fronteras. Hoy el sitio específico de pertenencia, la nacionalidad, no es un dato que pese como pesaba y esa ya es una gran ventaja, afirma la escritora colombiana Laura Restrepo, cuya novela Delirio fue designada como ganadora del Premio Grinzane Cavour en el rubro de narrativa extranjera, que consta de 5 mil euros y se entregará en junio próximo en la ciudad italiana de Turín. "Me parece que no solamente con la literatura colombiana, sino en general, la literatura latinoamericana, nuevamente hay una racha de audiencia y de interés por las cosas que se escriben en este continente", señala la autora en entrevista telefónica con La Jornada, desde Colombia. "Está la puerta abierta, sopla el viento de acá para allá y de allá para acá. Todos los augurios son buenos porque ya los autores latinoamericanos tienen carta de ciudadanía en temas que son universales. Me parece que ha llegado una buena etapa en la que las novelas escritas en este continente se toman en cuenta, independientemente de que el tema sea o no latinoamericano. Quizá eso antes no era así", pues con anterioridad se daba peso al país de pertenencia de los escritores, subraya Restrepo, galardonada en 1997 con el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

"En este momento de globalización desaforada -prosigue Restrepo- ese cambio representa una ventaja porque significa moverse con más libertad, quiere decir que no estás hablando de tus tópicos y para tu gente, sino que en la medida en que tratas temas que atañen a la gente la literatura circula. Es lo que está ocurriendo con los autores indios o paquistaníes, por ejemplo, que escriben y desde luego hay un telón de fondo que atañe a sus costumbres, sus tradiciones, pero que están contando una historia que podría suceder en Estados Unidos, América Latina o en Europa". Eso es lo que ocurre con Delirio -que obtuvo el Premio Alfaguara de Novela en 2004-, cuyo telón de fondo es la realidad colombiana, pero el tema es universal: la locura "que es algo que inquieta y apasiona en todos lados por igual. Finalmente es la historia de una mujer que está enloqueciendo y cuyo marido trata de sacarla de ese pozo negro de su locura. Creo que en otros países toman las circunstancias del relato -Colombia- sólo como circunstancia, y lo que leen es una historia de lucha contra la locura". Por ello, añade, los temas de la literatura contemporánea van más allá de las fronteras, porque "otro de los sellos que la caracteriza es la diáspora, la movilidad de un país a otro, el aprendizaje de varias lenguas, la convicción de la gente de que para arreglárselas en esta vida tienen que tener presencia en muchos lugares del planeta, y la literatura ha entrado a ser parte de ese panorama de intercambio, quizá más agudo y acelerado de lo que era antes".

Delirio es la cuarta novela de Laura Restrepo que se publica en italiano. La antecedieron Dulce compañía, La novia oscura y El leopardo al sol. Al respecto, dice la escritora: "Delirio me sigue dando cosas, las otras tres pasaron bajitas de repercusiones y este premio es ya una señal de que la cosa comienza a funcionar allá". Esta novela ganadora ya fue publicada en francés y ya está lista la traducción en inglés. "Que esté en italiano es una buena señal de que las cosas nuestras, los temas nuestros, son leídos fuera". La autora colombiana, quien ya prepara su nueva novela para publicarse el año próximo, compartió el Grinzane Cavour de Literatura Extranjera con el irlandés, Roddy Doyle y el egipcio Gamal Ghitani. Entre los galardonados en años anteriores figuran Cees Noteboom, Javier Cercas, Rosa Montero, Graham Swift y Michel Tournier.

La Jornada - México D.F., 25/1/2006

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