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"Estoy orgullosa de mí, soy una pecadora" Silvina Friera "Al fin un jurado honesto", dijo la escritora Aurora Venturini, y se ganó los primeros aplausos de la tarde en el Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires. A los 85 años, esta narradora, poeta, traductora y ensayista platense -que trabajó con Eva Perón en la fundación que llevaba su nombre- se convirtió en la primera ganadora de los 30 mil pesos y la escultura de Adolfo Nigro del Premio Nueva Novela, organizado por Página/12 junto al Banco Provincia, con Las primas. "Los premios más importantes que he tenido los he recibido en el extranjero. Me tuve que ir por no pensar como otros pensaban": rompiendo con la solemnidad que abunda en los discursos de agradecimientos, la dama platense, apoyada en su bastón, coqueta y con su pelo colorado prolijamente peinado, dio una clase magistral en la que mezcló su ironía, histrionismo y excentricidad al compararse con Manuel Mujica Lainez. "Soy una gran escritora, tal vez la mejor porque una no se va a desvalorizar; éste no es el mejor libro que tengo, tendrían que leer los demás. Estoy nivelada con Manucho, él me lo decía". "He visitado tantos museos, he estado en tantos lugares que casi me olvidé del español cuando volví a pisar esta tierra tan dura. Si en el '56 no me iba, hoy no estaría viva. Fue la época en la que conocí a Simone de Beauvoir, a Jean-Paul Sartre, a Camus, a Ionesco, a tanta gente...", enumeró Venturini, que se tuvo que exiliar en 1956, en plena Revolución Libertadora, y entre idas y vueltas pasó veinticinco años en París y otras ciudades europeas. "Me comí muchas palizas, la pasé muy mal con la libertadura, como la llamo yo. ¡Qué orgullosa de mí que estoy, soy una pecadora!", bromeó la ganadora, que presentó su novela bajo el seudónimo "dantesco", como lo definió Juan Sasturain, de Beatriz Poltrinari. Era un placer escucharla, daban ganas de que se quedara ahí, con su bastón y el micrófono, que continuara revolviendo en el cofre de su prodigiosa memoria, que contara alguna anécdota más. "Estuve tantos años lejos, que a veces, cuando me despierto en mi departamento de La Plata, donde vivo sola, no sé dónde estoy. Pero amo a mi ciudad, aunque esté tan rota", señaló la escritora que estuvo casada con el historiador Fermín Chávez, recientemente fallecido. "Siempre me salgo de lo que tengo que hablar, me gusta hablar tanto, soy tan charlatana, pero ya no lloro por las torturas". Las primas, una historia de iniciación ambientada en unos equívocos años '40, según plantea en sus fundamentos el jurado -integrado por Juan Ignacio Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain-, despliega el mundo tortuoso de una familia disfuncional de clase media baja de La Plata. "Las mitologías del barrio, la familia, la sexualidad femenina y el ascenso social a través de la práctica de las Bellas Artes aparecen puestas en escena y desmenuzados por la voz inconfundible de la narradora, Yuna, una primera persona que contempla el mundo con una mirada salvaje, a la vez cándida y brutal, perspicaz y ensimismada, y lo narra con una prosa que pone en peligro todas las convenciones del lenguaje literario", subrayó Pauls. "A mitad de camino entre la autobiografía delirante y el ejercicio impúdico de la etnografía íntima, Las primas es una novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio". Venturini sorprendió a todos cuando confesó: "Yo ronco y escribo ocho horas diarias". La ganadora, que nació en La Plata y en cuya universidad se graduó en Filosofía y Ciencias de la Educación, es autora de más de treinta libros, entre poesía, narrativa, ensayo, crítica e investigación, entre los que se destaca Nosotros, los Caserta, Las Marías de los toldos, con prólogo de Fermín Chávez y Poesía gauchipolítica federal. Como docente, se desempeñó como profesora de Filosofía, Lógica, Matemáticas y afines en establecimientos educacionales de la ciudad de La Plata y Lomas de Zamora. Escribió para los diarios El Día, El Argentino, La Razón, Clarín, La Nación, La Prensa, Democracia y El Hogar, entre otros. Durante su exilio en París se relacionó con Violette Leduc, Eugene Ionesco, Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros intelectuales, y en Sicilia frecuentó la amistad de Salvatore Quasimodo. El gobierno francés la distinguió con la Cruz de Hierro por sus traducciones de Francois Villon y de Rimbaud y se acaba de editar su traducción comentada de Los Cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont. En 1991, Venturini fue nombrada ciudadana ilustre de La Plata, donde una biblioteca lleva su nombre. "No hablo más porque los voy a aburrir. Gracias señores por ser tan honestos", dijo la ganadora, mirando al jurado. "Algunos peinan canas, pero tienen el cutis sin arrugas". Cuando el fotógrafo se acercó, la ganadora, coqueta y risueña, amenazó: "Al que me saque fea, le pego". Y no faltó quien le preguntara cuál es el secreto para estar tan bien a los 85 años. "Trabajar, trabajar y trabajar, escribir lo que te guste, ése es mi secreto", respondió mientras le sacaban fotos y se acercaban a felicitarla. "Me he presentado a tantos concursos, que ya estaba resignada. Una vez me enteré que cuando abrieron el sobre y se enteraron que yo era la ganadora, dijeron: A esta no se lo damos. Es el precio que pagué por ser peronista". Envuelta por las flores y los abrazos de quienes se acercaban a felicitarla, Aurora repetía, por si acaso algún distraído no había escuchado bien, o no la habían entendido, que se fue del país por peronista. "Cuando Evita proponía algo lo hacía, no hablaba por hablar", añadió la escritora platense, que también fue amiga de John William Cooke. "Evita fue la mujer más amada y más odiada, odiada por las mujeres que no necesitaban trabajar y que se regían por sus apellidos, las que engordaban en sus jardines comiendo ostras y otras vituallas caras. En esa época el lugar reservado para la mujer era directora de escuela, maestra o monja. Yo estudiaba en la Universidad, pero éramos muy pocas muchachas". En el Centro Cultural Recoleta, esta excéntrica y simpatiquísima dama de las letras platenses no perdió la oportunidad de festejar con sus seres queridos un premio más que merecido. Página/12 - Buenos Aires, 5/12/2007 |
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La hora del Cervantes para Gelman Marcela Valente Suele decir que "nadie sabe qué es la poesía" y que "un poeta no escribe cuando quiere sino cuando ella lo dispone". Pero por fortuna las musas acuden con frecuencia hasta el escritorio del prolífico y multipremiado poeta argentino Juan Gelman, distinguido el 29 de noviembre con el premio Miguel de Cervantes. Capaz de convertir en poesía el dolor de la muerte y la nostalgia del exilio, Gelman recibió la noticia en México, donde vive desde 1989. "Fue una conmoción", dijo este hombre de 77 años que se exilió por la dictadura militar (1976-1983), padeció el asesinato de su hijo mayor, la detención y desaparición de su nuera y el secuestro de su nieta a manos de la represión. "No encuentro las palabras", dijo el poeta aún desconcertado, en una entrevista telefónica desde México con la agencia española EFE. "Es una emoción intensísima para alguien que ha pasado la vida leyendo a Cervantes", destacó sobre el anuncio, lanzado más temprano por el ministro de Cultura de España, César Antonio Molina. Hijo de una pareja de inmigrantes judíos de Ucrania, Gelman nació en 1930 en Buenos Aires. Influenciado por su abuelo materno, comenzó a escribir cuando apenas tenía 11 años. Como su padre, él también perteneció al Partido Comunista hasta ser expulsado en 1964. "Me echaron por haberme ido", recordó hace poco con ironía. Para 1956, con apenas 26 años, publicó su primer libro titulado Violín y otras cuestiones. Poco después fue El juego en que andamos (1959) y el muy apreciado Gotán (1962), donde ya vaticinaba, mucho antes de tener que abandonar su país por la persecución política, que había que "aprender a resistir". Conciente de las dificultades de vivir de la poesía, Gelman aportó su talento al periodismo. Contaron con sus trabajos, y en algunos casos hasta la dirección, las revistas Panorama y Crisis, los diarios La Opinión, Noticias y Página 12, entre otros medios de Argentina. También fue corresponsal en Buenos Aires de la agencia de noticias IPS (Inter Press Service), según él mismo recordaba en una entrevista con el diario Página 12 en marzo de 2006, y luego su jefe de redacción en los años 70. Fue desde esa corresponsalía en 1975 que viajó a Europa antes del golpe de Estado de marzo de 1976, que dio inicio a la sangrienta dictadura de siete años, y no pudo regresar hasta la recuperación democrática. Gelman era un militante muy comprometido de la insurgencia izquierdista peronista Montoneros. Encontró refugio primero en Italia y luego en España, Francia, Nicaragua y, finalmente, se estableció en México. Sobrevivió así a la persecución, pero recibió el golpe más duro de su vida cuando secuestraron a su hijo. Con apenas 20 años, Marcelo Gelman fue secuestrado en 1976 junto a su esposa, Claudia García Irureta Goyena, de 19 años y embarazada de ocho meses y medio. Sobrevivientes vieron a ambos en el centro de detención ilegal conocido como Automotores Orletti. Marcelo fue asesinado poco después del secuestro, pero su cuerpo fue identificado sólo en 1989. Había sido arrojado al río de la Plata dentro de un tonel de aceite con cemento. Claudia, en cambio, fue trasladada a Uruguay en el marco del operativo de coordinación represiva de las dictaduras sudamericanas conocido como Plan Cóndor y el paradero de sus restos aún es desconocido. Seguro de que su nuera fue asesinada, Juan Gelman emprendió la búsqueda en los años 90 en Uruguay de su nieta. Ante la negativa del entonces presidente de Uruguay, el centroderechista Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000), de investigar el caso, el poeta lanzó una campaña internacional de reclamo apoyada por cientos de firmas de personalidades. En 2000, luego de asumir el gobierno uruguayo el liberal Jorge Batlle (2000-2005), lograron encontrar a una joven, llamada Macarena, que había sido inscripta con nombre falso. El hombre era policía y ocupó un cargo jerárquico. Se confirmó que la hija de Marcelo y Claudia era esa joven, quien recuperó así su verdadera identidad: Macarena Gelman García Irureta Goyena. Desde entonces, el poeta reclama los restos desaparecidos de su nuera. Un equipo técnico contratado por el gobierno izquierdista de Tabaré Vázquez hace excavaciones en varios lugares donde pueden estar enterrados los cuerpos de Claudia y de otra treintena de detenidos-desaparecidos uruguayos. En vísperas de recibir la buena nueva del premio, Juan Gelman había recibido otra noticia conmocionante. La justicia federal de Argentina resolvió finalmente elevar a juicio oral la causa contra los ex jefes de las dictaduras de este país y de otros estados vecinos, responsables por las víctimas del Plan Cóndor, entre ellos su hijo, su nuera y su nieta sobreviviente. "La poesía es una situación más o menos inevitable. Para el lector es evitable. Para el que la escribe no", se justificaba hace unos meses al explicar sus dificultades para expresarse durante los días aciagos del exilio. Pero ese dolor no le impidió escribir ya una treintena de libros que guían hoy a jóvenes poetas de la región. La cosecha de premios, como suele ocurrir, llegó cuando el autor ya había entrado en la edad madura. En 1997 fue reconocido en Argentina con el Premio Nacional de Poesía y aprovechó la ceremonia para denostar las consecuencias sociales de las políticas neoliberales que aplicaba el entonces presidente Carlos Menem (1989-1999). En 2000 recibió el galardón Juan Rulfo. "Sigo trabajando con la palabra porque es expresión y esperanza", subrayó durante la entrega en la capital azteca. El jurado había dicho que el autor "con una poesía de duelo o de exilio, abre un espacio expresivo, renueva la poética latinoamericana y marca un camino a jóvenes poetas del continente". Tres años después obtuvo en Italia el premio LericiPea, que se otorgó por primera vez a un poeta latinoamericano. "La voz poética más auténtica, viva y dramática de América Latina", falló entonces el tribunal. Al recibirlo, Gelman, con su elegante humildad, sorprendió al admitir que "nadie sabe qué es la poesía", aunque intentó luego acercarse a una definición. "La poesía desvela la realidad, velándola", dijo. "La salud de la poesía latinoamericana no corre riesgo, crece y se renueva. El riesgo es de los poetas", comentó. "El ser humano ha creado las lenguas y hace cosas que luego no puede nominar", reflexionó. Apenas un año después obtuvo en España el premio Teresa de Avila, un galardón nacional que por primera vez fue otorgado a un argentino. Detrás llegó el aviso del Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velaverde que México le ofreció por primera vez a un artista extranjero, acogido como a un nativo. En 2005, hubo lugar todavía para tres más. El Premio Iberoamericano Pablo Neruda, entregado por el entonces presidente chileno Ricardo Lagos en una emotiva ceremonia en el Palacio de La Moneda. Y otro en ausencia, cedido en Buenos Aires por la Fundación el Libro, durante la Feria del Libro. La Fundación, que organiza cada año la feria en Buenos Aires, lo homenajeó por la publicación de País que fue será, considerado el mejor libro que vio la luz en 2005. Y por fin el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, que por primera vez se otorgó a un argentino. Una mirada retrospectiva indicaba que Gelman era un candidato firme a obtener el Cervantes, máximo reconocimiento de la lengua hispana ya entregado a sus compatriotas Ernesto Sábato, en 1979, a Jorge Luis Borges (1899-1986), en 1984, y Adolfo Bioy Casares (1914-1999), en 1990. Para él fue una sorpresa. La cadena internacional de noticias CNN lo entrevistó brevemente. El autor dijo que no sólo la política era una de sus obsesiones. El autor de Carta a mi madre confesó que también el amor, la muerte y la niñez eran fantasmas que lo acompañaban y se negó a recomendar un libro a quien no conozca su obra. "Si el lector quiere correr riesgos, que lo haga por cuenta propia", sentenció. Ips - 29/11/2007 |
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Fernando del Paso ya no escribirá más novelas Juan Carlos G. Partida Fernando del Paso no volverá a escribir una novela más. Abarcativo como escritor que puede narrar todo, hoy se da sus años, como lo ha hecho con sus mejores obras, para sumergirse en una investigación bibliográfica que busca concluir en tres tomos en torno a la complejidad del judaísmo y el Islam, el primero de los cuales se mandaría a imprenta quizá a finales del año próximo, dedicado a la Universidad de Guadalajara (México). -El Premio FIL (Feria Internacional del Libro de Guadalajara) 2007, el Juan Rulfo para usted, se le entrega sobre todo por sus méritos como novelista. ¿Podemos esperar alguna novela suya en el futuro? -No, novela ya no. Tengo algunas obras de teatro en la cabeza, pero a ver si me doy un tiempecito para escribirlas. En su casa llena de objetos artísticos o artesanales traídos de muchas partes del mundo o creados por él, que no dejan espacio libre en las mesas, repisas, paredes, libreros, Del Paso baja por las escaleras con pisadas que se escuchan firmes. Es bueno verlo así, vestido a sus anchas, con sudadera y jeans, olvidada la silla de ruedas tras la cirugía de hace unos meses, contento de hablar de las excentricidades culinarias del capitán Nemo en su colección francesa de 32 tomos de obras de Julio Verne. "Alejandro Rossi y yo tenemos récord de haber estado en el quirófano 15 o 16 veces", dice sin dejo de dramatismo. -Su esposa Socorro me contó que usted siempre ha sido frágil de salud. -Así es. Tuve un cáncer a los 27 años, se me perforó el corazón hace 17; en fin, he tenido periodos largos de buena salud, de 10, 12 y 15 años; luego me viene una etapa con muchos problemas y me vuelvo a levantar. -Una vida con padecimientos físicos suele estar ligada a la creatividad artística en no pocos casos. ¿En usted esa situación ha influido? -Creo que son ideas melodramáticas, pues hay personas que sufren muchísimo más y no necesariamente son artistas; hay artistas que sufren muy poco. Es cuestión de buena o mala suerte. En José Trigo sí influyó quizá ese primer cáncer, porque pensé que no iba a vivir mucho tiempo. Del Paso ocupa una vivienda en las calles de La Calma, barrio en el cual habita desde mediados de los años 90, cuando llegó a Guadalajara, invitado por el entonces rector de la Universidad, Raúl Padilla, para dirigir la naciente Biblioteca Iberoamericana Octavio Paz. -¿Cree que haber alternado la escritura de sus tres principales novelas con otros oficios, en especial el de publicista bien pagado, influyó en los largos procesos de escritura de sus obras? -No necesariamente es proporcional; todos mis libros los hice trabajando, estuve 14 años en publicidad. Si Palinuro de México implicó 100 años, no quiere decir que si hubiera estado dedicado en cuerpo y alma a eso hubiera sido tres veces más corto el tiempo invertido, porque son cosas que van madurando poco a poco; es como una fruta, que no madura a fuerza, toma su tiempo. -¿Cómo fue el proceso creativo de cada una? -Cada una de las tres novelas ha sido una experiencia particular; la estructura de José Trigo se dio hasta los tres o cuatro años después de haberla comenzado y nació de una imagen que yo vi en el puente de Nonoalco-Tlatelolco en la ciudad de México: un hombre alto, desgarbado, que caminaba por las vías con un pequeño ataúd blanco al hombro y atrás iba una mujer embarazada recogiendo girasoles; en mi época se despreciaban los girasoles muchísimo, nadie los compraba, nadie los vendía, y crecía en todos los terrenos, ¿curioso, no? Noticias del Imperio nació desde que surgió José Trigo casi, porque ya tenía los elementos de la historia y me había llamado la atención ese melodrama personal tremendo de Maximiliano y Carlota, el drama en el que Francia, México, Bélgica y Austria habían sido personajes, y pensaba yo escribir dos libros y luego el tercero que fuera Noticias del Imperio, que la comencé con la primera página. Palinuro de México era una materia informe que se mantuvo así todo el tiempo, no es un libro con estructura, les pasan cosas a Palinuro y a sus desdoblamientos por los otros personajes, salvo Estefanía; son especie de desdoblamientos de un personaje, porque cuando yo hablo de un fondo autobiográfico me refiero no solamente a lo que yo fui, sino a lo que creí ser, a lo que quería ser, y a lo que hubiera podido ser. O sea, es un personaje conjugado en cuatro o cinco tiempos verbales, pero Palinuro se puede empezar a leer casi por cualquier capítulo y no pasa nada; en cambio, Noticias del Imperio hay que empezar a leerlo desde el principio. -¿Cómo aprecia sus novelas, ahora con la perspectiva del tiempo? -Las quiero y no me arrepiento absolutamente de nada de lo que haya escrito, nunca por fortuna. -¿No le da tentación añadirles o quitarles algo? -Bueno sí, pero no son tentaciones muy frustrantes que me provoquen ansiedad. Por ejemplo Maximiliano y Carlota, que son personajes históricos sobre los que se cuentan miles de anécdotas, pues decenas no las incluí o bien porque no las conocía o bien porque era demasiado. No soy historiador ni quiero abarcarlo todo. -Sin embargo, la minuciosidad de Noticias del Imperio habla también de un autor obsesionado con lo histórico. -Me ha asombrado y halagado que Noticias del Imperio sea usado no solamente en cursos de literatura sino de historia. Me asombra lo de la historia, porque no creo que nadie pueda trazar una línea así en los diversos capítulos y diga de aquí para acá esto es ficción y esto es historia, están sumamente entremezcladas. Aunque sí, el libro contiene una gran cantidad de información suficiente para enterarse de lo esencial de lo que le pasó a Carlota y Maximiliano, de la intervención francesa y su resultado, también de la vida de Juárez. Pero quiero hacer hincapié en que la enorme ventaja que tiene el escritor que hace una novela histórica es que el historiador tiene una sola voz, no puede hablar sino con su voz, en esa voz se pueden detectar influencias, otras voces tal vez de historiadores que lo han influido, pero sigue siendo una sola voz; en cambio, el novelista puede acudir a muchas voces distintas incluyendo la de los historiadores. -¿Qué le parece la realidad actual del país, la historia reciente, para recrearla? -Creo que toda época es materia rica para novelas, hasta las buenas épocas (risas). Las malas dan más: desgraciadamente la tragedia da más inspiración al arte porque da lugar, quizá, a reflexiones más profundas. Del Paso, quien el 24 de noviembre recibe el Premio FIL de Literatura, se casó a los 22 años de edad con Socorro, de quien fue novio "a la antigüita" durante algunos años. "Tuvimos un hijo muy pronto, como era costumbre. Nos casamos exactamente hace 50 años", recuerda, antes de agregar que como el aniversario en septiembre 14 les llegó con él convaleciente, lo festejarán una vez que termine la vorágine de la FIL. La Jornada - México D.F., 24/11/2007 |
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"Brasil es un país tan grande como incomprensible" Silvina Friera En el hotel de Retiro, Milton Hatoum parece que cuenta un chiste mientras espera a su colega, el joven Daniel Galera. De Manaos a Porto Alegre, del noroeste al sur de Brasil, hay casi seis horas de vuelo. "Estamos más cerca de Miami", dice Hatoum, hijo de un inmigrante libanés-musulmán y de una brasileña cristiana de origen libanés, que nació en Manaos y vive actualmente en San Pablo. La lujuriosa extensión del país vecino consigue quebrar la lógica del sentido común geográfico y provoca que un dato de la realidad parezca inverosímil. A falta de un mapa para orientarse en los laberínticos caminos que conducen de una ciudad a la otra, la literatura, como siempre, puede ser una excelente brújula para empezar a merodear las callecitas tropicales. De un tiempo a esta parte, los lectores argentinos están descubriendo a nuevos autores, gracias al programa de apoyo a la traducción de la literatura brasileña contemporánea, patrocinado por la Embajada de Brasil en Buenos Aires. Un antecedente previo a esta movida, que tal vez haya funcionado como puntapié, fue la antología del cuento Vereda Tropical (Corregidor). El año pasado estuvieron en Buenos Aires Joao Gilberto Noll y Miguel Sanches Neto, presentando, respectivamente, sus novelas Lord (Adriana Hidalgo) y Un amor anarquista (Beatriz Viterbo). En abril, para la Feria del Libro, la grata sorpresa llegó a través de la presencia de Sérgio Sant’Anna con Un crimen delicado (Beatriz Viterbo), traducida por César Aira. Ahora se suman Hatoum con Dos hermanos (Beatriz Viterbo) y Galera con Manos de caballo (Interzona), que estuvieron en el país, y la reciente antología Terriblemente felices (Emecé), con selección, traducción y prólogo de Cristian De Nápoli. Los nombres de los escritores brasileños que deberían circular en las librerías argentinas podrían multiplicarse, y no es una mera expresión de deseo. Si una visita de Caetano Veloso equivale a siete conciertos seguidos a sala llena, lo que resulta inexplicable es que ese entusiasmo "no haya traído aparejado un interés sólido por lo que se escribe actualmente en Brasil", como advierte De Nápoli en el prólogo de Terriblemente felices. Quizá por la distancia generacional, Hatoum podría ser el padre de Galera. Aunque sus novelas están hilvanadas por el influjo geográfico de regiones bien distintas -Manaos y Porto Alegre, territorios donde nacieron-, y narradas con sentidos del tiempo opuestos -Hatoum con un ritmo quizá más moroso y reposado; Galera, con una velocidad tan atípica, que adjetivarla de vertiginosa le queda corta-, en ambas tramas se despliega la búsqueda de la identidad. En Dos hermanos, Hatoum decide narrar la historia de dos gemelos -Yaqub y Omar- y sus relaciones con la madre, el padre y la hermana, desde la mirada de Nael, hijo natural de la criada de la casa y el narrador de la historia. Uno de esos gemelos es el padre del narrador, personaje al que Hatoum define como descentrado, "en la frágil frontera entre una familia a la que no pertenece cabalmente y la condición de marginado social". En Manos de caballo, Galera ofrece un paneo contundente por tres momentos de la vida de Mano: su adolescencia -ese ciclista urbano que "se lanza barranca abajo pedaleando a una velocidad suicida que deja perplejo a cualquier observador"-, su intento de domesticar la violencia en la que creció estudiando medicina, la crisis existencial ("es médico, pero desde que despertó hoy a la mañana no se siente más un médico") y el proyecto delirante de escalar el cerro Bonete, en Bolivia. "La búsqueda de la identidad es un motivo literario universal -señala Hatoum en su primera visita al país-. Brasil es un país incomprensible: es tan grande, con tantas etnias, con tantos orígenes, que la identidad acaba por ser algo muy difuso. Somos tantas cosas juntas que ya no sabemos quiénes somos. Creo que es una pregunta sin respuesta". Galera plantea que la obsesión por la identidad es un conflicto moderno por excelencia, aunque cuando comenzó a escribir Manos de caballo, no se daba cuenta de que fuera un tópico recurrente en la literatura contemporánea. "Leí los libros de Joao Gilberto Noll cuando era adolescente, y siempre me impresionaron sus personajes difusos, que no están acorazados en sus identidades, y esos personajes influyeron un poco sobre mí", recuerda el escritor, que fundó la editorial Livros do Mal. "Las identidades son cada vez más frágiles y difusas -opina Galera-. Antes, las vidas estaban más regladas, había un horizonte más o menos previsible, imperativos familiares que cumplir, y pocos se apartaban de ese camino. Pero hoy no hay pautas, ni certezas. Mi generación creció sabiendo que cada uno puede construir su propia identidad, que no hay opciones que estén más legitimadas que otras". Gonzalo Aguilar, autor de Poesía concreta brasileña: las vanguardias en la encrucijada modernista, en una columna que escribió para Página/12, recordó que en la novela Quarup, de Antonio Callado, de 1967, una expedición parte hacia el centro geográfico de Brasil, en plena selva, para encontrar la esencia de lo nacional. "Cuando llegan, sin embargo, sólo encuentran un gigantesco hormiguero. Uno podría decir que la narrativa brasileña, desde hace años, se asemeja a este gran hormiguero: plural, caótica y vital. De todas las literaturas del continente, la brasileña es claramente la más posnacionalista -afirma Aguilar-; es decir, la que se ha deshecho con más contundencia del legado representado por Quarup (la revelación del enigma nacional) y la que está más pendiente de los efectos de la globalización en la experiencia y en los modos de narrar". Preguntas sin respuestas, certezas de antaño trituradas por las cuchillas de la globalización. Entonces se imponen nuevos interrogantes: ¿qué hacer con esos residuos, con lo heredado, cómo capitalizar estas identidades difusas en la literatura? Hatoum admite que después de escribir dos de sus novelas, Relato de un cercano Oriente y Dos hermanos, aprendió a pensar su vida, a mirarla de otra manera. "La literatura es una forma de conocimiento de uno mismo y del otro. Aprendí que podría haber nacido en la Argentina, en Chile o en Colombia, porque la inmigración era azarosa. Parte de mi familia se fue a los Estados Unidos, otra llegó a Brasil, algunos se quedaron en el Amazonas, otros en el nordeste y hubo quienes se fueron a San Pablo. Nací en Manaos, pero podría haber nacido en cualquier ciudad -repasa el escritor el pasado familiar, como si estuviera subido al barco que fue desparramando familiares por el continente americano-. Muchos inmigrantes que iban para San Pablo se fueron al final a Buenos Aires, siguieron con el barco y llegaron acá, o cruzaron al Uruguay. Cuando uno escribe, intenta descubrir algo de su propia vida, porque la literatura es una exploración de sí mismo. También me di cuenta de que somos una cultura trasplantada, no somos europeos, ni nativos como los indígenas. Y la pregunta, entonces, sigue siendo la misma: quiénes somos". -¿Cómo se aprovecha esta cultura trasplantada? -Creo que es una ventaja tener por tradición algo que está en otros lugares. Hay una frase de Guimaraes Rosa, tal vez el autor más importante de Brasil, que dice: "Yo soy donde nací, soy de otros lugares". Eso significa que puedo ser un europeo en Manaos, pero al mismo tiempo no puedo despreciar el acervo de Manaos, el vocabulario brasileño, que es muy diferente al vocabulario y la sintaxis europeo-portuguesa. Nosotros no escribimos como los portugueses, y no pensamos como los portugueses, somos mucho menos retóricos. El portugués del Brasil es mucho más maleable y tiene millares de palabras del guaraní y de origen africano. Un gaúcho de Rio Grande do Sul no escribe como un brasileño del Amazonas, que está a cinco mil kilómetros de distancia. La cultura trasplantada es una cultura siempre en formación y que no está cristalizada. Mano siente vergüenza en el baño de su casa por el hecho de haber perdido la pelea con Macaco, guionada en su propia imaginación. Nael, ese narrador que busca desesperadamente saber quién es su padre, subraya que "la memoria inventa, incluso cuando quiere ser fiel al pasado". Hatoum recuerda que Borges decía que el olvido es una de las formas de la memoria y que Clarice Lispector advertía que podemos recordar cosas que no existieron. "La memoria es sinónimo de imaginación, es una hermana gemela", define el autor de Dos hermanos. "No creo en la memoria puntual, como recuerdo exacto del pasado. Eso no existe. Por eso la distancia temporal es importante para escribir. Las novelas muchas veces son más importantes que la historia oficial. Hace poco estuvo en Brasil el historiador italiano Carlo Ginzburg y dijo algo muy interesante: que aprendía más historia leyendo novelas, porque encuentra mentiras que llegan a una verdad profunda. A mí me interesa más leer Conversación en la Catedral, para entender al Perú de los años '50, que leer un libro de historia". Galera, al igual que Hatoum, opina que la literatura brasileña contemporánea es tan variada y diversa, que cada escritor elige un camino particular, donde se mixturan las obsesiones, los sueños, la imaginación. "En esta novela quería mostrar cómo un adolescente persigue ciertos símbolos del heroísmo, que implican actuar con cierta agresividad, con valentía en el mundo. El quiere incorporar en su vida estos ideales de heroísmo. Pero la novela es la historia de cómo él descubre que nunca lo va a conseguir". Una de las coincidencias entre las novelas de Hatoum y Galera es la presencia del ascenso social a través de la educación universitaria: Mano es médico; Yaqub, ingeniero. ¿Perdura ese imaginario actualmente o las crisis económicas y educativas pusieron en jaque el sueño de progreso? "Los pobres del Brasil, el 70 por ciento de la población, no saben lo que es la educación. Creo que la única vía de ascenso social sigue siendo la educación, pero en Brasil los pobres no pueden estudiar en la escuela pública, que es muy precaria, y no ingresan a la universidad. Ahora el gobierno de Lula, por primera vez, a través de un programa que se llama ProUni (pro universitario), les paga una mensualidad a los pobres que ingresan a las universidades privadas. Entonces, dentro de cinco años, habrá muchos doctores pobres", advierte Hatoum. "La cuestión es si al final de esa educación se obtiene la recompensa esperada. Porque muchos egresan y no consiguen empleo y eso genera una gran desilusión", opina Galera. La diferencia idiomática es una condición necesaria, pero no suficiente, para explicar la escasa difusión que ha tenido la literatura brasileña contemporánea en los países hispanohablantes. Tanto Hatoum como Galera aspiran a una verdadera integración cultural a través de la literatura, aunque la realidad, por ahora, opaca esta posibilidad porque "muchos argentinos no leen portugués", precisa Hatoum. "Sin un diálogo cultural entre los escritores y los lectores, el Mercosur no es posible", agrega. Galera, que está escribiendo una novela que transcurre en Buenos Aires, coincide: "Queremos leer a los autores argentinos y que ellos también puedan leernos a nosotros". El próximo año, Adriana Hidalgo publicará las novelas Harmada y A cielo abierto, de Joao Gilberto Noll, además de ¿Dónde estará Dulce Veiga?, de Caio Fernando Abreu, y El gran sertón, de Guimaraes Rosa. Frente a esta tensión entre cercanía geográfica y distancia cultural, Hatoum y Galera creen que no hay muchas más vueltas que darle al asunto. "La literatura nos dice que no pertenecemos a un único sitio sino que somos de muchos lugares". Página/12 - Buenos Aires, 13/11/2007 |
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Vivió y murió entre la mística y el amor Liliana Martínez Polo El autor de La tejedora de coronas, uno de los grandes escritores colombianos, falleció esta semana en una clínica bogotana. El cáncer le había cubierto la lengua y parte de la garganta. Germán Espinosa (1938-2007) casi no se paraba de su cama y en los últimos días no podía hablar. A veces se levantaba y escribía alguna nota en el texto de un libro al que llamaba simplemente "reflexiones", que sus hijos aún no han intentado leer y que duerme ahora en su computador personal. "Pero, más allá de la enfermedad, su falta de ganas de vivir -dice su hijo Adrián- se debía a que ya no estaba con ella". Ella era Josefina Torres, la artista que inauguraba una exposición en el Centro Colombo Americano el día en que la conoció, en 1965. Fue un amor a primera vista que desencadenó un matrimonio urgente a las pocas semanas y que, después de 40 años, terminó con la muerte de la pintora, el 18 de octubre, hace dos años. Con ella solían verlo los amigos, sentado en un café de la Avenida Jiménez con cuarta y, en realidad, en todas partes. Y eran testigos de esa atmósfera mística que ambos proyectaban y que se trasluce en las obras de Espinosa. "Josefina tenía algo de eso -resalta el escritor Sebastián Pineda, estudioso de la obra y amigo del autor fallecido-. Soñaba cosas reveladoras y sospecho que eso debió darle el argumento para muchos de sus cuentos o novelas. Al leer la prensa en la mañana, decía que algunas noticias ya las había soñado en la noche. Y Espinosa, en su libro El mundo misterioso de los sueños establece que es posible que los sueños sucedan en el futuro". Josefina es la musa de Aitana, la última novela de Espinosa, publicada este año. Pero se la puede descubrir en la obra del autor desde La tejedora de coronas (1982), su obra cumbre. "Alguna vez, mientras esperaba que le trajera algo de comer, el maestro la empezó a llamar con el nombre de Genoveva, su protagonista", recuerda Pineda. "Era una relación casi simbiótica -recuerda Juan Manuel Roca, poeta y uno de sus amigos más cercanos-. Ella era su ángel protector, porque el reconocimiento de la obra de Germán fue lento y moroso. Le fue muy difícil imponerla". Fue un camino lleno de obstáculos y muchas y enconadas envidias que Roca no describe y que llegaron a las amenazas de muerte en diferentes momentos, e incluso al intento de matarlo (en 1995, cuando unos desconocidos lo arrojaron del segundo al primer piso del Centro Andino, en Bogotá, ante los ojos de Josefina). No eran cosas casuales, sino parte de su sino, como la dificultad para que su obra tomara el lugar que le correspondía dentro de las letras latinoamericanas y constante contraposición con el estrellato de García Márquez. Del Nobel, alguna vez recordó, que al preguntarle por La tejedora de coronas le dijo que no había podido pasar de la segunda página. "La obra de Espinosa fue reconocida lentamente. Por eso, para él no fue fácil escribir -subraya Roca-. Una de sus grandes cualidades, más allá de su sensibilidad y el conocimiento de la literatura, fue la terquedad: no doblegarse. La prueba de fuego para un escritor es no abandonar la escritura, sean cuales sean las condiciones. En esto, Germán es un ejemplo de altísima dignidad". Espinosa supo desde la adolescencia que su destino era escribir. Y desde años tempranos luchó incluso contra los profesores del colegio que no creían que los poemas escritos eran suyos. Y décadas después, La tejedora de coronas tuvo que pasar años archivada en el depósito de una editorial -según su hijo Adrián- "bajo el pretexto de que la obra era un ladrillo". Cuando dirigió una página literaria (1955) en el Diario de la Costa, Espinosa se ganó las amonestaciones de la Iglesia, por publicar poemas de otros dedicados a la lujuria. Cuando colaboró en medios como El Siglo, las cartas que llegaban lo acusaban de comunista (y por el mismo argumento le negaron más de una vez la visa estadounidense). Y mientras su novela Los cortejos del diablo era celebrada, en 1970, en muchos países de Latinoamérica, fue prohibida por el régimen de Franco en España. En Colombia, recibió el frío silencio de la crítica literaria. Después de ejercer el periodismo, Espinosa fue diplomático. Atacado por el Congreso, por la publicación de su libro Anatomía de un traidor, aceptó ser cónsul general en Kenia (1977). Dos años después, volvió a Colombia para hacer una columna de cine en El Tiempo. Aun así, siguieron años difíciles, a comienzos de los 80. Recuerda León Espinosa, el segundo de sus hijos, que la venta de un cuadro de Josefina podía salvar a la familia. Décadas después, cuando Espinosa gozaba de amplio respeto literario (luego de la publicación de obras como Los ojos del basilisco, 1992; Romanza para murciélagos, 1999, y La balada del pajarillo, 2000), continuaban la mística y las señales. Estas abundaban en su obra. Su novela Cuando besan las sombras (2004) habla de un amor sobrenatural, entre un hombre y el fantasma de una mujer. "Quienes leyeron la novela , entre ellos Juan Villoro y Fernando Toledo, comentaban que lo imaginado por Espinosa en ella no era del todo ficción -recuerda Pineda-. Que a él realmente le podía suceder". El día del lanzamiento, Espinosa recibió una inquietante llamada anónima diciéndole que se preparara para lo peor. Poco después, cayó gravemente enfermo. Creía en las señales tanto como en la posibilidad de la vida después de la muerte. Señales relacionadas no solo con su esposa, sino con sus amigos. Uno de los más cercanos fue Rafael Humberto Moreno-Durán, cuya muerte lo afectó profundamente. Como amigo, se identificaba con una frase de William Blake: "Sincera oposición es amistad". Y lo aplicaba. Su relación con Juan Manuel Roca nació por una discrepancia y no por un gusto común. "La primera conversación que tuvimos fue una discusión que nunca logramos zanjar y que casi siempre obviábamos -recuerda-. Discutimos fuerte por su altísimo concepto de la poesía de León De Greiff, su gran amigo, que no me representa mayor interés. Eso cimentó la amistad". "Era una fiesta ser amigo del autor de Sinfonía del nuevo mundo -agrega Roca-. Era una delicia oírlo verbalizar esa lucidez enciclopédica que tenía, incorporada a un humor penetrante y cáustico". En los últimos tiempos, ya postrado en su lecho de enfermo, después de cumplirle a Josefina la promesa de escribir Aitana para ella, siguió recibiendo a los amigos. "Lo visitaba junto con Elkin Meza, allegado suyo desde sus épocas del periodismo -cuenta Roca-. Por un lado, era doloroso ver así a un amigo. Por otro, las visitas eran gratas pues, a pesar de su deterioro físico, seguía siendo el hombre lúcido, con capacidad de crear analogías y humor, con la misma calidez de siempre". En esos últimos meses seguía hablando de su pasión por el cine, pidiéndole a los hijos que le llevaran clásicos de terror y disfrutando de la música de Caetano Veloso. Ahora que se ha ido, deja una obra sólida y una huella profunda en los amigos: "Aquel día, Germán dijo que había visto a R.H. Moreno-Durán (ya fallecido) entre el público -le escribió Villoro a Sebastián Pineda, al saber de la muerte del escritor-. Además, el cartel con la foto de Rafael (R.H.) se vino abajo cuando hablábamos de él. Germán siempre creyó en esas señales y espero que ahora se haya reencontrado con Josefina". El Tiempo - Bogotá, 20/10/2007 |
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Julieta Campos Elena Poniatowska Lúcida, luchó hasta lo último. Había entrado a su "Jardín de invierno" aunque su casa tuviera los cristales de colores y la luminosidad de su natal La Habana. Entre los muebles blancos, todo era refinamiento, dulzura, levedad. Julieta parecía un cuadro de Joy Laville, apenas unas cuantas pinceladas precisas y cautivadoras y ya está. Le gustaba esa pintora, se identificaba con ella. En su casa, uno podía sentarse en una mecedora e imaginarse frente al mar. Con razón uno de sus libros se llama El lujo del sol. Ella misma tenía algo de palmera y de flor, de cortina que vuela y pretende escapar por la ventana. Sin embargo, Julieta Campos era una mujer fuerte, juvenil, una trabajadora, una escritora de libros difíciles como ¿Qué hacemos con los pobres? y La forza del destino sobre la saga de su familia cubana que abarca 14 generaciones. Maestra de la UNAM, habló y pensó con exactitud. Julieta daba en el clavo. Determinada, puntual, cuidadosa, supo guiar a los jóvenes como lo hizo con el Pen Club mexicano cuando fue su presidenta y organizó, a fines de los 70, buenas conferencias: un poeta consagrado con uno no tanto, Octavio Paz con David Huerta; un novelista triunfante, Carlos Fuentes, con una escritora de la editorial Siglo XXI, María Luisa Puga. En esa época también hicimos un viaje juntas a Rio de Janeiro como miembros del Pen Club, ella, la presidenta; yo, la tesorera, cuando Mario Vargas Llosa era presidente del Pen Club Internacional. Durante ese viaje me di cuenta de su amor a la vida. "No Elena, no vamos a tomarnos un hot dog de pie para ponernos a trabajar, vamos a sentarnos a una mesa y decidir tranquilamente lo que tenemos que hacer". Cuando yo proponía picar piedra ella ya la había picado con decisiones atinadas y prudentes. Cuando yo quería lanzarme, ella me detenía. "Espérate, las cosas pueden cambiar". Sabía vivir, sabía medir las consecuencias. Sabía reflexionar y deliberar antes de emprender una acción. Así lo hizo como esposa del gobernador Enrique González Pedrero, en Tabasco. Ya en Manaus, Brasil, lugar al que llegamos primero antes del congreso en Río de Janeiro; al ver la belleza del agua, el fluir del río, el paisaje tropical, Julieta hablaba de los senderos que podrían abrirse en los parques que él y ella desbrozarían, de los mil caminos que podrían abrirse en la mente de los tabasqueños, de los niños, del Parque de La Venta, del teatro, de las salas de arte, de los monumentos, el agua, el maíz y sobre todo del apoyo a los sin casa, de la educación a partir de los intereses de cada uno, de la formación de los jóvenes, del amor a Tabasco que para ella era una continuación de Cuba, por su agua, su muerte por agua, la frondosidad de sus árboles, la admiración por Carlos Pellicer, el amor a la poesía, el amor a los animales, su fijación en los gatos reflejada en su novela: Celina o los gatos. Ya desde entonces hablaba de "Bajo el signo del IX Bolón" y "Tabasco, el jaguar despertado". Acunaba al estado de Tabasco en sus brazos y lo mecía como a un niño al que hay que curar, acariciar y sonreía al pensar cómo iba a verlo crecer. Recuerdo cómo al llegar a la casa de Gobierno, amueblada con pesados sillones y terciopelos fuera de lugar, hizo de los distintos aposentos un canto a la luz y a la alegría con colores claros y marítimos que iban bien con el clima y convirtieron la casa en una flor resplandeciente. Años más tarde habría de preocuparse mucho por la belleza del Paseo de la Reforma y el sembradío de flores en distintas partes de la ciudad durante su gestión como Secretaria de Turismo del gobierno de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal. La belleza era una de sus constantes, la inteligencia de la belleza, la belleza física y la intelectual, la pública y la personal, la de la ciudad y la de sus casas en la calle de Frontera y en el pueblo de Tetecala, la de los libros que escribió: El miedo de perder a Eurídice. Doctora en filosofía y letras de la Universidad de La Habana y diplomada de La Sorbona de París, ganadora del Premio Xavier Villaurrutia por su novela Tiene los cabellos rojizos y se llama Sabina, en 1974, Julieta Campos se nos adelantó. Cuando supo de su enfermedad empezó a vaciar sus libreros de lo que ya no leería, de papeles caducos. Recogió sus constancias de viaje (ya que viajó a Europa, a Estados Unidos y Sudamérica) y se puso a escribir el que sería su último libro. Pionera en la traducción y en la crítica literaria, dedicó su vida a Emiliano, a Enrique, a la literatura, a sus amigos y al Oficio de leer, como ella misma tituló un ensayo en el que afirma que "escribir y leer son dos extremos de un mismo movimiento hacia la apertura y el encuentro. Son actos de amor y reconocimiento". Recuerdo su interés por el nouveau-roman Nathalie Sarraute y Robbe Grillet. "Me gusta este experimento"” -me dijo-. Pero nadie le gustó tanto y con nadie se identificó tanto como Anaís Nin. Corrigió con esmero (a pesar de su debilidad) el último libro de Andrés Manuel López Obrador: La mafia nos robó la Presidencia. Como él, quería el cambio de México. Los gatos, sus movimientos, su suavidad, su coquetería, su independencia, su naturaleza voluble e inesperada siempre fueron una de sus fijaciones aunque también quiso a los perros a los que se les adivina todo. Severo Sarduy le aseguró a Julieta: "Yo seduzco, tu convences". Sí, Julieta convencía, hablaba bien, en el comité editorial de Vuelta de Octavio Paz, su voz era clara, firme, lo mismo en la Revista de la Universidad. Sus juicios y sus fidelidades no oscilaban. En Tabasco se entusiasmó por el teatro indígena y campesino que había empezado a dirigir María Alicia Martínez Medrano en Yucatán y lo promovió con fervor. Además de Bodas de sangre, de García Lorca, me invitó a "“una sorpresa" y cual no sería mi asombro en la exhuberancia del pueblo de Oxolotán, ver cómo bajaban de una colina 500 niños y niñas quienes gritaban al unísono: "Yo soy Lilus Kikus". Este espectáculo ha sido una de las grandes emociones de mi vida. Toda la población participó gracias a la autoridad persuasiva de María Alicia que convenció a la dueña de la tortillería, al cantinero, al panadero de que podrían transformarse a sí mismos durante unas horas. El interés de Julieta por los campesinos, en realidad indígenas, la hizo escribir La herencia obstinada sobre la tradición oral náhuatl y dedicarse a un proyecto de integración y desarrollo de las comunidades indígenas a partir de su propia forma de vida. Julieta no imponía, se comprometía con lo que creía debía hacerse, pero siempre preguntó, preocupada: "¿Le parece bien?" "¿Está de acuerdo?" Su compromiso social era también un compromiso literario. Allí estaba la realidad y había que verla, conocerla, estudiarla. Intuitiva, adivinaba en los demás, sus necesidades. Nos vamos muriendo todos, nos vamos a morir todos. Julieta nos precedió pero supo prepararse, dejar en orden sus querencias, su obra, sus amores Enrique y Emiliano, sus amigos que al final ya no quiso ver: "Quiero que me recuerden tal y como era". Sabía que su cuerpo "ya no le permitiría estar en el mundo", como dijo su hijo Emiliano. Vivir nuestro duelo es cubrirla con la belleza tierna de las flores y leerla como pidió Octavio Paz, su gran amigo, a la hora de su propia muerte. La Jornada - México D.F., 9/9/2007 |
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"Escribir me ayudó a que los fantasmas no me atraparan" Silvina Friera "Todo pasa por la ventana, desde una ventana los historiadores escriben sobre el mundo". La frase podría pertenecer a Malarracha, el humanista y quinielero de Una góndola ancló en la esquina, o a esos peculiares narradores omniscientes y con una fuerte afectividad que suelen comandar algunas de sus novelas, matizadas por una tonalidad autobiográfica que desdibuja los límites de la ficcionalidad. El hijo de Isaac -–un sastre bolche que llegó desde Polonia a Uruguay y fundó el Sindicato de la Aguja- y de Rosa -que tejía calcetines para las Brigadas Internacionales- desde las ventanas de sus casas en los montevideanos barrios Sur y Palermo, trató de retener cada una de las imágenes de esa "gran aldea donde estaba el centro de la existencia". Sin tener la certeza aún de que algún día él, Mauricio Rosencof, se transformaría en el intelectual del barrio, que sería el escritor de la "épica del laburo y del coraje", el militante del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) que caería preso en 1972, que sería brutalmente torturado y estaría trece años detenido. "Me impresiona cómo en un barrio comienza a gestarse la personalidad del botija, y la de uno, cuando ya tiene los pantalones largos y entra al boliche, un lugar donde estás contenido porque la gente conoce a tus viejos, te conoce a vos", dice Rosencof, con esa mirada vivaz, alegre, y su inseparable boina de cuero. El escritor uruguayo pasó por Buenos Aires para acompañar la publicación de su última novela, Una góndola ancló en la esquina y la tercera reedición de El barrio era una fiesta, en la que reconstruye el barrio de El Parque en la década del '40, donde aún resonaba el triunfo del Mundial de Fútbol de 1930 y los exiliados cargaban con el dolor de la derrota en la Guerra Civil Española. Ambas novelas comparten un universo más que evidente: la concepción del barrio como núcleo genésico de la personalidad individual y social de varias generaciones de montevideanos, el ethos del coraje, la épica cotidiana de la vida de las clases populares, la nobleza y solidaridad. En Una góndola ancló en la esquina hay un romance a la vuelta de cada esquina y un puñado de personajes inolvidables como Malarracha, el quinielero y "filósofo" ("un psicólogo que escucha y lee; sobre todo escucha gente y radio, que lo nutren pero no lo invaden"); la Ordoqui, desopilante amante del peluquero; Liporeya, suerte de Julieta shakespeariana a la que le gusta treparse a los postes del alumbrado público para confirmar su amor por Dalmiro, y el Negro Invierno, cuya pena de amor lo llevó a embarcarse en una góndola por el barrio, entre otros. Algunas de las coordenadas geográficas de esta novela resultan familiares para los lectores rioplatenses como la Ciudad Vieja, la Avenida 18 de Julio o el Buey de la Carreta. Si Juan Carlos Onetti creó Santa María y Gabriel García Márquez Macondo, Rosencof, actual director de Cultura de la intendencia de Montevideo, también inventará y desplegará su barrio-mundo. "Borges creó la mitología del cuchillo y del coraje, pero me parece que mucho barrio no tenía", bromea el escritor en la entrevista con Página/12. "El barrio es el territorio donde se afincan nuestras primeras raíces, los primeros pensamientos profundos nacen del barrio. El gallego Menéndez, en El barrio era una fiesta, llegó después de la Guerra Civil Española, y como se había instalado en un barrio que estaba naciendo, hacía lo que hacía en España, plantaba en todos los baldíos. Un día me dijo: A veces no esperan a que maduren los choclos, pero sabés una cosa, no importa, porque siempre es mejor cosechero el que planta. Ese concepto filosófico te marca para la vida, para la militancia, para el amor, para el afecto". -¿En quién está inspirado Malarracha? -En el Macho Gutiérrez, que era el quinielero del barrio. El mundo que crea y recrea Enrique Santos Discépolo se cumple en Malarracha: "Yo aprendí filosofía, dados, timba...", pero además se agrega una cosa tremenda: "Sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja". No sé si se le fue la mano, no sé cómo era la vieja de Enrique Santos, lo que sí puedo decir es que el sentimiento que expresaba yo lo viví tal cual como lo describía Discépolo. En los años '50, entre la milonga y la militancia, el Macho Gutiérrez un día me dijo: "Tranquilo, ruso, no interrogues a la vida, mirá si te contesta". Si le atribuyera este pensamiento a Kierkegaard, como lo hice muchas veces, seguramente muchos ni siquiera dudarían de la veracidad de la frase. "Ahora te encontrás con que los muchachos toman un vino berreta en la calle, acompañados por un porro, lo que es más grave si se mandan la pasta base. Antes el boliche era un centro de contención: te daban consejos matrimoniales, familiares, era como un tango, y si te ponés a repasar los 700 sainetes de Vacarezza, todos se refieren al barrio", advierte el escritor. No tiene apuro; el café se enfría, pero los recuerdos de Rosencof, con su propia temperatura ambiente, merodean esas raíces urbanas que formaron al botija de pantalón corto, al hijo del sastre. -El narrador de Una góndola ancló en la esquina señala que el barrio estaba tocado por el "realismo fantástico". ¿A qué se refiere con esta categoría? -La realidad es fantástica porque la realidad y la fantasía son lo mismo. Cuando te hablan de forma y contenido... macanas, es uno solo; cuando te explican que el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco y extremidades, no es cierto, el cuerpo humano es una unidad. La realidad y la imaginación forman un todo, alguien las separó y los que vinimos detrás le creímos, pero no es verdad porque si tenés que escribir la biografía de Jesús, de San Martín o la del Che, si hablás de los alzamientos, de las batallas, si escribís sólo sobre eso, no alcanza. En esta novela lo que hago es extrovertir la fantasía de cada uno de los personajes en una realidad que es en sí misma fantástica. -Alguno de los personajes de los barrios que retrató en sus novelas, ¿se acercó para contarle qué opinaba de lo que usted había escrito? -Sí, el negro Varela, que está en la tapa de El barrio era una fiesta, un personaje que vivió con el gallego Menéndez en un terreno baldío que había a la vuelta de mi casa. Tenía una carretilla con la que hacía mudanzas. Iba al boliche, estacionaba la carretilla y decía: "Cuidame el Chevrolé, botija, que no tiene seguro". Le servían un vino, de esos vinos que rompen las leyes de la física porque el vaso hacía una comba y no goteaba. Debería tener alguna sustancia arbitraria (risas). El negro Varela se arrimaba al mostrador, entraba en trance, sorbía, levantaba el vaso, alzaba el meñique y decía: "Que nunca falte". El chevrolé fue mi primer cuento publicado y tuvo muchas consecuencias, porque pasé a ser el intelectual del barrio. Un día estaba en casa, tocaron el timbre y mi vieja fue a atender. Era Varela, que quería hablar conmigo. Lo primero que pensé fue "a la mierda abanico que llegó el verano". Varela estaba con un diario arrollado, y me dijo: "Che, botija, ¿vos escribiste esto sobre mí?" Le contesté que sí y me pidió que me sentara y que se lo leyera porque no sabía leer. Cuando publiqué ese cuento dejé de ser "el hijo del sastre" para convertirme en "el intelectual del barrio". Eso me cambió la vida. Parafraseando a Tolstoi, que decía que si pintabas una aldea pintabas el universo, si pintás un barrio estás pintando todos los barrios, los de allá y los de acá. -¿Por qué decidió convertir las historias de vida de su barrio en literatura? -Por el cariño que le tengo a la gente sencilla. Ellos hicieron historia, y yo quiero dejar testimonio literario de algo que forma parte de nuestra alma, de nuestros sentimientos, de nuestro origen. ¿Hay alguien que no haya nacido en un barrio? ¿En dónde nacieron? Una aldea, un pueblito de campaña, es otra forma de barrio. -¿Cómo explica el tono épico que tienen las historias que cuenta? -La vida de la gente de barrio es épica porque hay que vivir todos los días, comer todos los días, laburar, y si no tenés laburo, hay que conseguirlo; hay que tener hijos, hay que cuidarlos, educarlos. Estas novelas son una épica, una mitología del laburo y del coraje, y no del cuchillo y del coraje, con respeto a Borges, que me fascina. Si Borges hubiera tenido un poco más de barrio, hubiera escrito lo mismo que escribí yo, pero bien (risas). -Usted pertenece a una generación que vivía como un dilema el hecho de congeniar la vida, la literatura y la militancia. ¿Cómo fueron estos vínculos? -No hubo problemas. Mi padre, que era un sastre bolche, siempre estuvo preocupado por mi inutilidad. En casa caía Enrique Rodríguez, un dirigente obrero y un cuadro político del Partido Comunista, y hablaba con mi madre en idish, y como yo sabía dactilografía me mandaron a la comisión de propaganda. Empecé a militar muy joven, pero esa militancia no sustituyó mi obra. Yo alternaba el barrio, el fútbol y la escritura. Había momentos en que la militancia obligaba a subordinar otras cosas, pero militar no implicaba irse del barrio o no poder ir a la milonga. Clara Zetkin, amiga de Rosa Luxemburgo, decía que "si tu socialismo no baila, no quiero tu socialismo". Un poema de amor, el copamiento de un cuartel, la toma de una ciudad, escribir una novela, casarte, todo forma parte de la vida. No hay opciones entre una cosa y la otra. -Durante los 13 años que estuvo detenido, ¿también creyó que la realidad era fantástica? -La realidad tangible no era vivible, no se puede vivir sin ver una cara, el sol... estuvimos dos años y medio en un espacio de sesenta centímetros por uno ochenta, comiendo mondongo, guatitas de una partida de exportación que fue devuelta. Del calabozo sólo se salía en cuatro patas. La única realidad vivible era la de la fantasía y los recuerdos. Como a la humanidad hay que entretenerla con algo, como me enseñó el Macho Gutiérrez, empecé a recordar a todas las novias de mi adolescencia, pero cuando llegaba el momento de la ruptura de cada noviazgo no permitía que se produjera. Me terminé casando un montón de veces. El calabozo parecía una guardería, estaba lleno de juguetes. Un coronel nos dijo: "Ya que no pudimos matarlos cuando cayeron, los vamos a volver locos". Un compañero murió en el calabozo y dos enloquecieron porque practicaban el mismo ejercicio, pero quedaban empantanados y no podían salir. Escribir me ayudó a evitar que los fantasmas me atraparan. Página/12 - Buenos Aires, 31/8/2007 |
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Con alma de trabajador Humberto Márquez Con El tren pasa primero, la escritora mexicana Elena Poniatowska logra transmitir con certeza poética y de modo coloquial la "epopeya colectiva por la dignificación del trabajador". Parte de esos conceptos están contenidos en el veredicto del premio de novela en lengua castellana Rómulo Gallegos obtenido por Poniatowska y que es apreciado como un nuevo reconocimiento a la visibilidad de las luchas de los trabajadores y al valor de la mujer en la literatura latinoamericana. "Al fin y al cabo, no ha habido mayor poeta en América Latina en cuatro siglos que una mujer, Sor Juana Inés de La Cruz", remarcó Poniatowska a IPS. Las mujeres, "grandes personajes olvidados por la historia, ya figuraban desde hace tiempo en nuestra literatura, como hizo Gallegos (1884-1969) con su Doña Bárbara (1929), y ahora siento que cada vez se aprecia mejor la escritura femenina y cada vez más autoras que alcanzan el éxito", celebró. Como ejemplo, Poniatowska citó a su coterránea Laura Esquivel, "quien figuró año y medio en la tabla de best sellers de The New York Book Review con Como agua para chocolate (1989). Nadie ha vendido como ella", recordó. Poniatowska es la segunda mujer y cuarta mexicana que gana el Rómulo Gallegos, establecido en 1967 por Venezuela para estimular la novela en castellano y homenajear al que considera su mayor novelista y uno de sus héroes civiles del siglo XX, pues en 1948 fue el primer presidente elegido mediante el voto universal de sus compatriotas. Los anteriores ganadores procedentes de México son Carlos Fuentes en 1977 con Terra Nostra, Fernando del Paso en 1982 con Palinuro de México y Ángeles Mastretta en 1997 con Mal de amores, publicada el año anterior. La primera entrega del premio Rómulo Gallegos recayó en el peruano Mario Vargas Llosa con La casa verde y en 1972 fue para Gabriel García Márquez por Cien años de soledad. Otros ganadores han sido el argentino Abel Posse con Los perros del paraíso (1987), el venezolano Arturo Úslar Pietri con La visita en el tiempo (19919 y el chileno Roberto Bolaño con Los detectives salvajes (1999). La obra ganadora este año tiene al ferrocarril como protagonista, pero no por describir asesinatos misteriosos en lujosos vagones, historias de amor tras cortinas de terciopelo o aventuras heroicas sobre rutas exóticas, sino por la vida y dramas de sus operarios, sus conflictos salariales y la compañía de sus sacrificadas mujeres. Poniatowska se centra en la huelga de los ferrocarriles mexicanos de 1958-1959, que cubrió cuando era una joven periodista ("sigue siendo el oficio más entregado y sacrificado del mundo", nos dijo) y en la actuación del dirigente sindical Demetrio Vallejo, cuya vida es recreada en versión libre a través del personaje Trinidad Pineda. "Los detalles de su vida son ficción. A mí lo que me interesó fue la huelga, desde que entrevisté en la cárcel a muchos ferrocarrileros presos. Me interesó lo social, lo que le pasaba a la gente, porque en muchas obras de ficción y hasta en reportajes se soslayaba demasiado el tema cotidiano de la pobreza", señaló la autora. El tren pasa primero tiene tres partes, siguiendo a Trinidad Pineda, para quien "ser ferrocarrilero es lo mejor que puede sucederle a un hombre" y en cada una de ellas el interés refiere a una mujer. La primera, Sara Aristegui, esposa del héroe, madre de sus hijos, soporte en la huelga y quien termina abandonándolo. La segunda, Rosa, amante, madre de un niño "que en vez de papá y mamá dice tren", también le abandonaría. Y la tercera es Bárbara, sobrina y consejera con la que la novela discurre y cierra entregada ya al intimismo. En su veredicto, el jurado del premio dijo que la obra "compendia la narrativa intimista y la novela coral, combinando con rara maestría la tensión poética con un lenguaje certero y coloquial, y la austeridad descriptiva". "Se trata de una obra compleja, de personajes bien dibujados y construidos. En esencia, una epopeya colectiva por la dignificación del trabajador, mediante la reconstrucción ficcional de hechos reales", agregó el veredicto. Para el crítico venezolano Tulio Monsalve, "la novela constituye un relato conmovedor de esa sencilla y combativa gente", con una "prosa comprometida, que busca animar una lucha contra el poder y las formas más arteras de la corrupción". Lucía Melgar, investigadora del Colegio de México, reconoce que Poniatowska "combina los recursos del testimonio, la narrativa histórica y la biografía novelada para entrelazar la historia de un movimiento social con la vida pública y privada de su líder; los hechos narrados se apegan con fidelidad a los acontecimientos". También indica que "la sensibilidad de la autora a los matices de la voz y su conocimiento de grupos y personajes sociales diversos le permiten evitar el acartonamiento y la idealización en el retrato de los trabajadores". Sin embargo, Melgar lamenta que "los roces con el melodrama o con cierto sentimentalismo, y sobre todo la estructura, restan fuerza a la novela". Reconoce, empero, como significativa la presencia de figuras y voces femeninas, aunque considera "desafortunado que la novela sentimental no esté mejor integrada al relato social y biográfico, y que la secuencia final caiga en un sentimentalismo excesivo". La escritora galardonada nació en realidad en París en 1932 y su nombre es Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, descendiente del último rey polaco, Estanislao II (1732-1798). Residente en México desde los nueve años, ha sido también militante política y durante la contienda presidencial de 2006 hizo campaña por el candidato de centroizquierda Andrés López Obrador. El 5 de este mes fue invitada de honor al maratónico programa dominical de radio y televisión del mandatario izquierdista de Venezuela, Hugo Chávez, Aló presidente, que batió récord de duración, al completar siete horas y 43 minutos, estoicamente seguidos con atención por la escritora mexicana. Chávez la felicitó y leyó un fragmento de la obra premiada. Poniatowska, en su respuesta, dijo que "en México, cuando alguien fracasa, decimos que se le fue el tren, pero aquí en Venezuela a Rómulo Gallegos (derrocado a los pocos meses de gobierno) jamás se le fue el tren y a usted tampoco se le está yendo el tren". "¡Bravo!, no se nos debe ir el tren", dijo Chávez entre aplausos y a renglón seguido cantó la estrofa del famoso corrido mexicano Adelita que reza: "Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y por mar, si por mar en un buque de guerra, si por tierra en un tren militar". Poniatowska, autora de libros de cuentos, poemas y crónicas (el último, Amanecer en el Zócalo recoge las protestas que encabezó López Obrador tras su revés electoral), ha escrito otras novelas, como Hasta no verte Jesús mío (1969), La flor de lis (1988), Tinísima (1992) y La piel del cielo, con la que ganó el premio Alfaguara de novela en 2001. Cuando recibió su premio en Caracas hizo una elegía de Gallegos, a quien entrevistó cuando el venezolano vivió exiliado en México, a mediados del sigo XX, y recordó que el autor de Doña Bárbara fue en 1905 un joven empleado de ferrocarril. Abogó porque América Latina se una como ha hecho Europa. "¿Por qué no hacer lo mismo con nuestros países, que comparten economía, costumbres, religión, gustos, idioma y el mismo rencor a Estados Unidos?", dijo bajo una salva de aplausos al recibir el galardón. Ips - 24/8/2007 |
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"Escribo por una razón: lo necesito" Silvina Friera La poeta Perla Rotzait nació en febrero de 1920 en Buenos Aires. Ha publicado Cuando las sombras (1962), El temerario (1965), La postergación (1966), Premio Nacional de las Artes; El otro río (1970), finalista del concurso Sudamericana; La seducción (1975), Quieras que no (1975), Es un largo camino (1991), que incluye un poema a Goya que ganó por unanimidad el primer premio otorgado por la Oficina Cultural de España; Puertas que se abren (1996), Tu cabello de ceniza Sulamita (1996), Dos poemas inexorables, largos y con argumento (2001), Todo se ha dicho (2002) y Alguien leía mis poemas (2002). "Razono mejor con anteojos", dice, como si sonriera con los ojos, la poeta Perla Rotzait en el living de su departamento de la calle Posadas. !Haceme buenas fotos o te tiro del piso diecinueve", amenaza a la fotógrafa, tal vez para disimular su timidez de posar ante la cámara. A los 87 años, no está acostumbrada a las entrevistas, a hablar de su obra, de sus poemas. Cuenta que su filosofía de vida, teñida de cierto romanticismo que ella menciona con un tono zumbón, no se la recomienda a nadie, que puede resultar disparatada y hasta pide que no la imiten. Siempre creyó -y sigue creyendo- que no tenía que salir a buscar nada, que si los poemas que escribía y publicaba tenían algún valor, alguien lo sabría y se acercaría. "Nunca estuve en ningún círculo de ninguna especie", aclara. Ajena a los grupos y movimientos literarios, la poeta ha construido una obra -más de una docena de libros publicados- que Raúl H. Castagnino ha calificado como "desusada y auténticamente original". Su silencio "“no es incomunicación ni desarraigo", como se lee en uno de los poemas de El cuerpo (Alción), su último libro. Desde su primer poemario Cuando las sombras -publicado en 1962 por la editorial Losada con un prólogo-poema del poeta español Rafael Alberti, y recientemente reeditado por Pre-textos-, han pasado más de cuarenta y cinco años, y esa actitud de mantenerse silenciosa y al margen de la vidriera literaria quizá también se deba a un arraigado pudor por mostrarse. Y en estos tiempos donde el mandato es exhibirse -a veces con una pedantería ilimitada que roza la obscenidad-, la filosofía de vida Rotzait es un bálsamo que sus interlocutores agradecen. "Un poema es una flor que no necesita razones para vivir. Explicar un poema es quitarle creatividad, misterio y viveza. Creo que es un pecado explicar la poesía", admite en la entrevista con Página/12. "No está sólo la persona que crea el poema sino que después viene el crítico que cree que tiene que interpretar el poema, y luego el crítico que interpreta al crítico. Parece un asunto de nunca acabar", se queja la poeta. "Siempre tengo la curiosidad de saber qué sucedería si el crítico se animara a saltar al vacío y escribiera. A lo mejor, al final, no necesita hacer crítica". -¿Pero le gusta leer las críticas sobre sus libros? -Sí, coincida o no con lo que los demás dicen, sea un elogio o una patada. Me gusta porque estoy logrando el último acto del hecho de escribir. Uno podría escribir y dejar todo en un cajón. En última instancia, le guste o no le guste, el poeta necesita al otro. El hecho de que alguien te diga lo que fuere, para bien o para mal, de lo que le parece tu poema es una gratificación, porque publicás para que haya alguien que te vea, que te mire y que se dé cuenta de que existís. Si no, no publicarías. Rotzait invita a tomar café y mientras la conversación avanza suelta de a poco anécdotas que permiten ahondar en esa zona de su vida a la que sólo se accede con la visa de la confianza. "Era bastante tímida y no le mostraba a nadie lo que hacía -confiesa la poeta-. Iba a la casa de Rafael Alberti corrientemente y me ponía en un rincón para escuchar lo que decían los demás y observar las cosas que hacían. Pero recuerdo que en una ocasión alguien empezó a hablar mal de Camus. Me dio una indignación terrible y empecé a hablar como una cotorra defendiendo a Camus. No me paró nadie, todos se quedaron alelados: esta señora muda sabe hablar. A la semana siguiente, cuando volví a la casa de Rafael, me tomaba el pelo. Pues habla, Perla, habla de literatura. Ahí fue que me preguntó si escribía y, después de tanto insistir, le llevé el libro Cuando las sombras. Fue él quien le pidió a Losada que me lo publicara". El prólogo de Alberti, según Rotzait, es una de las críticas más serias que recibió. "El supo interpretar una serie de silencios porque entonces yo quería decir, pero callaba más". -Una paradoja, tal vez propia de la poesía, entre el decir y el callar. -A lo mejor era por pudor a mostrarme, no sé, no estoy muy segura. Otra de las cosas que me pasaba es que no decía que era poeta a los abogados, y a los poetas no les decía que ejercía la abogacía. En el campo de la abogacía no hablaba de poesía porque para los señores abogados era una mala palabra; que me perdonen, pero la mayoría no hubiera entendido nada de lo que escribía. Y cuando estaba con los poetas, no les decía que era abogada porque era una mala palabra. Recuerdo una de mis primeras audiencias en Tribunales. Tenía conciencia de que iba a poder ganarle al contrario porque leía literatura. Sabía que el poder de la palabra y del ingenio, que venían de la literatura, no estaban en el Código Civil. A pesar de que me moría de miedo, cuando tenía una audiencia, me decía: No importa, les voy a ganar porque leo literatura (risas). -En algunos poemas de Cuando las sombras alude al milagro del trigo, la multiplicación de los panes, y hay una zona del poemario titulada Parábolas o mi hermano el hombre. ¿La experiencia poética sería, como en la etimología de la palabra religión, un "religar"? -Siento que formo parte del cosmos. Mi sentido, mi permanencia no es algo que tenga que ver con la Tierra sino que la trasciende. Tengo un sentido místico de la vida que me hace creer que es una experiencia maravillosa la que nosotros tenemos en la Tierra, sin necesidad de que yo persista como Perla Rotzait en un futuro, cuando me muera. Me basta imaginarme que voy a ser un tomate maduro, porque en algo me voy a convertir. El polvo no desaparece, nada desaparece. En este sentido diría que soy religiosa. -¿Se podría, entonces, afirmar que su poesía es mística? -Sí, sin que me lo proponga. Cuando una persona se siente parte del cosmos y se expresa, esta relación tiene que reflejarse de alguna manera en lo que crea. A mí me conmueve que exista el trigo y que los panes puedan multiplicarse. Ese es el milagro de la vida, los demás son milagritos. -Lo que sorprende de Cuando las sombras, más que los temas, serían ciertos climas subrayados por la certeza de la muerte y de las ausencias, pero enunciados desde cierta madurez. Ahora cuesta leer esos poemas como el primer libro de una poeta en formación. -No sabría cómo explicarlo... El sentido de la muerte y de la ausencia se adquiere muy rápido en la vida. Casi diría que es una categoría que está dentro de uno y que no tiene que ver con la edad, al menos no en mi caso. Tal vez puede haber agudizado este sentimiento el hecho de haber perdido una hermana muy joven. Tal vez, pero no puedo asegurarlo... Jamás comete el pecado del exceso de énfasis cuando habla. Más bien prefiere extender un manto de dudas, lanzar un "no sé", "no estoy segura". Amable y atenta, no deja de ofrecer café. "El poema es un juego peligroso que fija el instante, y móvil para siempre, es otro", escribió en El cuerpo. La poeta Mirta Rosenberg planteó que desde un verso despojado, casi aforístico, "la poesía de Rotzait puede crecer sin desbordes hasta hacerse extensa y conquistar de punta a punta el blanco de la página sin volverse prosa, sin sucumbir a la voluntad de narrar in extenso. Puede arder en la fogata lírica y volverse puro pensamiento o cosa a secas prescindiendo de adjetivos, abrirse al centelleo áureo de los universales o concentrarse en la árida materia empobrecida del lenguaje cotidiano de una sociedad que ha olvidado los nombres que dan vida a las cosas". Rotzait sostiene que no cree que tenga influencias de ningún escritor, aunque en varios de sus poemas aparezcan mencionados, entre otros, Safo, Robert Walser, Blanchot, Tolstoi, Kantor, Raúl González Tuñón y Celan. "Escribo, simplemente, por el hecho de que lo necesito. Si mañana no lo necesitara, no escribiría nunca más. Así que no me veo influenciada por nadie. Lo que sucede es que amo la literatura, es una de las cosas más hermosas que me pasan en la vida, y es como una reverencia que hago frente a estos autores. Son abrazos que les doy a ciertos escritores a los que he leído". -Pero aunque escriba por necesidad, resulta difícil hacerlo prescindiendo del placer que le ha generado la lectura de esos autores. -No tengo memoria y esto es real. Para mí el pasado no existe; en un poema digo, y esto es absolutamente autobiográfico, que cuando me despierto tengo que recomponer mis rasgos porque no me acuerdo quién soy. Sigo viviendo, recomponiendo mis rasgos, y dentro de esos rasgos está Perla Rotzait. Como no tengo pasado, supongo que las lecturas se incorporan como si fueran mi sangre y traduzco después mis sentimientos, pero transmutados y convertidos en sangre. No recuerdo hechos pasados de mi vida, los evoco. Si me preguntaran cómo era la casa donde nací, puedo contar todos los detalles porque era una casa preciosa, pero no se me ocurre jamás recordar mi casa de Viamonte 1073; puedo evocar esa casa, que es diferente. Sé que no tener recuerdos es muy terrible, incluso para mucha gente es despreciable, pero en mí se da así. Es como si cada día se cerrara y al día siguiente yo naciera nuevamente. -¿Su necesidad de escribir poesía puede estar relacionada con el hecho de no tener memoria? -Ah... no sé, no necesito encontrar explicaciones para sentirme bien y fuerte. Entiendo que a la gente el misterio le resulte tan inaguantable y que necesite a toda costa encontrar razones y racionalizarlo todo, pero yo no. Me manejo muy bien con el misterio, me encanta, no me asusta, convivo con él. -¿Le sucedió como en uno de los poemas de El cuerpo de romper sus poemas, de tirarlos al aire? -No, nunca tiré al aire mis poemas, pero sí me pasó de sentir un gran disgusto con lo que había escrito. Ahora tengo un libro armado, que si no lo vuelvo a rehacer, no lo publicaré. Cuando lo terminé, me pareció una maravilla, qué bien que está esto, cómo lo logré, y después lo dejé dos o tres meses y cuando lo releí me pareció un horror. No me sucede con frecuencia, pero cuando me pasa algo así, dejo respirar a los poemas y después de un tiempo los retomo para ver si se pueden salvar o no. -¿Por qué en Cuando las sombras no usa puntos finales? -Esas eran coqueterías que tenía cuando era más joven (risas). No ponía puntos pero usaba mayúsculas, lo que sería un contrasentido. Podría decir que quería darles mayor valor al espacio o bien a los signos de puntuación; no era solamente las palabras, sino todo lo que estaba alrededor del poema, que es muy importante. Ahora me pregunto qué significado tiene no haber puesto puntos. Y, la verdad, fue por pura coquetería... (risas). A pesar de su reticencia hacia los cenáculos y capillas literarias, frecuentaban la casa de Rotzait, en las tertulias que organizaba y que la convirtieron en una suerte de referente de la cultura de su época, María Teresa de León, Aurora Bernárdez, Julio Cortázar, Olga Orozco, Rafael Alberti, Alberto Girri, María Granata, Ernesto Schoo, Italo Calvino, Miguel Angel Asturias, Alejandra Pizarnik y Arnaldo Orfila Reynal, entre otros. "Alejandra Pizarnik venía a casa con Elizabeth Azcona Cranwell, que decía que éramos las hermanitas, aunque podría haber sido la madre, y no digo la abuela porque ya es un poco exagerado. Alejandra, aparte de su gran talento, tenía mucha habilidad para relacionarse en el campo de la poesía. Pero yo no, no me movía en ningún campo. Nunca estuve en ningún círculo de ninguna especie". -¿Por qué construyó una obra ajena a todos los movimientos, en períodos en los que la pertenencia a un grupo era tan fuerte? -Simplemente porque creía en el ángel de la guarda. Y lo digo muy en serio. Creía que, con una idea muy romántica, no había que buscar nada, que si las cosas que uno hacía valían, alguien tenía que saberlo y se acercaría. Sé que es absolutamente disparatado. Si alguien se pone a escribir poesía, espero que no me imite (risas). Pero si me hubiera puesto a buscar, me hubiera sentido muy mal. Supongamos que tuviera dos o tres lectores, eso ya sería un lujo para un poeta. No recomiendo esta filosofía para vivir, no fue algo buscado, siempre fui así. Y soy así. -Tan mal no le fue practicando esta filosofía, ¿no? -No me fue nada mal, le estoy muy agradecida a la vida. Las horas acarician mi muerte rezo de madrugada-cómplice de las horas cercanas a la luz. Y se oscurece el día en la discordia de las horas horarios. Simulo que soy inmortal, el dulzor de las horas, mi muerte vestida de yo, agitando mis horas, su dulzor. Hay un espacio vacío, descubierto para otra proximidad mi próximo futuro en otro, vistiendo mi osamenta. Arbol errático, padre-infancia, madre, madre naturaleza, antes después, visión entera de un mundo rojo y amante agitando a la muerte, yo, mis horas. Mis horas acariciando la muerte. Poema de El cuerpo Página/12 - Buenos Aires, 23/6/2007 |
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Ernesto Cardenal compartió las veredas de la memoria Angel Vargas y Matilde Pérez Del amor de juventud a la denuncia social, de la piedad por la muerte de Marilyn Monroe a la reflexión espiritual y el llamado religioso, del canto revolucionario a la convicción utópica de un mejor porvenir. Entre la palabra precisa, llana, accesible; el humor sabio, y la denuncia incorruptible. Ese fue el camino que esbozó Ernesto Cardenal, un sendero de 82 años de vida, durante el recital que ofreció en el Foro Cultural Coyoacanense Hugo Argüelles (México D.F.), el último punto de su agenda antes de emprender el regreso a su patria, la madrugada del 14 de junio. Durante cerca de una hora, el nicaragüense, llamado "el más universal de los poetas de Latinoamérica", retomó diversos momentos y etapas de su creación poética para delinear con ello una especie de autobiografía lírica. Su voz templada, amorosa y por momentos traviesa dio cuenta de una selección de 15 poemas, ordenados y recitados de manera cronológica que lo mismo hacen referencia al no tan añejo dolor por el asesinato de un entrañable camarada del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que a un intenso e inolvidable amor de juventud. Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido:/ yo, porque tú eras lo que yo más amaba,/ y tú, porque yo era el que te amaba más./ Pero de nosotros dos, tú pierdes más que yo:/ porque yo podré amar a otras como te amaba a ti,/ pero a ti nadie te amará como te amaba yo (...) Heterogéneo en cuanto a género, edad y posición social, el público que desbordó el foro coreó la lectura que hacía el también sacerdote y ex guerrillero, quien antes de emprenderla ofreció una breve presentación o semblanza de la génesis de cada poema. Y así habló de su pasión por Claudia y de cómo "ese amor por la belleza de la mujer fue lo que me llevó al amor por Dios, el creador de toda belleza", y decidió por ello asumir los votos religiosos. Cardenal recordó cuando, en 1957, ingresó al monasterio de Our Lady of Gethsemani, en Estados Unidos, y lo que fue su vida en ese lugar, donde el día comenzaba a las dos de la madrugada, para leer los salmos; y de cómo conoció allí a Thomas Merton, su mentor y amigo, a quien debe su interés por las culturas originarias del continente, lo cual se plasmó incluso en un libro, Homenaje a los indios americanos. De su relación con el FSLN, Cardenal recordó cuando fundó una comuna en Solentiname, Nicaragua, por lo cual fue llamado al tribunal por sospecha de colaborar con la guerrilla. Y a César Augusto Sandino lo llamó el padre de una bella y gloriosa revolución, y recordó cómo ese personaje, en su estancia en México, aprendió el legado de Emiliano Zapata. Las veredas de la memoria llevaron al poeta al día en que, estando en el monasterio estadunidense, se enteró de la muerte de Marilyn Monroe y cómo ese hecho le inspiró un poema: (...) Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,/ el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo./ Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros/ por nuestra 20th Century/ por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado./ Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes (...) Para terminar la velada, se abrió una ronda de preguntas entre el público, en la cual Ernesto Cardenal reconoció en su poesía la influencia de Walt Whitman, no así la de José Martí; habló de cómo conoció a los escritores beats, entre ellos Allen Ginsberg, y opinó que en Nicaragua prevalece ahora "un falso sandinismo". Mencionó su gusto por la escultura, la cual cultiva desde joven a la par de la poesía, sobre la cual refrendó a manera de rúbrica: "Yo he tratado, sobre todo, de escribir una poesía que se entienda". La Jornada - México D.F., 15/6/2007 |
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"Hay que encarar la verdad" Narrador, periodista y traductor, Héctor Abad Faciolince nació en Medellín, Colombia, en 1958. Después de ser expulsado de la Universidad Pontificia Bolivariana (por un artículo irreverente que escribió contra el Papa) viajó a Italia, donde se graduó en Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turín. Regresó a Colombia en 1987, pero ese mismo año, después de que los paramilitares asesinaran a su padre y de recibir amenazas contra su vida, se refugió en Italia, donde fue lector de español hasta 1992. Nuevamente en Colombia, trabajó como traductor de italiano e inició su carrera de escritor. Ha publicado cuatro novelas: Asunto de un hidalgo disoluto (1994), Fragmentos de amor furtivo (1998), Basura (2000) y Angosta (2004); el libro de cuentos Malos pensamientos (1991); uno de viajes, Oriente empieza en El Cairo (2001), y Tratado de culinaria para mujeres tristes (1996). Obtuvo en España el primer Premio Casa de América de Narrativa innovadora en el año 2000, y en abril de 2005 le fue conferido en China el premio a la mejor novela extranjera del año por Angosta. Ha sido traductor, entre otros, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, Gesualdo Bufalino, Umberto Eco, Italo Calvino, Leonardo Sciascia, Natalia Ginzburg y Norberto Bobbio. Trabaja como columnista en la revista Semana de Bogotá. "Tu papá se está exponiendo mucho y lo van a terminar matando", le dijeron a una de las hijas. Quizá no hubo una muerte tan anunciada como la del médico Héctor Abad Gómez. Un día antes de que los paramilitares lo asesinaran, el 24 de agosto de 1987, lo llamaron de una radio para informarle que su nombre figuraba en una lista de personas amenazadas. Hasta le leyeron los "motivos" de la sentencia: "Presidente del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, médico auxiliar de guerrilleros, falso demócrata, peligroso por simpatía popular para la elección de alcaldes en Medellín. Idiota útil del PCC-UP". El crimen, como tantos otros, continúa impune, y el próximo 25 de agosto, cuando se cumplan 20 años de la muerte, la causa judicial prescribirá. El ex jefe paramilitar de Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), Carlos Castaño (desaparecido en 2004, y cuyo cuerpo fue encontrado en septiembre del año pasado), confesó: "Me dediqué a anularles el cerebro a los que en verdad actuaban como subversivos de ciudad. ¡De esto no me arrepiento ni me arrepentiré jamás!". El escritor Héctor Abad Faciolince se sacó esos recuerdos, como se tiene un parto, como se saca un tumor. Si un libro es un intento desesperado para hacer un poco más perdurable lo que es irremediablemente finito, el escritor necesitó tomar distancia, dejar que el tiempo apaciguara la rabia y el dolor para poder escribir El olvido que seremos (Planeta). Al mismo tiempo que evoca al padre -un reto literario en el que se midieron, con suerte dispar, Kafka, Joseph y Philip Roth, Martin Amis, Hanif Kureishi y V.S. Naipul-, sin pretenderlo, el libro es un retrato de la sociedad colombiana. El olvido que seremos está en las antípodas de Carta al padre, de Kafka. "Yo amaba a mi papá con un amor animal. Me gustaba su olor, y también el recuerdo de su olor", cuenta el escritor colombiano en el primer capítulo. Aunque en la reconstrucción de la figura paterna se perciba la tensión entre hagiografía, memoria y literatura, el autor la resuelve cuando cuestiona al padre por su excesiva confianza roussoniana en el ser humano, por el optimismo exagerado y la furia con que defendía las reivindicaciones sociales de la izquierda. "Es una de las paradojas más tristes de mi vida -confiesa el escritor-: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra". Y no es fácil conjurar la sombra de ese padre, en lo doméstico y en lo público. Faciolince sorprende a los empleados del hotel cuando pide que le suban un termo con agua y mate a la habitación. "Está muy amargo, como la vida", dice después de tomar el primer mate. Para escribir el libro, el autor colombiano consiguió el expediente judicial del asesinato de su padre, un "mamotreto grande", de más de 700 páginas. "Es un ejercicio de no investigación -señala en la entrevista con Página/12- Lo que la jueza hizo fue llamar a muchas personas a declarar: a mis hermanas, a mi mamá; declaraciones que no sirven para nada porque contamos lo que mi papá hacía y nuestras sospechas. Después llegó un investigador de Bogotá para vigilar la misma investigación y al mes le dieron vacaciones a la jueza encargada del caso. Más que una investigación parece una farsa, nunca hubo un detenido ni un implicado. Nunca, ni con la aparición del libro, ha habido interés en retomar la investigación". Faciolince advierte que a partir del comienzo del proceso de paz con los paramilitares, podrían surgir testimonios sobre por qué lo hicieron, por órdenes de quiénes y qué militares estuvieron implicados en el asesinato. -¿Y esta pacificación está logrando domesticar y controlar la violencia, o Colombia sigue siendo un país "tan fértil para la muerte"? -Sigue siendo fértil, aunque ahora las cosechas son menos abundantes, afortunadamente. Desde que los paramilitares se desmovilizaron, ha habido menos asesinatos. Eso demuestra una cosa: quienes más mataban eran ellos, y si el proceso se rompe, podríamos volver a los mismos niveles de asesinatos. Mi familia y la de muchas otras víctimas, por el simple hecho de que las muertes han disminuido, estamos, más que de acuerdo, resignados a que haya una dosis alta de impunidad, que es lo está sucediendo ahora. Pero lo que pedimos, y lo que no se está dando, es que haya una dosis muy completa de verdad. No queremos que solamente se acusen a los militares muertos o algunos que están presos por casualidad. Nosotros quisiéramos que se supieran todos los nexos que hay entre el paramilitarismo y los que supuestamente tienen las manos limpias, que no las tienen. Ni las manos ni la conciencia. El mismo comisionado de Paz dijo que Colombia no soportaría la verdad, y creo que tenemos que encarar la verdad que hasta que no la encaremos, si no vamos a seguir en la misma farsa. Pero hay mucho temor; los asesinatos son un mensaje a los demás, es como decir que si intentan investigar, pueden morir. Estamos en manos de la fiscalía y los jueces, confiamos en que realmente hagan el trabajo de armar el rompecabezas de los asesinatos, aunque todo en Colombia es tan grande que es como si la realidad lo superara a uno. No sé si ellos van a ser capaces de armar este rompecabezas en tan poco tiempo. -Usted señala que su padre se definía como un híbrido: cristiano en religión, marxista en economía y liberal en política. Pero en un momento recuerda que por la formación que recibió él se sentía un hombre del siglo XVIII que estaba por cumplir 200 años. ¿Era un hombre de ideales románticos "trasplantado" al XX? -Lo que sucede es que el siglo XVIII al que se refería, el antioqueño, era como el medioevo. Pero su personalidad era del siglo XVIII, un idealista con sueños patrióticos, con ideales que aspiran al martirio, como Byron. En mi padre había una mezcla rara de muchas tradiciones porque su formación intelectual, y la que me dio a mí, es muy del Siglo de las Luces, de confianza en la razón, en la educación, en la ciencia, como si hubiera pasado por encima del desastre del siglo XX que hizo perder la confianza en la razón. Su pensador de cabecera era Bertrand Russell. Es como un nuevo iluminismo, en el que todavía confió. -Sin embargo, hay momentos en que cuestiona fuertemente a su padre por cierta ingenuidad iluminista... -Me enojaba su confianza muy roussoniana en el ser humano. Lo malo es que creía que las personas eran esencialmente buenas, y que con el diálogo podrían recuperar su bondad. Era de una tolerancia tan extrema que toleraba a los intolerantes más fanáticos, y eso es ingenuidad. Creo que confiar tanto en la naturaleza humana y no darse cuenta de que somos muy imperfectos, y de que hay personas profundamente malas, es ser ingenuo. El tenía una confianza genética que yo no tengo; no pienso que nazcamos buenos. Creo que somos un amasijo de cosas buenas y malas. Lo critico por su bondad y optimismo excesivos; es una crítica con pesar por su ingenuidad. -En un momento confiesa que le resultaba insoportable tener un padre tan perfecto. ¿Ese punto de vista es una construcción literaria? -Es muy difícil ser entrevistado en la Argentina, todos tienen la figura de un padre tan psicoanalítico (risas), que forma las estructuras del super yo, una figura autoritaria, que es imposible... No es una creación literaria, es tal cual lo cuento. La memoria, de todas maneras, es una creación literaria que acomoda y deforma las cosas. Pero si las deformo y las acomodo sin darme cuenta es basado en algo completamente real. Cuando digo que es excesivamente bueno, tal vez estaba pensando en la Carta al padre de Kafka al revés, y eso sí es muy literal (suspira). Es más difícil escribir sobre un padre con el que se ha tenido una buena relación, como es más complicado escribir sobre un amor feliz que sobre uno infeliz. La retórica contemporánea no admite mucho las historias felices, las familias felices y los amores que terminan bien porque todo parece una novela cursi y sentimental. Probablemente por eso me demoré tanto en escribir este libro, porque al fin y al cabo soy consciente de la tradición literaria en la que vivo. Tener un padre muy bueno, fuera de la dificultad literaria, implica una dificultad vital: no tener un antagonista... ¡uf! suena tan psicoanalítico (risas). -Hay que matar al padre... -Sí, tienes que matar al padre, pero no por lo que los psicoanalistas dicen, sino por lo contrario, para alejarte de él, no para competir. Bueno, no sé, no puedo pensar en esos esquemas, pero los tengo también incorporados porque me psicoanalizó una argentina (risas). No me propuse hacer una descripción ni cultural ni sociológica ni psicoanalítica de nada. Lo que me planteé fue contar esa historia que me parecía necesario contarla para mí y para que mis hijos supieran de dónde vienen mis propias neurosis, para que supieran por qué vivo aterrorizado con las motos, con los lunares (por la muerte de mi hermana Marta), con la violencia; quería explicarles muchas cosas. Uno deja de ser niño cuando se da cuenta de que hay un mundo antes del nacimiento, que es el mundo de la infancia de los padres, de los abuelos, imposible de pensar, pero que lo construye a uno como persona. Escribir este libro era importante para mí, para mi familia y para la sociedad donde vivo; que las víctimas, los muertos, contaran su historia en una sociedad que ha sido muy contada desde el punto de vista de los matones. Me interesaba que se viera la otra historia, pero me doy cuenta de que en la Argentina tiene unas implicaciones psicoanalíticas que no sé resolver, que me hacen sudar. Bueno, si quiere me acuesto y trato de responder, pero vamos despacio (risas). -¿El capítulo más difícil de escribir fue Abrir los cajones, en el que después de revolver papeles y documentos, descubre la homosexualidad de su padre? -No, el capítulo que más me hizo sufrir fue el de la muerte de mi hermana, que es el personaje más olvidado y más triste e importante porque fue una vida trunca. El que siempre me resistí a escribir era el capítulo del asesinato de mi padre. Llegaba a esa instancia y me ponía a escribir un cuento, me iba de viaje, le sacaba el cuerpo como fuera. El cerebro te engaña, ¿no?, ya había escrito todo lo otro y me inventaba excusas para no seguir. Lo tuve que sacar a la fuerza, como un tirabuzón. El capítulo Abrir los cajones no fue tan difícil de escribir, pero me costó mostrárselo a mi familia. Recuerdo que tenía un viaje, por una traducción de un libro mío al chino, y me iba a Pekín. Entonces les dejé el libro a mis hermanas y a mi mamá: "Ahí tienen". No quería ver sus caras ni sus reacciones, prefería estar en China (risas). Cuando volví hubo llantos, algunas de mis hermanas ni siquiera sabían, otras sí. Yo estaba dispuesto a quitarlo, pero mi mamá, que sí lo sabía, me dijo: "A mí me gustaba tu papá como era, todo entero, completo". En Colombia nunca me preguntaron por este tema, creo que les da miedo hablar de esto. Incluso una de las reseñas que publicaron era muy torpe, escrita por un periodista, probablemente muy inculto, que decía que yo lanzaba insinuaciones y no las resolvía, como si mi papá hubiera hecho algo incorrecto en su vida pública. Evidentemente, es una persona que no sabe leer. -¿Por qué piensa que su papá no se fue del país, si un día antes de que lo mataran supo que figuraba en una lista de personas amenazadas de muerte? -Es muy raro; no sé por qué no lo agarramos y lo obligamos a irse... El tenía un sentido muy estético para vivir; creo que esa muerte le parecía horrible, pero hermosa. Como era un optimista, creía que era una muerte útil, pensaba que si lo mataban a él, que era una figura respetada, la sociedad se iba a conmover. Se han conmovido más con este libro, pero no con la muerte directa. Es curioso: se necesita más contar las cosas que vivirlas para que la gente se conmueva. Página/12 - Buenos Aires, 14/5/2007 |
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"No se puede vivir sin la poesía" Silvina Friera A su madre le gustaba escuchar tangos, y él canta el comienzo de Ninguna con su voz finita, quebrada por el murmullo de la gente que recorre el predio de la Rural. "Esta puerta se abrió para tu paso, este piano tembló con tu canción, esta mesa, este espejo y estos cuadros, guardan ecos del eco de tu voz..." Cuando el poeta cubano se entusiasma, cita versos, recuerda frases y canciones, aunque el café que pidió se enfríe. "La poesía está más viva que nunca y es tan necesaria como la respiración porque no se puede vivir sin ella", dice César López, que inauguró el Segundo Festival Internacional de Poesía en la Feria del Libro. El autor de Segundo libro de la ciudad -prohibido hasta 1988 por incluir un poema en el que denunciaba, en 1970, la existencia de campos de reclusión en La Habana- sabe que la relación de todo creador con el poder político es siempre compleja. López, que soportó durante quince años el "exilio" interno del silencio hasta que pudo volver a publicar sus libros en la isla, cuenta que afrontó esta circunstancia con "honestidad desgarradora", pero sin negar que sintió miedo. Y con esa misma honestidad, durante la reciente Feria del Libro de La Habana, sorprendió a los cubanos cuando en el acto de apertura, ante Raúl Castro y el ministro de Cultura Abel Prieto, recordó a varios escritores del exilio, como Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, José Kozer y Lydia Cabrera, entre otros, quienes tuvieron una relación distante o crítica con la revolución. "Este encuentro se complementa con lo que está pasando con la poesía en el festival de Medellín, de Bogotá o el de La Habana, para limitarnos sólo a América -opina el poeta-, pero que en una feria del libro se convoque un encuentro de poesía resulta esplendoroso, no solamente porque nos encontramos también poetas de todas partes sino porque queremos que el lector se comunique más con el mundo de la creación poética". -¿Ahora los lectores se están acercando más a la poesía? -Desde el siglo XIX, desde la eclosión del modernismo, desde el momento en que los poetas de nuestra América cambian el panorama de la poesía escrita en nuestra lengua, ha habido un devenir progresivo y permanente de la poesía. Pensemos que cuando Rubén Darío se encuentra con José Martí en Nueva York le llama "padre" y Martí le dice a Darío "hijo". Es decir que ya hay un fundamento, una piedra de la construcción de una poética nuestra, que va a influir inclusive en los poetas de la península. Hay una interrelación entre los poetas y los lectores de poesía en Colombia, México, Chile, Argentina, Perú y Cuba. En los últimos años los que se dedican a la poesía se sienten orgullosos de ser poetas y de ser reconocidos como tales. Antes el poeta era considerado un "comemierda", que en Cuba es una expresión muy dura, pero ahora los poetas son respetados. Es increíble participar del festival de poesía de Medellín, una ciudad tan difícil, tan violenta, que reúne a miles de personas y a cientos de poetas de todo el mundo. A veces hay diez mil o quince mil espectadores escuchando poesía dicha en los más variados idiomas. -¿Por qué antes los poetas no se sentían orgullosos de su condición? -Una parte de la sociedad burguesa despreciaba a los poetas y entonces muchos interpretaron el papel de malditos y empezaron a oponerse al sistema que los contradecía, los combatía. Hay que tener cuidado, porque muchas veces el sistema acepta a los poetas para poder maniatarlos y silenciarlos. Pero creo que los escucha, aunque tengan visiones contradictorias en relación con la sociedad, y sobre todo con los gobiernos. La relación de todo creador con el poder político es difícil, aun cuando en un país ha surgido un movimiento de esperanza -estoy pensando en la revolución de Octubre en la antigua Rusia-, el choque con los poetas fue tremendo: fueron perseguidos, muchos se suicidaron, no fueron reconocidos; hombres y mujeres que tuvieron que esperar el paso del tiempo para que fueran aceptados por lo que eran: voces del pueblo. También en España la Guerra Civil comienza y termina con la muerte de poetas; comienza con la de Lorca y termina con la de Miguel Hernández, pasando por la muerte de Machado, cuando cruza la frontera hacia Francia. -¿La poesía le permitía "decir" lo que no podía decir públicamente en los años en que estuvo silenciado en Cuba? -Como decía el poeta español Luis Cernuda, el compromiso fundamental de un poeta es con la poesía, pero ese compromiso no lo exime de lo que está pasando, de sus circunstancias. El poeta debe estar abierto a todo lo que está pasando en su mundo, en su coyuntura. Borges siempre afirmó que el tema fundamental de la poesía es el tiempo, y el tiempo obliga al creador a estar atento al futuro sin desmerecer lo que el pasado le trae. El filósofo Heidegger hablaba de un futuro "sido"; los poetas están en el presente, enganchados al pasado y a ese concepto heideggeriano del futuro "sido". Para mí la poesía quiere decir ponerse al servicio de la creación en el sentido clásico de la palabra. Eso es lo que he intentado hacer en mi país. Si lo he logrado o no, el tiempo dirá la última palabra o no dirá absolutamente nada, que es una forma de opinar. Pero el hecho de que me pusiera al servicio de la poesía no implicó que no pudiera opinar. Mi compromiso histórico ha tratado de ser siempre crítico; toda mi poesía, o todo lo que el lector cree que es mi poesía, estuvo en esta trayectoria de comprensión crítica de la realidad, comprensión que, en su expresión, muchas veces fue prohibida. No se trata ahora sólo de lo que dije recientemente en la Feria de La Habana; lo que he dicho últimamente lo venía sosteniendo en los textos, en los discursos, en las conferencias, en mi casa. Y no me arrepiento porque, como casi todos mis colegas, intento ser honesto. Martí decía, en una frase que algunos les ha molestado: "Yo soy honrado y tengo miedo". -¿Sigue habiendo tensiones entre las expresiones "cultas" y "populares" en la poesía latinoamericana? -La cultura no es solamente la "alta" cultura sino la cultura popular, inclusive la terminología es falsa. En la Argentina se puede ver cómo los grandes poetas asumen el tango y cómo los tangueros asumen a los grandes poetas: "Esta puerta se abrió para tu paso, este piano tembló con tu canción, esta mesa, este espejo y estos cuadros, guardan ecos del eco de tu voz". Este tango (Ninguna) es un gran texto poético argentino. Así como los argentinos no pueden pensar la poesía sin el tango, en Cuba no podemos pensar la poesía sin Benny Moré, Celia Cruz, Bola de Nieve, pero también sin Nicolás Guillén, Carpentier, Lezama Lima, Piñera, sin la guaracha, sin el son y la rumba. Todavía tenemos que aprender que la poesía admite muchas posibilidades. Por ejemplo, en la Biblia aparece este versículo: "En la casa de mi padre muchas moradas hay". Esto quiere decir, como lo expresamos en Cuba, que hay dulces para todos. Debemos promover las más diversas variedades de expresión poética para que, como decía el poeta alemán Hölderlin, dejemos de ser un signo sólo de los indescifrados para ser disfrutadores gozosos, aunque lloremos, del signo poético. -En la Argentina muchos señalan que la obra poética de Borges es menor, comparada con su narrativa. ¿Qué opina? -Todo lo contrario, Borges es uno de los grandes poetas de la lengua del siglo XX, y está a la altura de Vallejo, de Neruda, de Octavio Paz. Borges es un poeta excelente y hasta me animo a decir que es más poeta que narrador. En una conferencia en México alguien me dijo: "Me extraña que un cubano haya citado tantas veces a Borges". Y yo le contesté que lo que debería haberle extrañado es que un cubano no hubiera citado tantas veces a Borges. Si Borges no hubiera existido, lo habríamos tenido que inventar. Página/12 - Buenos Aires, 2/5/2007 |
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Encomio de José Watanabe Ramón Rocha Monroy Debo a la conjunción de un viaje y un compañero de viaje el descubrimiento de la obra de José Watanabe. Durante un vuelo, con su amabilidad seductora y habitual, Juan Claudio Lechín me leyó El guardián del hielo, acaso su poema más emblemático. "El hielo es el símbolo de la fugacidad, de algo que se deshace inevitablemente. El poeta mira y aprende", explicó alguna vez Watanabe. Recuerdo que Juan Claudio se quedó dormido y entonces tomé el libro y copié algunos poemas en mi libreta de apuntes. Incluso jugué a encontrar un presagio en el verso que coincidiera con el aterrizaje. Ahora encuentro la noticia de que, en estos momentos, se está velando y hoy será enterrado en Lima. No es bueno narrar un poema ajeno, pero quisiera explicar la tensión de arco que me produjo el ejercicio de contemplación de Watanabe frente a una Mantis Religiosa: lo examina en la arena, le sorprende que no escape, que no se mueva, y comprueba que sólo es el envoltorio de una Mantis. Entonces recuerda la lectura de una enciclopedia: cuando copula, la Mantis hembra introduce en la boca de su pareja un líquido que la disuelve por dentro, y la devora. Aquel macho que el poeta contempla murió devorado de amor. Hasta ahí el poema ya es admirable, pero Watanabe agrega un detalle: la enciclopedia olvidó consignar que en los labios del macho había grabada una palabra de gratitud. La misma tensión sentí con el poema del cazador de ciervos que apunta a su víctima y genera un lazo magnético que los inmoviliza a ambos: nada más le pide que gire un tanto para perfilar el lado exacto de su corazón. ¡Jamás había leído metáfora más precisa de las artes de seducción! Watanabe murió a los 61 años. Treinta años atrás le creció un nenúfar en el pulmón y permaneció allí agazapado a la espera del zarpazo final, que se produjo la noche del 25 de abril en el hospital de Neoplásicas. Leo la prensa de Lima, que trae el aviso de la muerte de José Watanabe Varas y recuerdo el testimonio de Eduardo Mitre: me dijo que lee con devoción a Watanabe. Un poeta contemplativo y celebratorio no tiene pierde acercándose a la obra del finado autor de Banderas detrás de la niebla. "Ésta es tu última noticia, cuerpo:/ una radiografía de tus pulmones, brumas / inquietantes, manchas de musgo sobre la nieve sucia", escribió en ese libro publicado el 2006. "Miembro de la generación del setenta, José Watanabe nació en Laredo, Trujillo, en 1946. Su padre fue un campesino japonés y su madre una peruana de tierra adentro", dice el cronista. E informa que también fue guionista de Maruja en los infiernos y La ciudad de los perros, películas basadas en las novelas de Enrique Congrains y Vargas Llosa, respectivamente. Entre múltiples guiones escribió asimismo Antígona, para teatro, y hace sólo meses, tres volúmenes de poemas para niños. Los amigos le decían El Gran Wata, y aunque lamentan su muerte, lo despiden seguros de que él "habitará entre nosotros", como escribió en uno de sus versos. Bolpress - 28/4/2007 |
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La francofonía celebra su diversidad Dalia Acosta La presencia de la cultura francófona en Cuba resulta hoy tan cotidiana como tomar una taza de café, costumbre importada por la emigración haitiana a principios del siglo XIX, que se integra a una herencia histórica compartida con el entorno caribeño. "El mundo insular francófono es una poderosa vertiente de diversidad", aseguró la escritora cubana Nancy Morejón, premio Nacional de Literatura 2001, en una conferencia con motivo de la Semana de la Francofonía, celebrada en la capital cubana, y en buena parte del mundo, entre el 16 y el 23 de marzo. "No se explica la obra de Alejo Carpentier, ni de Nicolás Guillén sin el Caribe francófono", dijo Morejón a IPS, al referirse a dos de los escritores esenciales de la literatura cubana en el siglo XX. "Ninguno de esos autores fue igual después de haber visitado Haití en los años 40". "La cultura francófona es un movimiento interesante que nos falta estudiar", confesó la también directora de la revista Anales del Caribe, publicación del Centro de Estudios del Caribe de la Casa de las Américas, una de las principales instituciones culturales cubanas. "Creo que tenemos que crear las coordenadas para establecer esos vínculos que son fundamentales y muy enriquecedores". Desde finales del siglo XVIII e inicios del XIX llegó de Haití a Cuba una avalancha migratoria compuesta por alrededor de 30.000 colonos franceses y sus dotaciones de esclavos, que se instalaron a todo lo largo de la isla. Aunque la influencia francesa había comenzado a sentirse desde antes por su preeminencia en las costumbres de la corte española y la expansión de las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa de 1789, la llegada de quienes escapaban de la guerra de independencia haitiana marcó profundamente el desarrollo socioeconómico de Cuba. A fines de 1700, enancado en la rebelión de los esclavos negros, Haití se encaminó hacia la independencia, que alcanzó en 1804, siendo el segundo país de América en conseguirla, después de Estados Unidos. La desestabilización de la antigua otrora rica colonia francesa fue decisiva "para que la sacarocracia (aristocracia azucarera) cubana se alzara al primer plano en la producción y comercialización del azúcar", asegura el investigador cubano Emilio Hernández. Además, la rebelión de los esclavos fue empleada durante años "como pretexto para postergar la abolición" de la esclavitud y la independencia de Cuba. La experiencia y la tecnología importada desde Haití sustentaron también el esplendor de la producción de café durante unos 30 años, un fenómeno que, más allá de la esfera económica, se expresó en el surgimiento de manifestaciones culturales como la tumba francesa, un tipo de baile, canto y percusión de origen afrohaitiano, declarado por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad en 2003. Giomni Ruiz, de 29 años, es uno de los más jóvenes profesores de la Alianza Francesa de La Habana, el lugar donde, a su entender, "se valora mejor el francés, la lengua en toda su dimensión, más allá del simple instrumento de comunicación". "No solo trato de enseñar gramática y léxico, o técnicas para un examen internacional, sino también la forma de pensar, de sentir de esa cultura, aunque nunca en detrimento de la autóctona, a la que adoro también", dijo a IPS. "Siempre pienso que la pluralidad nos hará mejores". La Alianza Francesa de la capital cubana, una de las más de 250 existentes en América Latina, fue una de las instituciones que auspiciaron la Semana de la Francofonía. Cerca de 200 millones de personas que hablan francés en el mundo, bajo el llamado a "vivir juntos siendo diferentes", fueron convocadas a festejar estas jornadas, que alcanzaron su cenit el Día Internacional de la Francofonía, el 20 de marzo. "Estas palabras están ahí para recordarnos todo lo que nos acerca, pero también todo lo que nos separa; para recordarnos esas valiosas diferencias que constituyen la diversidad y la riqueza de la comunidad francófona, así como también esas diferencias intolerables que impiden la acción de la francofonía", afirmó en su mensaje por la fecha el ex presidente senegalés Abdou Diouf, secretario general de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF). La OIF comprende a 68 países de Europa, África, Asia, América del Norte y el Caribe, reunidos en torno a cuatro misiones fundamentales: promover la lengua francesa y la diversidad cultural y lingüística; impulsar la paz, la democracia y los derechos humanos; apoyar la educación, la formación, la enseñanza superior y las investigaciones; y estimular la cooperación al servicio del desarrollo sostenible y la solidaridad. En una carta abierta a la comunidad francófona, Diouf recordó el papel determinante de la OIF en la aprobación de la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación la Ciencia y la Cultura), lo que demostró su fuerza en "un foro de concertación creado para trascender las diferencias Norte-Sur". En Cuba las celebraciones incluyeron conferencias sobre el tema, exposiciones de artes plásticas, conciertos y la realización de la 11 edición del Festival de Cine Francés, con funciones en 31 ciudades. Para Jean-Marie Borzeix, consejero del presidente de la Biblioteca Nacional de Francia, la francofonía emana hoy del vínculo fructífero del idioma de su país con otras lenguas, "desde una relación de igualdad y reciprocidad", un hecho novedoso pues desecha las posiciones de dominación del pasado colonial. Invitado a impartir una conferencia en el Museo Nacional de Bellas Artes de La Habana sobre la "otredad" en el universo francófono, Borzeix dijo a IPS que ese respeto a las diferencias lingüísticas resulta importante "en un momento en el que sobre el mundo se cierne una gran amenaza de imponer cierta uniformidad, de implantar la hegemonía de una cultura, sobre todo de la anglo-estadounidense". Según Borzeix, el concepto de francofonía nació alrededor de las independencias de los países africanos entre las décadas del 50 y 60, a partir de las ideas de un grupo de intelectuales como el senegalés Léopold Sédar Senghor, el martiniqués Aimé Césaire y el guayanés León-Gontran Damas. La creación del término indicó que los países considerados "periféricos" reclamaban su derecho a ser reconocidos como centros de producción y difusión de cultura. La lengua francesa se convirtió entonces en lo que Senghor definió como "la maravillosa herramienta encontrada en las ruinas del régimen colonial". Ips - 27/3/2007 |
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Volvimos a nacer Gabriel García Márquez No tenía la menor idea del significado ni el origen de esa frase ni hacia dónde debía conducirme; lo que hoy sé es que no dejé de escribir ni un solo día durante 18 meses hasta que terminé el libro [Cien años de soledad]. Parecerá mentira, pero uno de mis problemas más apremiantes era el papel para la máquina de escribir; tenía la mala educación de creer que los errores de mecanografía, de lenguaje o de gramática eran en realidad errores de creación y cada vez que los detectaba rompía la hoja y la tiraba al canasto de la basura para empezar de nuevo. Con el ritmo que había adquirido en un año de práctica, calculé que me costaría unos seis meses de mañana diarias para terminar. Esperanza Araiza, la inolvidable Pera, era una mecanógrafa de poetas y cineastas que había pasado en limpio grandes obra de escritores mexicanos, entre ellos La región más transparente, de Carlos Fuentes; Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y varios guiones originales de don Luis Buñuel. Cuando le propuse que me sacara en limpio la versión final, la novela era un borrador acribillado de remiendos, primero en tinta negra y después en tinta roja para evitar confusiones, pero eso no era nada para una mujer acostumbrada a todo en una jaula de locos. Pocos años después Pera me confesó que, cuando llevaba a su casa la última versión corregida por mí, resbaló al bajarse del autobús con un aguacero diluvial y las cuartillas quedaron flotando en el cenegal de la calle; las recogió empapadas y casi ilegibles con ayuda de otros pasajeros y las secó en su casa, hoja por hoja, con una plancha de ropa. Lo que podría ser motivo de otro libro mejor es cómo sobrevivimos Mercedes y yo con nuestros dos hijos durante ese tiempo en que no gané ningún centavo por ninguna parte, ni siquiera sé cómo hizo Mercedes durante esos meses para que no faltara ni un día la comida en la casa. Habíamos resistido a la tentación de los préstamos con interés hasta que nos amarramos el corazón y emprendimos nuestras primeras incursiones al Monte de Piedad. Después de los alivios efímeros con ciertas cosas menudas, hubo que apelar a las joyas que Mercedes había recibido de sus familiares a través de los años. El experto las examinó con un rigor de cirujano, pasó y revisó con su ojo mágico los diamantes de los aretes, las esmeraldas del collar, los rubíes de las sortijas y al final nos los devolvió con una larga verónica de novillero: "Todo esto es puro vidrio". En los momentos de dificultades mayores, Mercedes hizo sus cuentas astrales y le dijo a su paciente casero sin el mínimo temblor en la voz: "Podemos pagarle todo junto dentro de seis meses". "Perdone, señora -le contestó el propietario-, ¿se da cuenta de que entonces será una suma enorme?" "Me doy cuenta -dijo Mercedes impasible-, pero entonces lo tendremos todo resuelto. Esté tranquilo". El buen licenciado, que era un alto funcionario del Estado y uno de los hombres más elegantes y pacientes que habíamos conocido, tampoco le tembló la voz para contestar: "Muy bien, señora, con su palabra me basta", y sacó sus cuentas mortales: "La espero el 7 de septiembre". Por fin, a principios de agosto de 1966, Mercedes y yo fuimos a la oficina de correos de la ciudad de México para enviar a Buenos Aires la versión terminada de Cien años de soledad, un paquete de 590 cuartillas escritas a máquina a doble espacio y en papel ordinario y dirigidas a Francisco Porrúa, director literario de la Editorial Sudamericana. El empleado del correo puso el paquete en la balanza, hizo sus cálculos mentales y dijo: "Son 82 pesos". Mercedes contó los boletos y las monedas sueltas que le quedaban en la cartera y se enfrentó a la realidad: Sólo tenemos 53. Abrimos el paquete, lo dividimos en dos partes iguales y mandamos una a Buenos Aires, sin preguntar siquiera cómo íbamos a conseguir el dinero para mandar el resto. Sólo después caímos en la cuenta de que no habíamos mandado la primera sino la última parte, pero antes de que consiguiéramos el dinero para mandarla ya Paco Porrúa, nuestro hombre en la Editorial Sudamericana, ansioso de leer la primera mitad del libro nos anticipó dinero para que pudiéramos enviarlo. Fue así como volvimos a nacer en nuestra vida de hoy. Muchas gracias. IV Congreso Internacional de la Lengua Española - Cartagena (Colombia), 26/3/2007 |
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"García Márquez es un espejo de nuestra cultura" Silvina Friera El año del "gaboleo" comienza a puro cañonazos en Aracataca, un pueblo caluroso del litoral caribeño en medio de extensas plantaciones de bananos, donde nació hace 80 años Gabriel García Márquez. El lugar no es un mero apunte geográfico: le sirvió de inspiración para crear e inmortalizar sus ficciones. Pero como buen tímido y renuente a los homenajes públicos, no fue posible establecer dónde pasará su cumpleaños Gabo. "Ya me lo dijo: Me voy a esconder. El se va a escapar, no va a haber manera de felicitarlo", dijo el periodista colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, su amigo personal. Y por culpa del calendario -se cumplen también 40 años de la publicación de su obra maestra, Cien años de soledad, y 25 de la concesión del Premio Nobel de literatura-, parece que el escritor colombiano vivirá buena parte del año escondido. O al menos eso intentará, si lo dejan. "Lo peor que le puede suceder a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, o en un continente que no está acostumbrado a tener escritores de éxito, es publicar una novela que se venda como salchichas", aseguró en una ocasión. "Ese es mi caso. Me he negado a convertirme en un espectáculo, detesto la televisión, los congresos literarios, las conferencias y la vida intelectual". Hijo del telegrafista Gabriel Eligio García y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, y el mayor de once hermanos, Gabo pasó los primeros años de su infancia con sus abuelos maternos, el coronel Nicolás Márquez -su ídolo de toda la vida- y Tranquilina Iguarán, quienes acostumbraban contarle relatos, fábulas e historias. A la muerte de su abuelo, fue enviado a estudiar a Barranquilla y en 1940 viajó a Zipaquirá, donde fue becado para estudiar el bachillerato. Los recuerdos de su familia y de su infancia -el abuelo como prototipo del patriarca familiar, la vivacidad del lenguaje campesino y la natural convivencia con lo mágico- aparecen años más tarde -transfigurados por la ficción-, en otras obras como La Hojarasca. Aunque estudió Derecho, dejó la carrera para dedicarse al periodismo y a la literatura. En 1948 se trasladó a Cartagena, donde trabajó en el diario El Universal. Posteriormente pasó a El Heraldo, de Barranquilla, y culminó en El Espectador de Bogotá. Mientras trabajaba en este diario, escribió Relato de un náufrago, en el que narró la aventura de un marinero colombiano que sobrevivió varios días en el mar luego de que el barco en el que viajaba naufragara. Las revelaciones del marinero le provocaron problemas con el gobierno del entonces presidente Gustavo Rojas Pinilla, por lo que Gabo fue enviado por El Espectador a París como corresponsal. Y escribió novelas con las que conquistó el reconocimiento mundial, como El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca y Crónica de una muerte anunciada, entre otras. Como si se tratara de una de las obras en las que el Nobel colombiano fusiona "el tiempo y el espacio, la realidad y la ficción", las semanas entrantes serán una larga fiesta, opinó Dasso Saldívar, autor de Viaje a la semilla, exhaustiva biografía de García Márquez. Los festejos comenzarán en un Congreso de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y seguirán con un homenaje póstumo a Ryszard Kapuscinski, el periodista polaco al que García Márquez consideraba su verdadero maestro en la profesión, el 23 y 24 de marzo en la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que el escritor colombiano fundó y financió en 1994 para perfeccionar a los nuevos cronistas de habla hispana. Pero el punto culminante llegará dos días después, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, que en esta ocasión se celebrará en Cartagena. En la inauguración, Gabo recibirá el primer ejemplar de la edición especial de Cien años de soledad a cargo de la Real Academia Española (RAE), de 756 páginas, que tendrá una tirada de un millón de ejemplares y que contará con textos de Alvaro Mutis, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, Gonzalo Celorio, Sergio Ramírez, Claudio Guillén, Juan Gustavo Cobo Borda, el director de la RAE, Víctor García de la Concha, y el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia. Esta novela de García Márquez, la principal de su producción, conserva la virtud de atrapar tanto al lector común y corriente como a los críticos más agudos, un fenómeno que la Editorial Sudamericana, de Buenos Aires, constató hace 40 años cuando los 8000 ejemplares de la primera edición se agotaron en cuestión de días. Desde aquel 5 de junio de 1967 la obra maestra del colombiano fue traducida a 35 idiomas, desde el ruso hasta el esperanto, pasando por el húngaro y el chino, y se calcula que sus ventas han superado los 30 millones de ejemplares. Hace poco fue elegida por un grupo de 125 intelectuales como una de las 20 mejores novelas de la historia y, junto con El Quijote, son las únicas en español de la lista. Para la escritora, crítica e investigadora argentina Graciela Maturo, Cien años de soledad constituyó "un verdadero manifiesto del Realismo Mágico Latinoamericano". Maturo señala que el escritor había descubierto "un modo milyunanochesco de contar, reuniendo y zurciendo como un nuevo aeda las historias grandes y menudas de su familia, su pueblo, su Patria Grande americana". Para la autora de Claves simbólicas de García Márquez, el decir aparentemente inocente, próximo a la conversación oral, está cargado de intencionalidad filosófica, cultural y política. "Construye un espejo de nuestra cultura, con su génesis y su apocalipsis, sus carencias, excesos, fiestas, valores, antivalores. Alcanza efectos líricos, dramáticos, humorísticos, a través de un estilo exuberante que lo hace famoso". Sin García Márquez "cientos de miles de lectores no habrían tocado ningún libro latinoamericano y ni siquiera sabrían que en nuestro continente existía una cultura", señaló el mexicano Sergio Pitol, ganador del Premio Cervantes en 2005. "Este escritor es el mejor, él es una estrella máxima, yo lo respeto, lo quiero. Y no solamente me parece el novelista que es, porque mucha gente lo llama novelista, teatrista, dramaturgo, pero él es un poeta", dijo otro ganador del Cervantes, el chileno Gonzalo Rojas. La brasileña Nélida Piñon, ganadora del Premio Príncipe de Asturias de las Letras y primera mujer que presidió la Academia de Letras de su país, opinó que la obra del colombiano obliga "a sus colegas a pensar en cosas inteligentes para tratar de estar a su altura". El nicaragüense Sergio Ramírez aseguró que García Márquez representó "la cumbre más alta de la narrativa latinoamericana en el siglo XX", mientras que para el peruano Alfredo Bryce Echenique, lo más importante de la obra del novelista colombiano "es la creación de un mundo en el que se refleja de manera única nuestra idiosincrasia y realidad", con un estilo "único, inconfundible, independiente y coherente". La escritora española Rosa Regàs, directora de la Biblioteca Nacional de España, destacó que García Márquez ha abierto posibilidades a todos los demás escritores, "no sólo por el ámbito nuevo creado, sino por el coraje que nos ha dado a todos para intentar encontrar un camino distinto para la literatura". El colombiano Mutis, amigo personal de Gabo, subrayó que estuvo al corriente de la gestación y el nacimiento de Cien años de soledad, obra que describió como "un clásico". Por su parte, el colombiano Juan Gustavo Cobo Borda opinó que García Márquez es el autor del "prodigioso milagro" de "ver nacer y consolidarse ante los ojos de los lectores a todo un continente narrativo: Macondo". Otro escritor colombiano, Germán Espinosa, dijo que el "enorme éxito" de su compatriota se debe a que introdujo en sus obras "el inconsciente colectivo latinoamericano a través de personajes populares". Sin embargo, Espinosa calificó de "exagerados" los homenajes que el Congreso de la Lengua ofrecerá a García Márquez y confesó que nunca ha "congeniado personalmente" con el autor de Cien años de soledad. Otro compatriota de Gabo, Santiago Gamboa, opinó que García Márquez "convirtió con la fuerza de su talento un rincón del mundo en territorio universal, que hoy pertenece a todos los lectores del planeta". Festivales de cine, coloquios, seminarios, lecturas maratónicas de su obra y homenajes por doquier están a la orden del día en tributo al colombiano más universal de todos los tiempos. Página/12 - Buenos Aires, 6/3/2007 |
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"La poesía cubana siempre ha sido más bien conservadora" Silvina Friera La Habana - En la ciudad vieja, emporio de las columnas, las calles parecen estar trazadas por la necesidad tropical de jugar a las escondidas con el sol. El Palacio del Segundo Cabo proporciona retazos de sombra que los turistas agradecen, pero hace calor y los rayos penetran por los ventanales de ese palacio imponente y barroco por donde se lo mire. La poeta y narradora cubana Reina María Rodríguez llega a la azotea del edificio, donde un grupo de escritores cubanos de diversas edades están por comenzar una lectura de poemas con varios argentinos invitados: Daniel Samoilovich, Susana Szwarc, Damián Tabarovsky y Américo Cristófalo. En esa sala funciona un emprendimiento editorial, Torre de Letras, destinado a difundir a los poetas en otras lenguas con traducciones propias y tiradas que no superan los 150 ejemplares, numerados y cosidos a mano, y también una revista cultural, Azotea. Ahí está Reina, una de las escritoras más importantes de la generación que siguió a la de los años '50 y que empezó a publicar en los '80. Ahí está esa prestidigitadora del lenguaje, un poco cansada por el trajín de la Feria del Libro. Pero como buena cubana domestica el agotamiento y no para de hablar. Esa gran maestra, influencia decisiva para los jóvenes escritores del país, aclara que no quiere ni pretende formar ninguna escuela. "Cuba es un país de una gran tradición poética, aunque ahora no está pasando por su mejor momento", dice Rodríguez en la entrevista con Página/12. La poeta, nacida en La Habana en 1952, recuerda que hubo un éxodo muy grande de la generación posterior a la de ella. "Casi todos se han ido a vivir a Barcelona o a México, y eso provocó una ruptura y al mismo tiempo un gran vacío porque se fueron poetas muy experimentales, a pesar de que la poesía cubana no se ha caracterizado por ser experimental. Ha sido más bien conservadora", explica la autora de Cuando una mujer no duerme (Premio Julián Casal, 1980), Para un cordero blanco (Premio Casa de las Américas, 1984) y El libro de las clientas. "Siento que hay un bajón, si pienso en los años duros. En los '90, cuando no teníamos ni luz ni comida, había una fuerza muy grande en la literatura y en las artes plásticas". -¿Por qué no hubo tanta experimentación? -Comparada con la poesía argentina, nuestros hermanos y con los que tenemos mayor cercanía, me parece conservadora, pacata. En Cuba no tuvimos grandes vanguardias, ni siquiera en los momentos en que sí hubo en América latina. La generación de Orígenes ha sido una de las influencias más fuertes para los poetas latinoamericanos. Lezama Lima, en la Argentina, se convirtió en palabras mayores a partir de Severo Sarduy y el neobarroco, que fue una vanguardia que planteó una ruptura. La generación de los años '50 tiene un gran complejo de culpa porque ellos no estaban en el país cuando triunfó la revolución cubana. Salvo algunos nombres como Domingo Alfonso o Rafael Alcides, se han quedado en textos muy blandos, retóricos, más cuidados formalmente, pero despreocupados por el sentido de la civilidad, que es lo que a mí más me importa. -¿Cómo surgió la idea de crear un ámbito no institucional poético como La Azotea? -Durante muchos años en mi casa se reunían los escritores. Llegó un momento en que no entrábamos. Leímos la primera novela de Antonio José Ponte, un poeta y ensayista tremendo, que vive en España. Era una de las pocas casas iluminadas en momentos en que no había luz en Cuba. Y ahí se generó algo muy raro con el lenguaje. Eramos muy diferentes, no había una misma poética, pero todos estábamos pendientes de lo que pasaba en el mundo. A pesar de que no teníamos nada de comer, estábamos comiendo lenguaje. No quiero decir que para que exista un movimiento de este tipo tenga que haber una escasez, pero sí se dio la circunstancia de que nadie había probado nada. La mayoría no había viajado, y sin embargo, teníamos una gran capacidad para manipular el lenguaje, aunque tuviéramos que priorizar entre comprar un litro de leche o un libro. -¿Qué significa para usted ser considerada una maestra por muchos jóvenes? -No sería nunca maestra; trabajo mucho, es cierto, pero a mí no me gustan las escuelas ni los seguidores. Siempre rechacé la idea de crear una escuela. Acá falta una conexión mayor con la universidad, que está lamentablemente muy apartada de los artistas. Y tal vez nosotros funcionamos como un punto intermedio. Me preocupan los autores que fueron perdiendo contacto con las nuevas generaciones. La revista Azotea es un útero donde la distancia geográfica no implica ruptura de la unidad de la literatura cubana ni de la de cualquier país. -¿Qué diferencias percibe entre la literatura escrita en la isla y la de los que se fueron? -El problema es que los que se fueron, con compromisos muy diversos, tienen que probar cómo llevar esa literatura que han hecho, en algunos casos con un uso muy experimental, a un mundo que está comercializándose. Adentro, salvo algunos nombres, sigue habiendo demasiada retórica, y me molesta mucho cuando la poesía se manosea, como cuando se manosea cualquier oficio. Página/12 - Buenos Aires, 17/2/2007 |
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